BURGOS INÉDITO. VIEJOS JUEGOS POPULARES. -Por Francisco Blanco-

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Hace ya muchos años que a lo largo y ancho de este país se cantaba aquello de “hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad”. El cine, el teléfono, la radio, la música discográfica, el automóvil, la aviación, habían irrumpido imparablemente en nuestras vidas, creando nuevas perspectivas, abriendo nuevos e insospechados horizontes, generando muchas ilusiones nuevas y no menos esperanzas.

La sociedad de consumo había empezado a llamar impaciente a nuestras puertas, pero todavía se encontraba con muchas que se resistían a abrirse, e incluso a entornarse. En el Burgos de los años veinte, treinta, e incluso los cuarenta del pasado siglo, la vida de los burgaleses discurría por unos cauces más bien tranquilos y poco caudalosos, ajena al bullanguero alboroto del progreso, un poco de espaldas a la impaciente modernidad. Eran tiempos de escasez, de parquedad y de carencias, poco propicios al despilfarro, pero, a pesar de todo, había que vivir, y buscar y disfrutar los momentos dulces de la existencia, pues los amargos solían venir sin llamarlos. El ansia consumista tuvo que conformarse con más modestos y asequibles goces.

A continuación vamos a tratar de recordar alguno de los juegos que durante muchos años proporcionaron ratos de esparcimiento y alegría a muchos burgaleses y burgalesas de todas las edades: EL “CHIVIRRÍN” era un juego de naipes que solían practicar mucho las mujeres burgalesas en las largas y frías tardes de invierno, antes de la invasión de las radios y las teles; generalmente lo hacían agrupadas en torno a una mesa camilla, con un brasero en su parte inferior para calentarse.

Se trataba de un inocente juego que consistía en sacar una carta de una baraja de Heraclio Fournier y cantarla según un determinado rito o costumbre. Acostumbraban a realizar un descanso a media tarde, para entonarse con un chocolate bien calentito, acompañado por churros o rosquillas y rematado, en ocasiones, con una copita de anís. La partida solía celebrase entre las vecinas de una misma escalera, por riguroso turno de piso o de puerta y se alargaba hasta las ocho de la tarde-bien entrada la noche-en que cada jugadora regresaba a su respectivo domicilio para reemprender sus tareas domésticas y tener la cena dispuesta para cuando llegase el marido.

Una de las tradicionales formas de cantar las cartas era la siguiente:

AS: As cataplás, me ha dicho San Blas, si no los comes hoy mañana lo harás

DOS: A la de dos, tócala por Dios

TRES: A la puerta de un francés estaba don Vitoriano con la jeringa en la mano

CUATRO: Acabas de sacar las cuatro patitas del gato

CINCO: Quinquinote, que te meto las uñas en el cogote

SEIS: Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis

SIETE: Por haber sacado un siete, ¡toma un cachete!

SOTA: Sota, sotana, prende el candil y vete a la cama Otra: Sota, sotiña, fuiste a la viña y viniste cargadita de tiña

CABALLO: Caballo, caballito, ya no te puedo tener, te echo paja y cebada y no lo quieres comer Otra: Caballo, caballito, ya no te puedo tener, te echo cebada al rabo y no la puedes comer Otra: Caballo, caballero, quítate el sombrero y mira las estrellas que hay en el cielo

REY: Rey, reinando, vino a España tirando cohetes con una caña.

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“LOS CACOS” Los chavales, en su mayoría, que cuando pasaban por la Plaza Mayor se quedaban extasiados delante de la infinidad de juguetes expuestos en los escaparates de “Chapero”, sabiendo lo difícil que sería llegar a ser propietarios de alguno, debían aguzar el ingenio si querían divertirse colectivamente, jugando con el resto de sus compañeros de calle o de colegio. Las orillas del Arlanzón, desde el puente de Gasset hasta el de Santa María, a determinadas horas del día se llenaban de críos que suplían la falta de juguetes practicando juegos inventados por ellos mismos, o heredados de los “mayores”, es decir, los que ya habían entrado en la “edad del pavo” y se dedicaban a pasear por el Espolón, mirando de reojo a las mozas.

A los “cacos” se jugaba con las tapas de las cajas de cerillas, que por entonces eran de cartón con grabados diferentes por ambas caras. Se utilizaban, como si fueran un pequeño tesoro, para almacenarlas como signo de riqueza, coleccionarlas, intercambiarlas o jugárselas con otros chicos, que era lo más emocionante. Se tapaba el “caco” con las manos y se jugaba entre dos o más a acertar, utilizando una de las tres fórmulas siguientes: -Cara o cruz, -Cara o culo, -Santo o blanco El que acertaba se quedaba con el “caco”, de lo contrario debía de pagar lo apostado. El que ocultaba el “caco” podía aceptar diferentes apuestas de varios jugadores si disponía de suficientes “cacos” para atender las posibles pérdidas. Otra variante del juego consistía en depositar uno o varios “cacos” en el interior de un círculo, trazado en la tierra o pintado con tiza, y tratar de sacarlos golpeándolos con el puño cerrado o con la palma de la mano.

A “LA TABA”, otro juego burgalés muy popular, jugaban también las niñas, e incluso los mayores. Los ricos corderos lechales de Burgos proporcionaban el juguete en grandes cantidades, ya que, ni más ni menos, se trataba de un hueso de la pata delantera del animal, conocido técnicamente como el astrágalo. Conseguirlo, incluso por partida doble, no resultaba demasiado difícil, si tenemos en cuenta que el cordero era un plato presente en más de una ocasión a lo largo del año en las mesas de numerosos hogares burgaleses.

Una vez en posesión del preciado huesecillo, se debía proceder a limpiarlo cuidadosamente, quitándole cualquier adherencia o resto del animal; en muchas ocasiones las chicas completaban el proceso pintando cuidadosamente los cuatro lados de la “taba” de llamativos colores. Las diferentes caras de la taba tenían los siguientes nombres: “Aguas” era la cara más ancha y hundida; la cara contraria se llamaba “pencas” o “culos”; la cara lateral más lisa se llamaba “lisas” y la otra, algo más hundida, se la llamaba “carnes”. El juego, practicado por las niñas generalmente, consistía en lanzar seis u ocho “tabas” sobre un suelo de superficie lisa, que al caer quedaban colocadas en diferentes posiciones.

En función de cómo hubiesen quedado, la jugadora elegía una cara, “lisas”, por ejemplo, a continuación lanzaba al aire una bola pequeña o canica, agachándose para recoger todas las “tabas” caídas del lado que había elegido y recogiendo la bola lanzada antes de que llegase al suelo, si lo conseguía se quedaba con las “tabas” recogidas y seguía jugando, si fallaba, cedía el turno a la siguiente jugadora. La vista, los reflejos y una buena coordinación corporal eran factores determinantes y necesarios para destacar en este vistoso juego, en el que algunas jugadoras, después de haber recogido todas las “tabas”, se permitían dar una palmada antes de hacerse de nuevo con la bola que habían lanzado al aire.

Este popular juego ha trascendido de los juegos infantiles de las niñas burgalesas, pasando a formar parte del folklore regional de la comarca de La Bureba. En Briviesca, su capital, desde hace ya algunos años, cada primavera, con motivo de la festividad de Santa Casilda, se celebra una jornada dedicada al juego de “la taba”, conocida como el día de “La Tabera”, en la que muestran sus habilidades jugadores del pueblo y de la comarca y en la que también los espectadores pueden participar, efectuando apuestas sobre que cara ganará al lanzar las “tabas”.

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