BURGOS MEDIEVAL. LAS CORTES DE BRIVIESCA DE 1387. -Por Francisco Blanco-

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“Non seré de cierto Rey de Castilla fasta que no sea en Burgos y faga allí mi coronación como la ficieron los reyes onde yo vengo”.

Así hablaba Enrique II, primer monarca castellano de la Casa Trastamara, que ocupó durante un tiempo la plaza de Burgos durante la guerra dinástica que mantuvo con su hermanastro Pedro I, que también la ocupó, pero prefirió refugiarse en Sevilla. El segundo monarca de los Trastamara, su hijo D. Juan I, sí fue coronado solemnemente en Burgos:

El 24 de agosto de 1379 fue solemnemente coronado rey de Castilla por las Cortes de Burgos D. Juan I, segundo monarca de la dinastía de los Trastamara, que iniciara su padre, Enrique II, después de haber dado muerte en 1369 a su hermanastro D. Pedro I (1), también llamado el Cruel y el Justiciero, último monarca castellano de la Casa de Borgoña, nacido en Burgos el año 1334.

Las secuelas familiares del fratricidio habían abierto heridas que aún estaban sin cerrar, pues su prima Doña Constanza de Borgoña, nacida en Castrojeriz en 1354 y segunda hija de Pedro I y Doña María de Padilla (2), se había casado con D. Juan de Gante, duque de Lancaster e hijo del rey Eduardo III de Inglaterra, que les ayudó a que hicieran valer sus derechos dinásticos y el 30 de enero de 1372 se proclamasen reyes de Castilla, para lo cual concertó una alianza secreta con Portugal.

Años después, en el mes de julio de 1386, aprovechando la debilidad del Trastamara, que había salido mal parado de la derrota sufrida en Aljubarrota, a manos de ingleses y portugueses, los duques de Lancaster y su hija Catalina desembarcaron en La Coruña y establecieron su Corte en Orense, desde donde, junto con su aliado el rey de Portugal, D. Juan I, iniciaron la invasión del reino de León, llegando hasta Zamora. Finalmente, rehecho el ejército del rey castellano y perdidos parte de los apoyos que Juan de Gante tenía en Galicia, la partida quedó en tablas, por lo que se tuvo que recurrir a la negociación. En julio de 1388, reunidas las partes litigantes en Bayona (Lugo), se llegó a un acuerdo por el cual, a cambio de una sustanciosa compensación económica, Constanza y su marido renunciaron a sus derechos al trono de Castilla, cediéndoselos a su hija, Doña Catalina de Lancaster, al tiempo que se concertaba el matrimonio de ésta con el hijo de D. Juan I, el futuro rey Enrique III, que había nacido en Burgos, el 4 de octubre de 1379.

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Como ambos novios todavía eran menores de edad, se creó para ambos el título de Príncipes de Asturias, que estableció el orden sucesorio al trono castellano, e incluía la concesión de un Mayorazgo en tierras asturianas (3). De esta forma, en el mes de marzo de 1419, al acceder al trono de Castilla D. Juan II, hijo de Enrique III y Catalina de Gante, nieto por tanto de Constanza de Borgoña y Juan de Gante, las casas de Borgoña y de Trastamara volvieron a estar unidas, esta vez por lazos indisolubles de sangre.

Como consecuencia de todo este oneroso trajín con los ingleses, más el elevado coste de su campaña militar en Portugal, a cuyo trono aspiraba y que acabó con el desastre de Aljubarrota, a lo que hay que sumar los costosos privilegios que su padre, D. Enrique II el de las Mercedes, tuvo que conceder para atraerse a su bando a la reticente nobleza castellana, que todavía ponía en tela de juicio la legitimidad de su corona, la hacienda real había quedado tan esquilmada, que al arruinado monarca no le quedó más remedio que pedir dinero prestado, para poder hacer frente a las fuertes deudas contraídas.

Con ese propósito, en el mes de diciembre de 1387, el rey Juan I de Castilla convocaba las Cortes de Briviesca, aunque también se aprovechó la ocasión para ratificar el título de Príncipes de Asturias a favor de los infantes D. Enrique y Doña Catalina, que no tardarían en sentarse en el trono castellano.

El apurado monarca se encontró con una oposición frontal por parte, principalmente, del alto clero y la alta la nobleza, poco dispuestos ambos poderosos estamentos a desprenderse de sus sustanciosas rentas o de ver incrementados sus tributos. Finalmente, el rey y su Consejo Real, integrado por cuatro prelados, cuatro miembros de la nobleza y cuatro ciudadanos letrados, consiguieron los fondos suficientes para cumplir los compromisos contraídos con los ingleses, con los que finalmente pudo firmar los pactos de Bayona, en julio del año siguiente, que pusieron fin a los enfrentamientos militares y diplomáticos con la Casa de Lancaster.  También pusieron en marcha estas Cortes un nuevo ordenamiento administrativo del reino, que regulaba las dádivas, oficios, limosnas y gastos de la casa real, y otros sobre la competencia del rey en asuntos como tenencias de tierra, mercedes de heredad, oficios a las ciudades, legitimación de propiedades e indultos reales.

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También acometieron estas Cortes el escabroso tema de la reforma del clero y la condición jurídica de los eclesiásticos con relación al resto de los ciudadanos, aunque declararon intocables las propiedades de la Iglesia, llegando el propio monarca a afirmar que las riquezas de la Iglesia eran de origen divino, pero, al mismo tiempo, poniendo coto a algunos abusos cometidos por obispos y arzobispos, a los que se les prohibió que se apoderasen en sus respectivas diócesis de las alcábalas y rentas que correspondían cobrar al rey, así como la adquisición de heredades por iglesias y monasterios, declarando nulas las donaciones que en ese sentido se les hicieran.

Ya por entonces las rentas de la Iglesia eran inmensas y procedían de los numerosos beneficios de que disfrutaba, como diezmos, primicias, ofrendas, patronatos, sepulturas, excomuniones, artículos de fe, sacramentos, matrimonios, nacimientos, usuras, adulterios, divorcios y otros.
Sólo en el reino de Castilla había 28 obispados y 4 arzobispados, llegando el clero secular a disponer de unas rentas que superaban los 4 millones de ducados (4). Aparte estaban las rentas del clero regular, como Monasterios y Órdenes religiosas. El Monasterio de las Huelgas de Burgos, fundado por D. Alfonso VIII y su esposa Doña Leonor de Plantagenet, tenía jurisdicción sobre otros diecisiete y dominio sobre otras 14 aldeas. La Orden del Cister, por su parte, poseía villas, iglesias y castillos sobre cuyos vasallos ejercía jurisdicción plena y cobraba los correspondientes diezmos.

Todo ello confería a la Iglesia un poder casi equiparable a la del propio Estado, gozando sus miembros de numerosos privilegios, que acabaron relajando muy seriamente su moral y sus costumbres, tanto en el clero secular como el regular. La barraganía, la vida licenciosa, el tráfico de influencias, los abusos de todo tipo habían arraigado muy seriamente en la forma de vida del clero español, que además padecía las consecuencias del lamentable Cisma de Occidente, originado tras la muerte de Gregorio XI y la elección de Urbano VI en el cónclave de 1378.
Desde el reinado de Alfonso XI el Justiciero, los monarcas castellanos habían recurrido en varias ocasiones a la convocatoria de Cortes, para buscar soluciones a los problemas de toda índole, que el propio desarrollo del joven Estado castellano iba generando. En lo que se refiere a los conflictos entre la Iglesia y el Estado, se siguieron debatiendo en otras muchas Cortes posteriores, necesitándose incluso un Concilio, el de Aranda de 1473, para establecer unas bases que regularan las buenas relaciones entre los dos grandes poderes del reino de Castilla.

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El rey Juan I murió muy joven, con tan solo 32 años, el 9 de octubre de 1390, al caerse de un caballo de pura raza árabe que le habían regalado y que estaba intentando montar en el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares. De su matrimonio con Doña Leonor de Aragón, hija del rey Pedro IV el Ceremonioso, tuvieron dos hijos, Enrique, nacido en Burgos el 4 de octubre de 1379, que acabaría, tras una tumultuosa regencia, reinando en Castilla como Enrique III, también conocido como el Doliente, por lo precario de su salud, y Fernando, nacido en Medina del Campo el 27 de noviembre de 1380, que acabaría, tras el no menos tumultuoso Compromiso de Caspe, como rey de Aragón, con el nombre de Fernando I, también conocido como el de Antequera, por su valerosa intervención en la conquista de dicha plaza a los árabes. De esta forma, los reinos de Castilla y Aragón convergieron en una sola dinastía: Los Trstamara.

NOTAS:

(1) Pedro I el Cruel, o el Justiciero, como también se le llamaba, según fueran seguidores o detractores, era el segundo hijo de Alfonso XI el Justiciero y su esposa María de Portugal. El primero, Fernando, murió antes de cumplir un año. Con su concubina o favorita, la noble sevillana Leonor de Guzmán, el rey Alfonso tuvo nada menos que diez hijos. Del tercer parto, en 1333, nacieron los gemelos Enrique y Fadrique, este último murió en 1358, asesinado por orden de su hermanastro Pedro. Enrique llegaría a ser rey de Castilla después de asesinar a su hermanastro Pedro, el 23 de marzo de 1369, en el castillo de Montiel.
(2) En 1361 Pedro I había conseguido que las Cortes declararan legítimo su matrimonio con la noble palentina Doña María de Padilla, con la que tuvo cuatro hijos: Alfonso, Constanza, Beatriz e Isabel, a los que se les concedió el título de Infantes de Castilla.
(3) A partir de aquí el título de Príncipe de Asturias lo ostentará el heredero de la corona de Castilla y, posteriormente, de la de España.
(4) Rafael Altamira, Historia de España, tomo II

Paco Blanco, Barcelona, marzo 2014

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Una respuesta a “BURGOS MEDIEVAL. LAS CORTES DE BRIVIESCA DE 1387. -Por Francisco Blanco-

  1. Santiago Sagredo garcía

    Según el cronista Pero López de Ayala el Tratado de Bayona se firmó en esta ciudad francesa (no en Galicia), entonces perteneciente a Inglaterrra, donde no acudió Juan I, el rey, que se quedó indispuesto en Vitoria. Él mismo informó del matrimonio y pidió presupuesto para la boda de los PrÍncipes de Asturias en las Cortes de Briviesca de 1387. Aunque solo los pecheros adelantaron el dinero de los pechos obligatorios. Clero y nobleza prometieron, pero no cumplieron.

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