HEREJES BURGALESES (Parte III) -Por Francisco Blanco-

1Diego del Castillo era un acomodado comerciante burgalés que viajaba con frecuencia a Flandes, donde tenía numerosas conexiones comerciales. Además de atender sus negocios, aprovechaba sus estancias en las diferentes ciudades europeas para proveerse de las nuevas publicaciones, especialmente las de carácter religioso y las diferentes traducciones de las Sagradas Escrituras, muy frecuentes por aquella época, y que en España eran muy difíciles de conseguir, debido al estrecho cordón policial que a partir de 1525 había montado la Inquisición española en torno  a cualquier libro que pudiera contener ideas o pensamientos reformistas.

El mismo Diego del Castillo formaba parte de un grupo de alumbrados, conocido como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, a cuyo desarrollo contribuía no sólo con los libros que traía de Flandes, sino con generosas aportaciones dinerarias de su propio bolsillo. En 1530 sería denunciado a la Inquisición por dos miembros del grupo, Francisca Hernández y María Ramírez, que le acusaron de luterano. Como consecuencia de esta denuncia entre 1530 y 1532 varios miembros del grupo fueron cayendo en manos de la Inquisición. Entre ellos se encontraban sus primos Gaspar y Petronila, burgaleses también, y otros compañeros del grupo: Bernardino de Tovar, Juan López de Celaín y Diego López Husillos, con los que, además de sus afinidades teológicas, compartían una estrecha relación de amistad. Otro miembro del grupo, el burgalés Juan del Castillo, hermano de Gaspar y Petronila, primos carnales los tres de Diego, logró escapar de esta primera redada y ponerse a salvo en Paris.

Diego del Castillo, después de permanecer en la cárcel inquisitorial de Granada hasta 1535, fue reconciliado y puesto en libertad, pero con todos sus bienes confiscados. Sus primos Gaspar y Petronila fueron absueltos, pero debieron pagar una fuerte multa. Bernardino de Tovar, considerado como el jefe del grupo y el toledano Diego López Husillos salieron en libertad en el 1533, con diferentes penas y multas no demasiado graves ni excesivas; peor suerte corrió el vizcaíno Juan López de Celaín, condenado por el Tribunal a que “sea degradado y relaxado a la justicia y braço seglar, con confiscación de bienes”. La sentencia se ejecutó en Granada, siendo quemado en la hoguera el día 24 del mes de julio de 1530.

El grupo de Medina de Rioseco en principio era un movimiento reformista, entusiasta de Erasmo y de Luis Vives, cuyas obras habían llegado por mediación del burgalés Diego del Castillo, pero que poco a poco fue derivando hacia el luteranismo. El grupo se había formado gracias a la protección y el mecenazgo que les dispensó el Almirante D. Fadrique Enríquez de Velasco, IV Almirante de Castilla, III conde de Melgar y señor de Medina de Rioseco, alto personaje de la nobleza castellana y también hombre culto y liberal, lleno de inquietudes espirituales, que estaba dispuesto a llevar a la práctica aquellos proyectos reformistas que elaborara aquel grupo de humanistas y teólogos que protegía y financiaba, cuyo objetivo final era “la reformación de la verdadera cristiandad”. A su muerte, ocurrida en 1538, el grupo prácticamente desapareció.

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Juan del Castillo, como tantos otros hijos de acaudalados comerciantes burgaleses, completó su educación en Flandes. En 1522 era alumno de griego en la Universidad Católica de Lovaina, donde tantos humanistas españoles y burgaleses se habían formado. Después, también como tantos otros, se trasladó a París, en cuya Universidad había estudiado Erasmo de Rotterdam y donde, ya por entonces, se habían formado numerosos círculos erasmistas que defendían y propagaban su nuevo concepto del humanismo cristiano y sus críticas al dogmatismo y la intolerancia que imponía la Iglesia de Roma. No tardó mucho Luis del Castillo en convertirse en un convencido erasmista, decidido a difundir sus libros por España, para lo que contaba con la ayuda de su primo Diego, y convertirse él mismo en predicador de sus contenidos, para lo que contaba con grandes aptitudes y profundos conocimientos. Su primo Diego, que le admiraba, le consideraba como “un mancevo muy gentil y predicador”.

De nuevo en Castilla, una vez finalizados sus estudios, se trasladó a Toledo donde entró en contacto con el grupo de “Los iluminados de Toledo”, a los que dio clases de griego y con los que compartió las doctrinas luteranas y erasmistas. En esta ciudad se doctoró en Teología y se ordenó sacerdote, adquiriendo fama de hombre docto y gran predicador. Su elocuencia y sus conocimientos le merecieron que en el círculo de sus amigos se le conociera como ”el maestro Castillo”.    

Su progresiva inclinación hacia el luteranismo estuvo marcada por su relación de amistad con Bernardino de Tovar, profesor de griego de la Universidad de Alcalá, cabeza visible y director del grupo de “alumbrados” conocido como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, en el que también se habían integrado su primo Diego y sus hermanos, Gaspar y Petronila.

Castillo y Tovar, además de la amistad, compartieron ideas, pensamientos, estudios, proyectos y experiencias. Incluso, con el apoyo de su patrocinador, el almirante Fadrique, llegaron a solicitar una bula papal que les permitiera la pública divulgación de su doctrina por toda Castilla.

Pero antes que la organización de la secta llegara a hacerse realidad ni a extender sus hilos, vino a ahogarla en su nacer la poderosa mano del Santo Oficio….” (1)

Efectivamente, a partir del año 1530 la red de vigilancia establecida por el Santo Oficio, apoyada por otra red paralela de espionaje, en la que abundaban los chivatos capaces de denunciar parientes, amigos y compañeros, si ello les servía para auto exculparse, no tardaron en localizar las diferentes sectas de “alumbrados” e “iluminados”, erasmistas y luteranos, que se habían ido propagando por las dos Castillas, estableciéndose principalmente en los núcleos urbanos más importantes, como Toledo, Talavera, Alcalá, Valladolid, Medina, Palencia y otras. Las detenciones fueron muy numerosas, dando lugar a la puesta en marcha de diferentes procesos y Autos de Fe contra sus miembros, llegando, como ya se ha visto anteriormente, a ser ejecutado en la hoguera uno de ellos.

Juan del Castillo logró ponerse a salvo en Paris, de donde pasó  después a Roma para, finalmente, establecerse en Bolonia, en cuya Universidad volvió a dar clases de griego.

Pero la Inquisición, para la que era un hereje y, en consecuencia, un elemento a perseguir y eliminar, le seguía los pasos y no cejó hasta localizarle y apresarle. Lo consiguió tres años después de su marcha de España. Durante estos tres años el Santo Oficio había ido acumulando pruebas contra el burgalés, consistentes principalmente en denuncias presentadas por alguno de sus antiguos compañeros, o cartas recibidas, o escritas por él mismo en las que hacía clara exposición de sus nuevas creencias. En una remitida a su hermana Petronila escribió: “Que el Espíritu Santo esté contigo de una manera nueva, para que alguna vez por el sacrificio de adoración la pureza de nuestras almas, nosotros podamos ofrecernos a nuestro Padre bendito para que Él, con su dulzor inefable y la paz soberana que sobrepasa todo entendimiento, envíe a Su Único Hijo engendrado Jesucristo para morar para siempre en nuestras almas. En Su presencia todas las cosas se hacen una, porque Él contiene la Esencia que todas las cosas deben tener, conforme al orden admirable y provisión de Dios…”.

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Luis del Castillo fue trasladado primero a la cárcel inquisitorial de Barcelona, donde fue interrogado por el Inquisidor General Manrique, que había sido un tenaz defensor del erasmismo en España, pero éste se inhibió y remitió el preso a los inquisidores de Toledo. En la capital manchega se le abrió un proceso por hereje y luterano que duró varios años, durante los que fue sometido a largos y duros interrogatorios, acompañados de crueles torturas. El clérigo Diego Hernández, un chivato de la Inquisición que ya había denunciado a varios miembros del grupo de Medina, fue el principal testigo de cargo: “El maestro Juan del Castillo me dijo que si se le prendiese, él moriría en la secta luterana, alabando a Dios y, si fuera quemado vivo, no revelaría los nombres de ninguno de los que él sabía que eran de su secta, para que ellos pudieran seguir viviendo y extender y glorificar a Dios y que si no fuera por la Inquisición él mismo predicaría esto, pues había más penas para los luteranos en España que en Alemania, él mismo como lo hizo Juan de Celaín se dejaría quemar y moriría en la secta como un noble y no traicionaría a nadie”.

Los interrogatorios y las torturas que el burgalés tuvo que soportar durante los cuatro largos años que duró su proceso sólo consiguieron que este se confesase ferviente luterano, afirmándose totalmente en sus creencias, sobre todo en las relativas a la salvación del alma. Él mismo llegaría a manifestar a sus jueces que se había autoinculpado  «más de los que avía menester».

El Tribunal, atendiendo a las numerosas pruebas inculpatorias contra Luis del Castillo, se mostró implacable y le condenó a morir en la hoguera.

La sentencia se cumplió en Toledo, el 18 de marzo de 1537. El condenado se mantuvo completamente sereno, sin muestras de temor ni arrepentimiento.

 Con el cuerpo del hereje burgalés también se convertía en cenizas el sueño de aquel grupo que se conoció como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, que aspiraba a que la tolerancia religiosa permitiera a los españoles mejorar su convivencia. Vano anhelo, la Inquisición estaba allí para impedirlo. 

 NOTAS

(1)  D. Marcelino Menéndez Pelayo. (Historia de los heterodoxos españoles).

Paco Blanco. Barcelona, diciembre 2012

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-Este texto está relacionado con HEREJES parte I , HEREJES parte II y HEREJES parte IV

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