BURGOS INÉDITO: LAS EXEQUIAS DE UN POLÍTICO REPUBLICANO Y UNOS RECUERDOS RETROSPECTIVOS. -Por Francisco Blanco-

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El día 5 de febrero de 1875 un nutrido aparato policial invadía la madrileña calle de Los Leones, donde vivía el político soriano D. Manuel Ruiz Zorrilla, con una orden de expulsión firmada por el mismo Presidente del Gobierno, el conservador D. Antonio Cánovas del Castillo, que acababa de devolver el trono de España a D. Alfonso XII de Borbón y Borbón, el único hijo varón vivo de los once que tuvo Isabel II, a cuya  expulsión de España, en el año 1868, tanto contribuyó el republicano Ruiz Zorrilla. ¿Justicia?……… ¿Venganza?………………..¡Vaya usted a saber!

Esa misma noche, acompañados por numerosos amigos y correligionarios políticos, D. Manuel y su esposa, la burgalesa doña María Barbadillo, se subían al tren que les trasladaría hasta Irún, desde donde pasarían a Francia. Se iniciaba el último exilio del infatigable luchador republicano, que antes de subirse al tren juró solemnemente no volver a pisar el suelo de su Patria mientras los Borbones se sentaran en el trono de España. El mismo nos lo cuenta en sus memorias: “El día 5 de febrero de 1875, ocupada militarmente la calle en que vivía, e invadida mi casa por una nube de agentes de policía pública y secreta, se me dio la orden de salir de España, precisamente para Francia y por el camino del Norte. Todavía no he podido explicarme por qué, al mes y algunos días de sentarse D. Alfonso en el trono, del que había sido expulsada su digna madre siete años antes, se tomó conmigo medida tan severa y con tanto aparato llevada a cabo”.

No obstante, el infatigable conspirador y revolucionario siguió desarrollando durante su largo exilio, primero en Francia y después en Inglaterra, una intensa actividad política, siempre fiel a su ideología progresista y su compromiso con la Republica: “Soy republicano porque solo dentro de la república pueden hoy los partidos españoles defender sus doctrinas, traducir en leyes sus aspiraciones, desenvolver desde el gobierno las soluciones que hayan sido aceptadas por la opinión”

La muerte de su esposa, ocurrida en Londres, el mes de marzo de 1894, fue un duro golpe para D. Manuel, que pronto empezó a acusar un progresivo deterioro, tanto físico como anímico, que mermó seriamente su salud. En enero de 1895 su médico y amigo, el doctor Esquerdo, otro infatigable republicano, le aconsejó hacer reposo absoluto, al tiempo que abandonara para siempre su actividad política, para lo cual se lo llevó a una finca que poseía en la localidad alicantina de Villajoyosa, donde el enfermo empezó a recuperarse lentamente de su grave afección cardíaca. Para justificar la ruptura de su juramento, Ruiz Zorrilla hizo llegar una nota al diario republicano “El País”, explicando los motivos que le indujeron a regresar a España: “Pensé siempre morir en el extranjero o entrar en España cuando la República hubiera triunfado, o en el momento en que los republicanos contasen con elementos para presentar batalla a las instituciones. La suerte no ha querido dejarme presenciar la victoria de nuestros ideales ni morir en la demanda. Una grave enfermedad me ha inutilizado: los médicos, unánimemente, me imponen un absoluto reposo. No tengo derecho a suicidarme; y como en mi estado de salud no puedo ser útil a la causa, me retiro al seno de mi familia y me decido a prescindir de toda lucha política”.

De esta forma finalizaba la trayectoria de un político que se había entregado por completo a la cusa progresista y republicana, llegando a ocupar los más altos cargos en las más altas Instituciones del Estado Español.

A pesar de una primera mejoría, la salud del ilustre enfermo volvió a quebrantarse seriamente,  convirtiéndose su dolencia cardíaca en algo irreversible. Ante tal gravedad, a primeros del mes de junio fue trasladado a Burgos, donde le instalaron en un piso de la familia, situado en el nº 64 de la Plaza Mayor. Finalmente, falleció el 13 de junio de 1895 a los sesenta y dos años de edad. (1)

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Sus exequias tuvieron lugar el día 16 en la parroquia de San Lorenzo el Real, un notable templo barroco, antigua sede de los Jesuitas, en uno de cuyos sepulcros descansan los restos del padre Gaspar Astete, otro jesuita, autor de aquel famoso catecismo que nos hicieron aprender de memoria en nuestros primeros años escolares.

A pesar de que en Burgos las fuerzas políticas por entonces dominantes eran los “Neos” y los Carlistas, tanto la Plaza Mayor como la popular calle de San Lorenzo y la del Almirante Bonifaz, por las que se podía acceder al interior del templo, se vieron abarrotadas por una multitud de burgaleses que acudieron a rendir el último homenaje a un político que había dedicado por completo su vida a luchar por la modernización de España, y con ella la  de todos los españoles.

Finalizados los solemnes funerales, una carroza tirada por seis caballos y cubierta de coronas de flores, seguida de una larga comitiva fúnebre, en la que figuraban algunas autoridades eclesiásticas, militares y civiles,  trasladó el féretro con los restos mortales  de D. Manuel Ruiz Zorrilla hasta el cementerio de San José, donde recibieron sepultura en el Panteón familiar, junto a los restos de su esposa, doña María Paz Barbadillo, que habían sido trasladados desde Londres un año antes; los de su madre, los de los cuatro hijos del matrimonio, que habían fallecido siendo unos niños de muy corta edad y los de otros familiares.

Tal vez, alguno de los burgaleses asistentes a las honras fúnebres que se le tributaron al político republicano, rememoraron los de otro político republicano, D. Isidoro Gutiérrez de Castro,  amigo de Sagasta y del propio Ruiz Zorrilla, asesinado unos cuantos años antes en la mismísima catedral de Burgos, mientras ejercía sus funciones como gobernador. Pero vayamos por partes:

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II

Tras el destronamiento de Isabel II el 28 de setiembre de 1868, se forma el primer gobierno provisional, integrado por: Figuerola en Hacienda; Sagasta en Gobernación; Ruiz Zorrilla en Fomento; Prim en Guerra; Serrano como presidente; Topete en Marina; López Ayala en Ultramar; Romero Ortiz en Gracia y Justicia y Lorenzana como ministro de Estado.

Como ministro de Fomento, D. Manuel Ruiz Zorrilla no tarda en publicar un decreto sobre la inmediata incautación por el Estado de “todos los archivos, gabinetes, bibliotecas y demás colecciones de objetos de Ciencia, Arte o Literatura que, con cualquier nombre, estén a cargo de las catedrales, cabildos, monasterios y órdenes militares”, haciendo llegar una circular a todos los gobernadores civiles para que actuaran en consecuencia lo más rápidamente posible. Esta impopular medida se tomó, no sólo por las malas relaciones existentes entre la Alta Jerarquía Eclesiástica, muy adicta al “Antiguo Régimen”, y el nuevo Gobierno, de marcado carácter progresista y abiertamente partidario de la libertad de culto, sino también por la depauperada  situación de las arcas públicas, prácticamente vacías, y el enorme montante de la deuda pública, que ascendía a unos 2.500 millones de pesetas, lo que la hacía cotizarse en los mercados a un tercio de su valor nominal. Lo cierto es que esta acuciante necesidad de ingresos impidió al Sr. Zorrilla sopesar con justeza el impacto que semejante medida podía causar en la opinión pública y los riesgos que podían representar para el orden público. De hecho, en Burgos fueron la causa de una insólita y sangrienta tragedia, como se verá a continuación:

A primeros de octubre de 1868 el ministro de Gobernación, Sr. Sagasta, nombró nuevo gobernador civil de Burgos a D. Isidoro Gutiérrez de Castro, un gaditano ilustrado y liberal, oriundo de Santander, que ya había ocupado cargos de responsabilidad en los gobiernos de O`Donell (2). Llevaba, por lo tanto, apenas tres meses en el cargo, cuando le tocó la ingrata misión de hacer cumplir el decreto emitido por el ministerio de Fomento.

Habiendo previamente comunicado al cabildo catedralicio su intención de ejecutar las diligencias oportunas para llevar a cabo la decretada incautación, en la gélida mañana del 25 de enero de 1869, D. Isidoro, acompañado por el inspector de policía Sr. Mendivil y tan sólo dos policías de paisano como escolta, se dirigen hacia la catedral para llevar a cabo su trabajo; al llegar a la plaza ante la que se alza la fachada  principal del templo, se encuentran con un numeroso grupo de personas, abrigadas y embozadas para combatir la baja temperatura reinante, que al apercibirse de su presencia se empiezan a agrupar a su alrededor y a proferir gritos y amenazas: ¡Nos quieren robar! ¡Viva la Religión! ¡Viva Carlos VII! ¡Muera el Gobierno!. Cuando, finalmente, las puertas del templo se abrieron para darles paso, fueron recibidos por el deán, el magistral, el provisor y un grupo de canónigos; el arzobispo prefirió permaner agazapado en su palacio, a la espera de los acontecimientos. Una vez dentro, el gobernador, alarmado por la amenazadora presencia de aquel gentío, ordena a uno de los escoltas que abandone el templo y avise a la Guardia Civil para que acuda a controlar la situación; mientras, él y los otros dos policías, acompañados por los canónigos, se encaminan hacia los archivos para iniciar  su trabajo. Según todos los indicios, el canónigo que acompañó al policía hacia la puerta, de forma deliberada o no, eso nunca se sabrá, o sólo lo sabe Dios, lo cual, más o menos es lo mismo, se olvidó de asegurarse de que las puertas quedaran bien cerradas, por lo que una de ellas se libró de los cerrojos. Mientras, en el exterior, el gentío iba creciendo y sus gritos y furor aumentando; cuando uno de los cabecillas de aquella multitud exaltada y fanática se dio cuenta de que una de las puertas no estaba atrancada, la multitud empezó a invadir las naves del templo en busca de los intrusos ladrones; muchos de los invasores iban provistos de garrotes y navajas. A partir de aquí los acontecimientos se fueron sucediendo de forma vertiginosa, hasta que, irremediablemente, se consumó la tragedia. D. Isidoro cometió la imprudencia de abandonar el archivo y encararse con los manifestantes, siendo arrollado, golpeado y arrastrado fuera del templo por la puerta del Sarmental, siendo, acto seguido, desnudado, apaleado con saña y salvajemente degollado. Los canónigos, que habían permanecido impasibles dentro del templo, sin preocuparse de lo que estaba ocurriendo fuera, comenzaron a reclamar calma y moderación a aquel grupo de fanáticos enloquecidos que aún permanecían en el interior.

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La Guardia Civil ni siquiera hizo acto de presencia. Tuvo que ser  el  Regimiento de Caballería de Bailén, de paso ocasional por Burgos, el que se encargase de dispersar la multitud y recuperar el destrozado cadáver de D. Isidoro Gutiérrez de Castro, sin que se produjera ninguna detención. Los Voluntarios de la Libertad de Burgos enviados por el Ayuntamiento, escasos y sin armas, nada pudieron hacer por evitar la tragedia.

Unos días más tarde, el arzobispo de Burgos, D. Anastasio Rodrigo Yusto, suprime los actos de culto en el interior de la catedral y publica una pastoral en la que se limita a condenar el atentado.

III

El eco del crimen de la Catedral se va extendiendo por toda España como una gran mancha de aceite, causando estupor e indignación. Ese mismo día las noticias llegaron a Madrid, provocando el ataque a la sede de la Nunciatura, de donde fueron arrancadas las armas de la Santa Sede, profiriendo los asaltantes gritos contra el Papa y los curas y vivas a la libertad de cultos y a la República. Esta noticia fue publicada por el diario vespertino madrileño “La Esperanza”,  de acusada tendencia monárquica, el día 27 de enero. La crónica del ignominioso crimen también salió publicada con grandes detalles en otros rotativos, como el también  conservador “La Correspondencia de España”, el liberal “La Iberia”, ambos de Madrid, y el vallisoletano “El Norte de Castilla”. La “ley del silencio” parece que se impuso en la prensa local; incluso en la actualidad, los datos sobre el dramático suceso que figuran en los archivos de la Catedral y el Ayuntamiento son escasos e imprecisos.

Queda para la Historia el inestimable testimonio de un testigo de excepción, también de paso por Burgos, que presenció, casi en primera fila, la criminal agresión sufrida por el gobernador en las escalinatas de la Puerta del Sarmental de la catedral burgalesa. El atónito y aterrado viajero era  un ilustrador del semanario de  ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles, “El Museo Universal”, en el que unos días después se publicaba un espectacular y valioso grabado del suceso.

De la causa se hizo cargo el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, que procedió a interrogar y detener a numerosas personas sospechosas de haber tenido parte activa en el atentado.

Del cabildo catedralicio fueron detenidos y procesados seis canónigos, que acabaron siendo absueltos por falta de pruebas y puestos en libertad.

De los 134 agresores civiles detenidos, el peor parado fue un individuo con antecedentes penales, apodado el “Coscorro”, al que se le vio blandiendo un hacha durante los sucesos, que fue condenado a la pena capital, aunque le fue conmutada poco después por la de cadena perpetua y puesto en libertad tres años después. Todos los demás encausados fueron declarados inocentes o se les aplicó penas poco rigurosas. Uno de los cabecillas del motín era un confitero de nombre Gervasio Díez de la Lastra, quien, a juicio la periodista e historiadora burgalesa María Cruz Ebro, “era un burgalés de buen pasar, pues figuraba en la lista de electores elegibles entre 1861 y 1862”. (3)

IV

Dos meses más tarde, el 28 de marzo, ante la proximidad de las celebraciones de la Semana Santa, el arzobispo presidió una ceremonia de purificación en la que se procedió a lavar y limpiar la sangre derramada en el templo el pasado 25 de enero, en el que un grupo de fieles, furiosos y enloquecidos, acabaron con la vida del gobernador don Isidoro Gutiérrez de Castro.

Con esta ceremonia, que contaba con la autorización del nuevo Gobernador Civil de Burgos, D. Carlos Massa Sanguinetti, a petición de la Diputación y el Ayuntamiento, las puertas de la Catedral de Burgos vuelven a quedar abiertas para todos los fieles. No consta que se rezase ninguna oración por el alma del gobernador asesinado.

NOTAS:

(1)   D. Manuel Ruiz Zorrilla había nacido en la localidad soriana  del Burgo de Osma el 22 de marzo del año 1822. destacado político progresista y republicano, tomó  parte activa en el derrocamiento de Isabel II. Durante el sexenio democrático fue Presidente del Consejo de Ministros, ministro de Fomento y de Gracia y Justicia y Presidente de las Cortes; también fue el fundador del Partido Republicano Progresista. Con la restauración borbónica tuvo que marchar al exilio, de donde volvió para morir en Burgos el 13 de junio de 1895

(2)   D. Isidoro Gutiérrez de Castro había nacido en Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1824. pertenecía a una distinguida familia oriunda de Santander, recibiendo una esmerada educación por parte de los escolapios primero y de los jesuitas posteriormente. Amplió sus estudios viajando por Inglaterra, Irlanda, Escocia, Francia, Bélgica y Alemania, por lo que dominaba varios idiomas. Su carrera política se inició en 1854 y ocupó varios cargos de responsabilidad con O`Donell.

(3)   Mª Cruz Ebro, “Memorias de una burgalesa (1885-1931)”

Paco Blanco, Barcelona, octubre 2013

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