BURGOS INÉDITO: EL PENAL DE BURGOS (1932-1942). -Por Francisco Blanco-

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En mayo de 1931, con el gobierno provisional de la II República española recién instalado, el Presidente, D. Niceto Alcalá Zamora, nombra a la diputada socialista Victoria Kent Directora  General de Prisiones.

La joven abogada granadina durante el corto tiempo que ocupó el cargo, pues cesó a finales de 1933, cuando la coalición de derechas, formada por la  CEDA y Acción Nacional (1) ganaron las elecciones del 15 de Noviembre de 1933, llevó a cabo una de las reformas más profundas de todas las que emprendió la República. Su reforma de las obsoletas y deshumanizadas prisiones españolas siguió en la línea emprendida en el siglo XIX por la feminista gallega Concepción Arenal, pionera en la lucha por mejorar las condiciones de vida de las capas más abandonadas de la sociedad española. De hecho, una de las primeras medidas que tomó fue la de eliminar todos los grilletes y cadenas que todavía adornaban las celdas de las prisiones. (2)

Siguiendo el lema de su maestra: “Odia el delito y compadece al delincuente”, su principal objetivo fue conseguir la rehabilitación social del preso durante su estancia en prisión, tratando de que una vez cumplida la pena impuesta por su delito pudiera reinsertarse de nuevo en la sociedad como una persona normal. Para ello, obviamente, era imprescindible que mientras durase su condena el recluso fuera tratado de la manera más humana posible. En esta línea, entre otras disposiciones ordenó la mejora de la alimentación de los reclusos, permitió que practicaran la libertad de culto y estableció los permisos de salida por razones familiares.

Cerró hasta 114 cárceles cuyas condiciones de habitabilidad eran totalmente inadecuadas, reformó y adecuó otras varias de acuerdo con los nuevos criterios y construyó alguna nueva, como la cárcel de mujeres de Las Ventas de Madrid, en la que se suprimieron las celdas de castigo, y la Prisión Central de Burgos, que se inauguró el 31 de julio de 1932, con la asistencia de las principales autoridades civiles de la provincia, encabezadas por el gobernador civil D. Ernesto Vega de la Iglesia (3) y el alcalde de Burgos D. Perfecto Ruiz Dorronsoro.

Las nuevas instalaciones, algunas de las cuales se habían comenzado a construir en 1927, estaban divididas en ocho pabellones o brigadas, con ocho patios y disponían de cocinas, enfermería y peluquería, talleres, escuela, capilla, biblioteca y granja. En un pabellón aparte se encontraban las viviendas de los funcionarios de prisiones. Todo el recinto estaba protegido por un alto muro cuadrangular, con garitas en las esquinas.

La revista  “Vida Penitenciaria” calificó así el nuevo establecimiento penitenciario: “Gigantesco, pétreo, con severidad que no excluye bellezas arquitectónicas, un Establecimiento penitenciario sin par en España y quizás en Europa”

El nuevo “Penal”, como se le empezó a llamar popularmente, estaba destinado a suplir el resto de los centros penitenciarios de la ciudad. Se encontraba situado a las afueras de Burgos, a unos 5 Km. al oeste de la capital,  y podía albergar una población reclusa de 850 presos, repartidos en 95 celdas, que disponían de calefacción para combatir el rigor de los largos inviernos burgaleses. Los reclusos podían alimentarse por su cuenta y vestir de paisano, siempre que se costearan sus trajes, de lo contrario se les proporcionaba un uniforme de paño gris. También se les proporcionaba trabajo, educación, lectura, podían realizar ejercicio físico, recibir libros, revistas y periódicos sin censura, además de su correspondencia particular, y disponían de un régimen periódico de visitas.

Durante el periodo republicano la población reclusa osciló entre los 600 y 700 internos, alcanzando la cota más alta a raíz del fracaso de la revolución de octubre de 1934, que provocó la llegada masiva de obreros, sindicalistas y políticos de izquierdas a las cárceles de toda España.

La rebelión militar contra la República de julio de 1936 triunfó plenamente en Burgos, siendo tomado el penal por un destacamento militar. Su director, D. Julián Peñalver Hortelano, removido de su cargo y detenido, fue asesinado posteriormente por el método del “paseo”.

A partir de aquí el Penal cayó bajo la jurisdicción militar de los sublevados y la población reclusa empezó a aumentar de forma rapidísima y progresiva, hasta convertirse en un verdadera masa humana, obligada a vivir en unas condiciones de hacinamiento verdaderamente insoportables e inhumanas. Según fuentes oficiales, en agosto de 1942 se alcanzó la impresionante cifra de 4000 reclusos, aunque las extra oficiales aseguran que se acercaba más a los 5000. El suelo, las escaleras y hasta los lavabos se convirtieron en dormitorios.

En el Penal ingresaron  toda clase de personas consideradas como afectas a la República, o simplemente por mostrar su disidencia con el nuevo régimen autoritario que los rebeldes trataban de imponer por la fuerza de las armas. Se trataba principalmente de militares leales, maestros, funcionarios, obreros afiliados a los sindicatos, campesinos, militantes de los partidos políticos o simples ciudadanos que tan sólo trataban de hacer valer sus derechos y habían otorgado su voto al Frente Popular, que había ganado las elecciones de febrero de 1936.

El régimen carcelario que se impuso era extremadamente duro y se basaba en una disciplina férrea y una obediencia ciega de los presos hacia sus guardianes. Cualquier acto, gesto o palabra que pudieran ser considerados ofensivos para el Movimiento Nacional, como se autodenominó el levantamiento, o contra la Religión Católica, suponía recibir crueles castigos físicos o duros aislamientos en celdas de castigo sin apenas recibir agua ni alimentos. 

En los primeros meses de la contienda al Penal llegaron presos políticos procedentes de las zonas de Castilla, León y La Rioja, pero a medida que el ejército franquista, apoyado por tropas de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini, fueron ocupando territorios que habían permanecido leales a la República, su procedencia se diversificó, llegando nutridas remesas de las provincias vecinas, Santander y Vizcaya, principalmente, pero también del resto de la España liberada. Durante todo este tiempo Burgos se había convertido en la capital de aquella Cruzada salvadora.  

Al problema del hacinamiento humano no tardó en añadirse el de la alimentación, tanto por su escasez como por su mala calidad y su deficiente condimentación. Sólo los que pertenecían a los batallones de trabajadores, sometidos a duras jornadas de trabajo, recibían una ración algo más abundante, pero escasamente nutritiva. Las bolsas y paquetes de comida que los familiares llevaban a los presos algunas llegaban a sus destinatarios, otras eran devoradas por los propios carceleros, pues el hambre era el común denominador de aquel tétrico conglomerado humano. Para empeorar más la situación, la grave sequía del verano de 1938 colapsó prácticamente el abastecimiento de agua, restringiéndose su uso exclusivamente a las necesidades absolutamente indispensables, llegándose a utilizar bidones de chapa donde los reclusos debían efectuar sus deposiciones fecales.

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En estas condiciones, pronto hicieron su aparición las enfermedades contagiosas e infecciosas, que sembraron el dolor y la muerte entre aquella indefensa población reclusa. Entre las más frecuentes se encontraban la tuberculosis, la avitaminosis, la bronconeumonía, el tifus, el cólera, a las que hay que añadir el hambre, el frío espantoso del invierno, el calor abrasador del verano, la suciedad, los piojos, el miedo, la locura……..,  una auténtica pesadilla en la que morir era lo más fácil. Sobrevivir ¡casi un milagro!.

Los fusilamientos en cumplimiento de las numerosas condenas a muerte, las muertes por palizas y malos tratos, las sacas y los paseos completaban las escenas de terror y angustia que constituyeron el escenario en el que se desarrolló la vida de aquel Penal de los horrores entre los años 1936 y 1942. Cuantificar con relativa exactitud el número de reclusos muertos durante estos años de barbarie es una tarea que no me atrevo a acometer. Sin duda fueron cientos ¿Miles tal vez? (4). A cada uno se le asignó un número y se le enterró en una gran fosa común del Cementerio de San José de la capital burgalesa. (5) 

El 9 de febrero de 1939, con la victoria militar del ejército franquista prácticamente consumada, Franco promulga en Burgos la “Ley de Responsabilidades Políticas”, cuyo Artículo Primero dice lo siguiente: “Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el 1º de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936 contribuyeron a crear o agraviar la subversión de todo orden de la que se hizo víctima a España y de aquellas otras que a partir de la segunda de dichas fechas se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o pasividad grave”.

 El entusiástico celo que los vencedores pusieron en el cumplimiento de esta Ley contribuyó a que  las cárceles españolas resultaran insuficientes para encerrar a tanto español subversivo, debiéndose adaptar rápidamente como prisiones: monasterios, conventos, escuelas y toda clase de edificios públicos. Vamos que en España, al que no estaba preso, se le andaba buscando pues, bien por activa o por pasiva, resultaba difícil que nadie hubiera cometido ningún delito, ya fuera de pensamiento, palabra u obra.

Como consecuencia de la citada “Ley de Responsabilidades Políticas”, se pone en marcha la conocida como “Causa General”, un inmenso proceso judicial que se abrió para perseguir e instruir todos los delitos cometidos en todo el territorio nacional por los elementos conocidos como “rojos”  desde la proclamación de la II República en 1931. Fueron miles los expedientes que se incoaron y miles los presos políticos condenados que siguieron abarrotando las cárceles de toda España, incluido el Penal de Burgos, hasta que, al cabo de treinta años, el Decreto-Ley 10/1969 declaraba prescritos todos los delitos cometidos antes del 1 de Abril de 1939, “Día de la Victoria”.

El parte de guerra, dado ese día 1 de abril por el general Franco en Burgos, daba la guerra oficialmente por finalizada, pero la represión política y social no sólo continuó, sino que se incrementó de forma implacable. El “Nuevo Estado”, con todos los resortes del poder bajo su control, se propuso eliminar de forma sistemática y, a ser posible definitiva, todos aquellos españoles que no se identificaran plenamente con los principios del “Glorioso Movimiento Nacional”. Para decirlo en otras palabras, todo ciudadano que no acreditase su lealtad al Régimen de Franco, se convertía automáticamente en sospechoso de comunista, anarquista, socialista, ateo, masón, en definitiva, ¡de rojo!.  El sistema policíaco represivo que siguió a la victoria militar, durante los tres primeros años principalmente, contribuyó irremediablemente a que las cárceles españolas continuaran albergando en condiciones auténticamente infrahumanas una ingente masa de presos políticos, sometidos a un sinnúmero de vejaciones, abusos e injusticias. (6)

Paradójicamente, a todos los encausados se les imputó un mismo delito común, el de “Rebelión Militar”. Con esta arbitraria imputación convertían a todos los que habían defendido, o simplemente aceptado, la legalidad de la República en reos de alta traición a la Patria.

Uno de los presos más veteranos del Penal de Burgos le dedicó un estremecedor poema del que extraemos los siguientes versos:

“La tierra no es redonda:

es un patio cuadrado

donde los hombres giran

bajo un cielo de estaño”

(Marcos Ana) 

NOTAS 

(1)  La coalición formada por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), liderada por José Mª Gil Robles  y Acción Nacional de Calvo Sotelo, obtuvieron 115 diputados en las elecciones del 15 de noviembre de 1933, por lo que tenían mayoría en las Cortes a pesar de que el encargado de formar gobierno fue Alejandro Lerroux, del Partido Republicano Radical.

(2)  Con el metal obtenido de su fundición mandó realizar al escultor Alfonso Palma una estatua de Concepción Arenal, que todavía se puede contemplar en el madrileño Paseo de Rosales.

(3)  Ernesto Vega de la Iglesia fue Gobernador Civil de varias provincias españolas entre 1931 y 1939. al finalizar la guerra civil fue detenido en el puerto de Alicante y fusilado poco después en la prisión de Albacete.

(4)  El historiador D. Isaac Rilova Pérez, estudioso de la materia, nos da los siguientes datos: Entre 1936 y 1941, 293 reclusos fueron fusilados “legalmente”, casi 400 desaparecieron tras su puesta en “libertad” (paseados) y 359 murieron entre sus muros por enfermedad.

(5)  En el Cementerio Municipal de San José se alza un monumento en recuerdo de los presos políticos allí enterrados.

(6)  Las cifras que se manejan sobre el número de presos políticos entre 1939 y 1942 son muy variables en función de las fuentes. Deliberadamente vamos a omitir las oficiales facilitadas por el “Patronato Central para la Redención de Penas por el Trabajo”, por considerarla poco ajustada a la realidad. Según Paul Preston entre 1936 y 1945 pasaron por las cárceles españolas no menos de 400.000 presos. Según Angel Bahamonde y J. A. Martínez en 1942, año de máxima ocupación, la población reclusa española llegaba a las 280.000 personas. En Burgos podrían haber llegado a las 5.000. 

Paco Blanco, Barcelona, mayo 2013

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