CASTILLA CONTRA CARLOS V -2ª Parte- -Por Francisco Blanco-

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En 1492, el mismo año en que se conquistó Granada, Isabel la Católica tomó por confesor y consejero al franciscano Fray Francisco Jiménez de Cisneros (1), y unos años más tarde, en 1495, a la muerte del cardenal Mendoza, fue consagrado como arzobispo de Toledo y Primado de España, convirtiéndose de esta forma en el tercer personaje más poderoso del reino. También el rey Fernando le concedió toda su confianza. Cisneros, que sobrevivió a ambos monarcas, no defraudó dicha confianza. Siempre fue un fiel servidor, un firme defensor de la realeza, un inteligente consejero y un gran político con una aguda visión de Estado, que iba a tomar parte muy activa en el desarrollo de unos acontecimientos que fueron claves en nuestra historia. En octubre de 1506, tras la inesperada muerte en Burgos del recién proclamado rey de Castilla Felipe I el Hermoso, ante la supuesta incapacidad mental de la reina Doña Juana y en ausencia de su padre el rey Fernando, Cisneros decide formar un Consejo de Regencia presidido por él mismo, e integrado por lo más selecto de la nobleza castellana: el Almirante y el Condestable de Castilla (2), el marqués de Villena y los duques de Nájera, de Alba, de Alburquerque y del Infantado.

Entre ellos se discutió la conveniencia de reclamar la presencia en España de Fernando el Católico, que se encontraba en Nápoles, para que volviera a asumir el gobierno de Castilla. No hubo unanimidad, pues no todos aquellos ilustres personajes eran partidarios de esta solución, pero finalmente resolvieron que la presencia de D. Fernando en Castilla era necesaria. Sin embargo, cuando rogaron a la reina que escribiese a su padre para pedirle su regreso, les contestó que ella no podía pedirle a su padre que abandonase el gobierno de sus reinos para venir a gobernar los suyos. Ante la negativa de la reina, que vivía en el palacio del Condestable rodeada y protegida por la corte flamenca de su difunto marido, Cisneros decide convocar Cortes en Burgos y hace llegar a la ciudad a todos los procuradores del reino, pero Doña Juana, firme en su postura de imponer su autoridad real, se negó a recibir al arzobispo y a aceptar la reunión de las Cortes. Esta postura intransigente por parte de la reina obligó a Cisneros a desconvocarlas, lo que dio lugar a un vacío de poder, al tiempo que en las principales ciudades y villas del reino se empezaron a crear partidarios de la reina Juana y otros que pedían el regreso de D. Fernando. En ambos bandos se integraron tanto gente del pueblo llano como miembros del clero y de la nobleza y en algunas ciudades de Andalucía, como Córdoba, Priego y Montilla, y también en otras de Castilla, como Ávila y Segovia, se produjeron enfrentamientos entre ambos bandos.

Cisneros, por su parte, remitió mensajeros al rey Fernando poniéndole al corriente de la situación y apremiándole para que regresase a Castilla: “Con piedad venga a redimir y socorrer esta fija y estos reynos que están en mucho peligro de se perder, y ponga toda la diligencia que pudiese en su venida, pues en ella va todo el bien del negocio”. Pero la posterior reacción de la reina puso de manifiesto el grave desequilibrio de sus sentimientos y de su razón. El 20 de diciembre, desafiando no sólo los consejos y advertencias de sus servidores más cercanos, sino también el crudo y duro invierno burgalés, que ya había cubierto sus extensos y desiertos campos con un extenso manto de nieve, Doña Juana, que ya estaba en avanzado estado de gestación, después de haber retirado los restos de Felipe el Hermoso, que descansaban en la cercana Cartuja de Miraflores, abandona Burgos por el camino de Aranda de Duero, al frente de una larga y silenciosa comitiva, formada por servidores, damas de compañía, frailes, cortesanos y la guardia flamenca de su difunto esposo. Su destino: Sevilla, donde la reina quería que los restos de su esposo reposasen eternamente, al lado de los de su madre, la reina Isabel la Católica. Llegaron hasta Torquemada, en la cercana provincia de Palencia, donde la reina se puso de parto y el 14 de enero del año 1507 dio a luz su sexta y última hija, la princesa Catalina, que iba a permanecer a su lado hasta el año 1525 en que marchó a Portugal para casarse con el rey Juan III. Unos meses después, en el mes de setiembre, atenuados ya los rigores de los sofocantes veranos castellanos, en la histórica villa burgalesa de Santa María del Campo tuvo lugar el encuentro de tres regias comitivas: por una parte, procedente de Torquemada, llegó la reina Doña Juana, acompañada por su recién nacida hija Catalina y los inseparables restos de Felipe el Hermoso, que depositó en la iglesia parroquial de la villa.

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Desde Valencia, donde había desembarcado procedente de Nápoles, llegó la comitiva de Fernando el Católico, acompañado por el Nuncio de Su Santidad, D. Juan Rufo, que portaba el nombramiento de Cardenal para Cisneros, y finalmente, procedente del cercano monasterio franciscano de La Aguilera, muy próximo a Aranda de Duero, el todavía arzobispo de Toledo, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, en compañía del príncipe Fernando, cuarto hijo de Doña Juana y de Felipe el Hermoso, que estaba bajo su protección y por el que sentía una especial predilección. Tres generaciones regias acogidas a la hospitalidad castellana de una modesta villa: Fernando, padre y abuelo, Juana, hija y madre, Fernando y Catalina, hijos y nietos. El resultado de dicha reunión, que finalmente tuvo que celebrarse en la cercana localidad de Mahamud, pues la reina Juana no quiso que el bullicio de tanto personaje ilustre alterase el eterno reposo de su esposo, puede resumirse de la siguiente forma: Doña Juana fue desterrada al castillo de Tordesillas, permitiéndosela que la acompañase su hija Catalina, pero sin ser desposeída de su título de Reina de Castilla; D. Fernando fue nombrado Regente de Castilla y se hizo cargo de la educación de su nieto, el príncipe Fernando y Cisneros se convirtió en cardenal e Inquisidor General de Castilla. Semejante decisión, como era fácil de suponer, no contentó a todo el mundo. Gran parte de la nobleza castellana y muchos ayuntamientos dudaban de que la enajenación mental de Doña Juana fuese real, considerando su aislamiento en Tordesillas como un acto de usurpación por parte de su padre, el rey Fernando de Aragón.

Técnicamente la cuestión sucesoria quedaba momentáneamente resuelta, pero provocó una inestabilidad política que, sumada a la crisis económica que sufría Castilla desde los comienzos del siglo, fueron creando en la mayor parte de las ciudades del reino un ambiente de tensión, descontento y desconfianza que no auspiciaban nada bueno. Fernando el Católico, que se había sentido enfermo mientras presidía las Cortes de Burgos en julio de 1515, fallecía unos meses después en la villa cacereña de Madrigalejo, cercana al Monasterio de Guadalupe, el 23 de enero del año 1516; con él se encontraban su nieto Fernando y su segunda esposa, Germana de Foix, mucho más joven que él, con la que se había casado en un vano intento de que le proporcionara un hijo varón que heredara sus reinos de Aragón, Nápoles y Sicilia. En su testamento nombraba de nuevo al cardenal Cisneros, que por entonces contaba ya 80 años, como Regente de Castilla, hasta que el heredero universal, su nieto el archiduque Carlos, que seguía viviendo en Flandes, viniese a España a ocupar el trono vacante de Aragón y Castilla. Durante muchos días en toda España se celebraron solemnes funerales por el alma del Rey Católico. En muchas ciudades, de Castilla principalmente, las oraciones fúnebres acabaron con aclamaciones populares a los nuevos reyes: “Vivan los católicos reyes doña Juana y su hijo don Carlos. ¡Vivo es el rey! ¡Vivo es el rey! ¡Vivo es el rey!. Los castellanos no habían olvidado que su legítima reina era todavía Doña Juana, que continuaba encerrada en el castillo de Tordesillas por orden de su padre, recién fallecido; sin embargo su hijo, el príncipe Carlos, que por fuerza habría de ser su heredero, seguía siendo para ellos un total desconocido, que ni siquiera había puesto los pies en sus futuros reinos.

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Cisneros, octogenario y achacoso, se retiró al Monasterio de la Aguilera desde donde intentó, sino gobernar, cosa imposible dado el estado de confusión dominante, sí al menos aplacar los exaltados ánimos de la dividida nobleza, dispuesta a defender sus opciones con las armas en la mano si fuera necesario. Sus esfuerzos se centraron especialmente en acelerar la llegada a España del futuro rey Carlos I, del que, a finales de marzo, había recibido una carta en la que se autoproclamaba como rey de Castilla y de León, de Aragón y las Dos Sicilias, de Jerusalén, Navarra, Granada, Toledo, Galicia, Mallorca, Valencia, Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia, Córcega, Cerdeña, los Algarves, Algeciras, Gibraltar, las islas Canarias y las Islas Indias y Tierra Firme del Mar Océano; además de conde de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina, duque de Atenas y Neopatria, conde de Rosellón y de Cerdaña, marqués de Oriastán y de Gociano, archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Brabante, conde de Flandes y del Tirón y unos cuantos títulos más de menor cuantía, a los que habría que añadir, poco después, la corona imperial del Sacro Imperio Romano Germánico. Cisneros informa al Consejo Real de la decisión de D. Carlos, que fue aceptada por unos, los partidarios de D. Carlos, y rechazada por otros, los de Doña Juana, que lo consideraron como un agravio semejante a “Quitar el hijo al padre en vida, el honor” (3). También muchos nobles rechazaron frontalmente semejante proclamación, a la que calificaron de auténtico golpe de estado. Estando así las cosas, en el mes de abril llega a España el flamenco Adriano de Utrech, embajador personal de D. Carlos, del que había sido preceptor durante diez años. Su misión principal consistía en colaborar con Cisneros para que se cumpliese el testamento del Rey Católico y evitar que parte de la nobleza proclamase rey al príncipe Fernando, que se había educado con su abuelo y al que consideraban español. Al mismo tiempo se trataba de aplacar la nobleza partidaria de Doña Juana, que la seguía considerando como reina legítima de Castilla; para ello se buscó una fórmula un tanto complicada, pero que ya se había dado en ocasiones anteriores, y consistente en que madre e hijo compartieran la corona de Castilla (4).

También entraban en las intenciones del nuevo embajador la de mejorar las condiciones de vida de la reina en el castillo de Tordesillas, pues en más de una ocasión se había quejado amargamente del trato que recibía por parte de los sirvientes que su padre D. Fernando puso a su servicio (5). Carlos de Habsburgo emprendió viaje hacia España al año siguiente, en 1517, pero la aspiración del cardenal Cisneros de recibir al nuevo rey y entregarle sus poderes no se pudo cumplir, pues mientras se encaminaba a su encuentro la muerte le sorprendió en Roa, otro histórico pueblo burgalés, el 8 de noviembre de 1517. Murió sin poder llegar a conocer a quien con tanto fervor había defendido. A finales de octubre de 1517, tras una travesía bastante borrascosa, Carlos I se vio obligado a desembarcar en el puerto asturiano de Villaviciosa. Era la primera vez que pisaba España, no habla ni entiende el castellano y viene acompañado de un nutrido séquito de nobles flamencos, un verdadero Estado Mayor, que llega dispuesto a hacerse cargo del gobierno y apoderarse de los altos cargos y de las instituciones. Entre tanto extranjero, sin embargo, figura un eclesiástico burgalés, el benedictino D. Pedro Ruiz de la Mota, más conocido como el doctor Mota, hombre de confianza de Carlos I, que le había nombrado recientemente obispo de Badajoz, aunque nunca llegase a ocupar su sede episcopal, que venía asumiendo las funciones de Secretario de Estado, además de pertenecer al Consejo de Flandes. Este notable eclesiástico y político burgalés se convirtió prácticamente en el traductor y la mano derecha de Carlos I durante los primeros años de su estancia en España (6). Lo primero que hizo Carlos I tras desembarcar en los que iban a ser sus reinos fue dirigirse a Tordesillas para visitar a su madre Doña Juana, a la que hacía once años que no veía, para rendirle pleitesía y también para asegurarse que no iba a interferir en sus futuras tareas al frente del gobierno, haciendo uso de su calidad de reina. También efectuó algunos cambios en el personal que se encontraba a su servicio, nombrando a los marqueses de Denia, el arandino D. Bernardo de Sandoval y Rojas y su esposa doña Francisca Enriquez, que gozaban de toda su confianza, como nuevos administradores del castillo de Tordesillas.

Aquí finaliza la 2ª Parte, pero la historia continua.

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 NOTAS

(1) Su verdadero nombre de pila era Gonzalo, pero se lo cambió al ingresar en la Orden franciscana en honor de su fundador, S. Francisco de Asís.

(2) El Condestable de Castilla era el burgalés D. Bernardino Fernández de Velasco, que estaba casado en segundas nupcias con Doña Juana de Aragón, hija bastarda de Fernando el Católico.

(3) Entre los partidarios de los austríacos destacaban el duque de Nájera y el marqués de Villena, mientras que el duque de Alba y el Almirante de Castilla, D. Fadrique Enríquez, eran los más firmes defensores de los derechos de Doña Juana.

(4) Se trata de Fernando III el Santo y Doña Berenguela y de Alfonso VII y Doña Urraca. También ocurrió con Sancho II y Alfonso VI, que se proclamaron reyes de Galicia después de apresar a su hermano García. (Ver mi trabajo “Burgos en el reinado de Alfonso VI”)

(5) En el año 1515 Doña Juana se declaró en huelga de hambre y estuvo a punto de morir, su padre el rey Fernando acudió a Tordesillas e hizo algunos cambios en el servicio, pero el trato hacia la reina parece que no mejoró.

(6) Fue también obispo de Palencia entre 1520 y 1522, año en que murió. Está enterrado en la iglesia de San Nicolás de Burgos. Paco Blanco, Barcelona, enero 2013.

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-Este texto está relacionado con estos: I, III, IV

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