CASTILLA CONTRA CARLOS V -1ª Parte- -Por Francisco Blanco-

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Carlos de Austria y Castilla fue el segundo de los hijos de Doña Juana de Castilla, heredera de  los Reyes Católicos, y de Don Felipe de Habsburgo, duque de Borgoña y único hijo varón del emperador de Alemania, Maximiliano I y su esposa, Doña María de Borgoña, duquesa de Borgoña y de Brabante. Había nacido en Gante, el 24 de febrero del 1500, pues su madre se había trasladado a la corte borgoñona desde España, para casarse y vivir con su marido. De los seis hijos que engendró el matrimonio tan sólo Fernando, el cuarto, que nació en Alcalá de Henares, y Catalina, la última, que nació en Torquemada después de morir su padre, eran españoles de nacimiento. En consecuencia, la educación que recibió este príncipe durante su infancia y su primera juventud se hizo de acuerdo con  los usos, las costumbres y la lengua de su país, aunque aprendió a expresarse, no sin dificultades, en flamenco y también en francés.

Su abuelo materno, Fernando de Aragón, intentó colocarle un profesor de castellano, pero con poco éxito. España, a pesar de los intentos de acercamiento realizados por los Reyes Católicos, para los florecientes y cultos países del Norte de Europa, apenas si era por entonces algo más que un importante proveedor de una importante materia prima para sus manufacturas: la lana, que, en muchos casos, llegaba a sus mercados desde los puertos de Santander y Laredo consignada por importantes comerciantes burgaleses.

Pero el Destino, imprevisible en muchas ocasiones, siempre es imparable y en muy pocos años fue acumulando sobre la cabeza de este mozalbete, de no muy brillante aspecto físico, el mayor número de coronas que haya sostenido jamás una testa coronada, al tiempo que cargaba sobre sus no muy fuertes espaldas las enormes responsabilidades de estado que representaban asumir el gobierno de todos sus reinos. Sus comienzos como rey de España no fueron ni brillantes, ni prometedores, aunque antes de analizar las causas de este mal comienzo tal vez valga la pena retroceder un poco en el tiempo y situarnos en la España del final del reinado de sus abuelos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (1).

El hecho de que los Reyes Católicos no tuvieran un hijo varón que heredase sus reinos y continuase con la política centralizadora y de expansión que habían emprendido y que les estaba convirtiendo en un Estado fuerte, unido, extenso y poderoso, capaz de ponerse a la cabeza de la Europa renacentista, fue el imprevisto detonante que condicionó el futuro desarrollo de España como Nación, y también como pueblo.

Desde luego queda muy claro que en la mente de la Reina Católica estaba firmemente aposentada la idea de unir su descendencia con la poderosa Casa austríaca de los Habsburgo. Para ello, en el año 1496, por poderes, casa en Valladolid a Juana, su tercera hija, con el duque de Borgoña Felipe el Hermoso, primogénito y heredero del archiduque y futuro emperador Maximiliano I de Austria, a pesar, todo hay que decirlo, de la firme oposición por una parte importante de la nobleza flamenca a que se establecieran vínculos familiares con España. Pero no quedó ahí la cosa, un año después consigue que su primer hijo varón, el príncipe de Asturias Juan de Aragón y Castilla, nacido el 30 de junio de 1478, a los diecinueve años, en el mes de abril de 1497, contraiga matrimonio en la catedral de Burgos con Margarita de Austria, segunda hija de Maximiliano I de Austria y María de Borgoña, hermana menor, por lo tanto, de Felipe el Hermoso. Es decir que el futuro heredero de sus reinos casaba con la hija del futuro emperador de Alemania, del que, lógicamente, no recibiría ninguna herencia territorial, pues tenía un hermano mayor, pero quedaban atados los lazos de sangre  entre las dos estirpes, además por partida doble.

La jugada hubiese resultado perfecta si la muerte no hubiese intervenido inesperadamente en la partida, alterando sustancialmente el resultado de la misma. El joven príncipe fallecía seis meses después de la boda, el 4 de octubre de 1497, dejando a su mujer embarazada. Quedaba una esperanza, pero también se frustró. El fruto del matrimonio de Juan y Margarita resultó ser una niña que, como tantas otras criaturas por aquellos tiempos, nació muerta.

Este triste desenlace determinó que el futuro heredero de los reinos de Castilla tuviera que ser por fuerza una mujer. Su hija mayor, Isabel de Aragón y Castilla, casada con el rey Miguel I de Portugal, pasó a ser la siguiente princesa de Asturias, pero nuevamente la muerte siguió interviniendo decisivamente en esta partida en que se estaba decidiendo el futuro de nuestro país. En el mes de agosto de 1498 Isabel  moría de parto al dar a luz  su primer hijo, Miguel de Paz, convirtiéndose el recién nacido en el nuevo príncipe de Asturias y al mismo tiempo heredero del reino de Portugal. Esta nueva alianza matrimonial, lógicamente, auspiciaba la futura unión política de los reinos de España y Portugal. La dinastía reinante en Portugal era otra de las alianzas que buscaba la reina Isabel con sus pactos matrimoniales, pero sus previsiones acabaron convirtiéndose en meros juguetes del destino. El recién nacido príncipe apenas vivió dos años. Moría el 20 de julio del 1500, justo el año en que había nacido el futuro emperador Carlos, su primo carnal (2).

Finalmente, Juana, su tercera hija, que contaba con 21 años de edad y ya estaba casada con Felipe el Hermoso, se convirtió primero en princesa de Asturias y después en reina de Castilla, con el nombre de Juana I de Castilla, hasta su muerte, ocurrida en el año 1555.

La Reina Católica fallecía en Medina del Campo el 26 de noviembre del año 1504. Su muerte puso de manifiesto que la supuesta unidad de España no estaba, ni mucho menos, consolidada, siendo su futura gobernabilidad causa de numerosos problemas, en especial de carácter político. Su heredera, la princesa Juana, vivía en la corte flamenca de su marido,  el duque Felipe el Hermoso, con el que ya había tenido cuatro hijos, Leonor, Carlos, Isabel y Fernando. Pero a pesar de sus continuos embarazos no puede decirse que su matrimonio fuera feliz.

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La infanta Juana, educada en la itinerante corte de Castilla, hasta que se estableció en Granada, después de su conquista en 1492, recibió una esmerada formación cortesana, especialmente en el aspecto religioso, con confesor y consejeros espirituales incluidos (3); también aprendió buenas maneras, danza, música, latín y francés, todo ello dentro de un ambiente austero, familiar y cerrado. Con este bagaje llegó a la corte flamenca de su marido, antítesis de la castellana, donde se encontró con un ambiente liberal, abierto, festivo, refinado y opulento. Por añadidura, la educación de su esposo Felipe, huérfano de madre desde los cuatro años, había corrido a cargo de nobles borgoñones, que le habían inculcado unos valores totalmente contrarios a los recibidos por la joven princesa española. A pesar de estos contrastes y esta disparidad de caracteres, parece que cuando se conocieron el amor surgió entre ellos de forma apasionada.

Pero duró poco tiempo, el archiduque Felipe pronto se cansó de ser un marido ejemplar y enamorado, recuperando sus costumbres licenciosas de continuas fiestas e ilícitos amoríos, aunque, eso sí, continuó dejándola embarazada. La disoluta conducta de su marido, su falta de integración en aquella corte donde casi todo le resultaba hostil, empezaron a generar en Juana unos celos que acabaron convirtiéndose en patológicos. Su conducta irregular, que la llevaba a vagar por los salones de su palacio de Gante, en busca de su aventurero esposo, se empezó a manifestar durante su segundo embarazo, del que nacería, precisamente, el futuro emperador Carlos. No está absolutamente contrastado, pero parece que el parto se produjo en los lavabos de palacio, una noche en la que se celebraba una de aquellas fastuosas fiestas que tanto le gustaban a Felipe el Hermoso. Todavía, durante el transcurso de su breve matrimonio, tendría otros cuatro alumbramientos (4).

En el año 1502 Juana y Felipe viajaron a España, donde fueron jurados como futuros reyes de Castilla por las Cortes de Valladolid. Fernando el Católico, conocedor de los problemas mentales de su hija, se abstuvo de hacer lo mismo con sus reinos de Aragón, Nápoles y Sicilia. En esta visita, en la que ya se empezaron a vislumbrar los futuros problemas de sucesión, también se iniciaron las futuras discrepancias entre el rey Fernando y su yerno, el borgoñón  Felipe, que ya se veía dueño y señor de los dominios de sus suegros, los cuales por entonces empezaban a verse incrementados con los nuevos territorios conquistados en el Continente recién descubierto por Colón.

El testamento de Isabel la Católica dejaba como heredera del reino de Castilla a su hija Juana, que por entonces se encontraba en Bruselas, por lo que, mediante la Concordia de Salamanca, su esposo Fernando continuaba como rey de Aragón, convirtiéndose en gobernador general de Castilla hasta la llegada de la nueva reina, que no se produjo hasta finales del 1505, en que llegó acompañada de su esposo Felipe, quien, desde el primer momento, no estuvo dispuesto a renunciar a los derechos que su matrimonio le otorgaban, reclamando para si el título de rey de Castilla, en frontal enfrentamiento con su suegro Fernando. El conflicto se resolvió un año después, en el 1506, con la firma entre ambos de la conocida como “Concordia de Villafáfila”, acuerdo que se firmó por partida doble, primero lo hizo Fernando el Católico, el 27 de junio de 1506 en Villafáfila y al día siguiente lo hacía Felipe el Hermoso en Benavente, pertenecientes ambas localidades a la actual provincia de Zamora. En dicho acuerdo se reconoció la incapacidad de la reina doña Juana para gobernar por sí misma, pasando su esposo a convertirse en el rey Felipe I de Castilla, mientras que Fernando dejaba de ser rey de Castilla, y se retiraba a sus reinos de Aragón.

Pero nuevamente la muerte vuelve a tomar parte en la partida, precisamente cuando parecía que estaba llegando a su término, para determinar su resultado final, que en esta ocasión iba a resultar inapelable. Los nuevos reyes continuaron su estancia en España, trasladándose a la ciudad de Burgos, que ya habían visitado en su anterior viaje de 1502, el primero que Felipe el Hermoso hizo a España, y de la que guardaba un agradable recuerdo. En esta primera estancia fueron huéspedes del Condestable de Castilla D. Iñigo Fernández de Velasco, que les albergó en su palacio de la Plaza del Mercado Mayor, conocido como Casa del Cordón (5), organizándoles numerosos festejos en su honor, entre los que destacó una corrida de toros que causó una fuerte impresión a D. Felipe, que nunca había presentado un espectáculo semejante. En este su segundo viaje a Burgos también se alojaron en el palacio del Condestable, pero esta vez su estancia no iba a ser tan placentera, pues La Muerte viajaba con ellos.

De forma repentina, y por causas que han dado mucho que hablar, el 25 de setiembre de ese mismo año de 1506 el recién proclamado rey Felipe I de Habsburgo fallecía, al parecer, después de jugar un disputado partido de pelota y haber ingerido gran cantidad de agua helada. Esta inesperada muerte, que agravó el desequilibrio mental de Doña Juana, puso de nuevo sobre el tapete el problema sucesorio ¿Quién iba a gobernar los inmensos territorios que formaban por aquel entonces el reino de Castilla?. Dada la manifiesta incapacidad de Doña Juana, y de que su hijo Carlos tan sólo contaba seis años de edad, el rey de Aragón D, Fernando el Católico, que se encontraba en su reino de Nápoles, volvía a asumir el gobierno del reino de Castilla, esta vez como Regente. En su ausencia, el cargo lo ocupó interinamente el arzobispo de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros.

Doña Juana, la reina que había enloquecido por amor, organiza una fúnebre, larga y sombría caravana que vagó durante casi un año por los campos de Castilla, portando los restos mortales de Felipe el Hermoso, que su enajenada esposa quería que reposasen en Granada, junto a los de su madre la Reina Católica.

El 14 de setiembre de 1507, en el pequeño pueblo burgalés de Mahamud, el franciscano Fray Francisco Jiménez de Cisneros, por entonces arzobispo de Toledo, recibe de manos de D. Fernando el Católico el capelo cardenalicio que le había concedido el papa Julio II. Los restos de D. Felipe el Hermoso se encontraban en la soberbia iglesia de la cercana Santa María del Campo. Su desequilibrada esposa Doña Juana, que en su calidad de reina estuvo presente en el acto de Mahamud, se había negado en redondo a que una ceremonia de carácter cortesano alterase su descanso eterno (6). Pero aquí no se acaba la historia. 

NOTAS

(1) Por la Concordia de Segovia del año 1475, confirmada en el año 1481 por la Concordia de Calatayud, Fernando II de Aragón pasaba también a ser rey de Castilla, con el nombre de Fernando V de Castilla.

(2) Su hermana María de Aragón y Castilla, cuarta hija de los Reyes Católicos, casó con Manuel I de Portugal, el viudo de Isabel; la segunda hija de este matrimonio, Isabel de Avis y Aragón, fue la única esposa del emperador Carlos V, con el que se casó en el año 1526.

(3) Una de sus preceptoras fue Beatriz Galindo, conocida como “La Latina”, notable humanista de la época, consejera y amiga además de su madre, la reina Isabel.

(4) Isabel nació en 1501, Fernando en 1503, María en 1505 y Catalina en 1507, después del fallecimiento de su padre en Burgos.

(5) La Casa del Cordón, era llamada así por el majestuoso cordón franciscano de su fachada.

(6) La negativa de la reina fue la causa de que la ceremonia tuviera que celebrarse en Mahamud, en lugar de Santa María del Campo, donde estaba prevista. En el  mismo acto del nombramiento del Cardenal Cisneros, éste devolvió a D. Fernando la regencia de Castilla, que había ocupado en su ausencia. 

Paco Blanco, Barcelona, enero 2013

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-Este texto está relacionado con estos: II, III, IV

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