EL PARNASO BURGALÉS. -Por Francisco Blanco-

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La cultura de los siglos XIV y XV, como se puede deducir fácilmente, estaba aposentada principalmente en iglesias, conventos y monasterios. San Pedro de Arlanza, San Pedro Cardeña, Santo Domingo de Silos y San Salvador de Oña, libres ya del acoso mahometano, se convierten en los principales centros desde los que irradia toda la cultura literaria, científica y artística de aquel reino de Castilla, cada vez más poderoso, pero cuyo suelo todavía tiembla bajo el galope de sus guerreros.

por necesidad batallo, y cuando monto en la silla, se va ensanchando Castilla al trote de mi caballo 

La ciudad de Burgos, erigida desde mediados del siglo XIII en “Caput Castellae” y titulada “Camera Regia”, “Prima voz et fide”, se convirtió en el centro receptor de este inusitado esplendor cultural.   ”Non seré de cierto Rey de Castilla fasta que no sea en Burgos y faga allí mi coronación como la ficieron los reyes onde yo vengo”. Así se expresaba Enrique II el de las Mercedes, antes de ser coronado Rey de Castilla por las Cortes de Burgos, tras haber apuñalado a su hermanastro Pedro I el Cruel, poniendo de esta forma punto final a la larga guerra civil que los tenía enfrentados. En realidad todos los reyes de la Casa Trastamara, de los cuales Enrique III el Doliente, o el Enfermo, como también se le conocía, había nacido en Burgos, sintieron una especial predisposición por esta ciudad castellana, en la que residieron, convocaron Cortes, favorecieron y engrandecieron, pero fue durante el reinado de Juan II cuando la ciudad alcanza su máximo auge de riqueza, de poder y de expansión artística. Baste como muestra el impresionante sepulcro que Gil de Siloé le construyó en la Cartuja de Miraflores para su descanso eterno.  

Treinta y cinco años, de 1419 a 1454, duró el reinado de Juan II de Castilla, también conocido como el Rey Poeta. Durante este largo periodo nuestra Historia Medieval se cuajó de acontecimientos de la más variada índole, que impulsaron a la nación castellana por los caminos de la modernidad, aunque eso sí, en un ambiente de hostil enfrentamiento entre el rey y la nobleza.

El tumultuoso plano político estuvo dominado por la figura del Condestable de Castilla, D. Álvaro de Luna, que supo dominar la levantisca y ambiciosa nobleza, especialmente a los Infantes de Aragón, que todavía mantenían aspiraciones al trono de Castilla por considerarse herederos de Pedro I el Cruel.

Finalmente, D. Álvaro cayó en desgracia y fue detenido en Burgos por el Justicia Mayor D. Álvaro de Estrúñiga el 4 de abril de 1453. Sufrió prisión en el castillo de Portillo hasta que, finalmente, fue ejecutado públicamente el 2 de junio en la Plaza Mayor de Valladolid. Este polémico personaje no sólo fue un hábil político y diplomático, también era poseedor de una gran cultura y una gran afición por la poesía y la prosa. Dejó escrita una obra titulada “Virtuosas y claras mujeres”, una de las primeras obras feministas de nuestra literatura escrita por un varón, en la que respondía a las posturas machistas defendidas por el Arcipreste de Talavera en su obra “El Corbacho”. (1)

Por el contrario, en el plano cultural las manifestaciones artísticas en todos los órdenes fueron de un inusitado esplendor. Una figura clave para que esto se produjera fue el judío converso Pablo de Santamaría, rabino mayor de la judería burgalesa que, en 1390, cuando más dura era en toda la España cristiana la persecución a los judíos, abjuró del judaísmo junto con la mayor parte de su familia, hijos y hermanos incluidos, excepto su esposa y su padre, que permanecieron fieles a sus creencias, por lo que tuvo que separarse judicialmente de ella. El rabino  Selemoh-Ha-Leví se convirtió, gracias al bautismo, en Pablo García de Santamaría, también conocido como “El Burgense”, que en su nueva vida se orientó, tal vez gracias a la influencia de San Vicente Ferrer, que había estado predicando en la judería de Burgos, hacia la vida eclesiástica, estudiando primero en París y después en la ciudad papal de Aviñón, en la que el año 1395 fue nombrado Arcediano de Treviño por el papa Bonifacio IX.

De nuevo en su ciudad natal  la carrera de este eclesiástico, teólogo, humanista, poeta, políglota, etc., puede clasificarse de impresionante. En 1401 el rey de Castilla, Enrique III el Doliente, le propuso para el obispado de Cartagena, pero le hizo también su consejero personal, nombrándole, además, ayo de su hijo, el futuro rey Juan II. En 1407, tras la muerte de Pero López de Ayala, es nombrado canciller mayor de Castilla, convirtiéndose así en el personaje más poderoso del reino, después del propio monarca. También fue consejero de Fernando de Antequera mientras fue Regente de Castilla durante la minoría de edad de Juan II. En 1415 alcanza la dignidad de obispo de Burgos, en cuya sede episcopal permaneció hasta su muerte en 1436, siendo sucedido por su hijo Alonso de Cartagena.

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De la ingente obra de este ilustre burgalés cabe destacar su monumental “Las siete edades del Mundo”, glosa histórica escrita en 250 octavas reales. El sobrenombre de Burgense lo utilizó en su “Scrutiniun Scripturarum”, obra teológica en la que explica los errores del judaísmo, para pasar a rebatirlos y explicar los misterios y beneficios de la fe cristiana.

Muchas páginas se podrían escribir también sobre su labor pastoral y de mecenazgo. Además de convocar dos Sínodos, en 1418 y 1427, con su fortuna personal colaboró en las obras de construcción del convento de San Pablo de Burgos, donde fue enterrado, y también de los monasterios de San Juan de Ortega, San Miguel del Monte, en Miranda de Ebro y el de las clarisas de Nofuentes.

La saga de los Santa María, a través de la destacada labor de gran número de sus miembros, como iremos viendo a continuación, dejó una profunda y fructífera huella en la historia de la Baja Edad Media burgalesa. Los familiares del obispo D. Pablo, empezando por sus hermanos y continuando por sus hijos y sus descendientes, ocuparon los más altos cargos en todas las actividades, no sólo de la ciudad de Burgos, sino de todo el Reino de Castilla. Sus descendientes, mediante enlaces matrimoniales principalmente, fueron emparentando con numerosas familias de la nobleza castellana y aragonesa, extendiéndose incluso por las provincias vascongadas, aragonesas y valencianas. Su influencia llegó a conseguir que el rey Felipe III  obtuviera, en 1603, un Breve del papa Clemente VIII, en el que  declaraba este linaje  apto para alcanzar todos los más altos honores del reino.

Los tres hermanos del obispo Pablo, que se convirtieron al cristianismo junto con él, fueron: Pedro Juárez de Santa María, regidor perpetuo de Burgos, procurador en Cortes y administrador de las rentas reales; Alvar  García de Santa María, escribano, cronista y consejero del rey, regidor perpetuo de Burgos; Tomás García de Santa María, del que no se tienen muchas noticias, aunque parece ser que se estableció en Zaragoza; su nieto, Micer Gonzalo de Santa María, fue el autor de la primera traducción de la Biblia al castellano, editada por el impresor zaragozano Pablo Hurus, que después fue quemada por orden de la Inquisición.

Mención especial merecen sus hijos, habidos antes de su conversión. El primero, Gonzalo García de Santamaría, fue Doctor en Leyes y obispo de Astorga; el segundo, del que volveremos a hablar más adelante, fue Alonso García de Santa María, conocido posteriormente como Alonso de Cartagena, obispo de Cartagena y de Burgos, en cuya sede sucedió a su padre, y uno de los hombres más ilustres y poderosos de su tiempo; Pedro de Cartagena, el tercero, se puede considerar como el fundador del mayorazgo familiar, adoptando el apellido Cartagena, fue militar, procurador en Cortes y regidor de Burgos (2), casó con María de Sarabia, con la que tuvo cuatro hijos, y en segundas nupcias con Mencía de Rojas, de cuyo matrimonio nacieron otros tres; el cuarto fue Alvar Sánchez de Cartagena, miembro del Consejo Real, gobernador de Toledo y embajador del rey Juan II de Castilla; su única hija, María de Santa María, casó en Burgos con un hijodalgo de la familia de los Covarrubias. (3)

 El espíritu de trovador del monarca y su afición por la poesía y las canciones, compartida con su valido D. Álvaro, propició que en la corte castellana se respirasen aires culturales de diferentes procedencias. Otro judío converso, Juan Alfonso de Baena, posiblemente protegido de los Santa María, recopiló para el monarca el conocido como “Cancionero de Baena”, en el que aparecen obras de 56 poetas, entre los que ocupa lugar destacado el burgalés Alfonso Álvarez de Villasandino, del que publica más de un centenar de poemas de todo tipo, cortesanos, amorosos, satíricos, panegíricos, en el más puro estilo provenzal y al que califica como “Esmalte e lus e espejo e corona e monarca de todos los poetas e trovadores, maestro e patrón del arte poética”.

Otro poeta burgalés citado en el Cancionero es Fernán Martínez de Burgos, que atacó en sus versos a los procuradores que administraban la justicia del reino y también es el recopilador del “Cancionero Castellano”, en el que se encuentran algunas trovas de D. Juan Manrique de Lara y Castilla, II Conde de Castañeda. El cancionero circuló al mismo tiempo que el de Baena. Este poeta era hijo de Juan Martínez de Burgos, que ejerció de escribano en la ciudad burgalesa y padre del también poeta Diego de Burgos; los tres estaban emparentados con los Maluenda, poderosa familia de comerciantes burgaleses, parientes a su vez de los más poderosos Santa María.

Diego de Burgos, posiblemente de origen converso, como su padre y su abuelo, fue secretario y amigo del famoso Marqués de Santillana, D. Iñigo López de Mendoza, uno de los personajes clave en la actividad literaria del reinado de Juan II. A la muerte del marqués, ocurrida el 24 de marzo de 1458, compuso en su honor un laudatorio poema en 236 coplas de arte mayor, titulado “El Triunfo del Marqués”, que se puede considerar como una de las obras maestras de la Escuela alegórico-dantesca. En dicho poema el poeta, guiado por el propio Dante, llega a la cumbre de un monte donde se encuentra el marqués rodeado de sabios que elogian su sabiduría y guerreros que alaban sus gestas militares. Acaba con la subida del marqués a la Gloria a bordo de un carro triunfal. También compuso otros poemas de carácter laudatorio dedicados al propio monarca Juan II y al rey de Portugal, Alfonso V. El poeta falleció el año 1514, siendo secretario del hijo primogénito del marqués, D. Diego Hurtado de Mendoza. (4)

Otro escritor, perteneciente a la vieja nobleza castellana, fue D. Pedro Fernández de Velasco, (1399-1470), conocido como  el buen conde de Haro, uno de los más poderosos nobles del reino, que en 1439 actuó como mediador en el llamado «Seguro de Tordesillas», por el que se intentaba reestablecer la paz entre la levantisca nobleza, encabezada por los Infantes de Aragón y la autoridad real de Juan II, apoyada por el condestable D. Álvaro de Luna. Este episodio le sirvió para escribir su «Crónica del Seguro de Tordesillas».

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Las modas literarias francesas dieron paso a las nuevas corrientes renacentistas implantadas en Italia por el genio de Dante, Petrarca y Bocaccio. La Divina Comedia, especialmente, fue la obra que más influyó en los primeros literatos españoles del Renacimiento. El humanista burgalés, Pedro Fernández de Villegas, arcediano de la catedral de Burgos, que había estudiado cinco años en Roma, la glosó y tradujo al castellano, siendo su primera edición  publicada en Burgos por el impresor Fadrique de Basilea en 1515 (5). También el propio monarca se aficionó muy pronto a las nuevas modas italianas, merced a la relación personal y epistolar mantenida con el filósofo y escritor florentino “El Aretino”, al que, según cuentan, mandaba embajadores con órdenes de mantenerse de rodillas en su presencia.

En 1434 D. Juan II de Castilla envía a D. Alonso de Cartagena, por entonces chantre de la catedral de Burgos, como representante suyo en el Concilio de Basilea, en el que llegó a desempeñar una gran labor. Uno de sus mayores logros fue conseguir que se reconociera el derecho preferente del rey de Castilla sobre el de Inglaterra, que por aquellos tiempos era Enrique VI, último monarca de la dinastía de los Lancaster. Al finalizar el Concilio, siendo ya obispo titular de Burgos, nombrado por el papa Eugenio IV que sentía gran admiración por su vasta sapiencia, regresó a su ciudad natal acompañado de un selecto séquito, en el que figuraban artistas, científicos e intelectuales de gran valía, que contribuyeron a convertir la capital castellana en uno de los focos culturales más destacados de Europa.

Fernán Pérez del Pulgar, en su obra “Claros varones de Castilla”, escribe: “Este obispo don Alfonso, su fijo, desde su mocedad fue criado en la iglesia, y en escuela de sciencia, e fue gran letrado en derecho canónico e cevil. Era asimesmo gran filósofo natural”.

Al igual que su padre el obispo D. Pablo, la labor que desarrolló fue versátil y fecunda: Reanudó las obras paradas de la Catedral, finalizó la construcción del convento de San Pablo, iniciada por su padre y contribuyó financieramente a reedificar algunas iglesias y monasterios de su diócesis. Una de sus principales actividades estuvo encaminada a elevar el nivel cultural de la nobleza y el clero, para ello escribió un “Doctrinal de Caballeros”, adaptación de la II Partida de Alfonso X, formada por cuatro libros; tradujo y fomentó la lectura de los clásicos, Cicerón y Séneca especialmente, y fundó en Burgos una escuela pública, llamada “De toda doctrina” en la que estudiaron los más doctos latinistas de la época. Mantuvo, igualmente, una intensa relación epistolar con las mentes más eminentes de la época, como el ya citado Aretino; el humanista Enea Silvio Piccolomini, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II y que le llamó: “Deliciae hispanorum decus praelatorum non minus eloquentia quam doctrina preclarus, inter omnes consilio et facundia praestans”, y, entre los españoles, el historiador Fernán Pérez de Guzmán y el ilustre Marqués de Santillana. Su obra poética anda dispersa por diferentes cancioneros de la época, principalmente en el “Cancionero General” de Hernando del Castillo. Es también destacable su labor diplomática como embajador de Juan II ante la corte del emperador Alberto II de Hamsburgo y las de los reyes de Aragón, Navarra y Portugal. Murió en el pueblo burgalés de Villasandino el año 1456, al regresar de una peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago. Indudablemente la figura de este ilustre humanista y la ingente labor que desarrolló propiciaron que durante un largo período de tiempo se desarrollase en Burgos una intensa y fructífera actividad cultural.

En el “Cancionero General” de Hernando del Castillo aparece otro poeta descendiente de los Santa María, se trata de Pedro de Cartagena, hijo del señor de Villafuerte, D. García Franco de Toledo, Contador Mayor de la reina Isabel la Católica, y de Doña María de Saravia, nieta del obispo D. Pablo (6). Murió el año 1486, a la temprana edad de treinta años, luchando contra los árabes durante el asedio a Loja, en plena campaña de los Reyes Católicos contra el reino de Granada. Su poesía es de carácter preeminentemente amatorio y en ella se inspiró Garcilaso para componer su “Oh dulces prendas”.

Pero no solamente los varones de esta ilustrada familia alcanzaron notoriedad en alguna de las ramas de las letras o las ciencias, también una mujer, Teresa de Cartagena, hija de Pedro de Cartagena y nieta, por lo tanto, del obispo D. Pablo, fue, tal vez, la primera escritora mística española.

Había nacido en Burgos en 1425 y a los quince años, como les ocurría a la gran mayoría de las jóvenes de la alta sociedad que no eran destinadas al matrimonio, ingresó en el monasterio de San  Francisco de Burgos como novicia clarisa, aunque unos años más tarde fue trasladada al monasterio de Santa María Real de las Huelgas, donde profesó como monja de la Orden del Císter. Fue en este monasterio cisterciense donde se despertaron sus aficiones literarias. Hacia el año 1459 fue atacada por una enfermedad progresiva que la fue privando del habla y del oído. El aislamiento y la soledad provocados por su enfermedad la decidieron a emprender la escritura de su primera obra, “Arboleda de los enfermos”, escrita en castellano, en la que ensalza, con mística dulzura, los beneficios de los sufrimientos que Dios la envía, menospreciando el mundo exterior y sumiéndose en su espiritual mundo interior. Esta obra llegó a alcanzar una notable difusión, pero muchos de sus lectores, los varones en especial, llegaron a la conclusión de que una obra de tan gran calidad literaria no podía haber sido escrita por una mujer, sino por un hombre oculto bajo un seudónimo femenino. Tal era la misoginia imperante en la época. Este rechazo de la autoría de su obra la indujo a escribir una segunda, titulada “Admiraçión Operum Dei”, en la que defiende la capacidad de la mujer para emular o superar a los hombres en el arte de escribir. De esta forma, Teresa de Cartagena se convierte también en la pionera de las escritoras feministas españolas. (7)

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Otro de los escritores que configuran el Parnaso burgalés es el canónigo Pedro de Lerma, converso igualmente, nacido en 1461 en Burgos. Estudió en París y en 1504 obtuvo el título de Doctor en Teología por la Sorbona. En 1506 es nombrado canónigo de la catedral de Burgos y dos años más tarde, en 1508, el Cardenal Cisneros le nombra primer canciller de la Universidad de Alcalá. Fue uno de los primeros erasmistas españoles, lo que le valió ser perseguido por la Inquisición, que le obligó a renunciar a su cargo de canciller. De vuelta a Burgos en 1537, la Inquisición siguió acosándole, incoándole un juicio con la  acusación de difundir por España los escritos de Erasmo, esta persecución inquisitorial  le decidió a volverse nuevamente a París, donde llegó a ser decano de la Facultad de Teología de la Sorbona hasta su muerte, ocurrida en 1541. De su obra literaria hay que destacar las “Farsas”, precursoras del teatro de Juan de la Encina.

No se puede dejar de mencionar, aunque con escasa información sobre su persona, a Fray Antonio de Mazuelo, monje benedictino que seguramente pertenecía a la familia de los Mazuelo de Muñó, emparentada con los Carrillo y los Rojas. Lo que si se sabe de cierto es que fue el traductor del romance didáctico en verso “Le Pelerinage de vie humaine”, escrito por Gillaume de Digulleville durante el primer tercio del siglo XIV. La traducción la realizó en prosa y en ella añadió numerosos comentarios y notas explicativas del texto original. Fue publicada en 1490 por el impresor Enrique Mayer Alemán con el título de “El Peregrino de la vida humana”.

Otro ilustre religioso y humanista burgalés fue Andrés Gutiérrez de Cerezo, nacido en Cerezo de Río Tirón el año 1459. Estudió humanidades y fue profesor de Retórica en la Universidad de Salamanca. En 1485 se encuentra en Burgos ejerciendo de Racionero de la Catedral y también de maestro de la Escuela de Gramática del Cabildo. Su protector, el obispo Acuña, en 1495  le nombra abad del Monasterio de San Salvador de Oña, a cuyo engrandecimiento contribuyó de forma importante. Escribió el “Ars Grammatica”, publicada el año 1485 por el impresor burgalés Fadrique de Basilea, y también la “Vida de San Vitores”, santo y mártir burgalés del siglo IX, paisano suyo además, pues también nació en Cerezo de Río Tirón. Murió el año 1503 siendo abad del monasterio. 

Otro burgalés de origen converso y pariente e los Maluenda, Fernando de la Torre, (1416-1475) es autor de poesía lírica amorosa, en la que destacan las serranillas, además de un Cancionero escrito hacia el año 1465.

No hay una certeza absoluta sobre la fecha y el lugar de nacimiento del religioso franciscano Fray Iñigo de Mendoza y Cartagena, aunque es muy probable que ocurriera en Burgos, mediado el segundo decenio del siglo XV. Era hijo de D. Diego Hurtado de Mendoza, perteneciente a una de las ramas segundonas de los Mendoza, y de Doña Juana de Cartagena, descendiente de uno de los parientes del obispo Pablo de Santa María, cabeza y origen de la familia conversa Santa María-Cartagena. Esta afirmación puede hacerse en base al Libro de la Fundación del convento de los dominicos de Burgos: “En la pared deste capítulo, a la entrada ala mano derecha de un arco, están enterrados D. Diego Hurtado de Mendoza y su mujer Doña Juana de Cartagena, padres del padre fr. Iñigo de Mendoza, fayre de San Francisco….” (8)

La obra de este fraile franciscano es de carácter ascético y misógino, siendo la más conocida su “Vita Christi”: “Coplas que fizo fray Yñigo de Mendoza, flayre menor, doze en vituperio de las malas hembras, que no pueden las tales ser dichas mugeres. E doze en loor de las buenas mugeres que mucho triumpho de honor merecen”. También se le atribuyen las “Coplas de Mingo Revulgo”, que constituyen una acerba sátira contra Enrique IV, glosadas en 1464  por Hernando del Pulgar.

Ya en tiempos del Emperador Carlos nos encontramos con el licenciado burgalés Juan Fernández, autor de uno de los primeros libros de caballería escritos en castellano, titulado “Belianís de Grecia”, que alcanzó gran popularidad, llegando a ser uno de los favoritos del Emperador. En él se describen, de forma prolija y amena, las aventuras del caballero Belianís y sus amores con la bella princesa Florisbella de Babilonia. El éxito alcanzado indujo a su autor a escribir una segunda parte, pero murió antes de finalizarla, cosa que hizo su hermano, el también burgalés Andrés Fernández. Ambas fueron impresas en Burgos el año 1547 y reimpresas el 1587 por el impresor burgalés Fadrique de Basilea.

Otro humanista burgalés, Francisco de Encinas, alcanzó una extraordinaria relevancia en tiempos del Emperador Carlos, aunque, por su heterodoxia religiosa, su figura y su obra han sido injustamente arrinconadas prácticamente desde su fallecimiento en 1552, cuando sólo contaba 34 años de edad. Había nacido en Burgos, el 1 de noviembre de 1518, en el seno de una acomodada familia de comerciantes; su madre Ana murió siendo todavía un niño y su padre, Juan de Enzinas, volvió a casar con Beatriz de Santa Cruz, perteneciente a otra distinguida familia burgalesa. Fue a estudiar a la Universidad de Lovaina, donde entró en contacto con importantes personajes protestantes, a los que no tardó en unirse. De Lovaina pasó a la Universidad de Wittenberg, a continuar con sus estudios de griego, donde comenzó a traducir al castellano el Nuevo Testamento, tarea que finalizó en 1543. Ese mismo año fue publicada en Amberes con el nombre de “El Nuevo Testamento de nuestro Redemptor y Salvador Jesu Christo”. Sus influencias en las altas esferas debían de ser importantes, puesto que él mismo entregó en persona al Emperador, que por entonces se hallaba en Bruselas, un ejemplar dedicado a la “Cesarea Magestad”. No obstante, esta ingente obra causó la desconfianza de la Inquisición, que la confiscó, condenándola a la hoguera, al mismo tiempo que empezó a perseguir a su autor por orden, curiosamente,  del confesor de Carlos V, el dominico Fray Pedro de Soto. Apresado en 1544 fue encarcelado en Bruselas, permaneciendo en prisión durante casi dos años, hasta que logró huir. A partir de entonces comenzó su exilio, perseguido siempre por la Inquisición Española, que le llevó por distintas ciudades de Europa, Estrasburgo entre ellas, donde en 1548  casó con Margarethe Elter. También dio el salto a Inglaterra,  llegando a ser “Regius Professor of Greek”  en la famosa Universidad inglesa de Cambridge.

Además de la citada traducción del Nuevo Testamento, cuya exclusiva se arrogaba la Iglesia Católica Romana con su versión canónica en latín, conocida como la Vulgata, traducida por San Jerónimo en el siglo IV, hizo también numerosas traducciones de los clásicos Plutarco, Tácito, Tito Livio, Lucano y otros, a las que hay que añadir numerosas obras de Historia. (9)

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Una de las numerosas epidemias de peste que asolaban aquella Europa tridentina, acabaron con la vida, primero de Francisco de Enzinas, el 30 de diciembre de 1552, y un mes después, el 1 de febrero de 1553, con la de su esposa.        

Durante la España Imperial de Carlos I las modernas corrientes culturales empezaron a  abandonar los claustros de los monasterios, emigrando hacia la Corte madrileña, aposentándose, esta vez, en las nuevas Universidades de Salamanca, Valladolid, Sevilla y Alcalá. El resultado de esta emigración fue el glorioso Siglo de Oro español, que tantos y tantos ingenios proporcionó a nuestras letras. Por Burgos estas corrientes pasaron de largo y su esplendor fue decayendo paulatinamente, hasta casi apagarse, mientras su cultura va quedando arrinconada en las bibliotecas de sus viejos monasterios. El Parnaso burgalés deja de brillar por falta de poetas y escritores. Siempre en un segundo plano, apenas si se pueden mencionar las coplas del cura de Gamonal o los versos de Luís de la Cadena o Jorge de Bustamante, que puso letra a algunas composiciones del músico burgalés Francisco de Salinas, catedrático en Salamanca. Tal vez merezca ser mencionada la querella literaria surgida hacia el año 1580 entre Francisco de Herrera y Garcilaso de la Vega, dos de los poetas que más brillaron en nuestro Siglo de Oro. En dicha querella, y en defensa de Garcilaso, intervino el Condestable de Castilla, duque de Frías y conde de Haro, D. Juan Fernández de Velasco, «padre de las ciencias y Mecenas de los virtuosos», con sus “Observaciones del Licenciado Prete Jacopín, vecino de Burgos, en defensa del príncipe de los poetas castellanos Garcilasso de la Vega, vecino de Toledo, contra las Anotaciones que hizo a sus obras Fernando de Herrera, poeta sevillano”, a las que contestó el propio Herrera con un opúsculo “Al muy reverendo padre Prete Jacopín, secretario de las Musas”.(10)

Tampoco se puede olvidar al jesuita Sebastián de Matienzo, “Profesor de Rhetórica y letras Humanas, Natural de Burgos”, autor de la “Heroyda”,  de la que D. Marcelino Menéndez Pelayo dijo  que era un libro «bastante común y conocido». Esta obra fue publicada el año 1628 en Burdeos.

Otro religioso y humanista burgalés del siglo XVII (1577-1645), fue el cisterciense Fray Ángel Manrique (11), catedrático de Teología en la Universidad de Alcalá y posteriormente obispo de Badajoz, autor del Memorial  “Exequias, túmulo y pompa funeral que la Universidad de Salamanca hizo en las honras del rey nuestro Señor Felipe III” y también de los “Anales Cistercienses” en cuatro volúmenes. Fue también predicador en la Corte de Felipe IV, hasta que éste le nombró obispo de Badajoz.

En Villarcayo, el año 1583, nació Pedro de Torres Rámila, que llegó a ser Maestro de Gramática en la Universidad de Alcalá. En 1617 publicó un Opúsculo titulado “Spongia”, en el que censuraba nada menos que algunas de las obras más importantes de Lope de Vega, el más insigne escritor de su época, conocido como el Fénix de los Ingenios; entre ellas estaban “La Arcadia”, “La hermosura de Angélica”, “La Dragontea” y “La Jerusalén conquistada”. La crítica originó otra gran polémica en los círculos literarios de la corte madrileña, que se saldó con la publicación en 1618 de otro Opúsculo, escrito por el propio Lope y alguno de sus amigos, que lo firmaron con el seudónimo de “Julio Columbario”, titulado “Expostulatio Spongiae”, en el que arremetían contra las críticas de Torres Rámila. (12). Pedro de Torres Rámila murió en Madrid el año 1657.

Todavía, en el oscurecido cielo de las letras burgalesas, surge una estrella fugaz. D. Antonio de Maluenda ha sido, tal vez, el más insigne de los poetas nacidos en Burgos, aunque los datos sobre su verdadera identidad han sido igualmente causa de polémica entre algunos eruditos y estudiosos de su vida y obra. Dentro de la familia de los Maluenda burgaleses nos encontramos con un Fray Antonio Maluenda y García de Castro, que fue doctor por Bolonia (1545) y abad de San Juan. Vivió de 1492 a 1580. Hay otro Antonio Maluenda (1554-1615), hijo de Andrés de Maluenda y de Isabel de la Torre, abad de San Millán de Lara y canónigo de la catedral de Burgos, aunque vivió durante muchos años en la corte madrileña antes de regresar a Burgos para comenzar a desempeñar sus cargos eclesiásticos, siendo ya de edad avanzada. Fue enterrado en el panteón familiar del desaparecido Monasterio de San Pablo de Burgos.

Es a este Antonio Maluenda de la Torre, sin duda, al que se refiere el poeta y comediante sevillano, Andrés de Claramonte y Corroy, en su “Letanía Moral”, impreso en Sevilla hacia 1612, en el que le cita como “el Abad Maluenda, insigne varón en letras humanas y aventajado poeta de Burgos, cuyo estro poético brilló en la corte de tres de los Austria, comenzando en los últimos años del reinado de Felipe II, siguiendo en el de Felipe III y llegando a alcanzar el de Felipe IV. Pocas noticias se tienen sobre la vida y obra de este poeta, que compartió su actividad literaria con otros autores tan famosos como Lope de Vega, Cervantes, Góngora, Vicente Espinel, con el que parece que mantuvo una buena relación de amistad, Quevedo  o el conde de Villamediana, que le dedicó un soneto laudatorio, que fue devuelto por el poeta burgalés. Firmó sus composiciones poéticas, en su mayoría sonetos, que tienen carácter laudatorio, amoroso y satírico, con el sobrenombre de “El Sacristán de la Vieja Rúa”. Su obra completa, o al menos la que se conoce, que se aproxima a los mil sonetos, figura, junto con la de otros autores coetáneos, en el “Cancionero de la Rosa”, publicado en Madrid, el año 1899, por Juan Pérez de Guzmán. (13). Es posible que la obra de este poeta burgalés no haya sido apreciada en su justo valor y sus méritos literarios hayan quedado oscurecidos por el brillo de los grandes poetas del Siglo de Oro, con los que convivió. También es muy probable que sus sonetos los leyera en los salones de los numerosos mecenas que protegieron las Artes y los artistas, o en las igualmente numerosas Academias literarias de la época, por las que pasaron tantas figuras ilustres de nuestras letras. Su paso por los salones literarios madrileños resulta evidente por el elogio que Maluenda hace en uno de sus sonetos de Doña Ana de Zuazo, distinguida dama de palacio, tan consumada en el canto, que Vicente Espinel la incluyó entre las deidades de su tiempo a quienes dio puesto inmortal en su poema de “La Casa de la Memoria”. También se sabe, entre otras cosas, que en 1598 participó en Salamanca en los certámenes poéticos convocados con motivo de la muerte y honras del rey Felipe II.

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Sea como sea, afortunadamente gran parte de su obra ha sido recuperada para mayor gloria de las letras burgalesas, que con su desaparición quedaron huérfanas de talento durante los siglos siguientes.

Reproducimos aquí uno de sus sonetos: 

SONETO A LOS HIJOS DE LA CIUDAD DE BURGOS 

¿Adonde está la fe, la verdad pura,

la modesta vergüenza, el trato llano

de aquel buen pueblo antiguo castellano

cuyo valor fue igual a su ventura? 

¡Huyeron de esta tierra; y sombra obscura

de infames vicios cubre el nombre vano

de honor, que sin virtud muere temprano,

cual tierna planta en tierra seca y dura! 

Nobles hijos de aquellos claros hombres,

cuyos hechos ilustres y famosos

dieron eterna vida a su memoria; 

pues heredasteis de ellos los renombres.

Su clara sangre y títulos honrosos

respondan vuestros hechos a su gloria. 

NOTAS: 

(1) Este interesante texto ha sido editado por Lola Pons Rodríguez (Burgos: Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2008 y por Julio Vélez-Sainz : Madrid, Cátedra, 2009).

(2) En la ciudad de Burgos había hasta dieciséis regidores, razón por la que también se les conocía como los “sece”.

(3) Para mejor conocimiento se recomienda “Los conversos Pablo de Santa María y Alonso de Cartagena” de Luciano Serrano, abad del Monasterio de Silos.

(4) Otros versos de este poeta se pueden encontrar en el  “Cancionero de Oñate-Castañeda” del siglo XV, que actualmente se encuentra en Estados Unidos, o en el Cancionero General de Hernando del Castillo, del año 1511.

(5) Un ejemplar de esta edición se conserva actualmente en la Biblioteca Pública de Burgos.

(6) Villafuerte de Esgueva es una localidad vallisoletana situada en la ribera del Esgueva. Los Franco de Toledo procedían de Toledo y es muy posible que fueran también, como los Cartagena, de origen converso.

(7) Ambas obras, recopiladas en un único códice por Pero López de Trigo, se conservan en la Biblioteca del Escorial.

(8) Francisco Cantera Burgos lo descubrió en el Archivo Histórico Nacional.

(9) En 1556, cuatro años después de la muerte de Enzinas se publica anónimamente “El Testamento Nuevo de nuestro senor y salvador Iesu Christo”. El artífice de esta edición fue Juan Pérez de Pineda (1500-1567), un protestante español, y fue impresa en Ginebra Casiodoro de Reina (1515-1594) copió, en su traducción de la Biblia de 1569, capítulos y libros enteros de los evangelios de la edición de Pérez de Pineda. La traducción de Reina fue revisada luego por Cipriano de Valera (1520-1602), lo que dio origen a la llamada “Edición Reina-Valera de la Biblia”, que fue oficialmente autorizada en el siglo XVIII, y es la base de todas las siguientes traducciones de carácter protestante de la Biblia al idioma español.

(10) No tengo más referencias sobre otras posibles obras del condestable escritas con el apodo de Prete Jacopín, pero a lo largo de su vida fue creando una de las más importantes bibliotecas de aquella época, con más de 3.500 volúmenes, que legó testamentalmente a sus sucesores, con la orden de que se conservasen en una de sus casas de Burgos. En la actualidad su contenido se encuentra muy disperso por diferentes Bibliotecas europeas.

Para los eruditos se recomienda “Garcilaso en las polémicas literarias del Siglo XVI”.  Autor: Bienvenido Morros Mestres.

(11) Fray Ángel Manrique pertenecía a una de las ramas de la ilustre familia de los Manrique.

(12) Ver “Estudios sobre Lope de Vega”, de Joaquín de Entrambasaguas (1929).

(13) Sobre este poeta burgalés tenemos “Algunas rimas castellanas del abad D. Antonio de Malüenda natural de Burgos”. Este manuscrito fue descubierto en la Biblioteca Nacional de Madrid por D. Juan Pérez de Guzmán y Gallo, que las publica por vez primera bajo los auspicios del Excelentísimo Sr. D. Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, en Sevilla,  1802  Imprenta de E. Rasco.

Otro estudioso del poeta fue el cronista burgalés y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo y Cancellón, que publicó en 1902 “El Abad Maluenda y el Sacristán de la Vieja Rúa”.

También lo cita el bibliógrafo y bibliotecario burgalés D. Manuel Martínez Añíbarro y Rives,  en su obra “Intento de un diccionario biográfico y bibliográfico de autores de la provincia de Burgos”, publicado a finales del siglo XIX. 

AUTORES CONSULTADOS:

Julio Valdeón, Juan Abellán, Santiago Aiguadé, César González, Miguel Angel Marzal, Manuel Recuero, Mª Isabel Pérez de Tudela. 

Paco Blanco, Barcelona, abril 2012

Sin título

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