BODA REAL EN BURGOS -Por Francisco Blanco-

El joven y enfermizo rey de España, D. Carlos II de Austria, había manifestado en numerosas ocasiones su deseo de casarse, para dar un heredero a la corona “en la medida de sus fuerzas”, bastante escasas por cierto, como se podrá apreciar fácilmente. Tan apremiantes debieron ser sus deseos, que por la Villa y Corte los madrileños también los hicieron suyos a través de una cancioncilla que corría de boca en boca: 

“Nuestro rey D. Carlos se quiere casar con una princesita que sepa reinar en uno y otro lado de la vasta mar” 

El pecho hundido, la voz cascada, la cara pálida y alargada por su mandíbula colgante-herencia de familia-no conferían al casadero monarca un aspecto atractivo, más bien al contrario, sin embargo, le eligieron por esposa a una bella parisina, Mª Luisa de Orleans, hija del Duque de Orleans y sobrina, por tanto,  de Luís XIV, rey de Francia, que a su vez estaba casado con su hermana Mª Teresa de Austria.

Según los rumores que siempre se producen en torno a los casamientos, parece ser que a D. Carlos, cuando contempló el retrato de su prometida, se le aceleraron los deseos de que la boda se celebrase cuanto antes, y así se lo hizo saber a su hermano bastardo D. Juan José de Austria: “La reina de España será la gabachita o ninguna”. Seguramente su hermano, que en su fuero interno todavía albergaba alguna esperanza de sentarse en su lugar en el trono de España, debió pensar para sí que mejor ninguna; pero esto es ya meterse en especulativas intimidades familiares, de modo que sigamos con los hechos. (1)

Lo cierto es que los trámites para la boda se aceleraron y el 19 de noviembre de 1679 en Quintanapalla, pueblo perteneciente al Alfoz de Burgos, a tan solo tres leguas de  la capital, se celebró el encuentro y la confirmación de los desposorios, realizados previamente por poderes, de la real pareja. Según testigos presenciales, el rey quedó tan embelesado contemplando en persona la atractiva figura de  su esposa, que solo fue capaz de balbucir: “Oh, mi reina”, “Oh, mi reina”……., moqueando y con los ojos inundados de lágrimas, provocadas por la emoción del encuentro y por un fuerte catarro que había pescado por tierras burgalesas, en las que ya se había instalado el crudo invierno castellano.       

La ceremonia tuvo lugar en la iglesia parroquial de San Esteban, oficiada por el Patriarca de las Indias y con carácter muy íntimo, pues los asistentes se limitaron a los personajes más notables de sus respectivos séquitos. Por parte de la reina, su aya la duquesa de Terranova, el embajador Villars y el príncipe d´Hartcourt; el rey iba acompañado por el marqués de Oñate, su mayordomo y el Condestable de Castilla, su anfitrión.  El novio contaba 18 años y la novia 16.

Antes de regresar a la Corte la real pareja pasó unos días en el palacio burgalés de los Condestables de Castilla (Casa del Cordón), por la que ya habían pasado sus antecesores los Reyes Católicos; la hija de éstos, Juana I de Castilla “La Loca” con su marido Felipe I “El Hermoso” y su hijo, el César Carlos I (V de Alemania). Con objeto de darse a conocer al pueblo burgalés,  en los comedores del palacio algunas de las comidas que se celebraron fueron públicas, cosa que se hizo rompiendo el protocolo, por lo que muchos burgaleses curiosos acudieron a ver comer a sus reyes, al tiempo que los observaban de cerca; la belleza de la joven reina no dejó de causar admiración a quienes la pudieron contemplar. También visitaron el Real Monasterio de las Huelgas, situado en los suburbios de la ciudad, donde fueron recibidos por su abadesa doña Inés de Mendoza y Niño.

Durante su corta luna de miel,  en la capital burgalesa se celebraron corridas de toros y fuegos artificiales en su honor, así como varias misas solemnes en la Catedral, pues el joven monarca era una persona muy piadosa, acostumbrada a vivir rodeado de personajes con sotana.

Lo que no quedó muy  claro fue si el matrimonio llegó a consumarse en su noche de bodas o en las sucesivas, pero si resulta absolutamente evidente que la impotencia del infeliz monarca-una de las numerosas taras con que le había dotado la naturaleza-le incapacitaba para tener descendencia.

No obstante, el pueblo español le inventó a la joven e infortunada reina-cuya belleza se merecía un marido algo mejor dotado-otra popular coplilla: 

“Parid bella flor de Lis, que en aflicción tan extraña si parís, parís a España, si no parís, a Paris”. 

El matrimonio de Carlos II y Mª Luisa de Orleans duró casi diez años, falleciendo la reina el 12 de febrero de 1689, al parecer por una perforación intestinal. Según aseguran algunos testigos de su muerte, sus últimas palabras fueron para su marido: «Muchas mujeres podrá tener Vuestra Majestad; pero ninguna que le quiera más que yo».

De su segundo matrimonio con Mariana del Palatinado-Neoburgo, como es bien sabido, tampoco tuvo descendencia, por lo que al morir sin sucesión este rey al que llamaban el Hechizado, varias Cortes europeas se liaron a bofetadas disputándose el trono español. Finalmente, un tal Felipe de Anjou, quien curiosamente era nieto de Luís XIV y por lo tanto primo de Mª Luisa, su linda primera esposa, se llevó el gato al agua, ocupando el trono vacante con el nombre de Felipe V (2).   

NOTAS: 

(1) D. Juan José de Austria era uno de los muchos hijos bastardos que tuvo Felipe IV; su madre fue María Calderón, una bailarina y actriz que actuaba en el teatro madrileño del “Corral de la Cruz”, más conocida como la Calderona.

(2) Felipe V fue coronado rey de España en Versalles, el 19 de setiembre de 1700. La Guerra de Sucesión española duró desde 1700 hasta 1714 

Paco Blanco, Barcelona, diciembre de 2011

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