FEDERICO GARCÍA LORCA EN BURGOS -Por Francisco Blanco-

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Lorca entró en contacto con la música desde su más tierna edad. Su tío Baldomero le cantaba canciones populares y su tía Isabel le enseñó a cantar y a tocar la guitarra. La excepcional sensibilidad artística del joven granadino le proporcionaba unas extraordinarias habilidades para la música, que se manifestaron de forma precoz.

Con tan sólo siete años rasgueaba con maestría la guitarra y entonaba con gracejo las canciones que le enseñaban sus tíos. También su madre fomentaba con entusiasmo su afición por la música y las canciones populares de su tierra. En este ambiente, campesino pero refinado, entre música, romances y canciones, transcurrió la infancia y la primera juventud de Federico, a quien todos auspiciaban un brillante porvenir musical.

Hacia 1909, con  la familia ya instalada en Granada, compartió sus estudios de bachillerato en el colegio del Sagrado Corazón, con clases de música que le impartía un profesor de música de nombre D. Antonio Segura Mesa, con quien llega a establecer una íntima y mutua relación de amistad que no se romperá hasta su muerte, ocurrida en 1916. Sobre las cualidades musicales de su discípulo D. Antonio asegura que “Lorca se convierte en tan excelente pianista que se le augura una distinguida carrera musical” (1). El mismo Lorca cree haber encontrado su verdadera vocación y expresa sus deseos de dedicarse profesionalmente a la música. D. Antonio Segura es un admirador de la música de Verdi, pero es también un experto folklorista, estudioso de la música popular española, que tanto le gusta a su discípulo preferido.

Sin duda una de sus fuentes de estudio era el “Cancionero Popular de Burgos”, que había publicado el también folklorista D. Federico Olmeda (2) en 1903 y en el que se inspiró Federico para componer algunas de sus posteriores y bellas obras poéticas, como “Libro de Poemas”, “Canciones”, “Poema del Cante Jondo”, y especialmente  “Bodas de sangre”. El mismo Lorca reconocerá, después de su muerte, que D. Antonio fue su iniciador en la ciencia folklórica de la que tanto se sirvió en sus posteriores creaciones literarias.   

En 1913 se incorpora a la Universidad de Granada, procedente de la de Salamanca, el  catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes, D. Martín Domínguez Bertueta, a cuyas clases pronto empezará a acudir el joven universitario Federico García Lorca, que seguía fiel a su vocación musical, pero que también empezó a sentir en su espíritu inquieto el cosquilleo de la creación literaria. Tal vez la muerte, en 1916, de su querido maestro de música marcó un punto de inflexión en su futuro como artista; lo cierto es que su profesor de Literatura, al que a partir de ahora llamaremos Bertueta, empezó a ejercer una notable influencia sobre sus innatas tendencias artísticas, que empezaron a derivarse hacia la creación literaria.

En Salamanca, su ciudad natal, Bertueta había sido profesor adjunto de la cátedra de Filosofía y Letras, pero también había desplegado una notable actividad periodística como director de “El Lábaro”, periódico católico, portavoz del Obispado, en el que se había atrevido a defender aquella famosa “Ley del candado”, promulgada por el liberal Canalejas en 1910, por la que se prohibía el establecimiento en nuestro país de nuevas congregaciones religiosas. El periódico cerró y Bertueta tuvo que cambiar de aires, pues los de Salamanca empezaron a soplar en su contra.

Pero la actividad periodística y literaria de Bertueta no se limitaba a “El Lábaro”. Ligado a Burgos por lazos familiares-su madre era burgalesa y su tío, burgalés igualmente, ocupaba el cargo de Provisor del Arzobispado de Burgos-, también era un asiduo colaborador del “Diario de Burgos”, en el que había publicado una interesante serie de “Crónicas Burgalesas”, en las que describía con notable maestría figuras, paisajes y monumentos de la ciudad burgalesa, de la que era un gran conocedor y por la que sentía una especial predilección, pasando con frecuencia en ella sus periodos de vacaciones. Sus artículos siempre tuvieron una calurosa acogida en las columnas de dicho diario y su persona gozaba de una bien merecida popularidad y afecto.

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Dicho todo esto, no resultará extraño añadir que otra  de las aficiones de este catedrático fuese la de organizar viajes de estudios con sus alumnos, en los que Burgos estuvo presente como uno de sus principales destinos. Desde que se incorporó a la Universidad de Granada en 1913, cada verano, con la ayuda de las subvenciones que le concedía el Ministerio de Bellas Artes e Instrucción Pública, Bertueta y sus alumnos se lanzaban a la geografía española en busca de monumentos y paisajes.

El primer viaje que hizo Lorca a Burgos acompañado de Bertueta y otros compañeros, tuvo lugar en el mes de octubre  de 1916, visitando además otras ciudades castellanas, como Ávila, Segovia, León, Zamora y Salamanca. En esta ocasión el objetivo principal de la visita a Burgos era admirar por dentro y por fuera la magnificencia de su catedral, “aquel espléndido templo gótico”, en palabras del propio Bertueta, experto conocedor del mismo.   

Pero en el verano de 1917 un grupo formado por Bertueta, Lorca y otros tres estudiantes, volvieron a Burgos, esta vez para disfrutar de una estancia bastante más larga. La presencia en la ciudad castellana del catedrático y sus alumnos no podía pasar desapercibida, teniendo en cuenta, además, la popularidad personal y literaria de que disfrutaba Bertueta, que no dudó en aprovecharla para lanzar a la liza periodística a su alumno favorito, Federico García Lorca, que vio como, el 18 de Agosto, en el “Diario de Burgos” salía publicado su primer artículo, con el título de “Las reglas en la música”.

En realidad, por esa fecha, Bertueta y Lorca ya se hallaban solos en Burgos desde el día 7 de agosto, pues el resto de la expedición había dado por concluido el viaje y regresado a Granada.

El recorrido burgalés realizado por Lorca bajo la experta dirección de su maestro, incluyó lugares tan emblemáticos y cargados de historia como San Pedro de Cardeña, La Cartuja de Miraflores, el Monasterio de las Huelgas, Covarrubias, Santo Domingo de Silos y las ruinas de los Monasterios de Fresdelval y San Pedro de Arlanza. Esta experiencia puede que fuera decisiva en las inclinaciones literarias del joven Lorca, que aprovechó las diferentes sensaciones acumuladas en todas estas visitas para elaborar cinco artículos sobre temas burgaleses, que también fueron publicados por el “Diario de Burgos” durante ese mes de agosto de 1917.

En estos primeros escritos del futuro poeta la influencia estilística de las “Crónicas Burgalesas” de Bertueta resulta evidente, pero el rico, deslumbrante y metafórico lenguaje lorquiano también tiene en ellos sus primeros brotes. 

De hecho, estos primeros trabajos literarios de Lorca le sirvieron para refundir y preparar la que sería su primera obra, que tituló “Impresiones y paisajes”, cuya primera edición, costeada por su padre, se publicó en Granada, el mes de abril de 1918. (4) El libro contiene una dedicatoria de Lorca a D. Antonio Segura: A la venerada memoria de mi viejo maestro de música, que pasaba sus sarmentosas manos, que tanto habían pulsado pianos y escrito ritmos sobre el aire, por sus cabellos de plata crepuscular, con aire de galán enamorado y que sufría sus antiguas pasiones al conjuro de una sonata Beethoveniana.¡Era un santo! Con toda la piedad de mi devoción”. El autor. También, al final de la obra, hay un recuerdo para Bertueta y sus compañeros de viaje.

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Pero, lamentablemente, el texto de esta primera edición aparece plagado de erratas de imprenta y con faltas ortográficas y sintácticas, lo que causa la decepción y el enfado de Federico, que decide rescatar el mayor número de ejemplares posible, recorriendo las librerías de Granada y comprando todos los ejemplares que encontraba, que iban a parar al desván de su casa.

Lorca, en esta su primera obra, ofrece una visión muy intimista de Castilla, sus ciudades, sus pueblos, sus gentes, sus paisajes, sus iglesias, sus conventos, su historia……, todo aparece envuelto en un manto de melancolía impropio de un joven de 19 años. Pero a pesar de esa dosis de amarga tristeza con la que adereza sus descripciones, que el mismo reconoce en su prólogo, también deja entrever un rayo de luz y de esperanza: La poesía existe en todas las cosas, en lo feo, en lo hermoso, en lo repugnante; lo difícil es saberla descubrir”, escribe también.

“Impresiones y paisajes” no es una visión romántica de Castilla, como la de Bécquer, ni angustiada como la de Machado, al que ya conocía y admiraba (4), más bien parece que esté relatando la inacabable aparición de unos espectros, tétricos y descarnados, envueltos en el andrajoso sudario de su historia.

El mundo exuberante, luminoso, meridional de su Granada choca con la solitaria aridez del páramo castellano; el sol andaluz es embriagador y cercano, el de Castilla es lejano y justiciero. En Andalucía a los Cristos y a las Vírgenes se les canta y se les jalea, en Castilla se les reza de rodillas y se les teme.

Para este Lorca juvenil Castilla, inmenso depósito de piedras derruidas, vive acosada por la sombra de su propia historia, de la que trata inútilmente de escapar.

¿Tendrá razón?. De quien escapaban los asesinos que tan inicuamente le ajusticiaron en el mes de agosto de 1936, ¿de la sombra vengadora de Caín?.

Otro gran poeta andaluz, ferviente enamorado de Castilla, también la cantó de esta manera: 

“la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas,
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones…”

(A. Machado) 

NOTAS

(1)   Ian Gibson “Lorca musical”

(2)   Federico Olmeda Sanjosé  había nacido en El Burgo de Osma (Soria) el 18 de julio de 1865. Fue organista de la catedral de Burgos entre 1888 y 1907, siendo también director del Orfeón Burgalés y del Orfeón de Santa Cecilia. Recorrió la provincia de Burgos investigando su folklore y recuperando sus canciones populares, de las que hizo una excelente recopilación, con la que ganó el primer premio de los Juegos Florales de la ciudad de Burgos, con motivo de las Fiestas Patronales de San Pedro y San Pablo en el año 1902. La primera edición salió a la luz en el 1903 con el nombre de “Cancionero popular de Burgos”, alcanzando rápidamente una gran difusión por toda España.

(3)   Esta obra, todavía muy poco conocida, ha sido reeditada en varias ocasiones, cabe destacar: “Obras Completas de Federico García Lorca”, Editorial Losada, Buenos Aires 1938 y Aguilar 1963.

(4)   En junio de 1916 Lorca participó por primera vez en los viajes que organizaba Bertueta, en esta ocasión una de las ciudades que visitaron fue Baeza, donde Federico conoció a Antonio Machado. El viaje a Baeza se repitió en junio de 1917, donde los dos poetas, Antonio y Federico se encontraron por segunda vez.

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