HEREJES BURGALESES (Parte II) -Por Francisco Blanco-

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Diego de Enzinas, también nacido en Burgos hacia el año 1520, era, por lo tanto, dos años más joven que su hermano Francisco. En un principio parece que estaba destinado a ejercer la profesión de comerciante, continuando la larga tradición familiar, por lo que en el año 1538 fue enviado a estudiar al “Collegium Triliungue” de la Universidad Católica de Lovaina, donde también estudiaba su hermano. Pero, al igual que su hermano Francisco, Diego dio pronto el salto a París, impulsado por sus inquietudes religiosas, donde entró en contacto con un grupo de calvinistas, entre los que se encontraban el conquense Juan Díaz, con el que trabó una firme amistad y los hermanos Luis y Claudio Senarclaus, acogidos todos al magisterio de Martín Bucer.

En 1542, abandonados sus proyectos comerciales, se encuentra en Amberes dedicado a la traducción del “Catecismo” de Calvino y de la “Libertad Cristiana” de Lutero, ambas prologadas por él mismo (1). También se encargó de la impresión y publicación de la obra de su hermano “Breve y compendiosa institución de la religión cristiana”.

Sus primeros problemas con la Inquisición le vienen al ser descubierto su intento de introducir en España varios cientos de ejemplares de la obra de su hermano citada anteriormente, que él mismo se había encargado de imprimir. El envío fue interceptado por la Inquisición de Calahorra el 31 de mayo de 1542, siendo quemado todo su contenido. A partir de esta fecha la Inquisición le incluye en su lista de posibles herejes y ya no deja de seguir sus pasos.

Por consejo de su familia se traslada a Roma, donde pensaba encontrarse más seguro, pero, para su desgracia, la Inquisición fue reinstaurada en Roma ese mismo año. Durante su estancia en Roma, tratando de pasar desapercibido adoptó el seudónimo de Jacobus Dryander, continuando con sus escritos y manteniendo correspondencia con destacados protestantes, incluido el mismo Martín Lutero.

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También se encontró en Roma con su paisano y pariente, el clérigo humanista Pedro de Maluenda, que puso gran empeño en desviar a Diego de sus tendencias reformistas, echándole en cara que un burgalés, perteneciente a tan ilustre linaje, pudiera convertirse en hereje. Igualmente le cogió en la ciudad romana la apertura del nuevo Concilio, que acabaría condenando todas las doctrinas de la Reforma y declarando herejes a todos sus seguidores.

En la ciudad libre de Trento, en el norte de Italia, el 13 de diciembre de 1545 tenía lugar la apertura de la primera sesión del Concilio General de la Iglesia Católica, convocado por el Papa Pablo III después de muchos intentos frustrados.

Con él la Iglesia Católica de Roma iniciaba la Contrarreforma, haciendo ya imposible la reconciliación entre católicos y protestantes. Las sesiones estuvieron presididas por el propio Papa, 25 obispos y 5 Vicarios Generales de diferentes Órdenes religiosas, con una asistencia masiva de clérigos y frailes de diferentes países. La presencia española fue de las más numerosas, destacando especialmente la de teólogos jesuitas y dominicos.

Varios burgaleses también participaron activamente en el desarrollo de sus sesiones. Además del ya citado dominico burgalés, Pedro de Maluenda, enviado personalmente por Carlos V, estuvieron presentes en algunas de sus sesiones el predicador franciscano Fray Cristóbal de Santirso, el carmelita Fray Antonio de la Cruz, eminente teólogo y obispo de Canarias; el obispo de Segovia, D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, natural Peñaranda de Duero, hijo de un Grande de España, D. Francisco de Zúñiga Avellaneda y Velasco, III conde de Miranda del Castañar, señor de Avellaneda, Aza, Iscar, Peñaranda de Duero y otras villas más; su pariente D. Pedro de Acuña y Avellaneda, natural de Aranda de Duero, obispo de Astorga, y después de Salamanca. Ambos parientes se habían doctorado en Teología por la Universidad de Salamanca, siendo discípulos de otro teólogo burgalés ilustre, el dominico Francisco de Vitoria.

Una de las primeras decisiones del Concilio fue declarar como texto oficial de la Biblia la “Vulgata”, traducción al latín vulgar realizada por el Padre de la Iglesia, San Jerónimo, a finales del siglo IV, es decir, casi mil años ha. En consecuencia, la interpretación de las Sagradas Escrituras, causa primera de la aparición de la Reforma protestante, quedaba reservada a la Iglesia de Roma y era declarada dogma de fe. Cualquier disensión sería tomada como herejía y, lógicamente, los disidentes como herejes.

La causa más probable de la detención de Diego de Enzinas por la Inquisición romana fue la interceptación de una carta que le escribió Lutero desde Wittemberg, ciudad a la que pensaba desplazarse en breve.

El historiador y abogado calvinista francés Jean Crespin, en su “Martirologio de Ginebra” (2), escribe lo siguiente sobre su encarcelamiento: «Enzinas estuvo algunos años en Roma, por necia voluntad de sus padres, y que fue preso por los mismos de su nación cuando se disponía a irse a Alemania llamado por su hermano Francisco; que le encerraron en una estrecha prisión; que fue interrogado sobre su fe delante del papa y una grande asamblea de todos los cardenales y obispos que residían en Roma; que condenó abiertamente las impiedades y diabólicos artificios del grande Anticristo romano, y que todos los cardenales y los españoles empezaron a clamar en alta voz que se le quemase; lo cual se llevó a ejecución pocos días después de la muerte de Juan Díaz».

Es decir que, en la primavera del año 1547, el burgalés Diego de Enzinas fue apresado, interrogado, torturado para obligarle a que delatase a sus amigos, procesado, conminado a abjurar de sus creencias y, ante su inquebrantable firmeza, condenado a muerte y quemado en la hoguera. Posiblemente, si hubiera muerto defendiendo la fe católica hoy sería San Diego de Enzinas, mártir. Un santo más del santoral burgalés.

En el Siglo de Oro español uno de sus más insignes dramaturgos, Pedro Calderón de la Barca, en su obra “El sitio de Breda” dedica estos delicados versos a los herejes quemados por la Inquisición:

“¡Qué maldita canalla!
Muchos murieron quemados,
y tanto gusto me daba
verlos arder, que decía,
atizándoles la llama:
“Perros herejes, ministro
soy de la Inquisición Santa”

NOTAS

(1) Sobre esta obra el historiador francés Marcel Bataillon dijo que se trata de «un trozo excepcional de la literatura espiritual protestante»
(2) Se trata de “Le livre des martyrs”, publicado en Ginebra (Suiza), en 1554, en el que aparece una lista de personas quemadas por herejes por la Inquisición, entre los años 1415 y 1554.

R~1

-Relacionado con HEREJES BURGALESES (Parte I) , HEREJES BURGALESES (Parte III) y HEREJES BURGALESES (Parte IV)

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