EL JINETE JUSTICIERO -Por Francisco Blanco-

La siguiente historia, absolutamente real, tuvo lugar a mediados de los años sesenta del pasado siglo,  en una provinciana y  vetusta ciudad de la vieja Castilla, famosa por su catedral, su cordero y sus morcillas. Se inicia una Noche Vieja, poco antes de las doce campanadas y finaliza  el día de Año Nuevo, pasado el mediodía. Su conocimiento llegó hasta mí en forma de carta remitida por uno de los dos protagonistas principales de los hechos, ambos grandes amigos míos, y estoy seguro que, de no haberme impedido mis deberes militares para con la Patria estar presente, yo hubiese sido el tercero.  La transcripción, con los nombres de las personas y los sitios cambiados por resultar irrelevantes, va a ser prácticamente literal, tan sólo con algunos retoques a las expresiones demasiado salidas de tono o a algunas referencias solamente comprensibles para mí:

“Amigo Diego: sitúate unos cuantos días atrás y pásatelo en grande, lástima que no estuvieras, como puedes imaginarte te echamos de menos:

Hoy es nochevieja y cuando he salido de trabajar me encontraba verdaderamente extenuado. Cuando muere el año el Banco, en su ferviente deseo de vislumbrar en plenas facultades a sus paupérrimos esclavos, ofrece, generosamente, desorbitantes cantidades de trabajo a estos desventurados espíritus, que padecen la tiranía ejercida por las gentes deleznables, esas que, en la avaricia y el engaño, se recrean como el hombre en la mujer. Además, a la fatiga de tantas horas amarrado a la mesa de trabajo, se añadían los efectos, aun no superados, de la movida noche anterior. La suma de ambas circunstancias me inducían, lógicamente, a pensar que lo más sensato sería mitigar mi lamentable estado físico yéndome a la cama. Pero,…..era nochevieja. Además, nuestro amigo Narciso me esperaba. En realidad la noche anterior habíamos quedado en celebrarla juntos. De todas formas se lo planteé por teléfono:

-Me gustaría correrme una juerga contigo, pero estoy hecho polvo.

-Haz lo que quieras, me da igual, pero decídete pronto porque van a dar las once y hay que cenar. Me contestó el muy hipócrita. Por fin accedí claudicando, o al revés, no estoy muy seguro.

-Está bien. Nos vemos, pero verás que nochecita te espera.

Ni él, ni tampoco yo, a pesar de mi amenazador augurio, podíamos sospechar que, una vez consumados los hechos de la larga noche, se erigiría en el más fidedigno representante de la más cómica heroicidad, prácticamente en un ídolo.

Cenamos en “El Rimbo”-ya lo conoces-con champán, así nos evitábamos el cambiar de bebida para celebrar las campanadas de las doce. A continuación, dentro ya del nuevo año, empezamos con el coñac, dos, tres copas……Los cascos empezaban a estar calientes. Aparecieron Jaime y Vicente, ya sabes, dos chupatintas, dos borrachos,……dos filósofos. Continuamos con las copas: diez, doce, quince……, no sé, perdí la cuenta. Posteriormente, ya beodos, en un taxi nos dirigimos al “Casino Militar”, a bailar……, ¡a bailar la trompa!. Según Narciso, nuestra entrada fue majestuosa. Eramos-decía-los importantes, los mejores, los irresistibles. -¡Qué borracho está!- pensé. Transcurrieron los bailes, no te lo vas a creer, (yo casi tampoco), pero no me perdí ni uno, y sin dejar de beber. Por nuestros gaznates se iban derramando, incesantemente, toda clase de bebidas: whisky, más coñac, más champán, cerveza, cubalibres…….aquello era una auténtica sinfonía báquica, amigo Diego.

Bueno, también transcurrieron las horas y la Aurora empezaba a brindarnos su presencia, supongo que algo avergonzada por el espectáculo que ofrecíamos. La gente empezaba a abandonar el lugar del estiércol, en el que, con sus eventuales desmanes, tanto se habían asemejado a las bestias. Iban quedando los rezagados, los renuentes a abandonar su borrachera y regresar a la vulgaridad cotidiana, -¡Quedamos los grandes!- exclamó con alguna dificultad Narciso, mucho más borracho.

Uno de los rezagados, mejor dicho, uno de los grandes, añadía a su descomunal borrachera un enorme cabreo: Su abrigo había desaparecido, no lo encontraban, no estaba en la guardarropía. Él exhibía airado el resguardo, dando algún que otro  traspiés y clamando con voz cavernosa y vacilante: ¡Exijo que me devuelvan el abrigo!. ¡Yo quiero mi abrigo!-. Posiblemente, en la  alcohólica desbandada, algún devoto de Baco, y de lo ajeno, se había apropiado de la prenda.

Tanto Narciso como yo conocíamos de vista al perjudicado, (seguro que tú también), pero fue él, Narciso, quien tomó la iniciativa. Sumergido totalmente en su enorme borrachera, conmovido su justiciero espíritu, desatada su veta altruista, se erigió en defensor del perjudicado. Yo le observaba. Sus puños estaban rabiosamente cerrados, su mirada resplandecía, no por la fuerza de su ira, sino como la que se refleja en la jeta de un idiota, sus ojos achispados, más pequeños que de costumbre, bailaban sin rumbo. Eso sí,  sus labios se contraían en un rictus que ponía de manifiesto su desmedida aflicción. Por medio de gestos y de entrecortadas palabras, que cada vez salían de su boca con más dificultad, dio a entender al interfecto que allí estaba él para enmendar el entuerto. Iba a ser su paladín. El Jinete Justiciero en implacable lucha contra el Mal.

La causa estaba abierta y había que afrontarla de inmediato, in situ, o sea, en el lugar de los hechos. Los empleados del Casino, (todos soldados de reemplazo), que evidenciaban claramente que no eran abstemios, trataban de eludir el asunto declinando responsabilidades. La furia de Narciso aumentó; increíblemente sus pasos parecían firmes, pero cuando intentaba expresar su firmeza con palabras, estas se convertían en ininteligibles balbuceos; el despojado le seguía vacilante, gritando cada vez con menos fuerza: ¡Quiero mi abrigo, yo quiero mi abrigo!. Al fin, -hacía rato que lo estaba esperando- Narciso se volvió hacia mí y adiviné más que entendí, por la expresión de su congestionado rostro, la súplica que me lanzaba: ¡Quintín, tienes que ayudarme, no podemos consentir que se consume este hecho execrable!.

¡El Jinete Justiciero, incapacitado para expresar sus brillantes tesis, pero firme en su objetivo reparador, pedía ayuda!.

Ya conoces mi peculiar y temeraria facilidad para crear situaciones conflictivas, así que no desperdicié la ocasión, además, previsoramente, durante la actuación de Narciso había adquirido una botella de ginebra, a la que ya había tanteado, de modo que la fuente de inspiración la tenía asegurada. Me puse manos a la obra:

-¡Aquí no se mueve nadie hasta que aparezca el abrigo-. Grité con voz potente, pero serena y firme. Como puedes fácilmente imaginar-seguro que ya lo has hecho-yo también estaba completamente borracho, pero, -también lo sabes-, cuando esto ocurre, dentro de mí se dispara un extraño resorte que me hace caminar erguido y arrogante y hablar como un Demóstenes.

-Esto se va a solucionar de inmediato-continué-requiero la presencia de la autoridad competente.

-Eso, eso, -aplaudió Narciso con entusiasmo-, que venga la autoridad,….. la autoridad. Yo tengo carnet militar y puedo hacer uso de él si las circunstancias lo requiriesen. (Como bien sabes hizo el servicio militar en las milicias universitarias y alcanzó el grado de sargento de complemento).

La comedia continuaba. Un numeroso grupo de rezagados beodos nos rodeaba expectante. Algunos exponían sus puntos de vista:

-¡Esto es un atropello!.

-¡Un abuso descarado!.

-¡Qué venga la Fuerza Pública!.

-¡Qué venga!.

-¡Un momento!-intervine para elevar un poco más la temperatura-Estamos en un recinto militar y por lo tanto este hecho delictivo está dentro de la jurisdicción militar. ¡Qué se presente el oficial de guardia!.

-Eso- ratificó Narciso enardecido, recuperando la iniciativa cual insigne corifeo-¡exijo que se presente el oficial de guardia!.

El color de los rostros de los “empleados-soldados” iba evolucionando rápidamente de un subido carmesí a un pálido ceniciento. La perspectiva de que apareciese un superior por el escenario del crimen no les resultaba muy halagüeña. Los dulces efluvios del vino empezaron a destilar gotas de amargo sudor. Nadie osó pronunciar palabra. Desconocían su paradero, argumentaron al fin.

-¡Yo sé donde está!-clamó uno del coro- ¡En el bar de la Bolera!.

Con Narciso al frente, la báquica comitiva se dirigió al mencionado bar. Al menos-pensé-podremos echar unos tragos. Esto empieza a ponerse pesado, la representación debe llegar a su término.

El militar requerido resultó ser un capitán de mediana edad y mediana estatura, con negro y poblado bigote y cara de pocos amigos. Estaba instalado en lo alto de un taburete, con el codo derecho apoyado sobre la barra; con el dedo pulgar y el índice de su mano izquierda hacia girar una copa de anís casi vacía; delante de sus narices se encontraba una botella bastante terciada de “Anís de las Cadenas”. ¡El  oficial de guardia había pescado una hermosa “merluza”!: La representación-pronostiqué-vuelve a cobrar interés. Va a merecer la pena presenciar el desenlace.

-¡Qué cojones es esto!-bramó, aulló, rebuznó el militar con voz aguardentosa que olía fuertemente a anís.

Narciso y su coral de borrachos se indignaron: -Venimos aquí en busca de justicia, este honrado ciudadano ha sido despojado de su prenda de abrigo impunemente en un recinto militar y exigimos una reparación. No nos iremos de aquí hasta que usted haga algo en ese sentido.- Era la voz de Narciso, medio inteligible, la que interpelaba a aquel militar ebrio y cabreado.- Se había puesto de puntillas para estar más cerca de su oponente, haciendo hincapié en sus argumentaciones con el dedo índice de su mano derecha en alto. ¡Aplausos!. ¡Jaleos!. ¡Bravo por Narciso!. El Jinete Justiciero dominaba la situación, la causa estaba ganada. Pero la reacción del capitán no fue la esperada:

-¡O se callan todos ustedes de una puta vez o llamo al cuerpo de guardia y los encierro a todos en el calabozo!. Bramó, aulló, rebuznó de nuevo el militar, dando un puñetazo sobre la barra que hizo tambalear la botella. Todos enmudecieron, algunos empezaron a recular; el propietario del abrigo perdido quedó inmóvil, con los ojos y la boca muy abiertos, aparentemente concentrado en un indeterminado punto del local. El Jinete Justiciero parecía desarmado, ¡pobre Narciso!, los brillantes  argumentos elaborados por su intelecto acababan de ser barridos por los de la fuerza bruta. Sus pies volvieron a posarse en el suelo, su dedo índice dejó de apuntar al cielo y su cabeza cayó abatida, como si aquél le hubiese abandonado. Estaba a punto de dar media vuelta y tirar la toalla. Yo lo impedí. Tenia que hacerlo, no cabía otra opción. Seguro que tú lo entiendes.

Durante la brillante exhortación de nuestro amigo Narciso me había perdido en el laberinto de mis pensamientos-¿qué hace aquí toda esta gente?-me preguntaba-¡Necios, somos todos unos necios!.

La actitud soberbia y agresiva de aquel militar ebrio me hizo regresar a aquella irreal situación. Volví  a colocarme en el centro de la comedia. Con mi característica sangre fría, mirándole fija y burlonamente a los ojos, me acerqué a él y le susurré:

-Me llamo Quintín de la Cámara y soy  cuñado del general Arconada, tal vez usted prefiera explicarse con él a atender las razones de estas buenas gentes, que vienen aquí a reclamar algo que fue sustraído en el Casino de Oficiales.

Acusó el impacto de mis palabras, su mano izquierda dejó de girar la copa y el codo se separó de la barra. Me miró, me sopesó-le seguí contemplando burlona y fijamente-apoyó su mentón sobre el puño-ya no me suelta la hostia-. Me volvió a mirar-ahora sí, ¡me acojoné!.- Pero no; debió reconsiderar la situación y esta vez ya no bramó, ni aulló ni rebuznó, tan sólo gritó dirigiéndose al grupo:

-Está bien, explíquense ustedes. ¿Qué es lo qué ha ocurrido?.

Volvieron las explicaciones, las conjeturas…..El dueño del abrigo exhibió su resguardo-Yo sólo quiero recuperar mi abrigo-afirmó. El ambiente estaba distendido, la comedia llegaba a su fin. Narciso rebosaba satisfacción, gracias a él se iba a hacer justicia.

-Les doy mi palabra de militar que si no aparece ese abrigo en dos días le será compensado en efectivo. Soy el capitán Galindo. Buenos días, señores.-Se volvió hacia mí y se despidió con un: Salude en mi nombre al general.

El Jinete Justiciero botaba de puro gozo. Su autoestima, mezclada con enormes cantidades de alcohol, le lanzaba a estados de euforia indescriptibles. ¡Era el más grande!, ¡era el mejor!.

Los apretones de manos, las felicitaciones, las enhorabuenas, le llovían. Se había convertido en un ídolo. El ídolo de un grupo de borrachos a quienes los efectos etílicos conferían el aspecto de vacilantes fantasmas, sorprendidos, ”in fragantis”, por la purificadora  luz del sol.

Porque, con todo este ajetreo, estábamos en pleno día y, más concretamente, en el día de “Año Nuevo”. Había que celebrarlo: Volver a vivir. Volver a beber……..

Entramos en un bar, “El Mayoral”, creo: Todos están borrachos-pensé-pero parecen felices. Especialmente Narciso. Se sentía un héroe, un triunfador, contaba sin cesar el episodio del abrigo desaparecido. Aquello iba a hacer HISTORIA, así, con mayúsculas.

Volví a sentirme rodeado de extraños-¿Qué hacía yo allí, entre toda aquella gente?.

Repentinamente, como surgiendo de ocultos y etéreos mundos, a mi lado apareció un nuevo y misterioso personaje. Te confieso, amigo Diego, que me asustó. Percibí ese agudo cosquilleo que el miedo nos produce en la boca del estómago. Aquel personaje  empezó a llamarme poderosamente la atención: Era un hombre extremadamente delgado, de una altura muy similar a la mía, su rostro, duro y demacrado, estaba sombreado por una cerrada barba; sin duda hacia muchas horas que no se afeitaba. Iba enfundado en un grueso abrigo, bufanda al cuello y un sombrero de fieltro encasquetado en su cabeza, sus ojos reflejaban tristeza y hastío. Cuando pidió un coñac percibí claramente que estaba borracho, tan borracho como yo. No le quitaba ojo, me sentía hipnotizado, el tampoco apartaba de mí la vista. Me miraba constantemente, insistentemente, escudriñándome, metiéndose profundamente en mi interior. Quedé inerte, entregado, angustiado, dominado por el pánico. Sentí ganas de pedir auxilio, de llamar en mi ayuda al Jinete Justiciero, pero…..percibí algo extraño en el ambiente. Reinaba un silencio sepulcral, todos los presentes callaban y nos miraban expectantes. La tensión se hizo insostenible, algo iba a explotar dentro de mí, era inminente, inevitable. De repente, aquel siniestro personaje, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, estalló en una sonora y aterradora  carcajada que hizo que, como por magia, se disiparan todos los vapores producidos por las grandes cantidades de bebidas injeridas:

¡Estaba delante de un espejo!. Era mi propia imagen la que me miraba. ¡Mi propia imagen la que casi me mata de miedo!.

Seguimos tomando copas. A las doce del mediodía, es decir más de doce horas después de haber comenzado nuestro alcohólico deambular, el Jinete Justiciero tiró la toalla: No puedo más-confesó-estoy desarmado. El vino y la vanidad pudieron con él.

No creo necesario decirte que yo continué. Lástima que no estuvieras, seguro que tú también hubieses continuado. Tengo proyectada otra gran juerga para cuando regreses. Abrazos, Quintín.

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Una respuesta a “EL JINETE JUSTICIERO -Por Francisco Blanco-

  1. Buenas tardes, Amigos de Burgospedia:
    He leído con atención el relato de Francisco Blanco, en el que se refleja -como en otros posts- detalles que retratan lugares y gentes de nuestra Ciudad.
    Quería haber puesto música a su historia, eligiendo la que aparece en la banda sonora de El Jinete justiciero, pero no la he encontrado en YouTube.
    Uno de los autores es el
    polifacético artista mexicano
    ‘Urdimalas’ .
    Dejo una canción .
    ¡Feliz Año 2014!

    Saludos.

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