BURGOS INÉDITO: LOS PAPELES DE AZAÑA EN BURGOS.

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Joaquín Arrarás Iribarren era un periodista navarro que en el año 1915 inició su carrera periodística en el diario burgalés “El Castellano”, aunque después, hacia 1922, se trasladó a Madrid, donde trabajó como redactor en el diario católico “El Debate” y en el monárquico “ABC”. Pero el primer paso importante en su carrera lo dio en 1925, al hacerse cargo de la dirección del diario santanderino “El Diario Montañés”, que andaba un poco a la deriva, especialmente en su orientación ideológica. Arrarás no sólo consiguió que el diario tuviera un edificio propio en la calle Arcillero, sino que lo modernizó técnicamente y renovó la mayor parte de la redacción. Desde el punto de vista ideológico siguió en la línea marcada por su último director D. Angel Quintana, de marcado carácter conservador, por lo que le convirtió en el portavoz del obispado, defensor a ultranza de la monarquía y de la oligarquía dominante. Con esta orientación consiguió en poco tiempo que “El Diario Montañés” fuera el de mayor tirada de toda la provincia, llegando también a muchos lectores de Burgos y Palencia. (1)

En 1930, tras la caída de Primo de Rivera, volvió a formar parte de la redacción de “El Debate”, colaborando igualmente con el monárquico “ABC” (2).

Al proclamarse en abril de 1931 la II República en toda España, desde la tribuna de ambos diarios se convirtió en un implacable enemigo del nuevo sistema político y defensor a ultranza del Antiguo Régimen. No pasó mucho tiempo sin que surgiera la controversia entre la Iglesia y el nuevo Estado.  El 7 de mayo, tanto “El Debate” como “ABC”, publicaban la pastoral del cardenal Segura, arzobispo de Toledo y primado de España, en la que se refería expresamente a la amenaza de anarquía que para España significaba el nuevo régimen republicano, al tiempo que agradecía al depuesto rey, S. M. Don Alfonso XIII, el haber consagrado España al Sagrado Corazón de Jesús. Exhortaba también a las mujeres católicas de toda España a iniciar una cruzada de oraciones y rosarios, para preservar a España de los ataques de ateos, socialistas, comunistas y masones, que amenazaban con destruir la tradicional piedad católica de la Patria. Los sucesos que siguieron a estas declaraciones, en los que bandas de incontrolados, jóvenes en su mayoría, incendiaron y saquearon varias iglesias en Madrid y Andalucía, obligaron al gobierno provisional a declarar al cardenal burgalés “persona non grata” y pedirle que abandonara el territorio español. Desde ambos periódicos continuaron los violentos ataques a la actuación del   Gobierno durante los sucesos del mes de mayo, con duras editoriales y artículos en contra de los recientes decretos sobre la educación religiosa y la separación Iglesia/Estado. Finalmente, la reacción del gobierno a esta campaña de acoso periodístico se produjo el 30 de mayo, mediante un decreto que suspendía temporalmente la actividad de ambos periódicos.

En el mes de diciembre de ese mismo año aparece en Madrid la revista “Acción Española”, cuya actividad periodística entra plenamente en la órbita ultraconservadora, reuniendo en su redacción a los intelectuales y escritores más integristas de la ideología católico-monárquica. Entre sus más destacados y agresivos colaboradores cabe destacar, además del ya citado Joaquín Arrarás, a José María Pemán, los marqueses de Lozoya, Saltillo y Quintanar, César González Ruano, Antonio Vallejo-Nájera, Blanca de los Ríos, Ramiro Ledesma Ramos y el mismo fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera; por parte de la Iglesia española colaboraron el obispo de Tarazona D. Isidro Gomá y Tomás, que en 1933 sería nombrado sucesor del cardenal Segura como arzobispo de Toledo y Primado de España y el agustino burgalés, padre Bruno Ibeas (2). 

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Esta revista, que también sufrió una suspensión gubernativa entre junio y noviembre de 1932, se publicó hasta el mes de junio de 1936, en que salió el número 88, todos ellos con el objetivo político de acabar con la República. (4).  

En agosto de 1936, desatada ya la contienda civil, Arrarás regresó a Burgos, esta vez llamado por su paisano el general Mola, director de los golpistas, que habían establecido su cuartel general en la capital burgalesa (5), encargándole, junto al también periodista murciano Juan Pujol Martínez (6), compañero de redacción en “ABC” y “Acción Española”,  la organización de los Servicios de Prensa y Propaganda de la zona nacionalista. Al año siguiente pasaría a ser el director general de Prensa del Movimiento, cuya sede se encontraba situada en el palacio de los Condestables de Castilla, popularmente conocido como “Casa del Cordón”.

La actividad literaria y periodística de Arrarás durante su estancia en Burgos puede calificarse de intensa y, desde el punto de vista nacionalista, brillantemente apologética, sobre todo por ser el autor de la primera biografía de Franco, que desde el 29 de setiembre había asumido todos los poderes del nuevo Estado, autonombrándose Generalísimo de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire.

En el aspecto propagandístico destaca el uso que hizo de una parte de las Memorias de Manuel Azaña, por entonces presidente de la II República española, a la que estaban intentando destruir.

Desde varios años atrás Azaña tenía la costumbre de trasladar a unos cuadernos, en forma de diario, todas sus vivencias, en las que iba reflejando de forma incisiva, irónica y brillante su visión de España y su juicio, cáustico e inflexible, sobre los acontecimientos en que se vio involucrado y los personajes con los que tuvo que tratar.

En setiembre de 1936 Cipriano Rivas Cherif, posiblemente gracias a la intervención de su cuñado y amigo Manuel Azaña, por entonces presidente de la República, es nombrado cónsul general de España en Ginebra; antes de partir para Suiza Azaña le confía sus cuadernos, pensando sin duda que un país neutral era el mejor lugar para ponerlos a salvo. Se trataba de 9 cuadernos con 400 páginas escritas de tamaño folio. Azaña temía que la difusión de sus memorias, en las que libremente emitía opiniones poco favorables sobre muchas personas, podría contribuir a agravar aún más la difícil situación por la que atravesaba España.

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Pero su cuñado le falló. Cipriano Rivas había estudiado Derecho en la Universidad de Bolonia, pero su actividad profesional se desarrollaba en el mundo del teatro, de política sólo hablaba-más bien escuchaba- con su cuñado en unos largos paseos y algunos cortos viajes que ambos daban juntos por Madrid y sus alrededores. Su experiencia en el campo de la política y de la diplomacia era prácticamente nula, por lo que no es de extrañar que al incorporarse a su nuevo cargo depositara su confianza en un funcionario, diplomático de carrera, de nombre Antonio Espinosa, que resultó ser un topo infiltrado del bando nacionalista, que al apercibirse de la importancia de aquellos papeles, divulgados imprudentemente por el cónsul, que se los leía con entusiasmo al personal del consulado, ajeno sin duda al riesgo que estaba corriendo, concibió un plan para apoderarse de ellos y hacerlos llegar a los suyos. El éxito de su plan nos lo cuenta el mismo: “Finalmente tuve la satisfacción de ofrecer al nuevo Estado español una documentación de interés histórico y político: las memorias manuscritas de Manuel Azaña”. En realidad tan sólo pudo sustraer dos de los cuadernos, escritos entre agosto de 1932 y febrero de 1933 el primero y de junio a noviembre de 1933 el segundo. Pero los acontecimientos que se relatan en ellos son de una trascendencia fundamental tanto para la biografía política de su autor como para el conocimiento de la vida pública de todo el país.

Al enterarse Azaña de la desaparición de estos dos cuadernos, lo que más le preocupa es que salgan a la luz sus opiniones sobre Mn. Edouard Herriot, presidente de la Cámara de Diputados francesa, ya que en aquellos momentos el Gobierno español estaba negociando con el francés no sólo la ayuda militar y económica a la República, sino una posible salida pacífica y pactada del conflicto. En su intento por recuperarlos propuso al gobierno franquista canjearlos por el obispo de Teruel, prisionero desde la caída de la ciudad aragonesa. Resulta históricamente notorio que todo intento de negociación con los sublevados estaba condenado al fracaso.

El primer destinatario del expolio fue Nicolás Franco Bahamonde, hermano mayor del Caudillo, Francisco Franco Bahamonde, que ya por entonces se había hecho con todas las riendas del poder en el Nuevo Estado. Nicolás Franco, desde 1937 era el responsable de la Secretaría General del Jefe del Estado, integrada en la Junta Técnica del Estado, cuya sede se encontraba en la Casa del Cordón de Burgos, quien, después de leerlos atentamente, los pasa a su hermano Francisco a quien también parece que le encantan, según nos cuenta Ricardo de la Cierva: “Franco lee con fruición las apretadas páginas-en las que es uno de los personajes no muy maltratados-y encarga al notable periodista Joaquín Arrarás la conversión de aquellas memorias en arma de guerra”. (7)

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No olvidemos que Arrarás era Jefe de Prensa y Propaganda del Movimiento y además parece que había conocido al general Franco cuando estuvo en Marruecos como corresponsal de “El Debate”, de modo que se hizo cargo de los papeles robados y se puso manos a la obra de convertirlos en un arma de guerra contra la ya maltrecha y agobiada República.

Lo que hizo Arrarás con los cuadernos fue seleccionar su contenido de forma partidista, resaltando especialmente aquello que más pudiera crear enfrentamientos entre los dirigentes republicanos y el Presidente de la República. Completó su trabajo con apreciaciones y comentarios personales, todos de carácter vejatorio y ofensivo para la persona de Azaña y su andadura política. No tuvo reparo en recurrir al insulto personal y a la manipulación de su propio pensamiento político: “Manuel Azaña odiaba la historia de España. He tenido que acercarme a sus obras como se acerca alguien que tiene que manipular un veneno”. El resultado de su refundición fue publicado por vez primera en el “ABC” de Sevilla, feudo del general Queipo de Llano, mediante 18 entregas en forma de fascículos. En el año 1939, con la guerra concluida desde el punto de vista militar y los vencedores instalados en Madrid, la Editora Nacional la publica con el título de “Memorias íntimas de Azaña con anotaciones de Joaquín Arrarás”. Cierra la obra con un epílogo que me voy a permitir transcribir y que, en mi opinión, habla por sí solo:

“ESE ES AZAÑA:

Soñó con ser Robespierre y fue tan sólo un guiñapo que acabó en presidente corrido y espantado como un gamo.

Declaró que España había dejado de ser católica y tuvo que huir del país cuando más afirmaba España su fe.

Se rió presuntuoso del caos social y el caos social le sorbió en su negro abismo.

Ultrajó el título de español y los españoles abominaron de él.

Se mofó de la Historia de España y sucumbió lapidado por la Historia.

Trituró al Ejército y el Ejército exterminó y pulverizó a los suyos.

De su paso por el Gobierno de España sólo queda humo de incendio, sangre de crimen, huellas de robo, gemidos de cheka, descargas de pelotones que fusilan, hambre, miseria, peste……………..”     

NOTAS 

(1) En Aguilar de Campóo y su comarca también era el diario más leído.

(2) Bruno Ibeas nació en Celada de la Torre (Burgos) el año 1879. Ingresó en la Orden de  San Agustín  a los diecisiete años. Ordenado sacerdote en 1902 fue Doctor en Filosofía y Letras y ocupó la cátedra de Historia de la Filosofía en la Universidad Central de Madrid.

(3) El director de “El Debate” era el cántabro Angel Herrera Oria, fundador de “Editorial Católica”, empresa editora de varios diarios católicos de España.

(4) En marzo de 1937 se pública en Burgos el número 89 de la revista, una especie de antología de 400 páginas, en las que se recogen todos los textos publicados durante su corta existencia.

(5) El 24 de julio de 1936 se creó en Burgos la Junta de Defensa Nacional, presidida por Miguel Cabanellas, que era el general de división con más antigüedad, de la que formaba parte Emilio Mola, general de brigada al que se conocía como el Director. .

(6) Juan Pujol Martínez, poeta, novelista y periodista, nacido en La Unión (Murcia),  fue defensor del movimiento anarquista en Barcelona, donde estudió la carrera de Derecho, antes de pasarse al otro extremo del espectro político. En 1939 pasó a dirigir el diario “Madrid”.

(7) El domingo 24 de febrero de 1991 “El País” publicó un artículo titulado “Expolio de la Memoria”, en el que habla de la desaparición de los papeles de Azaña. Según “El País”, en julio de 1940 la Gestapo, acompañada por un comisario de policía español y un representante de Falange Española, invadieron Villa Edén, villa cercana a Arcachón en la que había residido Azaña durante su primer exilio antes de trasladarse a Montauban, llevándose en un camión joyas, dinero y todos los documentos, además de la extensa biblioteca que Azaña había conseguido sacar de España. Todo el cargamento es trasladado a Madrid. 

Paco Blanco, Barcelona abril 2013

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