BURGOS EN EL REINADO DE ALFONSO VI -Por Francisco Blanco-

ALFONSO VI, por razones de muy distinta índole, llevó la corona real sobre su cabeza durante 42 largos años. En el transcurso de tan largo reinado, la historia de Burgos y la del rey Alfonso convergieron en más de una ocasión y por motivos bien diferentes, como se va a tratar de mostrar a continuación:

Después de la muerte de su padre, Fernando Sánchez I en 1065, quién siguiendo la tradición navarra había repartido sus reinos entre sus cinco hijos, el segundo de ellos, Alfonso VI, fue coronado como rey de León, tal cómo constaba en el testamento.

Pero el conflicto entre hermanos, provocado principalmente por la ambición  del primogénito, Sancho II, que había recibido el reino de Castilla, pero aspiraba a quedarse con toda la herencia, no tardó en estallar. En el año 1071, coaligados Sancho y Alfonso, invaden Galicia, apresan a su tercer hermano García, que había heredado el reino de Galicia, lo envían prisionero a Burgos y se erigen ambos en reyes de Galicia, ¡la mitad para cada uno!. Naturalmente esta extraña comandita no podía durar mucho, especialmente si cada una de las dos partes aspiraba a quedarse con el todo, pues Alfonso no le iba a la zaga a su hermano mayor en lo que a ambición se refiere.

A comienzos del año siguiente, en los primeros días del mes de enero de 1072, sin ir más lejos, el conflicto armado estalla entre los dos hermanos y se dirime en la batalla de Golpejera, por tierras palentinas, en la que el ejército del rey Sancho, a cuya cabeza también figuraba su lugarteniente, el burgalés D. Rodrigo Díaz de Vivar, derrotó al del rey Alfonso de León, que fue capturado y enviado prisionero a Burgos, igual que ocurriera con el otro hermano D. García (1). Después de esta victoria, Sancho II no tuvo dificultades para entrar en León y proclamarse como nuevo rey el 12 de enero del año 1072. De esta forma acapara sobre su cabeza las coronas de León, Castilla y Galicia. A partir de aquí, tan sólo le faltaba apoderarse de las ciudades de Toro y de Zamora, que habían correspondido a sus hermanas Doña Elvira y Doña Urraca, respectivamente, para quedarse como dueño y señor de la extensa herencia de su padre.

Sin darse tregua ni respiro, aprovechando la proximidad geográfica y la euforia que le proporcionaban sus victorias, sin demasiados esfuerzos ni derramamiento de sangre le arrebató a su hermana Elvira la ciudad de Toro. Zamora era la última pieza a cobrar para colmar su ambición de poder, pero la Historia, en una de las muchas ocasiones en que interviene en el inesperado desarrollo de los acontecimientos más importantes, le estaba esperando a los pies de sus murallas para decir la última y trágica palabra.

Doña Urraca era la hermana mayor y parece que sentía especial predilección por su hermano Alfonso, al que siempre había defendido y apoyado, de modo que decidió hacerse fuerte tras lo muros de su ciudad y oponerse a los deseos de ocupación de su hermano Sancho. Curiosamente, también había sido la madrina de armas de Rodrigo Díaz de Vivar, cuando en la iglesia de Los Caballeros de la misma ciudad de Zamora, el año 1060 fue investido caballero por el entonces infante D. Sancho. Ahora ambos, al frente de un poderoso ejército, estaban al otro lado de sus murallas con la firme intención de asaltarlas.

Pero, haciendo famoso el adagio de “Zamora no se conquista en una hora”, los zamoranos, dirigidos  por el ya anciano Arias Gonzalo, que había sido tutor en la corte de León de los cinco hermanos, estaban bien preparados y dispuestos a defender a su ciudad y a su reina del acoso castellano. A esto hay que añadir que en la corte zamorana predominaban los partidarios de Alfonso, que recelaban de las intenciones de Sancho y sus nobles castellanos.

Siete meses y seis días duró el asedio de Zamora  “la Bien Cercada”, sin que los castellanos pudieran traspasar sus bien defendidas murallas; muchas gestas heroicas, protagonizadas por caballeros de ambos bandos, dieron pie a la aparición de numerosas leyendas y cantares que inmortalizaron el cerco. Un crimen alevoso le puso fin.

El 6 de octubre de este ajetreado año de 1072, el noble zamorano Vellido Dolfos, manifiesto partidario del rey Alfonso, de forma alevosa, apuñaló al rey Sancho a las puertas de la ciudad, dejándole moribundo.

Este crimen de estado, que dio un giro inesperado a la Historia de España, como no podía ser de otra forma, ha dado lugar a la aparición de una profusa y variada literatura, que lo presenta desde todos los ángulos y maneras posibles: ¿Actuó Vellido Dolfos por su cuenta, o fue una conspiración de los nobles zamoranos? ¿Estaba implicada su hermana Urraca? ¿Tuvo algo que ver con el magnicidio su hermano Alfonso, acogido como huésped de honor en Toledo, con cuyo rey había llegado a acuerdos de vasallaje?. Una copla popular apunta hacia sus autores:

“El matador fue Vellido
Y el impulso soberano”.

Todo un misterioso entramado que la historia no ha sido capaz de resolver, sobre  el que todavía se investiga en la actualidad, presentándole unos como una traición, otros como un acto de lealtad. (2)

Naturalmente, la leyenda, como en tantas otras ocasiones anteriores y posteriores, se ha apoderado de este decisivo acontecimiento histórico, revistiéndole de épicos ropajes.

En el «Romance de la Jura de Santa Gadea», con todos los visos de leyenda medieval, se nos cuenta que a finales de ese malhadado año de 1072, en la iglesia de Santa Gadea de Burgos tuvo lugar el juramento que el lugarteniente de Sancho II, el ya citado burgalés D. Rodrigo Díaz de Vivar, ya conocido entonces como el Campeador, al que posteriormente se le añadió el título de Cid, obligó a realizar al rey Alfonso VI y a doce de sus caballeros, que no había tenido arte ni parte en la muerte de su hermano:

“Las juras eran tan fuertes
que a todos ponen espanto.
Sobre un cerrojo de hierro
y una ballesta de palo
y con unos evangelios
y un crucifijo en la mano..”

“Villanos te maten, rey,
villanos que no hidalgos,
de las Asturias de Oviedo,
que no sean castellanos;
mátente con aguijadas,
no con lanças ni con dardos;
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
abarcas traigan calçadas,
que no çapatos con lazo.
Mátente por las aradas,
que no en villas ni en poblados”.

La extraña simbología utilizada en el juramento, del cerrojo, como símbolo jurídico de la verdad inviolable,  pero sobre todo de la ballesta (3), arma indigna de la nobleza, que tan sólo utilizaba la infantería, perteneciente a la gente llana, también conocida como “villanos”, fue considerada por el rey Alfonso como una afrenta a su persona y a su honor. Para el Romance ó la leyenda, esta ofensa del Campeador a su rey fue la causa de la enemistad entre ambos, que acabaría, unos años más tarde, con su destierro.

D. Alfonso llevaba nueve meses viviendo espléndidamente agasajado en la corte de su amigo el rey de Toledo Al-Mamun, con quien que había firmado un pacto de vasallaje para cuando recuperase sus reinos, a los que no había renunciado en ningún momento. Al recibir la noticia de la muerte de su hermano Sancho, reunió a sus vasallos y se dirigió rápidamente hacia León para hacerse proclamar, esta vez definitivamente, rey de Castilla y de León.

Su hermano García, que se encontraba exilado en la corte del rey al-Mutamid de Sevilla, después de haber sido excarcelado de su prisión de Burgos, no sin antes haber hecho juramento de pleitesía a sus hermanos, también recuperó la corona de Galicia, pero no pudo conservarla mucho tiempo sobre su cabeza. Su ambicioso hermano Alfonso, que ya le había arrebatado el reino en una ocasión, en el mes de febrero del año 1073, aprovechando una reunión entre ambos, que el propio Alfonso había concertado, le toma de nuevo prisionero y lo encarcela de por vida en el castillo de Luna, donde fallecerá el 22 de mayo del año 1090.

Una vez en posesión de la triple corona, D. Alfonso tuvo que comenzar a regir sus extensos reinos, en los que tantos años de guerra civil habían generado numerosas banderías e intereses contrapuestos, así como algunos estamentos del clero y la nobleza opuestos casi frontalmente a su persona. El futuro de su reinado dependía en gran parte de su habilidad para ir limando asperezas, conciliar rencillas y  contemporizar con todas las partes que le eran hostiles. También sabía que para conseguir la unidad de sus reinos era imprescindible la fidelidad de Castilla, en la que su hermano Sancho había gozado de gran popularidad y adhesión. Por eso, a pesar de haber establecido su corte y la capitalidad de sus reinos en León, la ciudad de Burgos, a la que en el 1073 había concedido jurisdicción de realengo, recibió de su parte un trato especial de favor, que contribuyó a engrandecerla rápidamente en todos sus aspectos.

En el año 1075 hizo donación del palacio que poseía en la ciudad al obispo Simón, propiciando con ello que la antigua sede episcopal de Oca se trasladara a la ciudad de Burgos, decisión que, por añadidura, favoreció el inicio de la construcción, como nueva sede, de un templo románico que empezó a reconstruirse nuevamente hacia el año 1221, y acabaría, finalmente, convirtiéndose en una de las catedrales góticas más majestuosa de todo el orbe católico y en la madre espiritual de todas las iglesias de Castilla. Con la creación de la sede burgalesa la ciudad empieza a cobrar una creciente importancia, que se irá acrecentando hasta bien entrado el siglo XVI.

Pocos años más tarde, por petición personal de su segunda esposa doña Constanza de Borgoña, con la que se había casado a finales del año 1079, hacia el año 1080 llegó a la ciudad de Burgos, procedente de la Auvernia francesa, un monje benedictino, abad del monasterio de Domus Dei, de nombre Adelmus. “La dicha Reyna Doña Constanza, pidió al Rey, su marido, que trojese al Santo Varón Adelmo, para que con su santidad amparase a este Reyno de Castilla”. (4)

No se equivocó la reina en su elección, pues, desde su llegada, su vida y su obra dejaron una huella tan profunda en su nueva ciudad, que los burgaleses no tardaron en aclamarle como su santo Patrón con el nombre de San Lesmes abad.

Este santo abad, que antes de tomar los hábitos había sido soldado al servicio del rey de Francia, no solamente se ocupó de obras benéficas, repartiendo alimentos entre los más necesitados y sanando a los enfermos con curaciones, en algunos casos milagrosas, también llevó a cabo importantes obras de saneamiento y urbanización de la ciudad, en plena fase de expansión, gracias, sobre todo, al encauzamiento de las aguas de los ríos que la atravesaban, que se estancaban o la inundaban, provocando epidemias o inundaciones.

En el año 1085 Alfonso VI emprende una campaña para conquistar Toledo y pide al abad Adelmus que le acompañe como confesor y consejero. Parece ser que en esta campaña, que acabó con la conquista definitiva de la antigua capital visigoda por los cristianos, el  monje francés, emulando a Santiago y a San Millán, tuvo una actuación decisiva interviniendo milagrosamente a favor de su nuevo Señor. La Leyenda lo cuenta así: “Una noche díjole Lesmes al Rey que aprestase sus gentes pues aquella misma noche se había de tomar Toledo. Estando descuidados los moros, por donde el río era mas profundo, tanto que se podía navegar, Lesmes trazó la Señal de la Cruz sobre las aguas, pasando el río a lomos de un rucio o jumentillo, sin que llegase la agua a mas de las corvas de su caballería y así le siguió todo el ejercito y aquella noche se tomó Toledo”. Esto ocurría el 25 de mayo del mismo año1085. En recompensa, a pesar de la oposición del monje, el rey Alfonso le nombra abad del monasterio burgalés de San Juan, incluidos el Hospital y la Capilla.

Después de esta conquista el rey Alfonso ostentará el título de “Imperator Totus Hispaniae”

El abad Lesmes, como acabaron llamándole los burgaleses, falleció el 30 de enero del año 1097, siendo enterrado en la capilla del citado monasterio de San Juan. (5)

Otra empresa importante acometió el monarca en la ciudad de Burgos, que tendría repercusiones  importantes para el resto de sus reinos: Hacía tiempo que desde Roma estaba recibiendo fuertes presiones, primero por parte del pontífice Alejandro II y después de su sucesor, Clemente VII, para que se unificaran los ritos litúrgicos de la Iglesia española, sustituyendo el mozárabe, que se seguía utilizando en muchos lugares de su reino, por la liturgia romana que ya se celebraba en Europa y también, desde el Concilio de Nájera del año 1067,  en Navarra, Aragón y los condados catalanes. Se trataba de finalizar la reforma de las órdenes monásticas, iniciada con la Regla de San Benito de Nurcia, extendida posteriormente por los monjes benedictinos de la abadía de Cluny, en la Aquitania francesa.

El rey también era partidario de la unificación, pero también sabía perfectamente que el rito mozárabe estaba muy arraigado en muchos monasterios leoneses y castellanos, y que, en consecuencia, su sustitución por el rito romano podía convertirse en una fuente de conflictos políticos y religiosos. De hecho, en los principales monasterios de León, Palencia y Burgos todavía estaba vigente el llamado “Pacto Monástico”, en el que sus abades adoptaban el rito mozárabe para sus comunidades. Por si esto fuera insuficiente, en el reino de Toledo, que era su principal objetivo político y militar a corto plazo, los cristianos tan sólo practicaban la liturgia mozárabe, que resultaba, además, de una gran belleza plástica y musical y ya habían manifestado su intención de conservarla. Pero finalmente, las amenazas del papa Gregorio VII, que llegó a acusar a los castellanos de herejes, la presión de su esposa, la borgoñona Doña Constanza, firme defensora de la liturgia romana y las recomendaciones de su consejero espiritual, el recién llegado monje Adelmus, impulsaron al rey Alfonso a tomar la decisión de resolver, de una vez por todas, aquel conflicto litúrgico que padecían sus reinos.

Para ello, en el año 1080 convoca un Concilio nacional en la ciudad de Burgos con el propósito de abolir para siempre el rito mozárabe y sustituirlo por el romano. El obispo de Burgos, D. Gimeno, fiel defensor de la liturgia romana, que contaba con la confianza de Gregorio VII, fue el encargado de dirigir y presidir las sesiones en las que, a pesar de la resistencia de la mayoría de los obispos, abades y monjes que asistieron, partidarios de la continuidad del rito mozárabe, la liturgia de la Iglesia de Roma se impone como oficial en todos los reinos cristianos de España. (6)

A partir de esta fecha de 1080 el desarrollo urbanístico y comercial de la ciudad de Burgos no cesa de crecer, convirtiéndose en el paso obligado no sólo para los peregrinos que se encaminaban a Santiago, cada vez más numerosos, sino de las rutas comerciales entre el sur y el norte de la península. El rey Alfonso, fiel a su línea de favorecer el reino de Castilla, se ocupó también de restaurar los caminos y puentes que entre Logroño y Burgos ya había empezado a construir el monje burgalés Domingo García, conocido después como Santo Domingo de la Calzada. En el año 1090 el rey y el santo tuvieron una reunión, en la que se acordó que Domingo continuara con la construcción de la nueva vía, pero con la cesión de terrenos, además de apoyo  financiero, por parte del monarca.

Pocos años después, otro joven monje burgalés, Juan de Quintanaortuño, conocido después como San Juan de Ortega, se unió al equipo de Domingo García, convirtiéndose en su más fiel colaborador y a su muerte, ocurrida en el 1109, en el continuador de su obra.

El rey Alfonso VI falleció en Toledo, una de sus ciudades favoritas, el día 1 de julio de 1109, a los sesenta y dos años de edad. La figura de este monarca y su largo reinado-nada menos que 42 años-son de una extraordinaria importancia para el posterior desarrollo de la Reconquista. La enorme expansión territorial conseguida durante su reinado y el inmenso poder acumulado le convirtieron en el líder político y militar de su tiempo, consolidando de  forma definitiva la supremacía de Castilla sobre el resto de los reinos peninsulares. El comercio, las artes, las letras, todavía incipientes y escasos, recibieron un importante impulso.

La ciudad de Burgos, en concreto, fue una de las más favorecidas de sus reinos, iniciándose durante su reinado un periodo de inusitado esplendor, que se prolongaría durante varios siglos.

NOTAS:

(1) Tanto García como Alfonso permanecieron poco tiempo prisioneros en el castillo de Burgos. Garcia, tras prestar juramento de fidelidad al rey Sancho, marchó exilado al reino de Sevilla. Alfonso, gracias a la intervención en su ayuda por parte de su hermana Urraca, que le profesaba u cariño especial, fue enviado como huésped de honor a la corte toledana.
(2) En el año 2009 el Ayuntamiento de Zamora cambió el nombre de “Portillo de la Traición”, por el que, según la leyenda, Vellido Dolfos había salido de la ciudad para asesinar al rey Sancho, por el de “Portillo de la Lealtad”.
(3) La ballesta era un arma propulsora que se empezó a utilizar en Francia hacia el siglo IX, que fue muy utilizada en las Cruzadas, pero prohibida en el año 1139.
(4) Su fama de santidad se debía, principalmente, a la curación milagrosa de la Reina Matilde,  esposa de Guillermo “el Conquistador”.
(5) Actualmente su sepulcro se encuentra en la iglesia de San Lesmes de Burgos, construida en el siglo XIV sobre las ruinas de la capilla de San Juan, mandado derruir por el rey Juan I de Castilla. Sobre las donaciones de Alfonso VI a la ciudad de Burgos existe “El becerro del monasterio de San Juan de Burgos”, en la Institución Fernán González.
(6) Entre los asistentes se encontraban San Sisebuto, abad de Cardeña y Santo Domingo, abad de Silos.

Paco Blanco, Barcelona, octubre 2012

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