LAS CAMPAÑAS BÉLICAS DE NAPOLEÓN EN ESPAÑA -Cronología de Burgos-

Las derrotas de las tropas del rey José en las campañas iniciales del año 1808, en especial la rendición de Dupont en Bailén, provocaron que Napoleón Bonaparte acudiera a España. Su intención era acabar de forma definitiva con la resistencia de los patriotas y, si era posible, con las fuerzas expedicionarias británicas en la Península Ibérica.

Para conseguir estos objetivos, ordenó que 130.000 hombres de refuerzo viajaran desde Alemania a los Pirineos. Previamente, había reafirmado su poder político y militar en el centro de Europa, ante la belicosidad de Austria, mediante la confirmación de su alianza con Rusia.

El Emperador llegó a Bayona el 3 de noviembre y cinco días más tarde cruzó la frontera española por el río Bidasoa, acompañado de los mariscales Soult y Lannes. En Vitoria se encontró con su hermano José y sus ministros españoles. Tras debatir con ellos la estrategia a seguir y varias cuestiones políticas, asumió el mando supremo del ejército de ocupación.

Para hacer frente a la seria amenaza de uno de los militares más brillantes de la historia y de las fuerzas armadas más poderosas del mundo en los inicios del siglo XIX, la Junta Central que gobernaba España contaba con cuatro ejércitos: Izquierda, Centro, Cataluña y Reserva. Estas unidades militares eran mandadas, respectivamente, por los generales Blake, Castaños, Vives y Palafox.

El primer ataque francés se produjo sobre el ejército de la Izquierda que estaba a las órdenes del general Blake. Los 32.000 hombres que dirigía habían acosado al enemigo en Vizcaya, entre septiembre y octubre de 1808, logrando recuperar en dos ocasiones la ciudad de Bilbao. A finales de ese último mes, los imperiales se vieron poderosamente reforzados y Blake hubo de enfrentarse a tres divisiones mandadas por Lefevbre y al cuerpo de ejército del mariscal Victor.

Integrada en las fuerzas del ejército de la Izquierda se encontraba la División del Norte, es decir, los militares españoles que habían vuelto de Dinamarca gracias a la ayuda de la marina inglesa. De esta manera, el subteniente Pablo de la Puente se encuadraba en las dotaciones que servían las seis piezas de artillería con las que contaba Blake.

Ante la presión de Lefevbre y Victor, el general español se retiró hasta Espinosa de los Monteros, con los 23.000 hombres que le seguían. Allí se decidió a presentar batalla, dirigiendo unas tropas que estaban en un estado lamentable: sin ropas de invierno ni alimentos.

Pablo de la Puente ocupó su posición de combate en la batería de artillería que se situó en la vanguardia, sobre un montículo próximo a Espinosa de los Monteros. Por su parte, sus compañeros de la División del Norte estaban en la extrema derecha de la primera línea española.

Blake resistió los ataques de los franceses el 10 de noviembre pero, tras una noche especialmente fría y penosa para sus soldados, fue asaltado por el flanco izquierdo y por el centro con las primeras luces del día, siendo totalmente derrotado. Solamente 12.000 supervivientes, entre ellos Pablo de la Puente, pudieron concentrarse, totalmente agotados y desmoralizados, en Reinosa.

Napoleón encomendó la segunda misión estratégica al mariscal Soult. Su misión consistía en avanzar sobre Burgos, como primer paso para la conquista de Madrid. La vanguardia francesa se encontró el 10 de noviembre al ejército de Extremadura en el bosque de Gamonal. El conde de Belveder, que era un inexperto general español, había extendido las pocas fuerzas con las que contaba -8.000 hombres- a ambos lados de la carretera, en un intento suicida de cerrar el camino de la capital burgalesa.

El teniente coronel Miguel de Santillana se encontraba allí, esperando la acometida de los franceses entre las unidades de ingenieros que había levantado la Junta de Extremadura.

La infantería veterana de Mouton asaltó en cerradas columnas el centro español, ubicado en el bosque de Gamonal. Ante esta violenta acción, los reclutas españoles huyeron. Solamente resistió un heroico y veterano batallón de guardias valonas, que formó un cuadro y vio mermados sus efectivos desde los 300 hombres iniciales hasta, solamente, 74. De forma simultánea, la caballería de Lasalle destruyó el ala derecha española, venciendo la oposición de dos regimientos de húsares.

Derrotados el centro y la derecha, el ala izquierda fue amenazada por los dragones de Milhaud. Esta desfavorable situación originó que el pánico se extendiera entre los bisoños componentes del ejército de Extremadura, que huyeron mezclados con los vencedores hacia la próxima ciudad de Burgos. Una vez allí, los imperiales saquearon duramente esa ciudad castellana.

El ejército de Belveder quedó totalmente destruido en la batalla de Gamonal: más de 2.500 muertos y heridos, 1.000 prisioneros y toda la artillería capturada por el enemigo.

Como fruto de esta victoria, el emperador Napoleón entró en Burgos y dio nuevas órdenes a sus mariscales. De esta forma, encomendó a Soult que avanzara sobre Reinosa para acabar definitivamente con Blake. El resultado fue que el ejército español de la Izquierda, y entre ellos el subteniente Pablo de la Puente, abandonaron el escaso material de guerra que poseían y se refugiaron en las montañas del valle de Cabuérniga. Desde allí, retrocedieron a León en condiciones cada vez más lamentables. 

Igualmente, el Emperador ordenó a los mariscales Lannes y Moncey que atacaran a Castaños y a su ejército del Centro, que cubrían la línea Tudela-Zaragoza. Para destruir al vencedor de Bailén de una forma aplastante, encargó a Ney que se encaminara por Burgo de Osma y Soria con la finalidad de rodearle.

El general español esperaba el ataque francés con los 26.000 hombres del ejército del Centro en una línea defensiva de ocho kilómetros entre Tudela y Cascante. Además, pidió ayuda al ejército de Reserva, que mandaba Palafox, obteniendo dos divisiones aragonesas al mando de los generales O´Neille y Saint Marq.

Juan Ximénez capitán de infantería del regimiento Voluntarios de Castilla, se encontraba encuadrado en las divisiones del ejército de Reserva. En la madrugada del 23 de noviembre cruzó el Ebro y se encaminó hacia Tudela para reforzar el ejército del Centro. Ese encuentro se produjo, aproximadamente, a las ocho de la mañana, teniendo ya a la vista a los enemigos.

Cuando los generales españoles conferenciaban en Tudela, algunas patrullas de la caballería francesa entraron sorpresivamente en la ciudad. Los mandos hispanos montaron en sus corceles y se dirigieron a las diferentes posiciones que se les habían asignado precipitadamente. En el ala derecha, la división Roca, compuesta por tropas valencianas y murcianas, debía defender las colinas existentes al norte de Tudela; en el centro, la división Saint Marq cubriría las alturas de Santa Quiteria y la división O´Neille las elevaciones de Cabezo Malla. A cuatro kilómetros, a la izquierda de este último, se encontraba la división de La Peña en el pueblo de Cascante. Para cubrir este preocupante vacío de su línea, Castaños ordenó a La Peña que avanzara sobre Urzante y Marchante, mientras que las divisiones de Grimarest y Villariezo, que se encontraban bastante alejadas, debían cubrir el pueblo de Cascante.

El mariscal Lannes observó, nada más llegar, que el frente español no estaba bien protegido en su parte central. Por ese motivo, dividió su ejército en dos partes; una de ellas atacó Tudela y la segunda sostuvo las posiciones de Cascante. Así, se entabló una dura lucha por la conquista de las colinas que rodean Tudela, mientras que Castaños intentaba en vano rellenar el hueco central de su posición.

En un primer momento, los franceses ocuparon Cabezo Malla, debido a que las divisiones aragonesas no habían tenido tiempo de llegar a los lugares que se les habían fijado en la conferencia de generales. Al ver Castaños esta peligrosa situación, ordenó a las divisiones de O´Neille y Saint Marq que recuperasen ese estratégico enclave. El asalto fue tan impetuoso que los imperiales se retiraron a un olivar que estaba a su espalda.

Lannes lanzó un segundo ataque que fue decisivo. La división Morlot asaltó las colinas que ocupaban las unidades de Roca, en las proximidades de Tudela, obligándoles a huir por la carretera de Zaragoza. Simultáneamente, las divisiones aragonesas de O´Neille y Saint Marq fueron acometidas por el frente y el flanco izquierdo. Por último, una carga de la caballería imperial puso fin al combate en la zona de Tudela, convirtiendo la ordenada retirada inicial de los españoles en una auténtica desbandada.

Las divisiones de La Peña y Grimarest, en el otro extremo del campo de batalla, abandonaron el combate en dirección a Borja sin haber participado seriamente en el mismo.

El desastre originado por la batalla de Tudela pudo ser todavía más completo, pero el mariscal Ney no llegó a tiempo de cortar la retirada de Castaños. Libres de ese peligro, las tropas del ejército del Centro retrocedieron hacia Guadalajara, mientras que las divisiones O´Neille y Saint Marq se encerraban con Palafox en Zaragoza.

Juan Ximénez y sus compañeros del regimiento de Voluntarios de Castilla resistieron valerosamente a los franceses y sufrieron muchísimas bajas en Tudela. Así, el batallón que defendía Santa Quiteria perdió 15 oficiales, 293 soldados y dos banderas. Por su parte, el batallón que resistió en Cabezo Malla elevó sus bajas a 23 oficiales y 230 soldados.

Orgulloso por la victoria, Napoleón escribió a su embajador en Rusia:

“Podéis decirle al Emperador (se refiere al Zar) que dentro de seis días estaré en Madrid, de donde le escribiré unas letras. Nada hay tan malo como las tropas españolas: 6.000 de los nuestros en combate cargan contra 20, 30 y hasta 36.000. Es verdaderamente una canalla.”

Derrotados los ejércitos de la Izquierda, de Extremadura y del Centro, Bonaparte inició en Burgos la marcha sobre Madrid, el 22 de noviembre, al mando de 45.000 hombres. Recorrió sin dificultad su camino hasta el puerto de Somosierra, lugar donde se encontró al denominado “ejército de Reserva entre Madrid y los Puertos”. Esas fuerzas españolas se habían organizado apresuradamente para defender Madrid y estaban al mando del general Benito San Juan. Aunque se trataba, en su mayoría, de soldados poco expertos, estaban bien atrincherados en las laderas de la montaña y disponían de cuatro cañones que batían el desfiladero.

Enfrente del ejército más poderoso de Europa se encontraba el joven cadete José Agustín Canepa, integrado en el regimiento de infantería de Cordoba. José Agustín pertenecía a una próspera familia de comerciantes genoveses afincados en Cádiz y se había alistado, llevado por el patriotismo, en las primeras semanas del conflicto. Por tanto, no contaba con ninguna experiencia militar.

En la mañana del 30 de noviembre, Napoleón ordenó a la división Ruffin que rodeara los flancos de los defensores para desalojarlos de sus posiciones. Cansado por la lentitud de la operación, decidió acabar el combate con inmediatez. Para ello, ordenó a un escuadrón de jinetes polacos de su escolta que cargara sobre los cañones. 

Los valientes polacos cumplieron el mandato, ascendiendo al galope por la estrecha y empinada carretera, mientras la artillería y fusilería española acababan con la mayoría de sus componentes.

Ante semejante muestra de arrojo, las bisoñas filas españolas vacilaron, permitiendo el éxito del asalto de la infantería de Ruffin y la caballería de Montbrun y la inmediata retirada en desbandada de las tropas de San Juan. El valiente general español se esforzó en impedir la huida de sus soldados, pero fue gravemente herido en la cabeza por dos sablazos. Ante la imposibilidad de presentar más resistencia, huyó hacia Segovia y, algunos días más tarde, a Talavera de la Reina. Allí encontró la muerte el 7 de diciembre cuando intentaba reunir a las tropas sublevadas para continuar la lucha.

Napoleón llegó a Chamartín a las doce de la mañana del 2 de diciembre y ofreció la rendición a las autoridades madrileñas. La Junta de Defensa rechazó la propuesta, a pesar de que la capital de España no contaba con fuerzas militares suficientes para su protección. El Emperador y su estado mayor estudiaron la estrategia más apropiada para conquistar la ciudad, ordenando a su artillería que hiciera una demostración contundente de su gran poderío, disparando sobre las débiles murallas y parapetos que la circundaban. Finalmente, el 4 de diciembre los artilleros consiguieron abrir una brecha en el muro del parque del Retiro y las tropas francesas penetraron en las calles, por las proximidades de la Puerta de Alcalá. La capital de España se rindió ese mismo día al emperador de Francia.

La campaña de Napoleón en España logró la destrucción de todos los ejércitos que la Junta Central pudo lanzar sobre él -Izquierda, Centro, Extremadura y Reserva entre Madrid y los Puertos-. Además, el ejército de la Reserva, que mandaba Palafox, se encerró en Zaragoza y fue hecho prisionero tras su rendición. El emperador abandonó Madrid y persiguió a las fuerzas inglesas del general Moore, pero no pudo concluir esta misión personalmente porque la situación política en Austria le obligó a volver al centro de Europa. Nunca más volvería a España.

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