BURGOS MEDIEVAL: ENRIQUE III EL DOLIENTE (UN RETRATO DE FAMILIA). -Por Francisco Blanco-

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Creo oportuno resaltar, antes de continuar con esta historia, tan “real” como la vida misma”, que todo lo que en ella acontece hay que enmarcarlo dentro de la Europa medieval asolada por la “Guerra de los Cien Años”, la pobreza consecuente, la peste y, por si no fuera suficiente, en pleno cisma entre los Papas de Roma y de Aviñón. Vamos, cómo para ponernos a evocar aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  (La masonería y el comunismo aun no existían).

El primer príncipe de Asturias y futuro rey de Castilla y León con el nombre de Enrique III, también conocido como “El Doliente”, a causa de una escasa salud que le hacía fácil presa de toda clase de enfermedades, especialmente las contagiosas, nació en la ciudad de Burgos en el año 1379 y murió en Toledo, estando convocadas las Cortes de Castilla, en el año 1406, cuando estaba preparando una expedición militar contra el reino de Granada. Tan sólo tenía veintisiete años, pero tal vez valga la pena repasar un poco el entorno en que se desarrolló su corta andadura como rey y como hombre:

Era hijo de Juan I de Castilla, segundo de la casa Trastamara, (que entronizara su padre Enrique II el de las Mercedes, después de hacerle la merced a su hermano Pedro I el Cruel de mandarle para el otro barrio) y de Leonor de Aragón, hermana de Martín I el Humano, rey de Aragón y conde de Barcelona. Tuvo un hermano más joven, Fernando el de Antequera, sobrenombre que se ganó por su valeroso comportamiento durante el asedio a la citada ciudad andaluza que, finalmente, acabó cayendo en manos de los cristianos.

De este infante de Castilla, nacido    el año 1380 en Medina del Campo, mientras estaban convocadas las Cortes castellanas, puede afirmarse que vino a este mundo  con la vitola de rey, pues con apenas tres años, para reforzar las aspiraciones de su padre a la corona portuguesa, quisieron hacerle rey consorte de Portugal, pero, cosas del Destino, la muerte de su madre, Leonor de Aragón, dejó a su padre vía libre para desposarse en su lugar con Beatriz de Portugal, jovencísima hija del rey portugués, Fernando I, que andaba, según general opinión, con un pie en el otro barrio. Obstruida esta vía, durante algunos años de su juventud albergó la esperanza, debido a la frágil constitución de su hermano mayor (no empecemos a pensar mal), de alcanzar el trono castellano; el nacimiento de su sobrino, el futuro Juan II, dio al traste con sus aspiraciones, aunque a la muerte de su hermano se convirtiera en regente de Castilla durante la minoría de edad del rey niño. Pero no acaba aquí la cosa, el Destino, con otra de sus jugadas, acabó convirtiéndole en rey de Aragón, con el nombre de Fernando I, a la muerte sin heredero de su tío el rey Martín de Aragón. En realidad, en este último episodio no intervino solamente el Destino, también contó con la ayuda de los compromisarios reunidos en la ciudad aragonesa de Caspe, que le prefirieron al otro aspirante al trono, el catalán Jaime de Urgell. (1) De esta forma, la casa Trastamara vio extendido su dominio por todos los territorios cristianos de la península, con la excepción, naturalmente, del reino de Navarra, que tardará unos cuantos años más en ser anexionado.

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Su padre, el rey Juan I, (a quién, por extraño que parezca, no se le conoce por ningún sobrenombre), muerto en Alcalá de Henares en el año 1390, cuando contaba treinta años de edad, sin duda debió ser un hombre previsor o agorero, o bien ambas cosas al mismo tiempo, pues cuando le llegó la inesperada muerte, ocurrida mientras montaba un caballo árabe pura sangre que le habían regalado y que le desmontó de una manera tan brusca que le rompió el cuello, todos los asuntos de su reino podría afirmarse que los dejaba “atados y bien atados”. Bueno, todos no. El trono de Portugal se lo había birlado otro bastardo, Juan de Avis, maestre de la Orden de Avis, con la ayuda, naturalmente, de nuestros amigos los ingleses, que, en el año 1385, le infligieron una severa derrota en Aljubarrota. (Por cierto, al frente de los ingleses iba un tal Juan de Gante, duque de Láncaster e hijo del rey Eduardo III de Inglaterra, casado en segundas nupcias, lo que son las cosas de la realeza, con una de las  hijas de Pedro I el Cruel y María de Padilla, de nombre Constanza, por cuyo matrimonio aspiraba a pasar de duque a rey, naturalmente, de Castilla, por lo que también se hacía llamar Juan I de Castilla).

Después de semejante descalabro, el rey castellano debió de pensar que con un  Juan que reinase en Castilla era suficiente, y como no pudo eliminar el obstáculo que representaba el otro por medio de las armas, era preciso buscar otras vías para apartar al inglés de sus intenciones de apearle del trono. Para ello se sirvió de dos argumentos prácticamente irrebatibles: El primero, que casi nunca falla y que sigue estando totalmente vigente, el dinero: le ofreció al de Gante y a doña Constanza, de la que era tío-abuelo por línea bastarda, la bonita suma de 600.000 ducados de oro, para compensarles de las molestias y los gastos militares que tuvieron que efectuar para derrotarle, y para que no hubiera regateos, que siempre quedan mal entre gente de sangre azul (más o menos), añadió una renta vitalicia de 60.000 ducados anuales. Como segundo argumento, muy utilizado también por aquella época, aunque en la actualidad ha caído algo en desuso, propuso concertar los esponsales de su primogénito y heredero Enrique, a la sazón de seis añitos, con la hija única de los duques, Catalina, un poco más mayor, pues ya había cumplido los ocho.

Con esta boda se propiciaba, con un poco de acierto por parte de la pareja cuando alcanzasen la edad de holgar y procrear, que un nieto de Pedro I el Cruel y de Enrique II el de las Mercedes se sentase en el trono de Castilla, zanjando así el contencioso abierto entre las dos dinastías tras el fraticidio de Montiel. (Como quien dice “pelillos a la mar y a vivir que son dos días”).

En la “Crónica de Juan I” referente a su décimo año de reinado, se refleja de forma bastante pormenorizada el acuerdo alcanzado entre el rey castellano y el duque inglés: “Otrosí, pusieron e ordenaron los dichos rey don Juan e duque de Alancastre en sus tratos que el dicho infante don Enrique oviese título de se llamar Príncipe de Asturias, e la dicha doña Catalina Princesa. Otrosí, mandamos al dicho,infante mi fijo que  la tierra de las Asturias que Nos tomamos para la Corona del Regno por los yerros que el conde don Alfonso nos fizo, que nunca la dé a otra persona, salvo que sea siempre de la Corona, así como Nos prometimos a los de dicha tierra cuando para Nos la rescebimos”.

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De esta forma, el antiguo reino de Asturias se constituye en Principado, título que ostentarán en adelante los herederos de la corona de Castilla. La segunda intención del acuerdo, posiblemente la que más pesaba en el ánimo de Juan I, era vincular dichos territorios a la Corona, desposeyendo de sus derechos a su hermanastro D. Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique II de Trastamara, que le había otorgado el título de conde de Gijón y de Noreña, cediéndole los señoríos de Gijón, Noreña, Villaviciosa, Ribadesella, Nava, Laviana, Cudillero, Luarca y Pravia  en Asturias,  además de las Babias y los Arguellos, tierras leonesas colindantes.

Claro que para llevar a la práctica este tratado, el nuevo Príncipe de Asturias, cuando subió al trono con el nombre de Enrique III, tuvo que recurrir a las armas y enfrentarse a su tío bastardo, que no estaba en absoluto de acuerdo con semejante despojo. No resultó fácil el sometimiento de su belicoso tío, que ya se las había tenido en más de una ocasión con su padre en el reinado anterior. Finalmente, cercado por segunda vez en la plaza fuerte de Gijón, el conde decidió quitarse de en medio, embarcándose rumbo al puerto francés de Bayona, donde esperaba encontrar ayuda por parte del rey de Francia. Su mujer, que se quedó al frente de la plaza sitiada, después de rendirla con la garantía de su vida y la de sus hijos, emprendió el mismo camino que su derrotado esposo. Naturalmente, en esta dura campaña contra su tío, el joven rey Enrique tuvo que recurrir a la ayuda de la nobleza asturiana que le era fiel, especialmente de la poderosa familia de los Quiñones, que fueron los grandes beneficiados, ya que  D. Pedro Suárez de Quiñones, señor de Luna, vio premiados sus servicios con el nombramiento de Merino Mayor de Asturias. Unos años más tarde, su nieto, Enrique IV el Impotente, concedía a D. Diego Fernández de Quiñones el título de primer conde de Luna.   

Del matrimonio de Enrique III y Catalina de Láncaster, nacieron tres hijos: María, Catalina y Juan,  segundo Príncipe de Asturias y futuro Juan II, que a la muerte de su padre, ocurrida  en 1406, tan sólo contaba un año de edad.

(1) El pintor burgalés, Dióscoro Puebla, reflejó en su cuadro “El Compromiso de Caspe” el momento en que San Vicente Ferrer comunica al resto  de los compromisarios el nombramiento de Fernando de Antequera como nuevo rey de Aragón y Cataluña. Actualmente se encuentra en el Congreso de los Diputados.

Paco Blanco, Barcelona, octubre 2009.

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