LA HUELGA DE HAMBRE DEL CONDE BERENGUER DE BARCELONA -Por Francisco Blanco-

“Mio Cid Roy Diaz por Burgos entrove, En sue compaña sessaenta pendones; exien lo ver mugieres e varones, burgeses e burgesas por las siniestras sone. De las sus bocas todos dizian una razone: ¡Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore!” (Cantar del Mío Cid)

Gentes de armas a caballo llenan de estruendo las calles de Burgos, solitarias en aquella encalmada  mañana castellana. A no ser por el fragor de los cascos de  las caballerías el silencio también sería absoluto en la ciudad, como si sus habitantes la hubiesen abandonado o el transcurrir del tiempo se hubiese detenido únicamente para ellos. Pero el discurrir del tiempo proseguía imperturbable y los burgaleses no habían abandonado sus hogares, ni sufrido encantamiento, sino que permanecían escondidos tras los muros de sus casas, cerradas herméticamente puertas y ventanas. Tenían miedo de dejarse ver, ese era el motivo del ocultamiento. Tan sólo una inocente niña osó dirigirse desde su ventana al que cabalgaba en cabeza de la tropa:

-¡Eh, Campeador, el Rey, nuestro señor, os ha proscrito y puesto precio a vuestra cabeza. No podemos acogeros, ni auxiliaros, ni tan siquiera miraros sin exponernos a terribles penas que caerían sobre nuestras cabezas y nuestras haciendas. ¡Seguid vuestro camino, buen Campeador, y que Dios os valga y os ayude!- 

Uno de los prohombres más admirado del reino, pero a la vez más temido, don Rodrigo Díaz, señor de Vivar y otros ochenta villorrios, alférez mayor del Reino, también conocido como el Campeador, en honor a sus muchas victorias, marchaba hacia el destierro. Otro hombre más poderoso que él, el propio rey Alfonso, le había retirado su confianza y su amistad.

El Campeador, con los ojos empañados por el llanto, pero la cabeza orgullosamente erguida, cruzó bajo el arco de la puerta de Santa María, que le dejaba fuera de la ciudad, y atravesó el Arlanzón seguido de sus fieles vasallos. Ante su vista, nublada por la pena, se extendía la inmensa y yerma llanura castellana.

No muy lejos, otro de sus incondicionales, el honrado caballero burgalés Martín Antolínez, les esperaba abastecido de gran cantidad de provisiones de boca, recogidas en  su propia hacienda, contraviniendo la orden de su soberano. También venía bien provisto de fondos, procedentes de un singular préstamo que unos prestamistas judíos habían concedido al exilado, bajo garantía de un misterioso cofre.

-¡Ancha es Castilla!- debió de pensar el Campeador, comenzando a cabalgar seguido de su hueste. Quedaban por delante muchas leguas de caminos polvorientos antes de superar los límites del reino, del que había sido un principal caballero y en el que ahora era un proscrito.

Durante todo el día cabalgaron sin descanso hasta cruzar el Duero por tierras sorianas. Muchas gentes de armas, de a pie y a caballo, se les fueron uniendo por los caminos, atraídos, sin duda, por las pasadas gestas del de Vivar, cantadas y ensalzadas de boca en boca por todos los rincones del reino. El título de Campeador le fue concedido cuando apenas tenía diecisiete años, al derrotar en singular combate al caballero aragonés, Jimeno Garcés, lugarteniente del rey de Navarra, que gozaba fama de invencible. No fue ésta la única, pues fueron muchas las victorias obtenidas por el Campeador en la lucha contra los moros al lado del rey Sancho. Y también contra los cristianos, pues en el sitio de Zamora, plaza que disputaba el rey Sancho a su hermana doña Urraca, “luchó él solo contra quince caballeros contrarios, siete de los cuales vestían lóriga, uno resultó muerto, dos heridos y caídos en tierra y todos los demás puestos en fuga”.

En aquella su primera noche de destierro el Campeador, durmiendo al raso bajo un cielo profusamente estrellado, tuvo un sueño singular en el que le habló el arcángel San Gabriel:

“Cabalgad, mío Cid, el buen Campeador, que nunca más con más suerte cabalgó ningún varón, mientras vivieres todo te saldrá muy bien”

Bajo estos auspicios celestiales, tan alentadores, continuó el Cid su cabalgar por los esparcidos reinos de taifas, que mantenían sometido bajo el poder de las armas gran parte del territorio peninsular.

Siempre a su derecha cabalga su fiel lugarteniente y pariente, el esforzado caballero Minaya Alvar Fáñez, detrás, un séquito de capitanes tan valientes como Pero Bermúdez, Alvar Alvarez, Alvar Salvadorez, Galindo García, Muño Gustioz, Martín Muñoz, Félix Muñoz, su sobrino, Martín Antolínez, el burgalés de pro, y tantos otros esforzados soldados dispuestos a seguir a su señor y acometer cuantas empresas éste emprendiere.

Convertido en señor de la guerra, sus algaradas por tierras sarracenas le proporcionan ricos y variados botines, que reparte generosamente entre sus valientes vasallos, aunque reservándose para sí la quinta parte, correspondiente, por ley de guerra, a su indiscutible caudillaje. Pero todos se sienten orgullosos y satisfechos de servir a tan poderoso señor, “el que en buena hora nació”.

Pueblos, villas y ciudades son conquistados y sometidos a tributos por el castellano. Hasta un castillo, el de Alcocer, cae en su poder y se convierte temporalmente en su campamento.

El Cid y su ejército, cada vez más numeroso, no encuentran obstáculos a su imparable avance; sus continuas victorias ponen sobre aviso a los reyes moros de Denia, Valencia y Lérida, que deciden unirse y pedir ayuda al aguerrido franco Berenguer Ramón II, conde Barcelona, cuyas tierras de Huesca y Monzón ya habían sufrido el saqueo del Campeador.

Sobre este conde Berenguer Ramón corría la sospecha de haber asesinado a su hermano gemelo, el otro conde franco Ramón Berenguer II, también conocido como “Cap d’Estopa”, por el color rojizo y la abundancia de su cabellera, con el que compartía el poder sobre todos los condados catalanes desde la muerte de su padre, el conde Ramón Berenguer I el Viejo. Con la desaparición de “Cabeza de Estopa” su hermano, al que se le empezó a conocer como “El Fraticida”, se hizo con todo el poder en los territorios catalanes dominados por los francos.

El conde, orgulloso y fanfarrón, que anteriormente había rechazado los servicios de protección que el Cid le ofreciera, al enterarse de sus correrías le acometieron una gran cólera y unos terribles deseos de venganza: “Grandes ofensas me ha hecho mío Cid, el de Vivar, dentro de mi reino. Yo no lo desafié ni le mostré mi enemistad, mas puesto  que él la busca, yo se la haré llegar”.

Y dicho esto, se puso a reunir un poderoso ejército con el que expulsar al Campeador de sus dominios y tomarse cumplida venganza sobre el castellano.

Entre moros y cristianos, todos unidos para derrotar al de Vivar, consigue reunir una nutrida y poderosa tropa, que se pone rápidamente en su búsqueda. El encuentro se produce en el pinar de Tevar, por tierras turolenses. El Cid, que lleva consigo el inmenso botín recientemente conseguido en sus enfrentamientos por las costas mediterráneas con el rey moro de Denia, Alfagit, a quien incluso arrebató el tesoro real que tenía depositado en una cueva, antes de emprender batalla envió al conde su mensajero: “Decid al conde que no lo tome a mal, de lo suyo no llevo nada, que me deje ir en paz”.

Mas el conde, que confiaba en poder derrotar fácilmente a su rival y apoderarse del codiciado botín que transportaba, fue contundente en su respuesta: “¡Eso no será verdad! Lo de antes y lo de ahora todo me lo pagará”

Ante tal belicosa actitud, el enfrentamiento entre ambos ejércitos se hizo inevitable. Los fieros lanceros castellanos arremeten lanza en ristre contra los francos, que vienen descendiendo una ladera, causándoles una gran mortandad. Las tropas del conde intentan reaccionar, pero el empuje del Cid y los suyos se hace irresistible y las pone en desbandada. La batalla, intensa pero breve, concluye con la victoria absoluta del que “en buena hora nació”, que consigue hacer prisionero al mismo conde, con  gran número de sus seguidores. La alegría entre las huestes del Cid es desbordante, todos gritan y alzan sus lanzas y espadas en señal de victoria, al tiempo que van recogiendo un valioso botín. El propio Campeador obtiene como trofeo una valiosa espada,  la Colada, valorada en más de mil marcos de plata, con la  que, junto con la Tizona, ganada unos años más tarde en otro singular combate, en el que dio muerte al rey Búcar de Marruecos, tanta fama y  victorias consiguiera.

El Cid manda preparar un gran banquete para celebrar tan singular victoria, invitando al conde, en uno de sus frecuentes gestos de generosidad, a sentarse a la mesa junto a él, en compañía de sus capitanes. Pero el conde, derrotado y cautivo de su mayor enemigo, no debía estar para fiestas ni convites, a tenor de su respuesta: “No comeré ni un bocado, por cuanto hay en España, antes perderé el cuerpo y moriré, pues que unos desarrapados me vencieron en batalla”.

El Cid, sin darse por ofendido por tales palabras, vuelve a insistir: “Comed, conde, de este pan y bebed de este vino. Si hacéis lo que os digo, quedaréis en libertad, si no, en toda vuestra vida no volveréis a ver a nadie”.

Pero el orgulloso franco no quiere dar su brazo a torcer y sigue en sus trece: “Comed vos, don Rodrigo, pues yo me dejaré morir, que no quiero comer”

De esta forma, el conde prisionero inicia una huelga de hambre negándose, día tras día, a ingerir cuantos alimentos le son presentados; mientras, en el ejército vencedor siguen festejando con gran jolgorio la derrota que le infligieran, al tiempo que se reparten el botín capturado a sus vasallos. Finalmente, llegado el  tercero, colmada ya la paciencia del de Vivar, éste se dirige a su prisionero en la siguiente forma: “Comed algo, conde, que si no coméis, no veréis jamás a nadie; y si coméis, en forma que me sienta satisfecho, a vos y a dos hidalgos de los vuestros os liberaré los cuerpos y os daré libertad”

Este generoso ofrecimiento por parte de su apresor, hace recapacitar al conde sobre la conveniencia de deponer su actitud y tomar los alimentos que se le ofrecen, junto con su libertad: “Si hacéis eso, Cid, lo que me habéis dicho, durante toda mi vida quedaré maravillado”. A lo que respondió el Campeador: “Pues comed, conde, y cuando hayáis comido os liberaré a vos y a otros dos, mas de lo que habéis perdido y yo gané en la batalla, sabed, no os daré ni una moneda, mas de cuanto habéis perdido nada os devolveré, porque lo necesito yo para mí  y para mis vasallos, que van conmigo desafortunados. ¡No os lo devolveré!. Ganando lo de vos y otros nos iremos arreglando. Llevaremos esta vida hasta que Dios quiera, como quien sufre las iras del rey y es de su tierra expulsado”. Así habló el que en buena hora nació, mientras ordenaba a sus vasallos que dispusieran abundante comida y bebida para el conde y los dos caballeros que iban a ser  liberados con él. No se hace de rogar esta vez el conde, quien, acompañado por sus dos vasallos, empiezan a dar buena cuenta de cuanto les van poniendo a la mesa, mientras el Cid le contempla complacido: “Si no coméis bien, conde, de modo que a mí me agrade, aquí nos quedaremos, no nos separaremos”. A lo que esta vez el prisionero responde: “Gustosamente lo haré” 

De esta forma finaliza la huelga de hambre del conde de Barcelona, Berenguer Ramón II, quien, una vez finalizado el festín con que el castellano le obsequiara,  montó en el caballo que le ofrecieron y, a trote corto primero, y después al galope, se fue alejando del campamento del Campeador, seguido de sus dos caballeros.

La Historia hará que los destinos del conde y el Campeador vuelvan a encontrarse en más de una ocasión. No muchos años más tarde, peleando el conde por conquistar Valencia y el Cid por defenderla, volvió a caer aquél nuevamente en manos del castellano. Pero, finalmente, llegaron a unirse ambas estirpes, aunque parece ser que ya había fallecido el Campeador, mediante los esponsales del sobrino del conde, el futuro conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, el Grande, con María Rodríguez, una de las dos hijas del Cid, después del  malogrado matrimonio de ambas con los condes de Carrión.  

Paco Blanco
Barcelona

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