LAS LORAS -Comarca geográfica provincial-

LA COMARCA DE LA LORA Y DE LAS PARAMERAS DE LAS LORAS es el sector más meridional de la Cordillera Cantábrica. Un espacio de gran singularidad geográfica, bisagra entre la montaña propiamente dicha y la cuenca terciaria castellana con la que toma contacto por el sur, en el entorno de los núcleos de Sotresgudo, Villadiego y Sotopalacios. Su posición periférica, en la vertiente sur de la gran unidad montañosa, determina su condición de espacio de transición. Por un lado, es una comarca bastante accidentada aunque sus moderadas altitudes le otorgan carácter de media montaña.

La máxima altitud, 1.362 m., se alcanza en la Peña Amaya; las cimas de las otras Loras se sitúan en torno a los 1.200 m., mientras que la paramera de la Lora se encuentra a 1.000-1.100 m. Este carácter montañoso determina una mayor pluviometría respecto a la llanura inmediata, pero el régimen de distribución sigue siendo plenamente mediterráneo, por encontrarse a sotavento de la divisoria cantábrica. Algunas especies vegetales propias del dominio montano atlántico, como el haya, que se sitúa aquí en el límite de sus exigencias de humedad, crecen al lado de otras típicamente mediterráneas, como encinas y quejigos, existiendo algún bosque mixto en buen estado.

Un espacio de encrucijada desde el punto de vista bioclimático, pero también hidrológico, ya que el avenamiento se organiza hacia dos cuencas hidrográficas distintas, la del Duero, en el sector de las Loras, y la del Ebro, en el de la Paramera.

Pero, lo verdaderamente singular y llamativo de esta comarca es su relieve, configurador de un paisaje dominado por formas rotundas y perfiles rocosos, de sobrecogedora belleza. El paisaje es, en sí mismo, un tratado de geología. Penetrar en la comarca de Las Loras por el suroeste, supone pasar bruscamente de las formas simples, horizontales y casi monocromáticas de la cuenca sedimentaria a todo un elenco de formas de relieve esculpidas en la cobertera mesozoica.

Los perfiles abruptos y disecados por la erosión dejan al descubierto un muestrario de estratos rocosos, blandos y duros, que la vegetación no consigue enmascarar.

En el sector de Las Loras los elementos culminantes del relieve se perciben como impresionantes relieves tabulares, tanto por el desnivel que introducen respecto a los valles como por la sucesión de cantiles calizos y taludes de acusada pendiente, mediante los cuales se resuelve el enlace entre cimas y sectores deprimidos. Sin embargo, en este paisaje, las cimas planas no son lo que podrían parecer, pues el relieve es infiel a las estructuras. En realidad, se trata de un original tipo de relieve plegado inverso, que ha convertido en cumbres las charnelas sinclinales.

Así pues, los elementos destacados no son anticlinales, que por el contrario han sido totalmente vaciados y convertidos en valles o combes, sino sinclinales colgados, que recuerdan a enormes buques varados en tierra firme. Del mismo modo, la gran unidad de la Paramera de la Lora se corresponde con un sinclinal de grandes dimensiones y suaves buzamientos, que la intensa erosión ha dejado también en resalte. Su expresivo nombre hace referencia a la similitud morfológica con los páramos de cuenca, si bien, desde el punto de vista morfogenético su naturaleza es bien distinta.

En el sector suroccidental, la profusión de sinclinales colgados o “loras” y valles intercalados o “combes” proporciona un paisaje quebrado, lleno de matices. La vegetación, abundante en los taludes, rala en las cimas e inexistente en los cantiles rocosos, juega un papel destacado en la distinción de estratos y en la riqueza visual del conjunto. Por su parte, la gran extensión de La Paramera, de la que cabría esperar menor interés paisajístico por su más monótona morfología, encierra, también, sorprendentes contrastes y hermosos paisajes debidos al encajamiento de los ríos que la recorren. Destacan por su profundidad y belleza los cañones del Ebro y del Rudrón; dos profundos tajos en la Paramera, enmarcados por vertientes abruptas que dejan al descubierto los distintos estratos correspondientes a los pisos superiores de la cobertera mesozoica.

La abundancia de vegetación en los taludes y la ausencia de ella en los cantiles rocosos contribuyen a la diversidad visual de los cañones. Por el contrario, en lo alto de la Paramera la vegetación de porte arbóreo es escasa e incluso la vegetación arbustiva y herbácea es rala y discontinua, como corresponde a unos suelos de naturaleza caliza, raquíticos, rocosos y áridos. Otros ríos de caudal más modesto, como el Moradillo y el San Antón, ambos afluentes del Rudrón, han contribuido, asimismo, al desmantelamiento de la Paramera, encajándose y labrando sus valles en ella.

Fuentes y manantiales son muy abundantes en toda la comarca. La porosidad de la caliza en la superficie de la Paramera y en la cima de las Loras no favorece la escorrentía superficial, pues la lluvia y la nieve deshelada se filtran por la roca, para alimentar los numerosos acuíferos y cauces subterráneos existentes. Estas aguas emergen a la superficie por doquier, dando lugar a manantiales temporales, muy numerosos en invierno y primavera, y a manantiales permanentes, que ven aumentar notablemente su caudal tras la recarga invernal y el deshielo. Es frecuente entonces, que en puntos concretos de las escarpadas vertientes de las loras y de los cañones se formen, por unos días, espectaculares cascadas que se precipitan al vacío.

En el paraje de los cañones, existen dos surgencias permanentes y de abundante caudal, que han creado entornos de gran belleza. Una surge de la Cueva del Agua en el centro de Orbaneja del Castillo. Desde el lugar del manantial, un alegre regato, más o menos caudaloso según la época del año, recorre el pueblo hasta precipitarse finalmente en forma de gran cascada, buscando el Ebro. La otra, mana del Pozo Azul, en los alrededores del pueblo de Covanera, situado en el cañón del Rudrón. En un entorno bellísimo, la profundidad del pozo permite advertir la tonalidad azul de las aguas subterráneas que han participado en procesos de disolución kárstica, creando una película de agua extremadamente cristalina y azulada que da nombre al manantial. La naturaleza es tan privilegiada en la comarca de Las Loras y de la Paramera de la Lora como hostil a la secular ocupación humana.

La rotundidad y protagonismo de las formas de relieve imprime carácter al territorio, dominado por los elementos naturales, que destacan como hitos de referencia indiscutible en el paisaje. Así es, a pesar de la temprana presencia humana en estas tierras, como lo atestiguan los numerosos dólmenes, castros y otros vestigios arqueológicos desperdigados en el territorio. Frente a una naturaleza poco generosa, los habitantes de estas tierras han tenido que amoldarse a un espacio con una trama física de imponente belleza morfológica pero repleto de inconvenientes en lo que respecta a su articulación y aprovechamiento. En efecto, las huellas de la acción humana son visualmente poco destacadas. Apenas un mero retoque en el paisaje.

Los habitantes de estas tierras han ceñido su vida, su poblamiento, sus vías de comunicación y su terrazgo a la angostura de los valles, arañando también algunos espacios de pastos y parcelas de cultivo a las superficies culminantes.

En la Paramera, el terrazgo, escaso y discontinuo, ocupa dolinas, uvalas y valles secos, estos últimos integrantes de un antiguo sistema de escorrentía, fosilizado desde el Cuaternario y disfuncional en la actualidad. La mayor profundidad de los suelos en estos sectores debido a la concentración de arcillas de descalcificación o terra rossa, ha permitido su ancestral puesta en cultivo, a pesar de la dureza del clima por la altitud y la falta de abrigo en estos espacios abiertos.

En contraste, el fondo de los cañones del Ebro y del Rudrón, así como los valles del río Moradillo y otros afluentes menores inscritos en la Paramera, disfrutan de un microclima más benigno debido al descenso en altitud y a la protección que les proporciona su encajamiento. Frutales y cultivos de huerta ocupan parte del terrazgo en estos angostos valles. Otro cultivo singular de la
comarca, es la patata de siembra. Es está una de las pocas zonas productoras de España, pues en este caso, el fresco clima veraniego permite obtener un producto de calidad, exento de virosis y enfermedades degenerativas, tan frecuentes en la patata.

El 6 de Junio de 1964 el municipio burgalés de Sargentes de la Lora saltaba a las primeras páginas de los noticiarios: el pozo Ayoluengo I había escupido los primeros barriles de oro negro. Había pasado mucho tiempo desde que en 1859 el Coronel Drake perforase en Titusville (Pennsylvania) el primer pozo de petróleo de la historia.Los primeros intentos serios de extracción de petróleo en España remontan a 1942 cuando se constituye la E.N. ADARO de prospecciones mineras, bajo la tutela del INI.

En 1958 la Ley de Hidrocarburos da un nuevo impulso a los sondeos.El resto es historia: en el Páramo de La Lora, en las frías tierras del noroeste de Burgos que por aquel entonces solo producían patatas y emigrantes hacia Vizcaya, los pozos Ayoluengo perforaban sin cesar el subsuelo (hasta 30 pozos en los primeros tres años). Era el tiempo del crecimiento económico español y de los Planes de Desarrollo. Sin embargo, las expectativas iniciales se apagaban a medida que los pozos se iban agotando.

El principal problema era la fragmentación del yacimiento, que impedía una explotación comercial rentable.En los años 70 se descubren yacimientos en la plataforma costera de Tarragona. La tercera zona productora de crudo en España es la más reciente y todavía está en fase de preparación. Es la plataforma costera canaria, frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

Puedes ver un vídeo sobre la aparición de petróleo en la Lora en 1964.

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