POR LA CUENCA DEL ARLANZA: RECORRIDO FINAL. -Por Francisco Blanco-

es

Arlanza, Pisuerga e aun Carrión

gozan el nombre de ríos, empero

después de juntados, llamámosles Duero.

“El Laberinto” (Juan de Mena) 

Antes de abandonar la cuenca del Arlanza, siguiendo su margen derecho por una sombreada y apacible vega de fértiles campos de viñas y cereales, el viajero rendirá visita al pueblo de Tordomar, enclavado en la romana Vía Aquitania, que unía la importante ciudad romana de Clunia con Astorga y la Galicia oriental, para lo que había que atravesar el monumental puente romano, de 23 ojos, mandado construir por el emperador Trajano; en su extremo meridional todavía se conservan dos miliarios que señalizaban dos direcciones, una hacia Lerma y la Sierra de la Demanda, la otra hacia Segovia, Astorga y la cuenca del Pisuerga.

En el siglo X fue repoblado por mozárabes procedentes de la Andalucía ocupada por los moros, que empezaron a formar la vanguardia fronteriza del condado de Castilla, junto con otros asentamientos como Tordueles, Tordable, Zael, Villahizán, Mahamud, Villacisla, Torremoronta…..

Dentro del pueblo destaca la Iglesia Parroquial, de trazo románico, que tiene adosada una torre-fortaleza rematada por una espadaña; dentro de la iglesia se encuentra una capilla dedicada a la poderosa familia Carrillo.

Siguiendo por la Vía Aquitania, con el Arlanza regando la extensa vega- tierras de pan y de vino-, en la que abundan las viñas, los huertos y las mieses, cuyo color dorado reverbera bajo el ardiente sol de Castilla, camino de Santa María del Campo el viajero tropezará con la villa de Mahamud, abigarrado caserío, en el que abunda el adobe y el ladrillo, agrupado en torno a su iglesia parroquial. También se pueden encontrar algunas  casas señoriales con escudos y blasones en torno a su amplia plaza mayor con Rollo en el centro, presidida por el edificio renacentista del Ayuntamiento. 

Esta villa, cuyo nombre sin duda es de raíz árabe, es posible que deba su poblamiento a mozárabes procedentes de los territorios ocupados por los árabes, aunque la arraigada devoción de sus vecinos por Nuestra Señora de Báscones (1), en cuyo honor se celebra una animada romería cada tercer domingo del mes de mayo, hace suponer que también llegaron vascones procedentes del norte de la península. Una poesía de D. Bonifacio Zamora nos recuerda esta devoción popular: 

Que bien, que bien el camino
Ella, la Virgen, se sabe,
de Báscones a Mahamud
y desde Mahamud a Báscones!
Por donde pasa la Virgen,
abren sendero los ángeles. 

En el siglo XII estaba integrada en el Alfoz de Muñó, que según nos cuenta Gonzalo de Berceo  “Munnó que es bien rica de vinnas y de era”, perteneciendo posiblemente a los poderosos Carrillo, o los no menos poderosos Rojas.  De lo que sí hay constancia es del nacimiento en el año 1234 del Infante D. Manuel, hermano de Alfonso X el Sabio y padre del Infante Juan Manuel, destacado escritor y político medieval, que participó activamente en los acontecimientos de su época. En el Libro  de las Behetrías de 1352 consta que “….este logar es behetría e es de Pero Royz Carriello………”. aunque  con la llegada al trono de Castilla de Enrique II, el de las Mercedes, en el año 1387 pasó a pertenecer a los Hurtado de Mendoza.

Pero en los primeros años del siglo  XVI esta villa iba a ser testigo activo de uno de los más singulares episodios de nuestra ajetreada historia. El 17 de setiembre de 1506 falleció repentinamente en Burgos Felipe I el Hermoso, esposo de Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, y rey de España desde el mes de junio del mismo año. Fue  proclamado rey por las Cortes de Valladolid, aparentemente a causa del desarreglo mental de  doña Juana, más conocida como la Loca, aunque en dichas Cortes no se llegó a certificar su locura. Lo que sí es cierto es que la repentina muerte de D. Felipe en la Casa del Cordón de Burgos, sobre cuyas causas se elaboraron varias teorías, produjo una gran convulsión emocional en doña Juana, que además estaba embarazada de su cuarta y póstuma hija, doña Catalina. En un principio los restos del rey fueron trasladados a la Cartuja de Miraflores, pero la reina estaba decidida a trasladarlos cuanto antes a la catedral de Granada, donde reposaban los de su madre doña Isabel. El 20 de diciembre, desafiando el crudo invierno burgalés y a pesar de su avanzado estado de gestación, una innumerable comitiva se pone en marcha portando los restos mortales del joven rey-tan sólo tenía 28 años-. Su primera etapa debía acabar en Aranda de Duero, pero en realidad había comenzado el alucinante deambular de una comitiva regia por unos parajes desiertos y castigados por el frío, el viento y la nieve. Llegaron a Torquemada, donde la reina se puso de parto y el día 4 de enero de 1507 dio a luz a su hija Catalina, cuarta y última de su matrimonio con D. Felipe el Hermoso, por cuyo amor aseguran algunos que se volvió loca.  

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Casi un año después de la muerte del rey Felipe I, el 2 de setiembre de 1507, la fúnebre comitiva, a la que se unió su padre D. Fernando, que había regresado de Nápoles para asumir de nuevo la regencia de Castilla, hacía su entrada en Santa María del Campo, villa burgalesa muy cercana a la de Mahamud. El objetivo de esta visita era entregar al Cardenal Cisneros el capelo cardenalicio que le había concedido el papa Julio II, cuyo nombramiento portaba D. Fernando. Pero como dicho nombramiento debía celebrarse en la iglesia de Santa María, donde también se encontraba el féretro de Felipe el Hermoso, la reina Juana se opuso tenazmente a la celebración del acto. Veamos como lo cuenta el cronista Alonso de Santa Cruz: “Estando Sus Altezas en este lugar de Santa María del Campo, le fue traído el capelo de cardenal de Santa Balbina al arçobispo don Fray Francisco Jiménez, al qual enbió a mandar el Papa Julio Segundo que le recibiese. Y la Reina no consintió que se lo diesen en la yglesia de aquel lugar, por estar allí el cuerpo del rey don Felipe, diciendo que aquel acto avía de ser mucho placer, y que el cuerpo del Rey que estaba en la yglesia no requería sino mucho lloro y tristeza. Y a esta causa lo fue a recebir a un lugar allí muy cerca, dicho Mahamud, estando presente el rey don Fernando. Donde lo recibió con mucha solemnidad”.

La tenacidad de la reina obligó a la comitiva a trasladarse a la cercana villa de Mahamud, donde el día 14, en la iglesia de San Miguel, con la presencia de los reyes y de la corte en pleno, el nuncio de Su Santidad, cardenal Juan Rufo, consagró cardenal al franciscano fray Francisco Jiménez de Cisneros, a la sazón arzobispo de Toledo. Poco se imaginaba el nuevo cardenal, muy pronto convertido en Regente de Castilla, que la muerte le  aguardaba en un pueblo de la ribera del Duero, Roa de Duero, muy próximo a esta villa.

Todo el pueblo se congregó en torno a su iglesia parroquial para admirar el insólito y lujoso espectáculo que ofrecía la presencia en su modesta villa de reyes, príncipes-el infante D. Fernando viajaba con Cisneros-cardenales, obispos y toda la alta nobleza de Castilla.

Es muy probable que el gentilicio “gorrete”, con que se conoce a los naturales de esta villa tenga su origen en la imposición de este birrete.

Un siglo más tarde, en 1608, el rey Felipe III, cuyas arcas andaban bastante mermadas, vendía los derechos jurisdiccionales sobre esta villa a su valido, el duque de Lerma, que había llenado las suyas a costa del erario público.

La iglesia de San Miguel es del siglo XIII, con tres naves y un gran crucero, en el XVI se añadió un ábside decorado con artísticas columnas y capiteles. Pero lo más notable de esta iglesia es que a lo largo de los siglos ha ido almacenando en su interior hasta diez retablos de diferentes épocas y estilos. Entre 1566 y 1577, el escultor Domingo de Amberes la dotó de un magnífico retablo Mayor, de estilo  barroco con cuatro paneles en los que están representados escenas de la vida de Cristo y de su madre la Virgen María, rematadas por la del Calvario. El de San Juan es plateresco, destacando un Descendimiento de la Cruz. Además cuenta con dos renacentistas, el de Santiago y el de San Martín, procedentes de viejas ermitas de los alrededores. El del Rosario y los de San José y Santa Bárbara son churriguerescos. Por si esto fuera poco se puede admirar también una magnífica pila bautismal, románica del siglo XII y un soberbio púlpito mudéjar, claro indicio de la influencia árabe en esta zona.

No es de extrañar, después de lo visto, que el viajero desapercibido quede gratamente sorprendido de su visita a esta modesta villa burgalesa, tan henchida de historia. Pero si el viajero retoma el curso del Arlanza, no tardará en recibir nuevas y gratas sorpresas.

Santa María del Campo es “un lugar famoso, que mató a su Inquisidor tirándole a un pozo” (2), pero no tema el viajero, esta villa que en su tiempo fue Cabeza de las Behetrías de Castilla, es un sitio acogedor y placentero que ofrece a sus visitantes numerosos atractivos, especialmente históricos, culturales y artísticos. De sus derruidas murallas quedan las tres puertas originales, de la Fuente, de Costana y  de la Vega o de Negrillos; por cualquiera de ellas el viajero tendrá acceso a un recinto con recio sabor castellano en su arquitectura urbana, formada por intrincadas calles, soleadas plazas con arcadas y blasonados edificios.

 Uno de los más notables es el conocido como Casa del Cordón, aunque del edificio original del siglo XVI tan sólo se conservan el cordón franciscano, un escudo de armas y dos medallones, que decoran su portada; el escudo y los medallones, al parecer, pertenecen los Señores de Torremoronta, propietarios de un castillo, hoy en ruinas, en la cercana localidad de Torremoronta.  Esta casa se convirtió en  la Corte de Castilla y en ella estuvo hospedada la reina Juana, cuando llegó desde Torquemada, en setiembre de 1507, con su hija Catalina de ocho meses, acompañando y vigilando los restos de su esposo, Felipe el Hermoso, muerto en Burgos un año antes. Desde entonces la reina, con la mente enajenada,  deambuló con el féretro y un  numeroso séquito por distintas ciudades y villas castellanas,  dando, con su extraño comportamiento, palpables muestras de su locura. Durante su estancia en la villa el féretro del rey fue depositado en su magnífica iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. También llegaron a la villa D. Fernando el Católico, acompañado por el Nuncio Apostólico, D. Juan Rufo, con sus respectivos séquitos y el Arzobispo de Toledo, D. Francisco Jiménez de Cisneros, con el suyo. Esta reunión de tan alto rango tenía dos objetivos importantes; el primero era que doña Juana, dada su incapacidad mental para gobernar, cediera la regencia de sus reinos de Castilla a su padre D. Fernando, que había mantenido una tensa relación política con su yerno, el difunto rey Felipe I; esta cesión contaba  con la total aprobación del arzobispo Cisneros. El otro era, precisamente, imponer el capelo cardenalicio a éste último, cuyo nombramiento, hecho por el papa Julio II, traía desde Roma el Rey Católico. Finalmente, ante la negativa de la reina a que se alterara el eterno reposo de su esposo, esta ceremonia se tuvo que realizar en el cercano pueblo de Mahamud, hecho ya reflejado en esta crónica.

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Como se puede deducir fácilmente, estas trascendentales jornadas fueron decisivas para el futuro de la nación española, que pocos años después, con la muerte de D. Fernando y la llegada al trono de su nieto Carlos, hijo primogénito de Doña Juana las Loca y Don Felipe el Hermoso, alcanzó la definitiva unión política de todos los reinos de España. Doña Juana, finalmente, fue confinada de por vida en el castillo de Tordesillas; su única y fiel compañera en su encierro fue su hija Catalina, hasta que en 1525 se casó con su primo, el rey Juan III de Portugal.

Pronto se dará cuenta el viajero de que la auténtica joya arquitectónica de esta villa es su Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Ascensión, una de las más notables de toda Castilla-León, como se puede deducir por sus dimensiones: 60×45 varas burgalesas, que en nuestro sistema métrico equivalen a 50×37 metros aproximadamente. Situada en la zona más alta de la villa, su impresionante mole de piedra se impone majestuosamente al resto del conjunto urbano.       

Su estructura primitiva data del siglo XIII, aunque las obras de reforma y ampliación se prolongaron hasta el siglo XVIII. La iglesia tiene planta de cruz latina con tres naves, crucero y ábside, aunque la obra principal corresponde a la monumental torre, la “buena moza”, como la llaman sus paisanos, que se yergue como gran señora hacia el cielo azul de Castilla, brillando bajo el sol con los áureos destellos de su dorada cantería.

Tres arquitectos insignes contribuyeron a su levantamiento. Los dos primeros cuerpos son obra del genial escultor y arquitecto burgalés, Diego de Siloé, que los comenzó en 1527; el bajo corresponde a la entrada principal de la iglesia flanqueada por medias columnas corintias que enmarcan hornacinas con estatuas; el segundo cuerpo, de depurado estilo renacentista, lo forman un arco de medio punto con dos columnas estriadas, coronado por un delicado rosetón, a cuyos lados aparecen dos medallones que se supone representan a doña Juana y a don Felipe. En los laterales aparecen las estatuas de los Cuatro Doctores de la Iglesia: San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo. El tercero y el cuarto son obra de Juan de Salas, uno de los grandes discípulos de Diego, que los comenzó en 1531, en cuyas cornisas ya se pueden apreciar verdaderas filigranas que apuntan al barroco; otro arquitecto y rejero burgalés, Cristóbal de Andino, coronó la torre con una linterna que fue destruida por el terremoto de Lisboa del año 1755. (3). Dentro de la iglesia cabe destacar el claustro del siglo XVI, una hermosa muestra  del gótico florido con tres galerías de capiteles bellamente decorados con motivos iconográficos; el púlpito gótico-mudéjar del siglo XVI; la sillería del coro, del siglo XV, decorada con motivos geométricos; la escalinata plateresca que conduce al presbiterio, a cuyos pies se encuentra el sepulcro de los Señores de Torremoronta (4); el retablo Mayor del siglo XVIII, obra de José Valdán y Joaquín de Villadiego, cuya barroca ornamentación la soportan dos majestuosas columnas salomónicas; en el trascoro se pueden contemplar dos valiosas tablas de Pedro Berruguete: El Bautismo de Cristo y La Degollación de San Juan Bautista; se puede finalizar la visita en el Museo de la sacristía, donde se encuentran diferentes y valiosas joyas del arte religioso, como custodias, cálices y cruces procesionales, así como algún tapiz flamenco del siglo XVI.

De nuevo en el recinto urbano, el viajero podrá descargarse del peso de tanta historia y de la contemplación de tanto arte, visitando los numerosos  lugares de ocio que el pueblo le ofrece, relajando su ánimo y su cuerpo a base de catar el rico vino de sus majuelos y sus primicias gastronómicas, procedentes, en su mayoría, de la matanza del cerdo. Si la visita se produce entre los días 15 y 16 de agosto, festividades de la Virgen de la Asunción y de San Roque, el ambiente festivo del pueblo estará marcado por numerosas peñas de mozas y mozos, que lo recorren bullangueras y alegres.

Cuando el viajero reemprenda su camino, recuperando la ribera del Arlanza, en pocos kilómetros, dentro todavía del municipio de Santa María del Campo, se encontrará en la pequeña localidad de Escuderos (5), en la que cada 24 de setiembre, festividad de la Virgen de las Mercedes, se celebra en su ermita una gran romería en su honor, a la que acuden devotos romeros procedentes de diferentes pueblos de la comarca: Santa María del Campo, Lerma, Peral de Arlanza, Torrepadre, Villahoz, Mahamud, Ciadocha, Pampliega……….invadiendo por un día la soledad de los campos, presididos por los restos de la torre de los Torremonta, uno de los antiguos puestos de vigilancia que defendían a aquellos valientes pobladores foramontanos de las peligrosas incursiones árabes.

En este punto el viajero se despide del Arlanza, que seguirá su tranquilo curso hacia las cercanas tierras palentinas, hasta que, tras recorrer 160 kilómetros desde su nacimiento en Quintanar de la Sierra, se una al Pisuerga en la localidad palentina de Quintana del Puente, muy cerca de Torquemada, donde durante ocho meses tuvo su Corte la Reina Juana, acompañada por los fúnebres despojos de su gran amor, Felipe el Hermoso. 

“El sol se aleja despacio,

las sombras lo invaden todo.

Castilla se queda muda……”        

 NOTAS 

(1) En la provincia de Burgos existe también el pueblo de Báscones, situado a orillas del Ebro por su margen izquierdo, en el valle de Zamanzas, partido judicial de Villarcayo, aunque está más cerca de Sedano, a cuyo partido judicial también perteneció. En sus orígenes estuvo integrado en el Bastón de Laredo.

(2) Del libro de Fray Valentín de la Cruz “Burgos, guía completa de las tierras del Cid”, aunque no da más razones del suceso.

(3) Del mismo libro

(4) Del mismo libro

(5) Existe otro Escuderos en la comarca de Páramos, ayuntamiento de Valdelucio

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