RUTAS BURGALESAS: POR LA RUTA DE LA OLLA-ESPINOSA DE LOS MONTEROS. -Por Francisco Blanco-

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                                           PLAZA PORTICADA

El pueblo burgalés de Espinosa de los Monteros es uno de los más visitados por los viajeros que utilizan la actual ruta turística del Expreso de la Robla, a través de la vieja línea de ferrocarril de vía estrecha por la que discurría el tren de la Robla, destinado en un principio a conectar la zona minera de León-Palencia, con la zona industrial de la ría del Nervión. Actualmente el tren turístico de FEVE (Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha), que funciona regularmente entre mayo y noviembre, tiene parada en Espinosa, tanto a la ida como a la vuelta, con visitas programadas tanto para conocer el municipio como su entorno. No obstante, para los viajeros que deseen prolongar su estancia, hay disponibles alojamientos para todos los gustos y bolsillos, de los que vamos a citar el Hostal Sancho García, el Rincón-Hostal, la Casa Rural Las Machorras y el Albergue Rural.

Si el viajero quiere llegar en automóvil, lo más recomendable es tomar la carretera de Santander hasta Sotopalacios, atravesar Villarcayo, subir el pequeño puerto de Gayangos-Bocos y al llegar a Crucero tomar la desviación a Espinosa, que está a unos 7 Km. En total, desde Burgos hay que recorrer unos 90 km.

Situado a 762 metros de altitud, pertenece a la comarca de Las Merindades, dentro del partido judicial de Villarcayo. Estuvo poblado inicialmente por cántabros, que se dedicaban al pastoreo por sus cercanos valles. Desde los tiempos de los romanos, que anduvieron buscando oro por la cuenca del río Trueba y tuvieron que enfrentarse a la hostilidad de los cántabros, se convirtió en un importante paso de comunicación entre Cantabria y la meseta castellana. Antes de su anexión al Condado de Castilla fue ocupado  y habitado por los visigodos, que lo abandonaron ante el peligro que representaba la invasión árabe. Volvió a repoblarse a comienzos del siglo X, en plena reconquista, al tiempo que se fueron creando los condados castellanos.

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                       TORRE DE LOS MONTEROS

Su nombre actual y su fama datan de los  tiempos del nieto de Fernán González, el conde castellano Sancho García, también conocido como “el de los Buenos Fueros”, pues, según parece, era bastante aficionado a comprar voluntades y entablar alianzas a cambio de favores y mercedes, y están basados en unos hechos en los que la realidad y la leyenda resultan muy difíciles de diferenciar.

El terrible Almanzor había muerto el año 1002, siendo sucedido por su hijo Abd Al- Malik, también conocido como “el Triunfador”, de talante más negociador, que  establece con el conde castellano una política de pactos en la que se incluye la devolución de Clunia y otras plazas cristianas, que habían sido conquistadas por su padre. En este contexto de buena convivencia entre moros y cristianos, tiene su génesis la leyenda de “La condesa traidora”, una trama en la que son  protagonistas el conde Sancho García, su madre, la condesa Aba de Ribagorza, viuda del conde García Fernández, “el de las Manos Blancas”,  y el propio Abd Al- Malik,  en la que se mezclan pasiones amorosas con intereses políticos, que acaba en una conjura, por parte de la condesa y el caudillo árabe, para asesinar al conde, de la que se salva gracias a la intervención de uno de los criados de éste, un tal Sancho Espinosa Peláez, que le puso al corriente de lo que su madre, que se había enamorado del rey moro, tramaba contra él, lo que le permitió salvar la vida y castigar al conspirador, que resultó ser su propia madre. En agradecimiento a este gran servicio, el conde premió a su fiel criado con un nuevo título: el de Montero de Cámara, haciéndole responsable de su guardia personal y, para facilitarle su nueva misión, le asignó la ayuda de otros cuatro monteros, todos de la misma familia y todos naturales del pueblo de Espinosa. De esta forma, en el año 1006, nace el popular Cuerpo de Monteros de Espinosa, que con el tiempo se integrará en la Guardia Real, asumiendo la vigilancia nocturna de las habitaciones reales, hasta su desaparición en 1931, como consecuencia del forzado exilio de D. Alfonso XIII y el advenimiento de la II República. Con la restauración de Juan Carlos I de Borbón como rey de España, se creó dentro de la en la Guardia Real una Compañía  de “Monteros de Espinosa”, cuyos componentes tienen la especialidad de Infantería Ligera del Ejército de Tierra.

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                            TORRE DE LOS AZULEJOS

Su enclave geográfico, en la parte oriental de la Cordillera Cantábrica, es de una extraordinaria belleza paisajística, digna de aquellos bellos versos que escribiera nuestro inmortal Garcilaso:

Corrientes aguas, puras, cristalinas;

árboles que os estáis mirando en ellas,

verdes prados de fresca sombra llenos,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno… 

En los altos picos de la sierra cantábrica que rodean Espinosa: Las Machorras, Las Estacas de Trueba, Los Tornos, La Lunada y La Lasía,  nacen los cuatro ríos pasiegos, Rioseco, Lunada, Sía y Trueba, que descienden impetuosos por sus laderas atlánticas hacia los verdes valles, inundándoles de exuberante vegetación, encontrándose igualmente restos dispersos de grandes bosques, secularmente talados para propiciar los pastos, en los que crecen robles, hayas, avellanos y abedules.

En estos cuatro ríos abunda la trucha autóctona de alta montaña, por lo que los aficionados a la pesca podrán disfrutar por partida doble: con su captura primero, y en la mesa posteriormente, pues con ellas se elabora una exquisita receta conocida como “trucha a la espinosiega”.

Por las montañosas laderas de su entorno se ofrecen a la vista del viajero extensos y verdes prados, salpicados por las pintorescas cabañas pasiegas, mudos testimonios de la vida trashumante de los pastores cántabros, que buscaban los mejores pastos para sus rebaños de vacas y caballos, que constituían la base de su economía.

A tan solo 7 kilómetros del centro urbano de Espinosa se pueden visitar los restos del poblado pastoril de Castromorca, con sus diecisiete cabañas pasiegas de planta rectangular, con muros de piedra y de dos pisos, el segundo con balconada, y con tejados a dos aguas de lastra, muy abundante por toda la zona, en las que, entre mayo y octubre, se albergaban los pastores pasiegos y el ganado menor, como ovejas y cabras.

Para los aficionados al paisaje urbano, Espinosa va a  deparar al viajero curioso unas cuantas y agradables sorpresas de gran valor arquitectónico, en forma de torres, palacios,  casonas blasonadas, casas solariegas con escudos en sus fachadas, de diferentes épocas y estilos, además de curiosas y elegantes casas con amplios miradores, interesantes muestras de la arquitectura popular cántabra, y también algunas notables muestras  de  arquitectura religiosa, que convierten a la Villa de Espinosa en uno de los conjuntos artísticos más interesantes de la provincia de Burgos. Vamos a hacer una breve referencia de alguno de los más interesantes:

Por la calle de los Monteros el viajero se encontrará con la Torre de los Monteros, del siglo XIV, recinto amurallado y almenado, de planta rectangular con cubos defensivos en las esquinas de la entrada, en cuya portada se puede apreciar el escudo de los Marqueses de Legarda.

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      PALACIO DE LOS MARQUESES DE CUEVAS DE VELASCO

En la misma calle se encuentra  la Torre de los Azulejos, un edificio de planta cuadrada en el que se alterna la sillería y la mampostería y en el que se aprecian influencias mudéjares y también renacentistas. Está rodeada por una muralla de más de dos metros de altura, en la que destaca el trabajo de herrería de la verja de entrada. Son  de destacar sus ventanas adinteladas, decoradas con azulejos-de donde le viene el nombre- y el frontón que remata la torre, en cuyo interior se encuentra un escudo de armas.

Si el viajero entra por la calle del Progreso podrá admirar el Palacio de los Fernández-Villa, declarado Bien de Interés Cultural el año 2000. Se trata de  un palacio renacentista de mediados del siglo XVI, formado por dos  torres rectangulares unidas por un cuerpo central con cuatro saeteras; detrás se encuentra  una tercera torre más antigua y más alta, de carácter defensivo, en cuya parte superior dispone de varias ventanas y saeteras. Además de las fachadas de las dos torres delanteras, decoradas con balcones y ventanas asimétricas, hay que destacar la fachada del lado oeste, con una puerta adintelada, flanqueada por dos columnas estriadas, que soportan dos ménsulas decoradas sobre las que descansa el dintel, en cuyo centro aparece el escudo familiar.

La Torre de los Herradores se encuentra en la misma calle del Progreso y es una casona de mampostería con sillería en las esquinas, las ventanas y la puerta, con  aspecto de fortaleza, que ha sufrido diversas modificaciones a lo largo de los últimos siglos, aunque su origen es medieval y era uno de los puntos estratégicos de la  defensa de la villa.

Cuando el viajero llegue a Plaza Mayor, también conocida como de Sancho García, podrá admirar la sede del Ayuntamiento, un notable edificio de piedra sillar, construido a finales del siglo XIX. Su fachada principal, con cinco balcones simétricos y un escudo entremedio, se apoya sobre un soportal con cinco arcos, para que los “espinosiegos” puedan resguardarse de la lluvia.

También, en la misma plaza, podrá admirar el Palacio de los marqueses de Chiloeches, uno de los edificios más notables y emblemáticos de la villa, de estilo barroco, construido a principios del siglo XVII por la familia de los Zorrilla Velasco, pasando posteriormente a los Zorrilla San Martín y, finalmente, mediante la unión matrimonial de las dos familias, a los marqueses de Chiloeches,  de los que recibe su nombre. Durante muchos años estuvo deshabitado, o sirvió de acuartelamiento de tropas, hasta que a finales del pasado siglo fue restaurado por D. Luis de Porras, VII Marqués de Chiloeches. Se trata de un conjunto arquitectónico integrado por un cuerpo central, formado por un gran arco y un frontón en el que aparece un impresionante escudo flanqueado por dos balcones que, a su vez, están flanqueado por dos  torres cuadrangulares de cuatro alturas. Fue declarado Bien de Interés Cultural en 1991.

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                                 IGLESIA DE SANTA CECILIA

El primer edificio religioso de la villa también lo encontrará el viajero en esta plaza de Sancho García, se trata de la Iglesia de Santa Cecilia, de estilo renacentista, con reminiscencias góticas en su bóveda de crucería estrellada, que se empezó a construir en 1510 sobre los restos de una antigua iglesia románica. Consta de tres naves, separadas por grandes pilares, y un ábside, destacando la riqueza ornamental de su Altar Mayor. Sufrió el saqueo de los franceses durante la invasión napoleónica.

Al entrar en el barrio de Quintanilla, que acaba en la orilla derecha del Trueba, el viajero tropezará con una nueva iglesia, la de San Nicolás, construida en el siglo XII y reconstruida en el XVII. Se trata de un edificio de una sola nave en la que destaca un magnífico retablo gótico tardío del siglo XV, decorado por una serie de valiosas tablas flamencas, alguna de las cuales es atribuida al monje del cercano Monasterio de Oña, Fray Alonso de Zamora.

En el mismo barrio de Quintanilla se puede admirar también el Palacio de los Marqueses de Cuevas de Velasco y su capilla anexa. Lo mandó construir el rey Felipe IV al arquitecto Juan Gómez de Mora en el año 1623. Fue cedido por el propio rey a D. Pedro Velasco de Bracamonte, al que había nombrado preceptor de uno de sus numerosos hijos ilegítimos, D. Juan José de Austria, que estuvo alojado en él durante varios años. Tanto el palacio como la capilla son de estilo renacentista con destacada influencia escurialense. En la fachada de la capilla destaca una hornacina con la estatua del Apóstol Santiago vestido de peregrino. También se pueden apreciar varios escudos de los Velasco, distribuidos por toda la fachada.

Si el viajero sigue paseando por el barrio de Quintanilla, acercándose al río Trueba, se encontrará con la Casona de los Marcide, un sobrio edificio de sillería, en cuya fachada principal se pueden admirar dos soberbios escudos heráldicos de estilo barroco.

Para admirar de cerca la fortaleza de los Velasco, auténticos señores feudales de la villa durante siglos, el viajero tendrá que cruzar el río Trueba por el Paseo de la Castellana. Se trata de una Torre medieval defensiva, con almenas superiores y dos cuerpos rectangulares unidos para las dependencias; fue levantada a mediados del siglo XV sobre los restos de otro castillo.

Quedan otros sitios de interés que el viajero exigente podrá visitar si sigue su deambular por el histórico casco urbano de Espinosa, pero también la villa le ofrece otros atractivos, capaces de  proporcionarle nuevas y agradables sensaciones, que le devolverán fuerzas y reconfortarán su cuerpo, después de haber colmado su apetito cultural. Su cocina tradicional se encargará de ello.

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                          TORREÓN DE LOS VELASCO

De nuevo en la Plaza de Sancho García, el viajero, después de admirar las espectaculares galerías acristaladas que lucen las casas típicas de la arquitectura civil cántabra, podrá pasear por sus pórticos, llenos de tabernas, tiendas y mesones, para disfrutar de su gastronomía. Entre sus productos tradicionales destacan las excelentes carnes de vacuno y los apetitosos productos de la matanza del cerdo, como el lomo, el picadillo, el chorizo, la careta o las exquisitas morcillas de Burgos; sin olvidarse de las delicadas “truchas a la espinosiega”, capturadas en las frías aguas de los cuatro ríos pasiegos, capaces por si solas de ennoblecer la más regia de las mesas. También podrá saborear el “torto”, torta de pan blanco rellena de chorizo; las ricas empanadas de pan o de hojaldre, y los productos derivados de la leche, como la mantequilla, el queso pasiego, los sabrosos “sobaos” pasiegos, hechos con mantequilla, azúcar, huevos y harina; la extraordinaria “quesada” artesanal, elaborada al calor de la lumbre y el incomparable arroz con leche. Para alegrar el gaznate, el viajero podrá recurrir a un alegre y chispeante clarete, procedente de las riojanas San Asensio y Cordovín, que al decir de los “espinosiegos”, y puede que tengan razón, al cruzar el puerto de las Mazorras, ¡mejora!.

Con el temor de dejar alguno en el olvido, me vienen a la memoria el Bar Azul, el Mesón Trueba, El Sancho García, Las Nieves, El Cuévano. En cualquiera donde el viajero entre, será bien recibido y mejor tratado.

El viajero, con los sentidos colmados de satisfacción, podrá rematar su estancia en la Villa de Espinosa visitando su “Museo de los Monteros del Rey”, inaugurado en junio de 2006, con motivo de la celebración del Milenario de los Monteros de Espinosa.

En él podrá conocer la aventura histórica de dicho cuerpo y su desarrollo a lo largo de su secular andadura por medio de una extensa documentación histórica, de los diferentes uniformes militares que fueron luciendo sus miembros, todo ello con la ayuda de los modernos medios audiovisuales.

La visita a esta histórica villa de origen medieval, que los Monteros del Rey han hecho famosa, puede darse por finalizada, pero la excursión continúa y todavía deparará al viajero otras agradables y espectaculares sorpresas.

Paco Blanco, Barcelona, febrero 2014

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