CASTILLA CONTRA CARLOS V -3ª Parte- -Por Francisco Blanco-

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Cuando Carlos I se enteró del fallecimiento del Cardenal Cisneros, que era su principal valedor en Castilla, el nuevo monarca comienza a repartir los más altos cargos del reino entre los flamencos que le acompañaban, con la salvedad ya citada del burgalés doctor Mota, que continuó como consejero y secretario, al tiempo que se convertía en su representante y portavoz ante las Cortes españolas, los otros tres cancilleres nombrados fueron Adriano de Utrech, que ya llevaba unos meses en España, el señor de Chievres, Guillermo de Croiy y el piamontés Mercurino Gatinara, que había sido presidente del Parlamento de Borgoña, al que nombró Gran Canciller del Reino.

Con estos nombramientos da comienzo el reparto de cargos, beneficios y privilegios entre los componentes de aquella corte flamenca, que consideraba España como un predio de su propiedad que podían esquilmar a su antojo. Uno de los nombramientos que más escándalo provocó fue el de sucesor de Cisneros como Arzobispo de Toledo, concedido a Guillermo de Croiy, un sobrino del señor de Chievres, que tan sólo contaba veinte años de edad y que ni siquiera se  encontraba residiendo en España (1).

El joven  monarca, incapacitado para comunicarse con sus súbditos, carecía de voluntad propia y no tomaba ninguna decisión que no proviniera de los consejos de sus cancilleres, tan desconocedores de los problemas de España como él mismo.

Uno de los prohombres del reino, el Condestable de Castilla D. Íñigo Fernández de Velasco (2), que siempre permaneció fiel a su rey, le hizo llegar el siguiente mensaje de advertencia: “Dicen, muy poderoso Señor, que después que Vuestra Majestad comenzó a reinar, ha mostrado poco amor y poca gana de aprovechar a estos reinos vuestros”.

Tal vez esta advertencia por parte de tan fiel servidor como era el condestable hizo reflexionar al monarca, que nombró gobernadores auxiliares de Gattinara al ya citado Condestable de Castilla, el burgalés D. Iñigo Fernández de Velasco y su pariente, el Almirante de Castilla D. Fadrique Enríquez de Velasco, captando de esta forma para su causa dos de los más importantes miembros de la nobleza castellana.

En febrero de 1518 se reúnen en Valladolid las Cortes castellanas, presididas por Gattinara y el doctor Mota. Se trataba de analizar la situación interna del reino y buscar soluciones a los conflictos que la política partidista de los flamencos había ocasionado.

En el desarrollo de sus sesiones el duque de Alba D. Fadrique Álvarez de Toledo, por parte de la alta nobleza, y el procurador por Burgos, D. Juan Zumel (3), en representación del resto de los procuradores, se manifestaron abiertamente en contra de la política seguida por el monarca y sus ministros flamencos, calificándola de “claro menosprecio y postergación de los naturales de estos reinos”. Muchos de los procuradores presentes y gran parte de la nobleza se solidarizaron con la postura de los dos descontentos. Finalmente, en estas Cortes se consiguió que Carlos I jurase respetar las leyes de Castilla, vivir dentro de su territorio, desposeer a muchos nobles flamencos de sus puestos y que, en lo sucesivo, los nombramientos recayesen  exclusivamente en españoles, además de la obligación por su parte de aprender a hablar y leer la lengua castellana. A cambio de este juramento recibió una subvención de 600.000 ducados.

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El doctor Mota, en vista de que el consenso no había sido total, propuso la convocatoria de unas nuevas Cortes, que acabarían celebrándose en La Coruña el año 1520, después de la muerte del otro abuelo del rey, el emperador Maximiliano de Austria, ocurrida en enero de 1519, que abría a Carlos I las puertas de acceso al título de Emperador. Estas Cortes  se convertirían en el detonante que puso en marcha la rebelión de las Comunidades de Castilla contra el gobierno de Carlos I, por entonces empeñado en conseguir el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a costa de saquear el bolsillo de sus súbditos castellanos. Naturalmente, el mejor método para conseguir que el resto de los candidatos al título imperial desistiese de sus aspiraciones, era ofrecerles grandes cantidades de dinero, que era precisamente lo que le faltaba a Carlos I.

En busca de fondos y ayudas para financiar el elevado coste de sus ambiciones imperiales, en los primeros meses de 1519 Carlos I se dedicó a  recorrer sus reinos de Aragón, Cataluña y Valencia, acompañado de su inseparable doctor Mota, tratando de convencer a la nobleza y a sus Cortes que le prestasen su apoyo, tanto político como financiero, ofreciendo a cambio algunas prebendas.

Tal vez tratando de compensar el mal trato que había dado a la nobleza española en los comienzos de su reinado, en el mes de marzo, durante su estancia en Barcelona, convocó en la catedral una reunión del Toison de Oro, en la que concedió el apreciado collar a nueve importantes miembros de la nobleza, entre los que se encontraba el influyente catalán D. Fernando  Ramón Folch, duque de Cardona, y el aragonés D. Álvaro Pérez Osorio, marqués de Astorga, les acompañaron en tal honor D. Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla; D. Fadrique de Toledo, duque de Alba; D. Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado; D. Íñigo Fernández de Velasco, duque de Frías y Condestable de Castilla; D. Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar; D. Diego López Pacheco, marqués de Villena y D. Antonio Manrique, duque de Nájera.

Como los resultados no fueron los apetecidos, pues las Cortes de Zaragoza, Barcelona y Valencia no veían con demasiado entusiasmo la aventura imperial de D. Carlos, a éste no le quedó otra alternativa que convocar nuevamente las Cortes castellanas, aunque esta vez lo hizo en el terreno neutral de Galicia, que no tenía representación en Castilla. En primera instancia, a propuesta del obispo D. Alonso de Fonseca, partidario de D. Carlos y aspirante al título de Arzobispo de Toledo, se celebraron en su sede episcopal de Santiago de Compostela:

     “En la ciudad de Santiago de Galizia, sábado, e treynta e vn dias del mes de Marzo, año del nasçimiento del Nuestro Saluador Iesu Christo de mill e quynientos e veynte años, estando en el monesterio de Señor San Francisco de la dicha çiudad, que es fuera de los muros della, en la capilla donde los frayles del dicho monesterio se juntan a capítulo, que es en la clavstra dél, el muy magnifico señor Marcurinus de Gatinara, gran Chanciller del Rey, nuestro Señor, y el muy Reuerendo e magnífico señor el maestro D. Pedro Ruiz de la Mota, obispo de Badajoz, del Consejo de sus Altezas y su limosnero mayor, presidente de las Cortes que su Cesarea Magesdad manda hazer y celebrar en la dicha ciudad”.

Gattinara y el doctor Mota volvían a presidirlas. Éste último hizo un encendido discurso en defensa de los derechos de D. Carlos al trono imperial: “Ahora vino el imperio a buscar el emperador a España, y nuestro rey de España es hecho, por la Gracia de Dios, rey de romanos y emperador del mundo”……..añadiendo más adelante: “…este rey don Carlos ha determinado vivir y morir en este reino, en la cual determinación está y estará mientras viviere. El huerto de sus placeres, la fortaleza para defensa, la fuerza para ofender, su tesoro, su espada, ha de ser España”.

Pero a pesar del encendido alegato del doctor Mota, la mayoría de las ciudades de Castilla, encabezadas por los procuradores de Toledo y Salamanca, niegan a su rey el Servicio solicitado, recordándole que “el pueblo no es un rebaño esquilmable por el rey, sino que el rey se debe a la felicidad de su pueblo. El rey debe amoldarse a la índole de su pueblo”.

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Ofendido y humillado, Carlos I decide suspender las Cortes de Santiago, sin aceptar sus resoluciones, trasladándolas a La Coruña.

     “E despues de lo suso dicho en la dicha ciudad de la Coruña a veinte e dos dias del dicho mes de Abril del dicho año de mil e quinientos e veinte, estando presentes los procuradores sobre dichos, ecebto Anton Saorin, procurador de Cortes de la ciudad de Murcia, que se dijo que estaba doliente, en la hermyta de Santispiritus de la dicha ciudad, junto al monasterio de Sant Francisco della, donde S. M. posa en la tribuna de la dicha hermyta, que estaba señalado por lugar para hacer las dichas Cortes, el dicho señor gran Chanciller dijo, como presidente de las dichas Cortes, que ya sabian los dichos procuradores de Cortes como en la ciudad de Santiago, por la partida della, las dichas Cortes no se habian podido acabar ni hacer en ella, e habian quedado para se fenescer y acabar en la dicha ciudad de la Coruña, y que para aquello eran alli llamados, e para les hacer saber como S. M., conpliendo lo que les habia prometido, habia mandado hacer y ordenar algunas cartas e provisiones concernyentes al bien e pro comun destos Reynos, especialmente les fueron alli leidas por mi el dicho Juan Ramirez ciertas provisiones que estaban ordenadas, para que no se sacase moneda ni caballos destos Reynos, las cuales se leyeron e vieron alli para que viesen los dichos procuradores de Cortes como S. M., conpliendo lo que habia dicho e otorgado, habia mandado hacer las dichas provisiones, e que asi mismo habia mandado hacer otras que asi mismo les mostrarian, tocantes a lo susodicho, e los dichos procuradores de Cortes dixieron que besaban los pies y manos de S. M., por la cuenta que les habia mandado dar e que le suplicaban que mandase proveer en las otras cosas que quedaban por se cunplir”.

En esta ocasión, ausentes los procuradores de Toledo y Salamanca, a los que el rey había prohibido la asistencia, las Cortes aprobaron el Servicio solicitado por el rey, es decir, la provisión de fondos para su viaje a Alemania en busca de la codiciada corona imperial. No obstante, las ciudades de Segovia, Valladolid, Madrid, León, Zamora y Murcia votaron en contra. Los regidores de Toledo y Salamanca, por su parte, manifiestan su disconformidad enviando cartas de protesta a las demás ciudades castellanas. Los representantes de la ciudad de Burgos, D. García Ruiz de la Mota, casualmente hermano del doctor Mota y D. Juan Pérez de Cartagena, se declararon partidarios de conceder el Servicio al rey: “Y en quanto a lo del servicio, Burgos lo otorgó con aquel amor y voluntad que suele hacer todas las cosas de que V.M. se ha querido servir della, y así lo han fecho los otros caballeros que lo otorgaron por sus ciudades”.

Después de conseguir sus propósitos, el 23 de mayo, acompañado de su fiel doctor Mota, al que, en premio a su fidelidad, acaba de nombrar obispo de Palencia (4), emprende viaje  a Alemania, donde, el 26 de octubre de 1520, en la ciudad de Aquisgrán sería coronado como Emperador, con el nombre de Carlos V de Alemania.

Como regente de una nación dividida y al borde de una inminente guerra civil, deja al cardenal Adriano de Utrecht, que poco tiempo después sería coronado como Sumo Pontífice de Roma (5). Esta decisión no contribuyó precisamente a calmar los exaltados ánimos, pues muchos nobles consideraron dicho nombramiento como una ofensa y un incumplimiento de sus promesas; para el pueblo llano representaba una muestra más del desprecio que Carlos I sentía por el pueblo español.

La mecha estaba encendida y pronto comienzan los alzamientos y las revueltas por toda Castilla. Los ciudadanos de Toledo se apoderan del Alcázar y eligen como líder a D. Juan de Padilla; en otras ciudades los vecinos acosaron y maltrataron a los procuradores que habían votado a favor del impuesto. Concretamente en Segovia, el 29 de mayo fueron asesinados por una multitud enfurecida los tres procuradores que habían pronunciado el “sí” en las Cortes coruñesas.

En Burgos, el 10 de junio, cuando el regidor y los dos procuradores que habían dado su conformidad y su apoyo al rey intentaban explicar al concejo las razones que les habían movido a tomar tal decisión, una multitud furiosa se amotinó en su contra, increpándoles y forzándoles a  huir. El saqueo de sus propiedades no se hizo esperar, los amotinados incendiaron la casa del procurador García Ruiz de la Mota, hermano del obispo Mota, fiel aliado del futuro emperador, pero también las de Diego de Soria, Juan Pérez de Cartagena, Francisco Castellón y la de algún recaudador de impuestos. Pero peor fue la suerte del aposentador real, un francés llamado Giofredo Garci Jofré de Cotannes, que debía su cargo a favores flamencos. Su casa fue incendiada y el pudo huir, pero localizado y atrapado más tarde, fue pública y salvajemente asesinado: “atravesado con mil heridas, fue colgado y luego entregado en manos de los niños para que lo arrastrasen”.

La sublevación  comunera resulta ya imparable; en el mes de junio, desde Toledo, regida por una asamblea revolucionaria integrada por representantes de todos los estados, incluido el eclesiástico, que sorprendentemente se ha unido a la sublevación, se envía una circular a todas las ciudades de Castilla para pedir a sus procuradores y representantes que acudan a la formación de una Junta Nacional que aglutine todos los descontentos, al tiempo que asuma la dirección del movimiento revolucionario.

El 25 de Julio, reunida la asamblea en la ciudad de Ávila, los asambleístas, entre los que había representantes de todos los niveles sociales: regidores, nobles, eclesiásticos, letrados y hombres del pueblo, se crea la Santa Junta, cuya base legal se apoya en el testamento de Isabel la Católica y la autoridad de Doña Juana como reina legítima. Previamente D. Juan de Padilla se había entrevistado con la reina, cautiva en Tordesillas, para tratar de explicarle el proyecto y ésta se había mostrado favorable a su realización. Esta Santa Junta asumió las funciones de las Cortes castellanas, al tiempo que se erigía en Junta General del Reino, asumiendo todos los poderes del Estado, incluidos los del gobierno, convirtiéndose al mismo tiempo en el órgano supremo de la revolución comunera, cuyo primer objetivo era reestablecer el orden en ciudades y pueblos. Como presidente de la Junta se nombra a D. Pedro Lasso de la Vega y como comandante militar a D. Juan de Padilla, ambos toledanos.

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Una de las primeras decisiones de la recién creada Junta fue la de disolver el Consejo Real, que tenía su en Valladolid.

La reacción del Consejo Real no se hizo esperar, el cardenal Adriano, regente del reino, envía un ejército a la ciudad de Medina del Campo, comandado por D. Antonio de Fonseca y el alcalde de Corte D. Rodrigo Ronquillo, con la orden de apoderarse de la ciudad y de las piezas de artillería que en ella se encontraban. El 21 de agosto las tropas realistas entran en Medina, pero se encuentran con la decidida defensa de la población, que se niega a entregar los cañones. Durante dos días los medinenses resisten el acoso de los realistas, que acaban por pegarla fuego por diferentes puntos, originándose un gran incendio que destruye parcialmente la ciudad. La llegada de D. Juan de Padilla al frente de un ejército de voluntarios comuneros hace desistir a los realistas de sus propósitos, retirándose a la plaza de Arévalo.

Esta vandálica actuación de las tropas de Fonseca y de Ronquillo, que se mostró especialmente duro y cruel con los ciudadanos de Medina, fue el estallido definitivo de una conflagración armada entre los comuneros y los realistas.

A partir de este momento los acontecimientos se van sucediendo de forma vertiginosa y trágica. El 29 de agosto los jefes comuneros se trasladan a Tordesillas para entrevistarse con la reina y ponerle al corriente de los últimos acontecimientos.

Doña Juana, bajo la estricta vigilancia del marqués de Denia y su esposa, que seguían con un celo exagerado las instrucciones del rey, vivía en un mundo de ficción, ajena a lo que se estaba maquinando a su alrededor, ignorante incluso del ya lejano fallecimiento de su padre D. Fernando, ni el de su suegro, el emperador Maximiliano. En su aislamiento, tan sólo tenía acceso a las ceremonias religiosas en un convento cercano, privilegio que consiguió al negarse a oír misa en sus aposentos. Sus peticiones de salir al exterior y visitar Valladolid fueron rechazadas con la excusa de que por la región se extendía una peligrosa ola de peste. En el mismo mes de agosto, poco antes de la llegada de los comuneros, Doña Juana había recibido la visita del presidente y varios miembros del Consejo del Reino, quienes la informaron del movimiento comunero, presentándole a la firma un decreto en el que se condenaba a los rebeldes. La reina se negó a firmarlo, alegando que necesitaba tiempo para meditarlo, por lo que les pidió que volviesen a visitarla al cabo de un tiempo. También se enteró en esta visita de la muerte de su padre y de su suegro, y del viaje de su hijo a Alemania para coronarse emperador. Estas noticias acrecentaron aún más la inquina que sentía por sus carceleros, el marqués de Denia y su esposa, que tan descaradamente la habían engañado.

Los comuneros llegaron a Tordesillas con el objetivo de rendirla pleitesía y jurarla lealtad como legítima y única reina de Castilla. El marqués de Denia quiso impedir su entrada en el palacio real, pero se encontró con la sorpresa de que buen número de sus monteros y del personal de servicio eran simpatizantes de la causa comunera. Sin poder ofrecer resistencia, el marqués y su esposa tuvieron que hacer las maletas y abandonar Tordesillas, seguidos por sus servidores. De esta forma, la Santa Junta se instala en Tordesillas, que se convierte, de hecho, en la nueva capital del reino. Pero a pesar de que aparentemente Doña Juana viera con buenos ojos la propuesta comunera, aceptando que la Santa Junta se instalara en Tordesillas, se negó en redondo a firmar cualquier documento que atentara contra los derechos de su hijo Carlos.

La instalación de la Santa Junta en Tordesillas otorga a los comuneros una importante victoria política, pero en el plano militar las fuerzas seguían muy igualadas. Gran parte de la nobleza, que ante todo pretende conservar sus privilegios, seguía dubitativa, sin decidirse por ninguno de los dos bandos, a la expectativa de lo que marcase el curso de los acontecimientos, que por otro lado no iban a tardar en producirse.        

NOTAS: 

(1)  Este joven murió pocos años después, en 1522, siendo su sucesor D. Alonso de Fonseca

(2)  D. Iñigo era de Medina de Pomar, hermano de D. Bernardino Fernández de Velasco, el anterior condestable, que había fallecido sin sucesión en 1512.

(3)  El doctor D. Juan Zumel era el Escribano Mayor del Ayuntamiento de Burgos, pero también estaba al servicio de la casa de los Velasco.

(4)  Este nombramiento fue muy mal recibido por los palentinos, que acababan de nombrar de forma irregular a D. Antonio de Acuña, uno de los más importantes líderes comuneros. D. Pedro Ruiz de Mota (doctor Mota), regresó a España el 28 de julio de 1522, acompañando a Carlos V en su viaje de regreso a España, muriendo dos meses después en Herrera de Pisuerga. Está enterrado en la iglesia de S. Nicolás de Burgos.

(5)  Adriano de Utrecht fue elegido papa el 9 de enero de 1522 con el nombre de Adriano VI. Murió el 14 de setiembre de 1523. 

Paco Blanco, Barcelona, enero 2013

CAI

-Este texto está relacionado con estos: I, II, IV

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