BURGOS INÉDITO/ EL V CONGRESO NACIONAL CATÓLICO. -Por Francisco Blanco-

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Tal vez fuera León XIII el primer pontífice que con más claridad supo ver la importancia de las relaciones políticas y diplomáticas del Vaticano con el resto de los Estados, para mantener a la Iglesia cerca de las realidades del mundo moderno,  en continua transformación política, económica y social a lo largo de sus 25 largos años de pontificado (1). Entre sus numerosas encíclicas, en 1886 publicó su “Immortale Dei”, en la que abordaba la relación entre la Santa Sede y el resto de los Estados europeos, mostrándose realista y diplomático al aceptar la legitimidad de los nuevos sistemas de gobierno, republicanos y democráticos, surgidos gracias al clamor popular. No obstante, se mantuvo inflexible en su condena del socialismo y el comunismo, a los que calificaba de ateos, enemigos del individuo, de la familia y de la sociedad cristiana.

Con la Iglesia española mantuvo una intensa relación, basada en su encíclica de 1882, “Cum multa sint”, en la que analizaba la situación de la Iglesia Católica en España y sus relaciones con el Estado que, en los últimos años, habían pasado por momentos difíciles, especialmente antes de la Restauración Borbónica llevada a cabo por el político conservador D. Antonio Cánovas del Castillo, que había puesto las cosas en su sitio con la promulgación en 1876 de una nueva Constitución, cuyo Artículo 11º decía los siguiente: “La religión católica, apostólica, romana, es la del Estado. La Nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado”.

Siguiendo con su pensamiento político, el 25 de julio de 1888 publica otra encíclica,“Libertas”, en la que se refiere concretamente a las libertades políticas y a lo que él identifica como “liberalismo”, al que ataca y condena como “…la soberbia de la razón humana que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a si misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad”, reafirmándose en la necesidad de que el individuo, independientemente de sus creencias políticas, debe someterse a las leyes de Dios, siendo esto último de exclusiva competencia de la Iglesia, oponiéndose, en consecuencia, a la separación de las relaciones Iglesia-Estado:”……estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado, para ellos es licito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada. De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado”.           Para León XIII estaba muy claro que las leyes divinas deben anteponerse a las humanas  y la fe debe imponerse a la razón, lo que deja muy claro que la Iglesia siempre ha de  estar por encima del Estado.

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En 1886 el propio León XIII había nombrado obispo de Madrid-Alcalá al burgalés Ciriaco Sancha Hervás (2), quien, a la luz de la encíclica “Libertas”, en 1888 tomó la iniciativa de promover en España el primer Congreso Católico Nacional, comunicando su proyecto a todos los prelados españoles mediante una carta-circular del 20 de marzo: «Siendo notoria la actividad que muestran los enemigos de la Iglesia concebí el pensamiento, y hablaría con más propiedad diciendo que Dios me lo inspiró, de celebrar un Congreso Católico Nacional, a fin de ver si con él se conseguía la unidad de acción de todas las fuerzas católicas de nuestra patria». Esta iniciativa   contó desde el principio con el apoyo del cardenal Rampolla, Secretario de Estado y hombre de confianza de León XIII. El Congreso se celebró en Madrid, teniendo lugar sus sesiones entre el 24 de abril y el 3 de mayo del año 1889. El artículo 1º del Reglamento de este 1er Congreso, que siguió teniendo validez en los sucesivos, definía con claridad el principal objetivo de todos ellos: «Defender los intereses de la Religión, los derechos de la Iglesia y del Pontificado, difundir la educación e instrucción cristiana, promover las obras de caridad y acordar los medios para la restauración moral de la sociedad».

El propio León XIII le destacó al obispo Sancha la importancia del «común sentir de los ánimos y de la unión de las voluntades» y la obligación, por parte de la jerarquía católica, de conservar la unión y la obediencia de los fieles, como principal medio para mantener la influencia de la Iglesia en el mundo moderno, tan amenazado por las corrientes racionalistas y liberales surgidas a raíz de la Revolución Francesa, que habían tenido como consecuencia la aparición de las doctrinas socialista y comunista, tan perniciosas para la fe y la unidad de los cristianos.

A este primer Congreso, presidido por el obispo burgalés Sancha Hervás, que pronto sería promovido al cargo de Cardenal Primado por su protector, el papa León XIII, siguieron los de Zaragoza en 1890; Sevilla, 1892; Tarragona, 1894; Burgos, 1899 y Santiago, 1902. De todos ellos se conservan las reseñas completas de sus sesiones.

El 30 de agosto de 1899, con la presencia de numerosos prelados, sacerdotes y religiosos del resto de España, daban comienzo en la Catedral de Burgos las sesiones del V Congreso Nacional Católico, bajo la presidencia del cardenal aragonés D. Antonio María Cascajares, siendo arzobispo de Burgos el leonés D. Gregorio María Aguirre García, perteneciente a la Orden franciscana.

Como punto de partida se establece la premisa de «cómo se podrá conseguir que sea mayor el fruto de los Congresos Católicos Españoles y que sus conclusiones se lleven a la práctica».

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También en este Congreso se hace notar la influencia del cardenal D. Mariano Rampolla, que aconseja a los obispos redacten el programa siguiendo la política de unión de los católicos propugnada por León XIII. En esta línea, la declaración de los obispos al iniciarse las sesiones fue la siguiente: «Declaramos una vez más que nuestra aspiración constante es el restablecimiento de la unidad católica, gloria antes de nuestra Patria, y cuya ruptura es origen de muchos males. Comprendiendo, sin embargo, que nos hallamos en un período que podríamos llamar de reconquista religiosa, creemos un deber de nuestro ministerio docente el de afirmar que la unión de los católicos ha de efectuarse dentro de la legalidad constituida, y esgrimiendo cuantas armas lícitas pone la misma en nuestras manos».

Entre los temas más debatidos figuraba la necesidad de modificar la legislación vigente para que permitiera a los eclesiásticos ser candidatos al Parlamento y ejercer como diputados en las Cortes, caso de resultar elegidos. Todos los obispos, por unanimidad, acordaron pedir al gobierno la reforma de la “Ley General de Asociación” (3), promulgada el 30 de junio de 1887, siendo ministro de Gracia y Justicia el jurista burgalés D. Manuel Alonso Martínez, que había permitido la implantación en España de la Masonería. También se estableció la necesidad de fundar un periódico católico que se erigiera en portavoz de los intereses de la Iglesia, fomentando, entre otras cosas, el asociacionismo agrario. En el ámbito social se exigió la supresión del servicio militar obligatorio para todos los seminaristas. Finalmente, se acuerda enviar un mensaje de adhesión a la Reina-Regente, doña María Cristina, pidiéndola que interceda ante su Gobierno para que se protejan los derechos de los católicos contra los ataques de algunos partidos políticos y su prensa sectaria. El Congreso se clausuró el día 4 de setiembre con una solemne procesión que recorrió el perímetro  del templo catedralicio, presidida por el Arzobispo de la Diócesis, el cardenal Cascajares y todos los obispos allí reunidos (4).

Durante los días que duró el Congreso, el Ayuntamiento de Burgos organizó diversos actos públicos de carácter lúdico para festejar el acontecimiento. Entre todos ellos, lo que más atrajo y agradó a los numerosos burgaleses que acudieron a contemplarlos, fueron los desfiles de los nuevos Gigantones, a los que se les había renovado la cabeza y la aparición, por primera vez, de las figuras de los Gigantillos, una pareja de típicos aldeanos castellanos, él ataviado con sombrero, capa, fajín y una vara de fresno en su mano derecha, como símbolo de su autoridad de Alcalde, y ella, sonriente y bonachona, luciendo un vistoso peinado y ricamente ataviada en su calidad de Alcaldesa, que recorrieron las animadas calles de la ciudad bailando la jota castellana al son del pito y el tambor, entre la algazara y el jolgorio de la gente grande y la gente menuda, que les aplaudió con entusiasmo, convirtiéndose rápidamente, junto con los Gigantones, en una de los símbolos más populares y queridos del folklore burgalés (5).

NOTAS:

(1)   Leon XIII (1810-1903) inició su pontificado en 1878, uno de los más largos de la historia, pues se alargó durante 25 años, siendo también uno de los más activos y fructíferos de la historia del papado, por la inmensa labor realizada en el ámbito teológico, social y político.

(2)   Ciriaco María Sancha Hervás, nació el 18 de junio de 1833 en la localidad burgalesa de Quintana del Pidio, partido judicial de Aranda de Duero, en la comarca de la Ribera del Duero. Sus padres eran unos modestos campesinos. Llegó a ser Patriarca de las Indias y Cardenal Primado de España. Murió en Toledo el 25 de febrero de 1902. Fue beatificado en la catedral de Toledo el 18 de octubre de 2009.

(3)   La Ley General de Asociación se promulgó para regular todo tipo de asociaciones, ya fueran de carácter religioso, político, científico, artístico, benéfico, de recreo o cualesquiera otra actividad, siempre que fueran sin ánimo de lucro.

(4)   La crónica del V Congreso Católico Español fue publicada por la Imprenta y Estereotipia de Polo, Burgos 1899, 816 páginas.

(5)   La renovación de la cabeza de los Gigantones y los nuevos Gigantillos fueron obra del artesano burgalés Fernando Hernando Ortega, más conocido popularmente por el “Cardeñita”, que realizó el trabajo con el asesoramiento artístico del secretario del Ayuntamiento de Burgos, D. Isidro Gil y el profesor de la Escuela de Dibujo de Burgos, D. Evaristo Barrio. Desde entonces, tanto los Gigantones como los Gigantillos, permanecideron sin variaciones hasta que fueron destruidos por un incendio el 16 de enero de 1973.

Paco Blanco, Barcelona, octubre 2013

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