BURGOS INÉDITO: EL HOSPITAL DEL REY -Por Francisco Blanco-

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En el año 1195, a la sombra del recién fundado Monasterio de las Huelgas, el mismo rey Alfonso VIII funda el Hospital del Rey, destinado a dar acogida a los pobres y también a los peregrinos que se dirigían a visitar la tumba del Apóstol Santiago, cada vez más numerosos.

Entre los numerosos privilegios fundacionales con los que le dotó, queda constatada su total dependencia de la autoridad de la Abadesa de las Huelgas:

“Constituyo y concedo que el Hospital que, para refección y recepción de los pobres, Yo y mi legítima mujer edificamos desde los cimientos y dotamos regiamente en el camino del Glorioso Apóstol Santiago, junto a nuestro Monasterio de Santa María la Real, y a él pertenezca en todas sus pertenencias, de tal suerte que la Abadesa del dicho Monasterio en todo y por todo tenga plenariamente  el cuidado del Hospital, prohibiéndola valerse de las rentas de éste, en bien del Monasterio, y previene que en caso de necesidad, si la cantidad y la cualidad de la necesidad lo pidiere, se apliquen los haberes del Monasterio para uso de los pobres del Hospital”.

Para que se ocuparan de su dirección y asistencia, hizo traer el monarca trece caballeros pertenecientes a la Orden del Cister, a los que concedió el título Freires de Calatrava, permitiéndoles lucir sobre su hábito blanco cisterciense la cruz negra de Calatrava (1). Los miembros de esta Orden no necesitaban pertenecer a la nobleza ni haber recibido órdenes sagradas, por lo que podían ser laicos, pero estaban obligados a hacer votos de castidad y pobreza, además del de obediencia a la Abadesa, debiendo renovar este último cada tres años. Del cuidado de las mujeres acogidas al Hospital se encargaban las monjas cistercienses conocidas como Comendadoras de Calatrava, también llamadas freiras, que vestían hábito blanco y toca negra y lucían sobre el lado izquierdo de su hábito la cruz de Calatrava (2). Estas monjas, al estar libres del voto de clausura, podían desempeñar labores apostólicas y de caridad

A lo largo de su larga historia los privilegios concedidos por Alfonso VIII entraron más de una vez en colisión con intereses de terceros, que veían mermados los suyos. Estas discrepancias  dieron lugar a diferentes contenciosos que acabaron resolviéndose sin merma, en ningún caso, de los concedidos a la Abadesa, ni tampoco los del rey: 

A principios del siglo XIV, siendo rey de Castilla Fernando IV el Emplazado, consultó éste a la Abadesa de las Huelgas, Doña Urraca Alfonso, sobre si podía obsequiar con raciones del Hospital a algunas personas a las que quería agradecer algún servicio. Escuchada la demanda por un grupo de letrados y analizados los privilegios reales concedidos en su fundación, en la ciudad de Burgos, el 15 de febrero de 1305 se emitió el siguiente dictamen:

“A la Abadesa y al convento era y tan sólo pertenecía la administración y provisión  de los bienes del Monasterio, e que non podía de otra guisa ser de derecho e de orden, aunque uso e costumbre que contra esto fuera, que non era valedero”.

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A finales del mismo siglo, en 1399, estando el Orbe Católico enfrentado por el Cisma de Aviñón, el rey de Castilla, el burgalés D. Enrique III, también conocido como el Doliente, envió embajadores a Roma y Aviñón con la misión de intermediar en el conflicto que dividía la Iglesia Católica y tratar de buscar una solución que satisficiera a todas las partes. Para hacer frente a los gastos de dicha embajada, el rey recabó al  Obispado de Burgos la suma de 48.997 maravedís, como la  parte alícuota que le tocaba aportar al coste total.

El obispo D. Marino Maté, tratando de aligerar semejante carga contributiva, trató a su vez de recaudar del Hospital del Rey la suma de 2.800 maravedís. Enterado de semejante pretensión el rey, que por entonces se hallaba en Valladolid, el 2 de enero de 1399 envió un mensaje al obispo en el que le informaba “que los bienes de dicho Hospital no eran beneficios eclesiásticos ni de su jurisdicción, sino bienes reales que tan sólo a Él corresponde amparar, guardar y defender”. Al Obispo de Burgos, ante esta contundente negativa, no le quedó más alternativa que desembolsar de su propio peculio la cantidad solicitada.

En el año 1526, siendo ya Emperador de Alemania, Carlos V de Austria, tal vez en agradecimiento a los servicios que la ciudad de Burgos había prestado a la causa realista durante el levantamiento de los Comuneros castellanos, mandó construir la puerta de acceso al recinto del Hospital, conocida como Puerta de los Romeros, pues a partir de su construcción se convirtió en paso obligado para todos los peregrinos que querían acogerse a su hospitalidad. Se encuentra al final de un paseo que discurre entre chopos centenarios, conocido como El Parral, y se trata de una puerta plateresca de muy bella factura, en la que destaca, encima del arco de entrada, una artística  hornacina con una gran concha en su interior, en la que se puede admirar, sentado sobre un sitial, la imagen del Apóstol Santiago ataviado con el traje de peregrino. La hornacina está flanqueada por los escudos blasonados de Alfonso VIII y de los Reyes Católicos.

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Cruzada la puerta, en el primer patio a la derecha se levantó la Casa del Fuero Viejo, o de los romeros, donde pernoctaban los peregrinos transeuntes. Muy cerca se encuentra la ermita de San Amaro, un monje francés que se quedó en Burgos cuando regresó de su peregrinaje a Santiago, consagrando desde entonces su vida al cuidado de los peregrinos. Detrás de la ermita se encuentra el cementerio donde se daba sepultura a los romeros que exhalaban allí su último suspiro.   

NOTAS: 

(1) A partir del siglo XIV pasó a ser de color rojo con flores de lis en las puntas. Fue disuelta en 1836

(2) Con los años la Orden fue derivándose hacia la enseñanza, especialmente de las niñas pertenecientes a la nobleza. Actualmente en Burgos todavía queda un convento.

Paco Blanco, Barcelona, febrero 2013

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