OLMILLOS DE SASAMÓN

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Al abrigo del páramo de Citores, las tierras de OLMILLOS constituyen el primer avance de la campiña de Tierra de Campos (Campos Góticos), que se prolonga por el norte hasta los pies de esa inmensa mole y vigía del noroeste burgalés que es la Peña Amaya.
Con un reducido término municipal (11,5 km2), situado a 831 metros de altura sobre el nivel del mar, el pueblo, pedanía del Ayuntamiento de Sasamón, está regado por varios arroyos tributarios del río Brullés, en la cuenca del Pisuerga. Su clima es continental, frío en invierno y caluroso y seco en su corto verano.

A 30 kilómetros de Burgos, Olmillos está situado estratégicamente en un importante nudo viario definido principalmente por la autovía León-Burgos y la antigua N-120, que coinciden ambas con el trazado motorizado del Camino de Santiago. Su censo apenas ha quedado reducido a 180 habitantes, cuya población activa vive de la agricultura y de los servicios y, en menor escala, de la ganadería. Actualmente, sin embargo, la construcción de un hotel en el castillo de la localidad y la aparición de otras actividades hosteleras relacionadas con el turismo rural, hacen que se perciba en la localidad un dinamismo que hace prever un futuro prometedor.

En su aspecto urbano debe destacarse su carácter concéntrico en torno a la iglesia dividido por una “y” griega que marcan las viales hacia Sasamón, Villandiego y salida a la N-120 en dirección a Burgos. En su perímetro periurbano debe mencionarse un ancho cinturón hortofrutícola hacia el norte y oeste y un espacio ocupado por las antiguas eras de labranza en el resto.
La villa de Olmillos celebra sus fiestas patronales en honor de la Asunción de la Virgen, titular de la parroquia, los días 15 y 16 de agosto, y como fiesta secundaria de forma tradicional también se ha venido celebrando el 3 de mayo, la fiesta denominada “Cruz de mayo”. Cuenta con asociaciones culturales y recreativas como la de mujeres denominada “Santa Columba” y la de la Tercera Edad.

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HISTORIA
Hacia el 850 a C. aparecen por estas comarcas oleadas de invasores pre-celtibéricos que ponen punto final a las culturas del Bronce. Dominan la técnica del hierro y se caracterizan por una renovación de base humana: la indoeuropeización; un tipo de habitat: el castreño, y un ritual funerario: la incineración. Ellos dejan constancia de su presencia en el emplazamiento de Castarreño, castro de altura (923 metros), situado en el borde tabular del cerro más elevado de todo el término y con privilegiada ascendencia sobre los valles fluviales del contorno.

Relacionados con los celtíberos deben considerarse los turmogos, que poblaban las parameras de La Lora y las tierras del centro de Burgos y de Palencia. Estaban profundamente celtizados en su economía pastoril y organización social guerrera, evidenciada en las necrópolis de tipo Monte Bernorio y confirmada por la onomástica.
En la época romana destaca el cercano municipio de Sasamón, donde según Floro instaló su campamento Augusto en sus guerras contra los Cántabros (29-19 a C.). Precisamente paralela a la actual autovía discurría hacia Sasamón la calzada romana llamada Vía Aquitana, que desde Burdeos y Zaragoza se dirigía a Astorga. Bajo la ladera oriental del cerro de Castarreño cruzaba en diagonal otra vía secundaria que, desde el Cantábrico y Amaya, llegaba a Muñó, por una parte, y a Pallantia (Palencia) por otra, a través de Castrojeriz.

La fundación de la villa hay que situarla en los albores de la Reconquista, en el siglo X, poco después de que las primeras avanzadillas foramontanas controlaran el territorio con enclaves de seguridad como fueron Amaya, Ubierna, Burgos y Castrojeriz. Olmillos toma su nombre de su homónimo vegetal, el olmo, tan abundante entonces en torno a los riachuelos de su cuenca hidrográfica. Un siglo más tarde ya aparece documentada (finales del siglo XI), pero es a comienzos del siglo XII (1102) cuando Alfonso VI concede a Olmillos uno de los primeros fueros altomedievales que se otorgan en la comarca. Más tarde, en 1249, el rey Alfonso X el Sabio entregó en arras a su mujer doña Violante el lugar de Olmillos. Poco tiempo se mantendrá en régimen de realengo, puesto que doña Violante lo cede a Diego López de Haro, por casamiento con su hija. Olmillos, pues, pasa al régimen de señorío, en el que permanecerá hasta la abolición de los señoríos a principios del siglo XIX. En tiempos de Juan II, Pedro de Cartagena compra el señorío de Olmillos a Diego Gómez de Sandoval y, hacia 1440, inicia la construcción del castillo.

EL CASTILLO DE OLMILLOS DE SASAMÓN CONVERTIDO EN HOTEL
Dice Isidro Gil que este bello palacio señorial con formas exteriores de una fortaleza es un pequeño alcázar. Posee planta rectangular con torres circulares en sus esquinas perfectamente conservadas y que mantienen matacanes circulares que coronan sus cubos y unos garitones o escaragüaitas voladas.
Se distinguen también en sus muros, labrados en la piedra, blasones con el motivo decorativo de la flor de lis de los Cartagena, familia de neoconversos fundadora del castillo. Poseyó un recinto exterior que no se ha conservado y del que sólo observamos algunos restos al pie de las torres meridionales.
Todo el conjunto se halla dividido en dos mitades por un muro que separa el patio de armas (con entrada desde una barbacana y acceso a una de las torres destinada a caballeriza) y otra zona, más señorial, donde puede apreciarse cómo disponía de semisótano y primera y segunda planta. Al oeste, un husillo comunicaba las diversas plantas.

Iluminaban su interior diversas ventanas, algunas geminadas, otras con asientos labrados en los lados. Al norte, una pequeña puerta junto a la torre, defendida al exterior por una ladronera, daba salida a la barbacana.
Cuando Pedro de Cartagena, hijo de Pablo de Santa María (Selomo ha-Leví) posteriormente obispo de Burgos, inicia en 1440 los trámites para la formación del mayorazgo, ya estaba construyéndose el castillo de Olmillos.

A don Pedro le sucede en el mayorazgo su hijo Alonso, que casa con María Hurtado de Mendoza, y a éste su hijo del mismo nombre, casado con Ana de Leiva, cuya hija Inés enlaza con el caballero portugués Juan Rodríguez Mausiño, que servirá de enlace con la segunda dinastía propietaria del castillo: los Valoria.
Con esta dinastía entramos en los siglos XVII y XVIII, siendo sus personajes más destacados Antonio Franco de Guzmán, Gonzalo Franco de Guzmán y Francisco Lasso y Melchor de Mendoza. Los Valoria, a su vez, emparentan con los duques de Gor, estirpe que poseerá el señorío del castillo durante todo el siglo XIX. El 22 de julio de 1812 el guerrillero Santos Padilla, quejoso del apoyo que algunos pudientes de Olmillos pudieran haber facilitado a las tropas francesas, lo prendió fuego.

A principios del siglo XX los duques de Gor vendieron el castillo a los Condes de Arteche y éstos, a su vez, a los hijos de don César San José, quienes con su intervención detuvieron la ruina progresiva que iba minado tan bello castillo. Reedificó sus dos plantas y consolidó algunos muros, dentro del propósito de convertir el castillo en establecimiento hotelero o en museo del Camino.
Ha habido que esperar al 2003 para que fuera adquirido por la empresa Turconsa, que lo ha restaurado plenamente y habilitado para uso hotelero, convirtiéndolo en un bello hotel de cuatro estrellas.

-EL TEMPLO-
En la construcción del templo parroquial de Olmillos, iniciado hacia 1522, se sigue un modelo singular muy extendido por Gil de Ontañón en la zona oeste burgalesa en el siglo XVI, cual es el modelo de templo de salón, con naves a la misma altura cubiertas con bóveda de crucería ricamente nervada. Las tres naves de cuatro tramos cada una, divididas por seis pilares cilíndricos, se abren a una capilla mayor de fondo poligonal (presbiterio) y a otras laterales en forma de cruz. Los nervios de las bóvedas se introducen directamente en el pilar dándole un aspecto de palmera y la planta del templo es próxima al cuadrado.

Aquí trabaja parte de esa estupenda floración de canteros montañeses que tantos frutos dejó a lo largo de toda la provincia de Burgos, como Pedro y Juan de la Nestosa, Juan de la Maza, Juan de la Riba, Juan de Landeras y los García de Arce, padre e hijo. Hacia 1550 debía estar completamente finalizada la capilla mayor y el primer tramo de naves, ya que allí se encuentra el sepulcro del clérigo Diego García, fallecido ese año. Entre 1550 y 1557 las obras fueron continuadas por Juan de Landeras y Juan de la Riba, quien se ocupó de cerrar la capilla de San Esteban. Posteriormente, desde 1563, dirige las obras el maestro de cantería García de Arce, a quien se deben las capillas de San Juan y Santa Ana, así como la construcción de varios pilares, la escalera del coro y la portada del oeste. Después se construyó la torre, en la que intervino García de Arce, hijo del maestro homónimo, finalizándose en 1618.
La capilla mayor, ochavada, muestra una solución interior avenerada, cuya inspiración hay que buscar en la iglesia del monasterio de La Vid y que se convierte en habitual en el repertorio de los de la Nestosa, cuya decoratividad aumenta con la presencia de claves pinjantes y tarjetas enrolladas.
Aunque los abovedamientos, soportes y arcos mantienen una completa uniformidad estilística, otros elementos, como las ventanas y los estribos, delatan diversas fases constructivas. Igualmente sus portadas manifiestan el proceso edificativo, correspondiendo el denominado plateresco purista la abierta al lado sur, mientras que la de los pies es ya clasicista, como lo es también su torre, a excepción del remate poligonal moderno (de principios del siglo XX).

De gran originalidad resulta el pórtico que acoger la portada sur, con distribución de doble cuerpo con arcos escarzanos, que habría que poner en relación con el diseñado por Rodrigo Gil de Ontañón para San Benito de Valladolid.
El retablo mayor corrió a cargo de Diego de Arroyo y Juan de Valtierra y la escultura la hicieron Juan de Pobes y Juan de los Helgueros. Se comenzó en 1654 y concluyó el 1683. Policarpo de la Nestosa, veedor de obras del Arzobispado de Burgos fue el supervisor inicial de los trabajos. Consta de cuatro cuerpos, cinco calles y dieciocho motivos ornamentales, sin incluir la talla de la Virgen sedente con el Niño en brazos, de autor desconocido, del siglo XV, de la anterior iglesia.

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Texto escrito, cedido y aportado por el historiador Isaac Rilova Pérez

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