EL DUQUE DE WELLINGTON EN BURGOS -Asedio al Castillo de Burgos-


Arthur Colley Wellesley, DUQUE DE WELLINGTON.

El general que nunca perdió una batalla, ése era para los ingleses Arthur Colley Wellesley, duque de Wellington (1769-1852): el estratega que había derrotado a Napoleón, el hábil táctico capaz de adoptar tanto las estratagemas más sucias como las posturas más gallardas ante el enemigo, el caballero que hacía la guerra contra soldados, no contra civiles, el valiente aventurero que había luchado contra los marathas en la India y contra los franceses en la península Ibérica ganándose el respeto de hindúes, portugueses y españoles… Y además era un político ultraconservador que tras sus hazañas militares fue durante largos años el hombre fuerte de los tories. La Inglaterra victoriana honró la memoria de Wellington en quien veía encarnadas todas las virtudes míticas de la superioridad del inglés sobre los demás pueblos de la Tierra.
La realidad siempre acaba desmintiendo el mito, y los historiadores han ido descubriendo las imperfecciones de todo general “perfecto”. Lejos de ser invencible, lo cierto es que Wellington sufrió al menos dos graves derrotas: en 1799, en la India, en los alrededores de la fortaleza de Mysore, en un lugar llamado Sultanpettah Tope, lanzó un ataque nocturno tan imprudente y desastroso que muy bien pudo haberle llevado ante un tribunal militar de no ser porque su hermano (Richard Colley Wellesley) era el gobernador general de la India.

Su segunda y mucho peor derrota tuvo lugar en un enclave que nos es algo más familiar: Burgos, ciudad a la que sometió a un desastroso sitio del que dijo que fue “el peor apuro que jamás viví”.

HISTORIA DEL ASEDIO DE BURGOS
En julio de 1812, Wellington había derrotado a Marmont en los Arapiles, muy cerca de Salamanca. Esta batalla fue la obra maestra del duque de hierro, muy por encima de Waterloo donde contó con la ayuda inestimable del ejército prusiano y de las torpezas de Ney. Un oficial definió la batalla de Salamanca como la derrota de cuarenta mil hombres en cuarenta minutos.

Tras la debacle del ejército de Marmont, el camino a Madrid quedaba expedito, y hacia allá se encaminó Wellington, al frente de un ejército anglo-portugués en el que la presencia española era solo testimonial. Entra en la capital el 12 de agosto de 1812, fue recibido apoteósicamente por el pueblo y nombrado Generalísimo de los ejércitos españoles (el cargo no lo inventó Franco).
Todo aconsejaba a Wellington esperar en Madrid el paso del otoño-invierno reforzándose para retomar la ofensiva al año siguiente, pero eso le quitaría la oportunidad de acosar a los ejércitos franceses, que se encontraban divididos y en retirada. No deseaba verlos reagruparse y formar un frente unido. En consecuencia abandonó Madrid el 1 de septiembre.

El general francés Claussel, sucesor de Marmont, rehusó plantar batalla y se retiró más al norte, dejando en Burgos una guarnición para estorbar el avance inglés: dos mil hombres al mando del general Dubreton, un experto en asedios. La razón de que la guarnición fuera tan exigua (Wellington se aproximaba con 30.000 soldados) era muy sencilla: no cabían más hombres en la pequeña fortaleza burgalesa. Pero pese a sus reducidas dimensiones el castillo era muy sólido, estaba además refortificado por los franceses, y Dubreton confiaba en resistir el tiempo suficiente para que los dispersos ejércitos franceses se reagruparan y acudieran en su socorro.

En este plano se situa con claridad el hornabeque añadido al castillo, a una distancia de 250 metros de éste, sobre el monte de San Miguel. Un hornabeque es una fortificación exterior que se compone de dos medios baluartes.


Wellington llega a Burgos el 18 de septiembre, observa las obras de fortificación y toma una decisión rápida: tomar la fortaleza al asalto, sin esperar a los cañones de asedio.

Posiblemente, esto ya es un hipótesis, pesó en su decisión la experiencia reciente del Retiro, en Madrid. Allí había dejado José Bonaparte una guarnición de 2500 hombres al mando del coronel Le Fond con el cometido de ralentizar el avance inglés mientras él huía a Valencia. Pero la guarnición del retiro se rindió de inmediato, tras solo un día de lucha, entregando gran cantidad de suministros y un buen número de cañones. Es fácil imaginar que Wellington esperaría encontrar en Burgos una fuerza igualmente desmotivada y deseosa de capitular tras una resistencia simbólica.

La lluviosa noche del 19 al 20 de septiembre se inician los combates con el ataque al hornabeque del monte de San Miguel. Los encargados de encabezar el asalto son los escoceses del 42 regimiento, conocidos como los Black Watch.

Encubiertos por la oscuridad de la noche y por la lluvia, avanzan seiscientos hombres, esperan tomar a los franceses por sorpresa. Ascienden por escarpadas paredes que les obligan incluso a escalar ayudándose de las manos. Pero al término de la ascensión les esperan los franceses con la bayoneta calada, y el asalto es frenado duramente.

El coronel de los Black Watch reclama ayuda inmediata a un regimiento portugués, el 19, que no se anima a participar, pero en su lugar acuden otros soldados escoceses: los del 79 batallón ligero de Highlanders de la Reina, llamados los Cameron. Dos compañías Cameron, la 42 y la 79, avanzan para sumarse a la refriega.

Los franceses resisten enconadamente, a la bayoneta y, resguardados de la lluvia, abriendo fuego sobre los asaltantes. La lucha es feroz e indecisa, pero entre los Cameron destaca un joven oficial, el teniente Hugh Grant (como el actor) que anima a cargar a los desmoralizados escoceses empuñando él mismo el fusil de un soldado herido. Grant y los que le siguen consiguen poner pie en la fortificación, y resisten ferozmente en ella mientras son reforzados por los portugueses, que al fin se deciden a entrar en acción.

En total, en el monte de San Miguel los aliados sufren 500 bajas, (una de ellas el teniente Grant, baja mortal), pero los franceses, con 142 bajas, se retiran al Castillo, abandonando el hornabeque antes del amanecer. Las bajas de los defensores ascienden a 142.

En este primer choque del asedio hay un punto en discordia: las obras del hornabeque no estaban finalizadas. Éste es un hecho en que los franceses insisten mucho y que los ingleses soslayan con elegancia.
Animados por su victoria inicial, los aliados planean someter la fortaleza en un ataque nocturno similar dos días después, la noche del 22 al 23. Los muros del castillo (que con el foso suponen siete metros y medio de desnivel) son más altos que los del primer baluarte, y los asaltantes van provistos de escalas. Marchan en dos avances simultáneos, uno por el lado de la ciudad, el otro por el camino del otro lado del monte.

 Los que avanzan por la ciudad son frenados en seco, no pueden llegar a la contraescarpa. Pero los que avanzan por el camino se llevan la peor parte, se enfrentan con las tropas más fogueadas de los franceses, las cinco compañías que habían defendido el hornabeque y que están deseosas de desquitarse. Los defensores rechazan el asalto con nutridas descargas de fusilería y, sobretodo, lanzando granadas de mano (en realidad obuses de artillería a los que se prendía una mecha). Los fosos del castillo quedan cubiertos de cadáveres.

Si Wellington confiaba en doblegar rápidamente a Dubreton como había hecho con Le Fond en el Retiro, este era el punto en que debía haberse dado cuenta de que no iba a serle posible. Una vez comprobado que la fortaleza resistía con holgura los asaltos de infantería, la alternativa era un asedio ortodoxo: empleo de cañones de asedio de 18 libras, excavación de túneles para colocar minas bajo los muros, y de trincheras para acercar a los tiradores. Pero aplicar estas tácticas suponía algunos problemas: Wellington solo disponía de tres cañones de asedio de 18 libras: los llamados Thunder, Lighning y Nelson (este último tenía roto uno de sus ejes), y contaba con muy poca munición para abastecerlos; no había entre sus tropas zapadores, y en general los soldados estaban exhaustos tras la larga campaña de aquel año.

En general se reconoce que este es el punto de inflexión del asedio de Burgos: Wellington debió darse ya por vencido y emprender el regreso a Madrid. No hubiera sido nada deshonroso, ya había ocurrido antes: Badajoz la había tomado al tercer intento, antes tuvo que levantar otros dos asedios fallidos. Pero el general “invicto” no quiso ceder.

El día 29 los aliados lanzan un asalto de infantería que es rechazado a tiros, sin llegar al cuerpo a cuerpo.

Unos días después tratan de acercar su artillería de asedio, pero las piezas del Castillo les disuaden a cañonazos.

El 4 de octubre los atacantes hacen explotar una mina bajo las murallas, y los portugueses se lanzan al asalto, logrando cierto éxito. Ponen pie en la fotaleza, apoderándose de parte de sus defensas. El peligro que supone para los franceses este enclave es notable, y al día siguiente Dubreton ordena un contraataque audaz: salen por sorpresa del castillo un destacamento de zapadores y dos compañías de fusileros. Los fusileros cargan a la bayoneta contra todo lo que encuentran, manteniendo a los aliados a distancia mientras los zapadores destruyen a toda prisa los trabajos realizados por el enemigo: derriban las trincheras de aproximación anglo-portuguesas (las zapas) y regresan al Castillo llevando como botín las herramientas con que se estaban cavando.

Aparte del tiempo ganado por los franceses, en los días siguientes volver a cavar esas trincheras suponen numerosas bajas a los aliados.
En la noche del 7 al 8 de octubre, Dubreton ordena una nueva salida por sorpresa, esta vez a mayor escala: junto al destacamento de zapadores salen tres compañías de granaderos y dos secciones de fusileros. El esquema es idéntico: ataque a la bayoneta mientras los zapadores hacen de las suyas. Regresan a la fortaleza con 42 prisioneros, 6 de ellos oficiales.

Pese a estos esfuerzos de los asediados, las obras de los aliados continúan. A los pocos días, gracias a las trincheras de aproximación los cañones pueden acercarse al Castillo y abrir fuego efectivo sobre él. El día 18 Wellington juzga que la brecha abierta en las defensas ya es practicable y desencadena un asalto masivo: ocho batallones, agrupados en tres columnas, se agazapan en las zanjas. A las cuatro de la tarde se hace explotar una mina bajo las murallas, y destruye una buena sección de estas. Los anglo-portugueses se lanzan al ataque, y los franceses retroceden sin llegar al cuerpo a cuerpo. Parece que la victoria del ataque está próxima, pero el repliegue francés tiene trampa: bajo la capilla del Castillo, que está en el camino de entrada de los atacantes, han encendido una fougasse, es decir, han cavado un túnel en los cimientos y, en el momento adecuado, han prendido fuego a los tablones de madera que sostienen las paredes del túnel para que este se hunda y derribe el edificio. La iglesia entera se derrumba, aplastando bajo sus sillares a 300 atacantes (a mí me parece exagerada la cifra pero hay fuentes que hablan incluso de 500 sepultados). Detenidos en su avance por los escombros que les cierran el paso, dos batallones ingleses son duramente castigados por un fuego de flanco que se hace sobre ellos desde posiciones protegidas.

Así se rechaza a una de las tres columnas de ataque. Otra es frenada por la fusilería, pero la tercera columna avanza resuelta y alcanza la plaza del Castillo. La victoria está en las manos británicas pero, en un giro final hollywoodiense, el general Dubreton reúne a tropas a viva voz y encabeza una carga a la bayoneta sobre la plaza de armas. Tras una dura refriega los anglo-portugueses son obligados a retirarse.

El desánimo cunde entre las tropas de Wellington, y el francés sabe bien aprovecharlo: en los días 19, 20 y 21 se suceden las salidas por sorpresa de los asediados, siempre con éxito. Para el día 22 Dubreton ya tenía ordenado un nuevo ataque cuando, antes de emprenderlo, los sitiados observan desconcertados la conducta de los sitiadores: el polvorín que los ingleses habían situado en el monte de San Miguel vuela por los aires, los aliados abandonan las trincheras, el sonido de la fusilera discontinua es sustituido por el de órdenes a gritos y ruido de carromatos: el ejército sitiador abandona Burgos. Se acercan a la ciudad columnas francesas de socorro, y Wellington , desesperado de reducir a los defensores por las armas, emprende la retirada.
A lo largo de 35 días de asedio los ejércitos franceses han tenido tiempo para han reorganizarse.

El general Claussel ha reunido más de 40.000 hombres y marcha hacia Burgos; desde Valencia José Bonaparte también ha reagrupado sus fuerzas y ha comenzado su avance hacia Madrid el 18 de octubre (entrará en la capital el 2 de noviembre). La posición de Wellington es muy delicada, y debe abandonar Burgos a toda prisa.

Dubreton ha sufrido casi 600 bajas, lo que supone un porcentaje enorme: más de la cuarta parte de efectivos son baja en combate. Pero Wellington ha perdido 2500 hombres y, lo que es peor, tiene ahora por delante una larga retirada hacia Portugal: cientos de kilómetros caminando desmoralizados, ralentizados por los heridos, acosados por la caballería francesa. Durante esta amarga marcha atrás, [los aliados vieron ascender su número de bajas a 7000.
“La oportunidad de Wellington de desmembrar a los ejércitos franceses y avanzar hacia el Ebro, si no más, se vio frustrada por culpa de las viejas murallas de una ciudad y de un par de miles de soldados en su interior”.

Puedes ver el arco y la plaza que en Londres lleva su nombre.

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Una respuesta a “EL DUQUE DE WELLINGTON EN BURGOS -Asedio al Castillo de Burgos-

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