BURGOS INÉDITO. UN POETA PASA POR BURGOS CAMINO DE SANTANDER.

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Rafael Alberti parecía destinado a convertirse en un opulento comerciante de los olorosos vinos gaditanos de Jerez y El Puerto. Su familia, de procedencia italiana, era dueña de un próspero negocio de vinos y coñacs en El Puerto de Santa María, donde había nacido cuando estaba a punto de  finalizar el año 1902. Pero las Musas se enamoraron de su apostura y gracejo, y se apoderaron de él para que fuera por el mundo cantando y pintando a su tierra andaluza.

No importó que su adinerada familia le llevase a educar al elitista colegio jesuita del Puerto (1), donde las Musas estaban prohibidas. El mar, las marismas, el sol, la luz, el vino de su tierra eran captados con pasión por sus pinceles, mientras de sus labios salían a borbotones el cante y la copla andaluza, capaces de extasiar a la audiencia. Pintor primero, poeta siempre, el Arte, así en mayúsculas, fue el camino que siempre siguió Rafael en su larga y vital andadura por todos los confines del mundo. También España fue otra de sus inseparables compañeras de viaje.

La familia se traslada a Madrid y Rafael empieza a sentir la nostalgia del mar. De aquel su “Mare Nostrum”, tan apacible y azul,  al que cantaba y pintaba. En 1920 el fallecimiento de su padre le obliga a incorporarse al negocio familiar, como viajante de vinos y coñacs, por las provincias de Madrid y Guadalajara. Pero los negocios no son para él y acaba cayendo enfermo. El doctor Codina, médico de la familia, le diagnosticó una “Adenopatía hiliar con infiltración en el lóbulo superior del pulmón derecho”, lo que le obligó a recluirse en un sanatorio de San Rafael, en plena Sierra del Guadarrama. Allí, rodeado de silencio y de quietud, sobrealimentando su cuerpo para recuperar la salud perdida, alimentó su espíritu inquieto y soñador con versos de Juan Ramón Jiménez, de Gerardo Diego, de Pedro Salinas y, sobre todo, de Antonio Machado, otro poeta andaluz que ya por entonces andaba enamorado de Castilla.

¿Fueron aquellos altos picos de Gredos y los versos de Machado los que despertaron en Rafael el anhelo de contemplar el otro mar de las Españas, el del Norte, el furioso y bravío Cantábrico?. Los siguientes versos parecen confirmar que así fue:

                                        ¡Castellanos de Castilla,

nunca habéis visto la mar!

¡Alerta, que en estos ojos

del sur y en este cantar

yo os traigo toda la mar!

(de “Marinero en tierra”) 

Lo cierto es que en el año 1925, después de haber obtenido el Premio Nacional de Literatura con su “Marinero en Tierra”, que había escrito durante su estancia en San Rafael, emprendió un nuevo viaje de negocios, esta vez acompañado por su hermano Agustín, cuyo objetivo era llegar hasta Santander y las Provincias Vascongadas, atravesando toda Castilla la Vieja.  

“De las marismas de Cádiz,

portando vino oloroso,

por toda la ancha Castilla

viaja un poeta andaluz,

hacia los mares del norte.” 

En un automóvil cargado de vinos olorosos de la casa Obsborne de Jerez de la Frontera, Agustín y Rafael se lanzaron, según sus propias palabras, “a recorrer llanos, montes, ríos y pueblos desconocidos” de la geografía de una Castilla que aun permanecía inmutable, recostada todavía sobre los duros y fríos sillares de su ya lejana historia. De Castilla fue recogiendo el poeta las seculares imágenes de sus pueblos, sus iglesias, sus monasterios, sus conventos, sus campesinos……….sus ruinas. De la Ribera del Duero, tierra de cereales y vinos recios, de hombres enjutos y silenciosos, tocados de pardas boinas quemadas por el implacable sol castellano, como sus rostros y sus manos, visitaron Aranda, los dos Gumieles, Sotillo de la Ribera, Roa, La Horra, La Vid, Peñaranda de Duero, las ruinas de Clunia………… 

“¡Dejadme llorar aquí,

sobre esta piedra sentado,

castellanos,

mientras que llenan las mozas

de agüita fresca los cantaros!”

(de “La Amante”) 

Continuaron su peregrinar hacia las tierras altas de la Sierra de la Demanda, llegando hasta Quintanar de la Sierra, donde nace el Arlanza, acunado por el viento y rodeado de altivos pinos que clavan sus cimeras en el cielo de Castilla, azul y diáfano como el mar del Norte que andaban buscando. Siguiendo la cuenca del Arlanza visitan Canicosa, Salas de los Infantes, Covarrubias…, pueblos cargados de historia, de cruces y de piedras, hasta llegar a Santo Domingo de Silos, donde se acogen a la hospitalidad de su benedictino monasterio.

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En esta silenciosa comunidad de monjes de San Benito pasaron unos días de sosegado descanso. Sólo el ingenuo piar de los pájaros y la sofisticada solemnidad de los cantos gregorianos  alteraban el silencio de aquel antiguo claustro románico, de sorprendente belleza arquitectónica. Pero la vida de aquellos austeros monjes no sólo discurría entre cánticos y oraciones, también había entre ellos artistas, poetas, eruditos y científicos. El padre fray Luciano Serrano, abad del Monasterio (2), era un historiador de reconocido prestigio; el padre fray Justo Pérez de Urbel (3), que se convirtió en su guía, mostrándoles todos los artísticos tesoros que guardaba aquel singular cenobio, como el Códice de Gonzalo de Berceo (4), también cultivaba la historia y la poesía; o el padre farmacéutico, al que intentaron en vano arrancarle el secreto del famoso licor benedictino, conocido entonces como licor de Santo Domingo.

Lo que si hubo fue intercambio, en las horas previas al nocturno silencio, entre el oloroso vino de Jerez que llevaban los hermanos Alberti y el aromático licor que elaboraban los monjes. Como recuerdo de aquella imborrable estancia en Silos el poeta gaditano dedicó a la comunidad su poema en honor de la Virgen de Marzo y el Niño:

“¡Tan bonito como está,

Madre, el jardín, tan bonito!

¡Déjame bajar a él!

-¿Para qué?

-Para dar un paseíto.

-Y, mientras, sin ti, ¿qué haré?

-Baja tú a los ventanales.

Dos blancas malvas reales

en tu seno prenderé.

¡Déjame bajar que quiero,

Madre, ser tu jardinero.”

(de “La Amante”) 

Desde Silos, antes de dirigirse a Burgos, como colofón a su andadura por la cuenca del Arlanza, encaminaron sus pasos hacia la villa ducal de Lerma, monumental, conventual y majestuosa, desde cuyos balcones, con los recientes recuerdos embargando sus corazones, se despidieron de la fértil vega del Arlanza que se extendía a sus pies. El sol de Castilla hacía reverberar sus campos……

En la Plaza Mayor de Burgos se encontraron con el poeta Pedro Salinas, al que Rafael manifiesta el  entusiasmo que estaba provocando en él esta castellana experiencia y sus prisas por llegar “al otro mar norteño”. Sus impresiones de la capital burgalesa se concentran en la majestuosidad de su catedral, en las impresionantes flechas de sus torres, como saetas de piedra taladrando el lejano cielo azul. Tampoco pudo  contener su emoción al contemplar el famoso “Cristo de Burgos”,  al que dedicó el siguiente poema: 

“Por mis más negros difuntos,

dime! No sé de qué eres,

Cristo moreno de Burgos,

No.

De piel de búfalo, dicen,

dicen que de piel de búfalo.

Yo”

(de “La Amante”) 

Emprenden, finalmente, la última etapa de su viaje, que les llevará a Santander y el País Vasco, atravesando el norte de la provincia de Burgos, cuyo paisaje, más suave, más verde, más ondulado, con nubes paseando por el cielo, proporcionando acogedoras sombras, hacen presentir al poeta la proximidad del mar. Atraviesan Villarcayo, el valle de Valdivielso, llegando a Medina de Pomar, donde visitan el alcázar de los Velasco, aquellos Condestables de Castilla que durante siglos cabalgaron a la vanguardia de los ejércitos cristianos, que también pretendían llegar hasta  el otro mar, el del sur, el del poeta. ¡Pero empuñando la espada!. Desde lo alto de sus torres otea el poeta el horizonte, presintiendo la cercanía de aquel mar desconocido del norte: 

“¡A las altas torres altas

de Medina de Pomar!

Al aire azul de la almena,

a ver si ya se ve el mar!

¡A las torres, mi morena!”

(de “La Amante”) 

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¡Por fin llegan a Santander!. Alberti se acerca al mar descalzo, como un peregrino que cumple una promesa. Ante sus ojos se extiende la espléndida bahía de Santander. Las olas del mar rompen sobre la arena formando un largo cordón blanco, espumoso, alegre como la mañana, pero extrañamente amenazador. El mar parece encalmado, pero no hay que fiarse, en cualquier momento puede enfurecerse y aquella juguetona espuma convertirse en garra despiadada, capaz de dar terribles zarpazos.

Aquel mar del norte con el que soñaba no es azul como el suyo del sur. Sus tonalidades, en constante cambio, alcanzan increíbles matices,  que abarcan desde el negro amenazador hasta la pacífica blancura de la espuma de sus olas cuando acarician la orilla:

“Grande fue mi emoción ante el Cantábrico, aquella masa fosca y brava, tan diferente a la mansa y azul de mi bahía gaditana”. El asombro del poeta también  se refleja en sus versos: 

“¡Perdonadme, marineros,

sí, perdonadme que lloren

mis mares chicas del sur

ante los mares del norte!

¡Dejadme, vientos, llorar,

como una niña, ante el mar!”

(de “La Amante) 

Por las orillas de aquel mar que Alberti tanto anhelara descubrir, el poeta y su hermano se pasean por Laredo y Castro Urdiales antes de entrar en Vizcaya. Siguiendo el margen izquierdo del río Nervión, convertido pronto en ría, visitan las villas marineras de Portugalete y Santurce y la industrial Sestao, antes de entrar en Bilbao:

¡Del mar que yo te robé,

al agua gris de la ría,

al agua gris te arrojé!

(de “La Amante”) 

El viaje ha concluido. Hay que regresar a Madrid. Los dos hermanos vuelven a adentrarse en Castilla, esta vez por el puerto de Orduña, encaramado entre la niebla, todavía en tierras alavesas: 

“¡Virgen de Orduña, en la cumbre

del aire! ¡Dominadora!

¡De tu manto bolinero

nazca la aurora, Señora!”

(de “La Amante”) 

Cruzan el Ebro por Miranda, atraviesan el desfiladero de Pancorbo y los Montes de Oca para llegar a Belorado y coger el Camino de Santiago……………..Finalmente, Madrid.

Habían dejado el vino por el camino, pero traían imborrables recuerdos de aquellas tierras y aquellas gentes contempladas y tratadas por vez primera…….¡ah! y también traían poesía. Rafael, durante el viaje, había ido recogiendo en un cuaderno un sin fin de impresiones y recuerdos que acabaron convirtiéndose en uno de sus más bellos e intimistas libros de poesías, “La Amante” (5), compuesto por quebradas canciones susurradas al oído de una imaginaria amante.

En el año 1930 Rafael Alberti conoce a otra musa, María Teresa León, pero esto es otra historia……….. 

NOTAS: 

(1) Estudió en el colegio de jesuitas S. Luis Gonzaga, del Puerto de Santa María, pero nunca fue un buen estudiante. Fue expulsado el año 1916, sin haber acabado el 4º curso de Bachillerato.

(2) Fray Luciano Serrano había nacido en el pueblo burgalés de Castroceniza el año 1879. Fue Abad de Silos desde 1917 hasta su muerte, ocurrida 1944. También fue un eminente medievalista y miembro de la Real Academia de la Historia. Es autor de numerosas obras sobre la historia de Burgos a lo largo de la Edad Media.

(3) Fray Justo Pérez de Urbel nació en Pedrosa de Río Urbel (Burgos), en 1895. Durante su estancia en el Monasterio de Silos fue el responsable de su Biblioteca. Además de un importante investigador de la Edad Media, fue el primer  Abad del Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos,[] Consejero Nacional del Movimiento y procurador de las Cortes franquistas. En 1938 Pilar Primo de Rivera le llamó a Burgos para que fuera el director espiritual de la “Sección Femenina” y también de la revista “Flechas y Pelayos”. Murió en Cuelgamuros el año 1979.

(4) El Códice de Gonzalo de Berceo está formado por una colección de manuscritos sobre las obras de Berceo y la vida de Santo Domingo.

(5) “La Amante” fue el resultado de los apuntes tomados por Alberti durante su viaje por la provincia de Burgos y las provincias del norte. Cuando lo tuvo terminado se lo leyó en el pueblo madrileño de Aravaca, donde residía, a sus amigos, los también poetas Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. La 1ª edición, “La Amante. Canciones (1925)” se acabó de imprimir el 27 de noviembre de 1926 en la Imprenta Sur de Málaga. La 2ª se publicó en Madrid por Editorial Plutarco SA, en 1929. La 3ª fue de Editorial Losada, Buenos Aires 1946. Finalmente, en 1977, la Editorial Aguilar la publicó, por cuarta y última vez, en su “Colección Crisol”, de donde proceden los versos seleccionados para este artículo, salvo uno que pertenece al autor. 

Paco Blanco

Barcelona, abril 2013

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