EN TORNO AL CID CAMPEADOR DESPUES DE MUERTO. -Por Francisco Blanco-

El Cid falleció en Valencia el 10 de julio de 1099, después de  conquistarla y someterla en más de una ocasión y haber sido su señor indiscutible e indiscutido. Un vecino de Valencia, el cronista árabe Ben Amuz, ya lo había pronosticado: “En fin, las cosas de este mundo se pasan muy presto, y el corazón me dice que no durará mucho la premura en que nos tienen los cristianos, porque el Cid anda ya hacia el cabo de sus días, y después de su muerte, los que quedemos con vida seremos señores de nuestra ciudad”.

Su esposa, doña Jimena,  se mantuvo al frente de la ciudad  en un desesperado esfuerzo por evitar que cayera de nuevo en manos de los almorávides. Pero el emir Ben Yusuf, viejo enemigo del Campeador, que ya había sentido con anterioridad el peso de su espada, no estaba dispuesto a dejar pasar tan tentadora ocasión de recuperarla, de modo que puso a su general Mazdalí al frente de un poderoso ejército y le envió a sitiar la ciudad.

El rey Alfonso VI, que en dos ocasiones había desterrado de su reino al caudillo burgalés, esta vez acudió a defender a la mujer de su fallecido súbdito (que, por cierto, también era su sobrina), consiguiendo levantar el cerco, pero el ejército almorávide permaneció a la expectativa, en la seguridad de que la ciudad levantina era una fruta madura, a punto de caer en su poder. No había, entre las huestes cristianas, un líder capaz de sustituir la jefatura del de Vivar, “el que en buena hora nació”.

En una mañana del recién comenzado  mes de mayo del año 1102,  bajo un sol y un cielo mediterráneos, por las puertas de  la amurallada ciudad valenciana comienza a salir un largo tropel de hombres a pie y a caballo: Son las tropas del rey Alfonso, las mesnadas del difunto Campeador y el séquito de su viuda, doña Jimena, protegiendo los restos mortales del invicto D. Rodrigo, cuyo cuerpo había sido embalsamado, camino de su descanso eterno en el Monasterio de S. Pedro de Cardeña, allá por sus tierras burgalesas.

El rey castellano ha decidido abandonar la ciudad, después de haberla saqueado a conciencia y haber dado  orden de incendiarla a su salida. Enormes columnas de humo, como mudos testigos del cumplimiento de la orden, se levantan hacia el cielo, cubriéndolo y ensuciándolo de negro. Pero los almorávides permanecen al acecho, sin entablar batalla, esperando que su ansiada presa quedara libre de cristianos para poner sus plantas sobre sus cenizas.

A partir de aquí, la leyenda y la fama del que fuera invicto Cid Campeador, que ya corría de boca en boca por todos los reinos de la Península, e incluso habían superado nuestras fronteras, fue aumentando de forma imparable y progresiva,  llegando a encarnar su épica figura el prototipo del héroe y del caballero cristiano medieval. La Literatura, el Teatro, la Poesía, la Historia, han convertido al Cid en un mito que sigue totalmente vigente en nuestros días.

El “Carmen Campidoctoris” es una de las crónicas más famosa  y más antiguas que se conocen sobre las gestas del Cid. Aunque  según algunos estudiosos está  escrita antes de su muerte, lo más probable, según nos apunta Menéndez Pidal, es que naciese a partir de recopilaciones de tradiciones orales convertidas, posteriormente, en crónica. Se trata de un poema laudatorio, escrito en latín culto, del que se conservan 129 versos sáficos y adónicos, en los que se ensalzan las hazañas juveniles del Cid hasta su segunda victoria en Almenar (Lérida), sobre el conde de Barcelona, Berenguer Ramón II, en el año 1082. Probablemente su autor fuese un monje benedictino del Monasterio de Santa María de Ripoll (Gerona), donde apareció hacia el año 1200, (actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de París). También es muy probable que fuese el punto de partida del posterior “Cantar del mío Cid”. Su primera estrofa dice así:

“¡Ea, gentes del pueblo, jubilosas,

  del Campeador oíd este poema!”  

La “Historia Roderici”, procedente de las “Crónicas Najerenses” según algunos eruditos, aparece a finales del siglo XII, entre los años 1180 y 1190. Es una biografía histórica del Cid, escrita en setenta y siete capítulos; comienza por el casamiento del de Vivar con doña Jimena y concluye con la recuperación de Valencia por los almorávides, después de que aquélla la abandonase con el cadáver de su esposo, escoltada por Alfonso VI. Está escrita en un latín vulgar, sin grandes aspiraciones literarias. Tanto la “Historia Roderici” como el “Carmen Campidoctoris”  son, sin duda, las fuentes que dieron origen al “Cantar del mío Cid”.    Fue hallado en la Colegiata de San Isidoro de León y en la actualidad se encuentra en la Real Academia de la Historia.

También los árabes ensalzaron, en alguna ocasión, las virtudes guerreras del Campeador, pero, al mismo tiempo, no omiten la rudeza y la crueldad con que actuaba en muchas ocasiones. En “La tesorería de las excelencias de España”, del cronista árabe Alí Ibn Bassam, se cuenta como el Cid, nada más poner sus pies en Valencia, haciendo caso omiso de las capitulaciones pactadas en la entrega, da orden de apresar al cadí, y lo hace meter hasta la cintura en un hoyo rodeado de leña, amenazándole con pegarla fuego si no revela el lugar donde el emir había hecho enterrar sus tesoros antes de darse a la fuga.

En el año 1260 el rey de Castilla, Alfonso X el Sabio, puso en marcha su gran proyecto de escribir la “Estoria de España”, al que da fin en el 1274. La crónica del reinado de Alfonso VI comienza en el capítulo 845, con el juramento que le obliga a hacer el Cid, “sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo”, en la iglesia burgalesa de Santa Gadea; fórmula que el recién nombrado monarca, que con aquel acto acumulaba sobre su cabeza las coronas de Galicia, León y Castilla, consideró ofensiva y que, muy posiblemente, fuera una de las causas de su futura enemistad. Los capítulos dedicados a la historia del Cid incluyen desde el 851, con  la salida de sus tierras hacia  su primer destierro, hasta el 865 en el que el hijo del Campeador, Diego Rodríguez, muere en la batalla de Consuegra (Toledo), luchando al lado del rey Alfonso VI.

En el siglo pasado Menéndez Pidal realizó una refundición del texto, conocida como “Primera Crónica General” a la que incorporó nuevos acontecimientos históricos.

El “Cantar de Myo Çid”, compuesto posiblemente durante el reinado de Alfonso VIII (1158-1214), primer monarca castellano descendiente del Cid, lo que hace es transformar las gestas históricas del Cid en leyendas épicas, creando personajes ficticios e inventando episodios inexistentes, todo ello con el propósito de reforzar y esclarecer la figura central  del Campeador como héroe y caballero medieval por antonomasia.

Pertenece al género poético del “Mester de Juglaría” y está escrito por un “Juglar de gesta”, categoría en la que se incluían los poetas que cantaban las gestas épicas y amorosas de los héroes medievales.

Según el hispanista galés, Ian Michel, la primera versión del Cantar estaba incluida en el “Codice de Per Abbat”, nombre del copista que lo transcribió, fechado en mayo de 1207. Este manuscrito se perdió, pero un copista anónimo (posiblemente un monje del Monasterio de Cardeña), hizo una copia que fue a parar a Vivar del Cid, donde permaneció hasta finales del siglo XVIII, en que fue trasladado a la Biblioteca Nacional de Madrid, donde se encuentra actualmente.

A finales del siglo XVI el genealogista vallisoletano  Juan Ruiz de Ulibarri visita el pueblo de Vivar y hace una copia del manuscrito. El mismo da fe de su trabajo: “Yo, Juan Ruiz de Ulibarri y Lejba, saqué esta historia de su original, el cual queda en el archivo del Concejo de Vivar. En Burgos a veinte días del mes de octubre de 1596. Faltan en el original muchas hojas y comiença enlas que quedan dela manera siguiente: “De los ojos tan fuertemente lorando”.

En el año 1601, otro historiador, el fraile benedictino Fray Prudencio de Sandoval, que fuera obispo de Tuy y Pamplona, también estudió el manuscrito, sobre el que comentó que contenía “unos versos bárbaros notables”.

La parte del Poema que se conserva está formada por 3.730 versos divididos en tres partes: El destierro, La boda de las hijas del Cid y La afrenta de los condes de Carrión en el robledal de Corpes. Permanecen en el misterio tanto la identidad del autor o autores (no se puede descartar la posibilidad de que en su confección participase más de una persona), ni tampoco el título que se le dio a lo que, sin duda, se trataba de un Cantar, al estilo de los que circulaban por la época. Con respecto a la fecha, en el explicit del pergamino figura la de mayo de la era M e CC XLV, que corresponde al año romano de 1245, equivalente al 1207 de la era cristiana, aunque el espacio existente entre la segunda C y la X,  es posible que figurase otra C, que se pudo borrar, lo que abre la posibilidad de que se escribiera realmente en el 1307. En el explicit también aparece el nombre de Per Abbat, que, al igual que la fecha, ha dado origen a innumerables teorías sobre su identificación: ¿Era el autor o el copista? ¿Clérigo o laíco? ¿Burgalés, soriano o aragonés? ¿Pedro el abad o Pedro Abad?. Numerosos eruditos que han estudiado el tema con el máximo rigor han  elaborado hipótesis para todos los gustos. En lo que prácticamente coinciden todos ellos es en que se trataba de una persona de gran cultura y rico vocabulario, conocedor de las leyes medievales y con acceso a numerosos documentos, lo que hace pensar que podía estar al servicio de algún gran señor o de alguna importante familia de la época. Para los que quieran profundizar en el tema existe una copiosa bibliografía.

Uno de los primeros monarcas castellanos que se interesaron por la figura del Cid, fue, como ya se apuntó con anterioridad, Alfonso X el Sabio, que en el año 1272 visitó el Monasterio de San Pedro de Cardeña, quedando muy sorprendido de que  el sepulcro del Campeador careciera de un epitafio en su memoria.  Solucionó la falta componiendo unos versos latinos, en los que comparaba al héroe de Vivar con el rey Arturo de Inglaterra y Carlomagno de Francia, acabándolo  con un dístico formidable escrito en latín:

“Belliger invictus, famosus Marte triumphis,

 Clauditur hoc tumulo manus Didcai Rodericus”

Los monjes, encantados y agradecidos, regalaron al cultivado monarca una copia de la “Estoria de Cardeña”, códice que ellos mismos habían elaborado, en la que se relata la muerte del Campeador en Valencia y el viaje, a través de la península con su cuerpo embalsamado, hasta llegar al monasterio acompañado por su viuda. Allí permaneció expuesto durante diez años, sentado en un trono de marfil, hasta que se le empezó a descomponer la punta de la nariz y tuvieron que enterrarlo.

El códice, también conocido como “La leyenda de Cardeña”, se perdió, pero gran parte de su contenido está incluido en la “Estoria de España”, del Rey Sabio.

También los Reyes Católicos apoyaron la exaltación y el culto al Cid en Cardeña. La reina Isabel, en especial, estuvo en el monasterio en más de una ocasión para visitar su tumba y la de su esposa. La reina, además, era muy devota de los 200 frailes cistercienses, martirizados por las hordas de Abderramán III durante una incursión musulmana, el 6 de agosto del año 953, cuyos cuerpos  fueron enterrados en el claustro del monasterio. Finalmente, fueron canonizados conjuntamente en el año 1603. Sobre estos mártires corre la leyenda de que en cada aniversario del martirio, la tierra del claustro se teñía del color de su sangre.

En el año 1541, los monjes trasladaron los restos del Cid a una tumba situada en la sacristía, pero enterado el emperador Carlos V, dio inmediatamente la orden de que los devolviesen a su primitiva tumba, dentro de la nave central de la iglesia.

Su hijo, Felipe II, quiso elevarlo a los altares, para lo cual inició en Roma un proceso de beatificación que, finalmente, no prosperó.

Felipe V, el primer rey de la Casa de Borbón que ocupó el trono de España después de una larga guerra civil, fue más generoso con la memoria del Cid, pues en el año 1736 dotó a los monjes del monasterio con los fondos necesarios para añadir al templo una grandiosa capilla de estilo barroco, que se denominó “Capilla de los Reyes y Condes”, en la que se instalaron los nuevos sepulcros de Don Rodrigo y Doña Jimena, así como numerosos nichos para los supuestos restos de su hijo Diego, y también los de los jueces Nuño Rasura y Laín Calvo (su antepasado), y el conde Garci Fernández, el de “Las Manos Blancas”. También se acordó de “Babieca”, el caballo del Cid, enterrado en la explanada donde se alza el monasterio, muy cerca de la entrada.  Sobre su sepultura mandó plantar un grupo de olmos, supongo que para aliviar sus restos de los rigores del verano castellano.  Los olmos ya no existen, pero queda una placa conmemorativa. 

Cuando en 1808 las tropas napoleónicas invadieron y saquearon Burgos, el monasterio de Cardeña no se salvó. El propio mariscal Soult mandó abrir todas las tumbas e incluso ordenó a uno de sus médicos que hiciera la autopsia de los esqueletos. En su informe, el médico francés asegura que los restos del Cid correspondían a los de un hombre de gran estatura, sin embargo, los de Doña Jimena, según su dictamen, pertenecían a una persona joven del sexo masculino. Los huesos acabaron en el ayuntamiento de Burgos, excepto el codo derecho del Campeador, que se convirtió en un trofeo de guerra y fue paseado por Europa hasta acabar en manos del príncipe alemán Carlos Antonio de Hollenzollern, padre del príncipe Leopoldo, a quien el general Prim propuso como sucesor de la expulsada Isabel II, aunque el candidato no llegó a prosperar y, en su lugar, nos colocó a un pariente suyo, D. Amadeo de Saboya, que tampoco duró mucho. En 1891, la mediación de D. Alfonso XII, el restaurado monarca hijo de la expulsada reina, consiguió que el hueso-reliquia fuera devuelto y se uniese al resto, que permaneció en el ayuntamiento burgalés hasta que en 1921, bajo la supervisión de D. Ramón Menéndez Pidal, fueron a reposar, cubiertos por una sencilla losa, en el crucero central de la Catedral de Burgos. Sobre la losa una sencilla inscripción:

“A todos alcança honra por el que en buen ora nació”. Verso número 3725 del “Poema”.

También en el siglo XVII los romances cidianos fueron aprovechados por algunos notables dramaturgos que los  convirtieron  en dramas teatrales. Juan de la Cueva lo hace en  “La muerte del rey don Sancho” y Lope de Vega en “Las almenas de Toro”, ambas relativas a las andanzas del de Vivar mientras estuvo como lugarteniente a las órdenes del rey Sancho II, primer rey castellano-leonés, que ambicionaba anexionarse Zamora, feudo de su hermana doña Urraca.

Pero el más conocido es, sin duda, el que escribió el valenciano Guillén de Castro con el título de “Las mocedades del Cid: Primera Parte y Segunda Parte”, que  en el año 1618 se representó con gran éxito en Madrid.

Tampoco se puede pasar por alto “Le Cid”, escrito por el gran dramaturgo francés Pierre Corneille que, según su propia confesión, se ajustaba casi literalmente al texto de la obra de Castro. El drama se estrenó en París, en enero de 1637 ante la corte francesa en pleno. A pesar del notable éxito de público  que alcanzaron sus representaciones en la capital francesa, recibió duras críticas de parte de la Academia Francesa por no ajustarse a los cánones clásicos de tiempo, lugar y acción, provocando un enorme escándalo literario que se conoció como “La querelle du Cid”. La obra de Corneille se convirtió posteriormente en la base de muchas adaptaciones literarias, teatrales, musicales. Debussy dejó incompleta la ópera “Rodrigue et Chiméne”, y hasta cinematográficas: cabe recordar la película “El Cid”, que se rodó por las tierras burgalesas de Salas de los Infantes, dirigida por Anthony Man e interpretada por la exuberante Sofía  Loren  y el fornido Charlton Heston en los papeles de Doña Jimena y Don Rodrigo.

En siglo XVIII, el de la Ilustración, la figura del Cid pierde parte de su relieve, hasta el punto de que un historiador español, el jesuita Juan Fernández Masdeu, se atrevió a asegurar que nunca llegó a existir; claro que semejante aseveración la hizo después de verse obligado a abandonar España, tras la real orden de expulsión de Carlos III. Otro “ilustrado” español, D. Antonio Alcalá Galiano, gaditano y liberal, afirma, por el contrario, que hubo más de uno.

Con el Romanticismo los temas cidianos vuelven a tener vigor y son aprovechados como fuente de inspiración para obras de exaltación nacionalista como “La jura de Santa Gadea”, de Eugenio de Hartzenbusch, o “La leyenda del Cid”, del inmortal Zorrilla. También fueron muy populares las novelas por entregas de Manuel Fernández y González y Ramón Ortega Frías.

En 1861 el ciudadano D. Casimiro Orense y Ravazo, que afirmaba ser descendiente del Campeador, llegó a llevar sus reivindicaciones hasta los tribunales de justicia; el pleito no se llegó a cerrar por fallecimiento inesperado del demandante.

A principios del siglo XX, el político  reformista aragonés, D. Joaquín Costa, aseguró que hacía falta “echar doble llave al sepulcro del Cid para que no volviera a cabalgar”. Naturalmente, semejante afirmación organizó un gran revuelo que dio origen a una nueva exaltación de su figura, a la que se empezó a considerar como un verdadero valor nacional. La gran labor de estudio e investigación realizada por D. Ramón Menéndez Pidal sobre los diferentes aspectos y características de la vida y obra del inmortal personaje, en la que se mezclan la historia y la leyenda, quedó plasmada en su obra “La España del Cid”, muy utilizada por los políticos nacionalistas que, junto con Santiago Apóstol y los Reyes Católicos, los convirtieron en el símbolo y la esencia de la España imperial, inamovible y eterna.

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