HEREJES BURGALESES (Parte I) -Por Francisco Blanco-

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La persecución llevada a cabo durante los comienzos del siglo XIII por el burgalés Domingo de Guzmán y sus dominicos en el sur de Francia, contra cátaros y albigenses, fue la causa de que algunos de estos llamados herejes emprendieran la huida hacia los reinos cristianos de la Península Ibérica a través del Camino de Santiago, camuflados como peregrinos o mercaderes, llegando a establecerse en algunas ciudades como Burgos, Palencia y, sobre todo, León, tres de las ciudades más importantes de la ruta jacobea, bastante alejadas, además, de sus lugares de origen. No se tienen noticias fiables sobre el grupo que se quedó en Burgos, pero lo más probable es que fuera poco numeroso y sus miembros pasaran desapercibidos en aquel mundo abigarrado y tolerante que se había propiciado, especialmente en los núcleos urbanos, con la llegada masiva de romeros y sin que sus creencias heréticas dejaran apenas huella (1).

Fernando III el Santo, tolerante con los judíos, pero que desconfiaba de las corrientes heterodoxas que pudieran llegar de allende los Pirineos, publicó un edicto por el que a los herejes se les condenaba a la confiscación de sus bienes, el destierro y a llevar una señal indicativa en el rostro, hecha con un hierro candente. Los “Anales Toledanos” nos cuentan como este monarca “enforcó muchos omes e coció muchos en calderas”. Otra cosa era el problema judío: Latente prácticamente desde el inicio de la Reconquista, alcanzó su máxima virulencia durante el reinado de los Reyes Católicos, que acabaron expulsándolos nada más acabar la definitiva conquista del reino de Granada en 1492. Unos años antes, en 1478, la bula concedida por el papa Sixto IV permitió la creación en España del Tribunal de la Inquisición, que durante los primeros años de su actuación dedicó prácticamente su actividad a perseguir judíos y judíos conversos sospechosos de seguir practicando de forma clandestina sus prohibidos ritos hebreos.

Unos 5.000 judaizantes fueron quemados en la hoguera tan sólo durante este reinado. También es cierto que la raza judía y su religión no contaban con la simpatía popular, la mayoría de los “cristianos viejos” consideraba que gozaban de “muy gran riqueza y vanagloria y vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían conciencia con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus hijos, salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo”. Lo cual no era del todo incierto, pues muchos judíos y conversos ocupaban altos cargos eclesiásticos, desempeñaban puestos dirigentes en los municipios, se enriquecían con actividades mercantiles o practicaban las profesiones liberales que casi estaban vedadas a la masa cristiana.

Por si esto fuera poco, actuaban también como recaudadores de impuestos para la corona y la nobleza. Contra estos privilegios protestaron las Cortes celebradas en Burgos el año 1367. La respuesta del rey Enrique II fue la siguiente: “……Verdad es que Nos mandamos arrendar las dichas rentas a judíos, porque non fallamos otras gentes que las tomasen…….”. Tal era el caso de Burgos, ciudad en la que poderosas familias de conversos ocupaban cargos de gran importancia, contando incluso con el favor y la protección de algunos monarcas de la dinastía Trastamara, como Juan II y Enrique IV. La judería de Burgos, después de la de Toledo, era la más importante del reino de Castilla y estaba formada por diferentes sinagogas concentradas, posiblemente, en la zona oeste de la parte más alta de la ciudad, pero dentro de sus murallas. Sus integrantes pertenecían a diferentes clases sociales, siendo, en consecuencia, muy diversas las actividades que ejercían: había médicos, escribanos, comerciantes, artesanos y hasta campesinos y no parece que sus relaciones con el resto de los burgaleses estuvieran marcadas por enfrentamientos excesivamente violentos.

A finales del siglo XIV apareció por Burgos el fraile valenciano San Vicente Ferrer, dominico discípulo del burgalés Santo Domingo de Guzmán y feroz antisemita. Este predicador, dotado de una gran capacidad de persuasión y elocuencia, don de lenguas y poderes taumatúrgicos, consiguió que una gran cantidad de judíos burgaleses se convirtieran al cristianismo recibiendo las aguas bautismales, originándose, a partir de entonces, una importante comunidad de judíos conversos, también conocidos como “cristianos nuevos”. Fuera o no sincera la conversión de estos judíos, lo cierto es que la nueva clase social a la que dio lugar se constituyó en una pieza clave para el desarrollo económico y el esplendor cultural que alcanzó la ciudad de Burgos en los dos siglos siguientes. (2) Precisamente, gracias al dinero de un prestamista judío, Juan Fust, en el año 1449 el alemán Johannes Gutemberg pudo llevar a buen fin su invento de la imprenta, que iba a cambiar por completo el panorama cultural de la humanidad. En principio, el objetivo era demostrar que con su invento se podían realizar varias copias de la Biblia en el mismo tiempo que copiaba una el más rápido y experto de los monjes copistas y con la misma calidad en todas ellas. Hasta entonces los libros se difundían gracias a las copias manuscritas que una legión de monjes realizaba en sus respectivos monasterios por encargo de las altas jerarquías eclesiásticas, o de los propios reyes y nobles.

De esta forma la cultura y el conocimiento quedaban encerrados en castillos, iglesias, monasterios y catedrales, quedando su acceso totalmente cerrado para el pueblo llano. Pero a pesar del éxito conseguido, Gutemberg no pudo comercializar sus copias, pues se consideraba herejía realizar copias de la Biblia sin autorización del pontífice de Roma. Esta llegó en el año 1454 gracias a la Bula emitida por el papa Nicolás V. A partir de aquí la difusión de la Biblia comenzó a extenderse por toda la Europa cristiana, y con ella toda clase de libros, aunque la cultura siguió siendo un privilegio de las clases dominantes. Sin embargo, esta relativa facilidad de acceso a la Biblia y al resto de lo que hasta entonces habían escrito humanistas, filósofos, poetas y científicos, fue en detrimento del dogmatismo que la Iglesia Católica había impuesto hasta entonces a la sociedad.

El poder ejercido desde Roma empezó a resquebrajarse por la presión de nuevas ideas y doctrinas que hablaban de reformas. El 17 de octubre de 1517 un fraile agustino, Martín Lutero, catedrático de teología de la Universidad de Wittemberg, clavó en las puertas de la iglesia de dicha Universidad las 95 tesis denunciando la avaricia y la corrupción de la Iglesia de Roma y proponiendo la apertura de un debate sobre el abuso de las indulgencias papales. El Papa León X no dio demasiada importancia a este requerimiento, afirmando que “fue un borracho alemán quien escribió las tesis y cuando esté sobrio cambiará de parecer”, pero, en realidad, acababa de saltar la chispa que iba provocar la inmensa hoguera de la reforma protestante, que se extendió rápidamente por toda Europa, llegando incluso hasta España, a pesar del cordón protector y represivo desplegado por la Inquisición, que sin dejar de perseguir moriscos y falsos judíos conversos, amplió su campo de acción sobre los herejes. En la Universidad de Alcalá, fundada por el cardenal Cisneros el año 1498, mediante la creación de diferentes cátedras de teología, se abrieron las puertas a la entrada en España de las nuevas corrientes humanísticas que corrían por Europa, y por ellas no tardaron en entrar las doctrinas de un tal Erasmo de Rotterdam sobre un humanismo cristiano, basado en el conocimiento de las Sagradas Escrituras. En la propia Universidad se puso en marcha el proyecto de la “Biblia Políglota” que incluía el texto del Antiguo Testamento en hebreo, caldeo y arameo, y el del Nuevo Testamento en griego y latín.

El propio cardenal Cisneros invitó a Erasmo de Rotterdam a participar en el proyecto, obteniendo del humanista una negativa respuesta que se hizo famosa: “Non placet Hispania”. Tal vez el humanista flamenco adivinó o intuyó la dura persecución que no tardarían en sufrir sus ideas, sus seguidores y sus obras a lo largo y lo ancho de nuestro país. En el año 1512, hace ahora 500 años, el burgalés Pedro de Lerma, doctor en teología por la Sorbona y destacado humanista, era nombrado por el cardenal Cisneros primer Canciller de la Universidad de Alcalá. La ceremonia de la toma del cargo por parte del nuevo canciller se celebró en el Colegio de San Idelfonso y el tema de su discurso de investidura versó nada menos que sobre la Ética de Aristóteles. Este teólogo y humanista burgalés era un entusiasta erasmista y un profundo conocedor de las Sagradas Escrituras. Su labor al frente de la Universidad de Alcalá, participando activamente en el proyecto de edición de la Biblia Políglota emprendido por Cisneros, duró hasta que en el año 1535, acosado por la Inquisición, que le acusaba de propagar por España las ideas erasmistas, tuvo que regresar a Burgos. En su ciudad natal fue procesado por la Inquisición, que le obligó a retractarse públicamente de once proposiciones “heréticas, impías, malsonantes, escandalosas y ofensivas”.

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Finalmente, dos años después, el 1537, ante el riesgo cada vez mayor de ser encarcelado por la Inquisición, que no cesaba de perseguirle, emprendió, como tantos otros españoles insignes a lo largo de nuestra historia, el camino del exilio, trasladándose a Paris, donde reanudó su vida docente, ocupando una cátedra de teología en la Universidad de la Sorbona, de la que llegó a ser decano hasta que murió en el año 1541. En realidad, durante el primer cuarto del siglo XVI las doctrinas de Erasmo y sus publicaciones habían disfrutado de una buena acogida por parte de los teólogos y humanistas españoles más destacados. Por ejemplo, de su obra “Enchiridion militis christiani” (Manual del caballero cristiano) se llegó a decir: “En la corte del César, en las ciudades, en las iglesias, en los conventos, hasta en las posadas y caminos, apenas hay quien no tenga el Enquiridion de Erasmo”. (3) Incluso gozó del favor y la protección del Inquisidor General, el arzobispo de Sevilla D. Alonso de Manrique, convencido erasmista, que le defendió de los ataques y las envidias de las órdenes religiosas más poderosas (4).

Incluso un ortodoxo tan implacable y estricto como D. Marcelino Menéndez Pelayo llegó a decir unos siglos más tarde: “Quien habla mal de Erasmo, o es fraile o es asno”. (5) Pero en el año 1527 un grupo de teólogos reunidos en Valladolid empezaron a poner en cuestión las doctrinas renovadoras de Erasmo, acusándole de atacar los dogmas y costumbres de la Iglesia. La orden franciscana, por su parte, pide a la Inquisición que recupere el espíritu del terrible Torquemada, consiguiendo que algunos notables erasmistas, como Juan de Vergara y Alonso de Virués fueran encarcelados. La Iglesia Católica pone en marcha la Contrarreforma y Erasmo, que había muerto en 1536, a pesar de que nunca había cuestionado la autoridad de Roma, se convierte en una figura a eliminar: sus textos fueron requisados y quemados por la Inquisición y sus simpatizantes perseguidos y encarcelados por herejes.

Su gran defensor en España, el arzobispo Manrique, murió en el 1538. Se puede afirmar, sin riesgo a equivocarse, que a partir del año 1540 el nombre de Erasmo no podía pronunciarse en España sin riesgo de ser detenido por la Inquisición. Otro humanista burgalés, D. Francisco de Enzinas, para poder continuar con sus estudios de hebreo y sus trabajos para traducir la Biblia del hebreo al castellano, también tuvo que huir de España, haciendo caso del consejo de su tío D. Pedro de Lerma, otro exilado burgalés: “Márchate a un lugar donde todavía puedas acercarte a las Santas Escrituras con libertad, donde puedas escribir con libertad, donde sea posible leer con libertad”. Francisco de Enzinas, había nacido en Burgos el 1 de noviembre del año 1518, su padre, Juan de Enzinas, de origen converso, era un acomodado comerciante burgalés con prósperos negocios en Flandes, su madre, de nombre Ana, murió cuando Francisco aún era un niño y su padre volvió a contraer matrimonio con Beatriz de Santa Cruz, perteneciente a otra de las familias mas influyentes de la ciudad burgalesa.

La acomodada situación de su familia y sus importantes contactos con numerosas ciudades de Europa facilitaron la entrada de Francisco en la Universidad Católica de Lovaina, donde ya aparece matriculado en el año 1539. Con anterioridad había sido alumno de La Universidad de Alcalá, de la que era Canciller su tío Pedro de Lerma; de allí pasó a París, donde fue alumno del catedrático de hebreo, François Vatable, en el Collège Royal. En la capital de Francia permaneció Enzinas acompañando a su anciano y enfermo tío, hasta su fallecimiento en 1541. Muy pronto, Enzinas, de espíritu inquieto y trato agradable, entró en relación con un círculo de estudiantes tan inquietos como él, ávidos también de ampliar sus conocimientos teológicos, incluso traspasando, si fuera necesario, los límites marcados por la ortodoxia católica. En este círculo figuraban su amigo y paisano Francisco San Román, el conquense Juan Díaz, Hernando de Jarava y su sobrino Juan de Jarava; su hermano menor Diego de Enzinas, que permaneció poco tiempo en París, y algunos extranjeros conocedores de las ideas reformistas de Melanchthon, como Jan Lasky y Albert Hardenberg.

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Después de la muerte de su tío se traslada a Wittenberg, matriculándose en su famosa Universidad, en la que acudió a las clases de griego del gran amigo y colaborador de Lutero, Phillipp Melanchthon. La relación entre catedrático y alumno se hizo tan íntima, que Enzinas estuvo viviendo en la casa de Melanchthon durante más de un año. Esta íntima amistad marcó de forma profunda el pensamiento del estudiante burgalés, que si no llegó a declararse abiertamente protestante si le hicieron reflexionar muy seriamente sobre algunos de sus aspectos teológicos, tal como lo cuenta él mismo: “……no hay en la vida cualidad más alta y más valiosa que asumir la defensa de la religión verdadera con nobleza de espíritu y reciedumbre invencible, y una vez asumida, defender la fe cristiana enérgicamente y hasta el último suspiro”. Durante su estancia en Wittenberg Enzinas continuó trabajando en su traducción al castellano del “Nuevo Testamento”, que había comenzado en Lovaina, pero esta vez con el apoyo de su maestro Melanchthon, dejando el manuscrito listo para entregar a la imprenta a principios del año 1543. Con el manuscrito bajo el brazo Enzinas se trasladó a Amberes, donde residía su impresor y donde tenía parientes y amigos a los que saludar y con los que reanudar viejas relaciones.

Pero el ambiente de la ciudad flamenca no era por entonces el más propicio para recibir a un joven estudiante español procedente de Wittemberg, donde predicaban Lutero y Melanchthon. Poco antes de su llegada, por orden del procurador general de la ciudad, varios vecinos sospechosos de simpatizar con los reformistas protestantes habían visto sus domicilios sometidos a un riguroso registro en busca de pruebas de su supuesta herejía. En vista de un panorama tan desalentador, Francisco de Enzinas, después de entregar su manuscrito al impresor Esteban Meerdmann, no tuvo más alternativa que empaquetar de nuevo sus cosas y abandonar Amberes en busca de lugares más seguros para su persona. En Bruselas las cosas no andaban mucho mejor que en Amberes, por lo que decidió volver a Lovaina, donde más amigos y parientes tenía y donde, por fin, fue acogido por su tío Diego Ortega, otro acaudalado comerciante burgalés que había fijado su residencia en dicha ciudad. Durante esta su segunda estancia en Lovaina Enzinas pudo sentir el ambiente de intolerancia y persecución que se había generado en torno a los sospechosos de simpatizar con las doctrinas reformistas, llegando incluso a ser testigo de algún auto de fe contra vecinos acusados de herejes por la Inquisición. Este ambiente de miedo y estas duras experiencias dejaron una angustiosa huella en su ánimo, pero no alteraron su firme propósito de seguir adelante con la publicación de su obra, aunque, eso sí, extremando las precauciones.

Por consejo de un dominico español el título inicial de “El Nuevo Testamento, o la nueva alianza de nuestro Redemptor y solo Salvador, Jesucristo”, fue sustituido por el de “El Nuevo Testamento de nuestro Redemptor y Salvador Jesu Christo”, al mismo tiempo recabó el examen de unos teólogos franciscanos, que dictaminaron que la traducción no parecía infiel ni sospechosa. Finalmente, el libro salió de la imprenta en el mes de octubre de 1543. Con el libro impreso y dedicado al emperador Carlos, el 13 de noviembre de 1543 Francisco de Enzinas llegaba a Bruselas dispuesto a entregárselo en propia mano, aunque para ello tuviera que recurrir a todas sus influencias. El obispo de Coria, D. Francisco de Mendoza (6), que por entonces era el capellán del emperador, y al que había conocido como profesor en la Universidad de Alcalá, fue su valedor y el que consiguió que el César Carlos le concediera audiencia. Ésta tuvo lugar el 25 de noviembre de 1543. La dedicatoria, sacada del Deuteronomio, decía “Copiará el rey el libro de esta Ley en un volumen delante de los sacerdotes y de los levitas; le tendrá siempre junto a sí y le leerá todos los días de su vida para no apartarse de sus preceptos a derecha ni a izquierda y dilatar su reinado y el de sus hijos en Israel”, e iba acompañada por tres razones: 1ª/ Por tolerancia: “Si es de Dios sobrevivirá a este tiempo” 2ª/ Por honra: “La honra de nuestra nación española, a la que muchas otras tratan mal de palabra y se ríen de ella por no disponer de las Escrituras” 3ª/ Por legalidad: “Si fuera cosa mala, S. M. o el Papa ya hubiesen mandado que no se escribieran tales libros”.

El emperador aceptó el libro de Enzinas, advirtiéndole que lo pasaría a su confesor para su examen. Por aquella época, estando muy reciente su nombramiento, el confesor real era el Vicario General de los dominicos alemanes, Fray Pedro de Soto, nacido en Alcalá de Henares y ordenado en Salamanca, en cuya Universidad había sido profesor de teología. Este dominico, que presumía de pureza de sangre, o sea, de “cristiano viejo” y estaba empeñado en una lucha sin cuartel contra el protestantismo, invitó al burgalés a mantener una charla informal y distendida sobre el tema, antes de sacar conclusiones. Éste aceptó la invitación sin tan siquiera sospechar que se trataba de una trampa que le tendía el dominico. Efectivamente, unos días después, el 13 de diciembre, ambos personajes intercambiaron sus puntos de vista. Al finalizar la entrevista, ya entrada la noche, Enzinas fue apresado y conducido a la cárcel de la ciudad, donde le mantuvieron incomunicado durante varios días, hasta que le notificaron que se le iba a abrir un proceso por hereje.

Durante más de un año permaneció preso el burgalés, sometido a duros e interminables interrogatorios y acosado además por su familia, que le presionaba para que abjurase de sus ideas, reprochándole que con su actitud estaba echando sobre ellos el más negro de los baldones. Él mismo, en sus memorias, hace la siguiente reflexión: “Fue entonces cuando sentí un estremecimiento de horror en mi conciencia, terrores de muerte y la lucha indescriptible entre el espíritu y la carne. Pensaba yo, en efecto, que de un modo u otro se desembocaría en una discusión sobre tema religioso, y nadie ignora cuánto riesgo y qué seguridad de morir hay en tales discusiones, sobre todo con gente que de antemano tiene trazado perseguir al Evangelio. El espíritu me empujaba a resistir y proclamar libremente mi fe en Cristo; la carne me ponía delante la probabilidad de morir y me invitaba, tembloroso y en lucha abierta con la muerte, a desertar”. Finalmente, de una forma casi milagrosa, el 1 de febrero de 1545 consiguió huir de la cárcel de Bruselas y encaminarse de nuevo a su seguro refugio de Wittemberg.

Huésped de nuevo de su amigo y maestro Melanchthon, en cuya casa permaneció durante dos meses, escribiendo sus memorias, a las que tituló “De statu Belgico deque Religione Hispánica. Historia Franciscus Enzinas Burgensis”, en las que lanza implacables acusaciones contra la Inquisición y el clero español, pero evitando criticar la actuación del emperador, al que consideraba secuestrado por los fanáticos frailes españoles. Pero, a partir de aquí, Francisco de Enzinas se convierte en un fugitivo que se traslada de ciudad en ciudad y de país en país, adoptando diferentes nombres para ocultar su identidad, pero perseguido siempre por la larga y amenazadora sombra de la Inquisición. (7) Visitó, amparado por nombres falsos, numerosas ciudades como Núremberg, Estrasburgo, Constanza, Zurich, Lindau, San Galo, Memmingen, Ginebra e incluso Amberes. Mantuvo contactos personales y correspondencia con las figuras más importantes del protestantismo, como Martín Bucer, Jerónimo Seiler, Vadiam, Bullinger, Calvino y su buen amigo, el conquense Juan Díaz, al que tenía intención de visitar en su casa de Neoburgo, cosa que no pudo llevar a cabo, pues el 27 de marzo de 1546 Díaz fue salvajemente asesinado, de un hachazo en la cabeza, por orden de su propio hermano, Alfonso Díaz, clérigo de la curia romana.

El autor material del crimen fue su criado, que anteriormente había ejercido en España el oficio de verdugo, pero en este crimen religioso hubo también una tercera persona que actuó como inductor, se trata del fraile dominico burgalés Pedro de Maluenda, antiguo condiscípulo de Juan Díaz en la Universidad de Paris; ambos, que discrepaban profundamente en sus apreciaciones teológicas, habían tenido varios enfrentamientos dialécticos durante la celebración de la Dieta de Ratisbona a principios de este mismo año de 1546. Cuando Pedro de Maluenda regresó a Roma y se encontró con Alfonso Díaz, le puso en antecedentes sobre las ideas heréticas de su hermano. Semejante información causó primero la sorpresa y después la indignación de Alfonso, que se manifestó dispuesto a solucionar el problema al precio que fuera, para evitar que el deshonor y la infamia cayeran sobre su familia. El precio, como se ha podido ver, fue la vida de Juan Díaz. Los autores, amo y criado, fueron detenidos en Innsbruck, pero ninguno de los dos llegó a ser juzgado, gracias a la personal intervención del emperador Carlos. La noticia del impune asesinato de Juan Díaz se extendió con rapidez por toda Europa, levantando una ola de indignación y de protesta de las ciudades alemanas por la injusta arbitrariedad cometida por Carlos V.

Francisco de Enzinas recoge el suceso en su “Christianae Religionis Summa”, que obtuvo un gran éxito de difusión y fue traducido a varias lenguas. Todavía no se habían acabado las desgracias para Francisco de Enzinas en este malhadado año de 1546. En diciembre su hermano Diego, preso de la Inquisición en Roma, fue juzgado por hereje y quemado vivo en la hoguera, al no querer retractarse de sus heréticas ideas. Todo se ponía en su contra, se sentía decepcionado, decaído y sin saber que camino tomar; uno de sus hermanos le remitió desde España una carta en la que le advertía: “Ten cuidado Francisco, vigila, hay quien preferiría matarte a ti, como traidor a la patria y a la fe, que a cualquier rebelde alemán por poderoso que sea”. Durante un tiempo, sigue vagando de ciudad en ciudad, sintiéndose siempre perseguido. Pero en 1548 una nueva luz ilumina su vagabunda existencia, en Estrasburgo conoce a Margarita Elder y se casa con ella. La nueva familia, atendiendo los consejos de numerosos amigos, se trasladó a Inglaterra, donde Francisco impartió clases de griego en la Universidad de Cambrige como “Regius Professor of Greek” y continuó trabajando en sus proyectos editoriales, que incluían traducciones de Plutarco, Tito Livio, Lúculo, Luciano y otros clásicos.

También nace su primera hija, Teresa. En 1550 la familia decide regresar a Estrasburgo, al haber encontrado Enzinas un impresor para sus traducciones. Establecida la familia en esta ciudad, Enzinas continua con sus traducciones y sus proyectos editoriales y en 1551 nace su segunda hija, Beatriz. Pero la andadura del heterodoxo burgalés, Francisco de Enzinas, estaba a punto de llegar a su fin. A finales de 1552 una epidemia de peste se extiende por Estrasburgo y el 30 de diciembre acaba con su vida cuando tan sólo contaba 34 años de edad, su esposa Margarita sucumbe el 1 de febrero de 1553. Las dos huérfanas, que sobrevivieron a la epidemia, quedaron al cuidado de los familiares de la madre.

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NOTAS

(1) Lucas de Tuy, llamado el Tudense, humanista y obispo de Tuy, en su obra “De altera vita fideique controversiis adverus Albigensium errores libri III”, escrita hacia el año 1235, combate la herejía albigense.

(2) El profesor mirandés D. Francisco Cantera Burgos es un destacado historiador del Judaísmo Español. En su ciudad natal se encuentra la “Fundación Cantera Burgos”, que posee una nutrida biblioteca sobre el tema.

(3) Carta del madrileño Alonso Fernández al propio Erasmo, fechada en 1527.

(4) El Enquiridion se publicó en 1.527 y estaba dedicado al arzobispo Manrique.

(5) D. Marcelino Menéndez Pelayo “Historia de los heterodoxos españoles”.

(6) D. Francisco de Mendoza había sido profesor de teología y griego en la Universidad de Alcalá mientras fue Canciller D. Pedro de Lerma. Fue nombrado obispo de Burgos en 1550, permaneciendo en la silla episcopal hasta 1566. Murió ese mismo año en Arcos de la Llana (Burgos), en un palacio en el que acostumbraban a descansar los obispos de Burgos.

(7) Franciscus Dryander, Françoys du Chesne, Franciscus Quernaeus o Quercetanus, Claude de Senarclens, fueron los nombres más utilizados por Enzinas para despistar a sus perseguidores. Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2012

Francisco Blanco -Barcelona 2012-

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