BURGOS INÉDITO: LOS AUSTRIAS VAN DE BODA. Por Francisco Blanco

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El 7 de noviembre de 1659, el cardenal Mazarino por parte de Francia y el conde de Haro por parte de España, firmaban, en la diminuta isla de los Faisanes, el acuerdo conocido como “Paz de los Pirineos”, que ponía fin a la “Guerra de los Treinta Años” entre ambos países.

En dicho tratado se estipulaba también el matrimonio del monarca francés, Luís XIV, con su prima carnal, la infanta Mª Teresa de Austria (el rey francés era hijo de Luis XIII y Ana de Austria, hermana del rey español). La novia aportaba a la boda la generosa dote de 500.000 escudos de oro, como compensación a la renuncia, por parte de ella y de su futuro esposo, a sus derechos a la corona española. Dicha dote nunca llegó a ser hecha efectiva por la casa real española, razón por la cual, al morir sin herederos Carlos II de Austria, Luís XIV defendió y apoyó los derechos de su nieto, Felipe de Anjou, quien, tras siete años de guerra civil, se sentó en el trono español con el nombre de Felipe V, instaurando en nuestro país la dinastía borbónica.

Pero lo que se trata de referir a continuación es la larga, suntuosa y variopinta caravana que, desde la corte madrileña, se puso en marcha para acudir a la citada boda, que al igual que el tratado, se iba a celebrar en la isla de los Faisanes:

Esta pequeña isla, más bien islote, de apenas siete mil metros cuadrados de extensión, se encuentra muy cerca de la desembocadura del río Bidasoa, que marca con sus orillas la frontera entre España y Francia; actualmente es el más pequeño condominio del mundo, que se reparten los dos países cada seis meses. Históricamente se ha hecho famosa por las numerosas reuniones y tratados, de carácter político o militar, que en  ella se han celebrado a lo largo de varios siglos.

La real expedición que nos ocupa partió de Madrid el 15 de abril de 1660 y llegó a su destino el 26 de junio, nada menos que  tras 72 días de largo viaje.

El inmenso convoy, que transportaba a la familia real y la mayor parte de la Corte, con sus enseres y criados, caminaba lentamente, a un promedio de diez kilómetros por jornada y cuando se ponía en movimiento ocupaba una longitud de unos 32 kilómetros. Estaba integrado por 18 literas, 70 coches, 2100 acémilas, 72 caballos, 500 mulas de carga, 900 mulas de silla y 32 galeras; solamente para el ajuar de la novia, consistente en doce cofres de terciopelo y plata y veinte de marroquín, eran necesarias cuarenta mulas.

Dada la general escasez, que se había extendido por casi todos los esquilmados rincones del reino, esta caravana, en la que el lujo y la ostentación eran la nota dominante, necesitaba acarrear todo lo necesario para que la vida de los viajeros fuera lo más cómoda y agradable posible, desde los víveres para alimentarse, las camas con dosel para dormir y el agua para lavarse y para mitigar la sed  que provocaba el polvo de los caminos.

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Por los intransitables caminos de Castilla, que ponían en peligro a cada paso la seguridad de los vehículos y la integridad de los viajeros, aparecían de vez en cuando famélicos campesinos, que se quedaban boquiabiertos ante tan inusitado y nunca visto espectáculo, pero que no dejaban de admirar y aplaudir a sus señores, aquéllos, precisamente, que les esquilmaban.

Cuentan los cronistas que, durante el viaje, el rostro del soberano aparecía taciturno, como si las desdichas de su desdichado pueblo, que aparecían ante sus ojos cada dos por tres, le pesaran como propias.

A pesar de eso, tal vez para elevar el decaído ánimo del monarca, todo el trayecto estuvo jalonado de grandes festejos y celebraciones. Sin ir más lejos, en Alcalá, donde pernoctaron la primera jornada, se celebró una gran corrida de toros nocturna, otra de las grandes aficiones de Felipe IV, el Grande, o el “Rey Planeta”, como también se le conocía.

El 23 de abril llegaron a la ciudad ducal de Lerma, que había sido la Corte de recreo de su padre Felipe III, donde también hubo toros en honor de los reyes. En Burgos, donde entraron la tarde del 24, permanecieron seis días durante los que, a pesar de la persistente lluvia que acompañó a la real comitiva, se celebraron animadas cabalgatas y carreras de caballos, alegres comedias, grandes banquetes y, por las noches, espectaculares luminarias y fuegos artificiales. Cabe hacer especial reseña de la corrida de toros celebrada el jueves 29, en la Plaza Mayor de la ciudad; durante la lidia se desplomó una pared de contención, que causó la muerte a cuatro espectadores, además de numerosos heridos.

A pesar de este desgraciado accidente, puede decirse que la ciudad de Burgos se volcó en honrar y festejar a la familia real y su corte.

El viernes 30 de abril la alegre caravana se pone de nuevo en movimiento, esta vez en dirección a Briviesca, donde fueron acogidos por la ilustre familia de los Velasco; durante los tres días siguientes, antes de atravesar el angosto desfiladero de Pancorbo y adentrarse en el país vasco, no cesaron los festejos en honor de los ilustres viajeros, consistentes en banquetes, corridas de toros y fuegos artificiales, principalmente ofrecidos por los ayuntamientos y los personajes principales de la burgalesa comarca de La Bureba.

El 3 de mayo llegaron a Vitoria, donde continuaron los festejos, recibiendo la novia una fuente de plata con 2.500 doblones de oro, espléndido regalo de la condesa de Escalante, amiga de la familia real, que acudió a rendirles pleitesía, acompañada por un numeroso séquito de eclesiásticos y gentileshombres.

El 11 de mayo llegaba la comitiva a San Sebastián, donde iban a tener lugar algunas de las ceremonias protocolarias previas al casamiento. No decayeron los festejos, sino que más bien fueron “in crescendo”. El día 14, por ejemplo, en el cercano puerto de Pasajes se organizó una singular fiesta marinera. La real comitiva fue recibida con las salvas de 200 cañones y las descargas de más de 2.000 mosquetes. El cronista Alelda nos la describe así: “El aspecto de las vecinas montañas, cubiertas de espesuras; los lugares de los lados, llenos de bulliciosa soldadesca; los tiros disparados desde las naves y del castillo del muelle; el contorno de la ensenada, adornado de agradable variedad; los ecos de la música, confundidos con las repetidas y estruendosas salvas; el mar, poblado de inquietos bateles; la diferencia de color de los bien ataviados remeros y de las remeras, graciosas y varoniles, que contendían con ardor por ganar el barlovento y vencer en la velocidad, todo formaba un peregrino y grandioso espectáculo”.

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El día 3 de junio, en una sencilla parroquia de San Sebastián, engalanada para la ocasión, merced a “los riquísimos tapices y adornos, reclamados para el mayor casamiento que se haya visto nunca en el mundo, Sus Majestades aparecieron allí, así como la Corte, en medio de una magnificencia deslumbradora”,  se celebró la ceremonia española del matrimonio real, oficiada por el obispo de Pamplona. El historiador M. Hume nos sigue comentando su desarrollo:…”La iglesia rebosaba de princesas, príncipes y nobles franceses, que, bajo un disfraz, se habían mezclado a los españoles. La misa pontificia, con sus ritos imponentes y su ceremonial grandioso, impresionó tanto el oído como la vista de aquella magnífica asamblea y San Sebastián alcanzó aquel día el apogeo de su gloria…..Mientras resonaban en la iglesia los acentos del Te Deum, en el exterior las salvas de artillería de los cañones gruesos de la fortaleza, que no lejos del santuario dominaba la costa brava del mar, llevaban a los dos reinos el anuncio de la feliz noticia: había ya una segunda princesa española reina de Francia”.

Finalizados los desposorios españoles, D. Luís de Haro, primer ministro español, que había actuado como representante de Luís XIV, en honor de la ya oficialmente reina consorte de Francia,  ofreció un gran banquete a los magnates de ambos países que habían asistido a la ceremonia.

Finalizado el ágape, la comitiva real española recorrió la penúltima etapa de su viaje hasta Fuenterrabía, instalándose en el Palacio-Fortaleza de Carlos V, que tantos embates franceses tuvo que resistir antes de firmarse la “Paz de los Pirineos”.

Finalmente, el día 6 de junio, en la isla de los Faisanes, se efectuó la entrega oficial de la infanta española, Mª Teresa de Austria, al rey de Francia, Luís XIV.

A una señal convenida, ambos monarcas, seguidos de sus respectivos séquitos, partieron hacia la isla, el español desde Fuenterrabía y el francés desde San Juan de Luz. Las dos orillas del Bidasoa  estaban ocupadas por varios regimientos de soldados, vigilantes de que la operación se realizase con éxito. Una muchedumbre de curiosos, apostados en las dos orillas y por los montes cercanos, intentaban, expectantes, contemplar el espectáculo que los dos regios cortejos ofrecían.

También en la sala de conferencias, preparada para el caso, a otra señal convenida, hicieron su simultánea aparición los dos monarcas. Luís XIV hizo ademán de arrodillarse ante su tío, pero Felipe IV no lo consintió, levantándole y fundiéndose en un abrazo. Con aquel abrazo, el monarca español se despedía para siempre de sus posesiones en el Rosellón y la Provenza francesas. 

El día 8, después de una breve pero tierna despedida entre ambas familias, Luís XIV y su nueva esposa se dirigieron a París y Felipe IV y su cortejo emprendieron el regreso a Madrid.

El viaje de regreso a la Corte, tal vez por haberse aligerado el equipaje, resultó mucho más rápido que el de ida. Prácticamente no se efectuaron paradas reseñables hasta llegar a Valladolid, patria chica del rey. Esto ocurría el 18 de Junio, permaneciendo en la antigua Corte hasta el 22. Durante estos días los vallisoletanos no cesaron de agasajar y festejar a su paisano el rey Felipe. Sabedores de su afición por la lidia de toros bravos, le organizaron una muy especial, que consistió en empujar las reses por una rampa, hasta hacerlas caer al Pisuerga, perseguirlas dentro del agua, acosándolas desde barcas con lanzas y rejones, hasta hacerlas volver a tierra, donde eran abatidas una a una por lidiadores de a pie y a caballo.

Por fin, el 26 de junio, después de una visita al Escorial, cumplidos 73 días desde su salida, Felipe IV el Grande, en medio de un entusiasta recibimiento, volvía a entrar en la capital de sus reinos. Su primera visita fue al santuario de Nuestra Señora de Atocha, donde se entonó un solemne Te Deum en acción de gracias por el feliz regreso de la nupcial expedición.

Felipe IV murió  alrededor de cinco años después de este viaje de bodas, sin haber vuelto a ver a su hija Mª Teresa. Le sucedió su hijo, Carlos II el Hechizado, el último rey de los Austrias, incapaz de tener descendencia, ni legítima ni bastarda.  Pero, a la postre, aquel famoso tratado de los Pirineos, tan lleno de concesiones para Francia, incluida la infanta, sirvió además para que su nieto, Felipe de Anjou, se proclamase Rey de España con el nombre de Felipe V.

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