BURGOS MEDIEVAL: DEL MANIFIESTO DE BURGOS AL CONCILIO DE ARANDA -Por Francisco Blanco-

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Juan II de Castilla empezó a reinar en el mes de marzo de 1419, con tan sólo 14 años de edad. Poco después, el 4 de agosto de 1420, contraía matrimonio con su prima María de Aragón, hija de su tío, el rey de Aragón Fernando I también conocido como el de Antequera. De este matrimonio nacieron tres niñas, muertas en su más tierna infancia, y un varón, Enrique, nacido en Valladolid el 5 de enero de 1425, futuro rey Enrique IV de Castilla.

Tras la muerte de María en el año 1445, el 17 de agosto de 1447 se casó en segundas nupcias con otra prima, Isabel de Portugal, de la que tuvo dos hijos: Isabel, nacida en Madrigal de las Altas Torres el 22 de abril de 1441 y Alfonso, nacido en Tordesillas el 17 de noviembre de 1453.

Unas semanas antes de morir, el 8 de julio de 1454, el rey Juan II de Castilla dictó su testamento, en el que su hija la princesa Isabel ocupaba el tercer puesto de la línea sucesoria. De acuerdo con las leyes de Castilla, si sus hermanos Enrique y Alfonso morían sin sucesión legítima, Isabel se convertiría en reina de Castilla. Para su mantenimiento le cedió las rentas de Cuéllar y Madrigal de las Altas Torres, que en cifras redondas venían a representar alrededor del millón de maravedís anuales.

El rey moría el 22 de ese mismo mes en Valladolid, siendo enterrado posteriormente en la Cartuja de Miraflores de Burgos, dos de sus ciudades favoritas.

El 23 de julio de 1454 daba comienzo el reinado de Enrique IV, bautizado como el Impotente, al que todo el mundo presenta como hombre débil y enfermizo, un “displásico eunucoide”, en opinión del doctor Marañón (1).

Se trataba, en realidad, de un hombre de carácter indolente, con fuertes altibajos que le hacían pasar de la euforia a la indiferencia; un ciclotímico, como también le llamó el doctor Marañón, en el que predominaba el talante apaciguador, con tendencia negociadora, que rechazaba profundamente todo tipo de violencia, buscando siempre la vía de la negociación para solucionar los conflictos que llevaba aparejados el buen gobierno del reino.

Tres objetivos prioritarios se marcó el monarca castellano al comienzo de su reinado:

-Frenar las injerencias del rey Juan II de Navarra en los asuntos de Castilla, especialmente tras la nulidad de su matrimonio con Blanca de Navarra, hermana del rey navarro, decretada en mayo de 1453 por el obispo de Segovia D. Luis Vázquez de Acuña (2). Para conseguirlo buscó como mediadores al rey de Francia y a su pariente el rey de Aragón.

-Reforzar los lazos de amistad con Portugal mediante su segundo matrimonio con su prima Juana de Portugal, hermana del rey portugués D. Alfonso V. Las capitulaciones matrimoniales fueron largas, no celebrándose la boda hasta el mes de febrero de 1455. De este matrimonio, el 28 de febrero de 1462 nacería la infanta Doña Juana, proclamada de inmediato Princesa de Asturias. Recibió las aguas bautismales de manos del arzobispo de Toledo D. Alonso Carrillo, actuando como madrina su tía la infanta Doña Isabel de Trastamara.

El tercer objetivo, de carácter interno, consistía en llevar a cabo una profunda reforma de la administración del reino, especialmente en lo referente a las tensas relaciones existentes entre el rey y la alta nobleza, cuyo afán de poder ponía muy seriamente en cuestión la autoridad real. De hecho, se formó una Liga nobiliaria dirigida por D. Juan Pacheco, marqués de Villena; su hermano D. Pedro Girón, señor de Ureña y maestre de la Orden de Calatrava y los dos tíos de ambos, los arzobispos de Toledo y Sevilla, D. Alonso Carrillo y D. Alonso Fonseca, que pretendían, a través del Consejo Real, hacerse con la gobernabilidad del reino. Había otros grupos de presión, como el de la familia de los Mendoza, que se habían hecho cargo de la educación de la infanta Juana y aceptaban la autoridad del rey, pero que se mantenían a la expectativa del desarrollo de los acontecimientos, aunque firmemente dispuestos, también, a defender sus privilegios por encima de todo.

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La respuesta del rey a las ambiciones de su antiguo amigo y favorito, D. Juan Pacheco, a quien había concedido el título de I Marqués de Villena y su correspondiente señorío, no puede decirse que fuera de lo más acertada, pues se rodeó de jóvenes consejeros, procedentes de la baja nobleza y de la clase llana, como Juan de Valenzuela, Miguel Lucas de Iranzo, al que concedió el título de Condestable, Alvar Gómez de Ciudad Real, el licenciado Andrés de la Cadena, Lópe Barrientos y, sobre todo, Beltrán de la Cueva, al que nombró duque de Alburquerque y concedió los señoríos burgaleses de Roa, Anguix y Aranda, que asumió las funciones de primer ministro y favorito real.

El grupo del marqués de Villena, al que se habían unido otros importantes miembros de la nobleza, como D. Álvaro de Zúñiga, duque de Plasencia y el conde de Benavente, D. Rodrigo Pimentel, reaccionó convocando a todos sus miembros a una reunión, celebrada en la ciudad de Burgos a finales del mes de setiembre de 1464, en la que se elaboró el llamado “Manifiesto de Burgos”, un documento político en el que se acusaba al rey de poner impuestos excesivos y favorecer a los judíos y a los musulmanes, perjudicando a los nobles a favor de gente que pertenecía a estamentos sociales más bajos. También responsabilizaron directamente a Beltrán de la Cueva de los males del reino, lanzando una dura acusación sobre la ilegitimidad de la infanta Juana, refiriéndose a ella en los siguientes términos: “a vuestra alteza y a él-en clara alusión a los amores adúlteros de la reina con el favorito-es bien manifiesto que ella no es hija de vuestra señoría”. Finalmente, le dirigen un ultimátum firmado, en el que le exigen la destitución inmediata del favorito y el nombramiento del infante D. Alfonso como nuevo Príncipe de Asturias, lo que suponía la ilegitimación de su hija Juana.

En esta sublevación política de la alta nobleza de Castilla contra su rey, estuvieron ausentes dos de las más poderosas familias del reino: los Mendoza y los Velasco.

De forma incomprensible, desoyendo a su consejero Lope Barrientos, que le recomendó actuar militarmente contra los rebeldes, advirtiéndole de que “quedaréis por el más abatido rey que jamás hubo en España”, el indeciso monarca aceptó las condiciones de la Liga nobiliaria, reconociendo a su hermano Alfonso como su heredero.

No contentos con esta vergonzosa capitulación de su rey, en el mes de junio de 1465 Pacheco y sus seguidores montaron una burda y cruel farsa en Ávila, en la que desposeyeron a D. Enrique, representado por un grotesco muñeco, coronando como nuevo rey de Castilla a su hermano el infante, con el nombre de Alfonso XII.

La Corte de Ávila, con el nuevo rey, al que se le empezó a conocer como “el Inocente”, convertido en un títere manejado a su antojo por el marqués de Villena y su grupo, pero que contaba con el rechazo de la mayor parte del país, se extinguió al cabo de tres años, en 1468, con la misteriosa e inesperada muerte de D. Alfonso, ocurrida el 5 de julio de 1468, en circunstancias todavía no esclarecidas. Sus restos mortales fueron enterrados en la Cartuja de Miraflores de Burgos, al lado de los de su padre el rey Juan II de Castilla, a los que en agosto de 1496 se unirían los de su madre, Doña Isabel de Portugal.

Este misterioso fallecimiento, sin embargo, solo supuso un cambio de protagonista, pues la Liga nobiliaria, firme en sus propósitos de deslegitimar a la infanta Juana, conocida ya como “la Beltraneja”, se convirtió en valedora de los derechos al trono de su otra hermana, la infanta Doña Isabel, que residía en el Alcázar de Segovia.

De nuevo resulta incomprensible la falta de carácter del rey, y su sumisión ante las exigencias de sus adversarios políticos, pues a pesar de los apoyos con que contaba, por parte de la mayoría de los concejos de la Hermandad General, de algunas poderosas familias de la nobleza y de haber derrotado a sus enemigos el año 1467 en la batalla de Olmedo, en la reunión celebrada el 18 de setiembre de 1468 en la localidad de El Tiemblo, que tuvo lugar en un monasterio de Jerónimos existente en un paraje conocido como la Venta de los Toros de Guisando (3), aceptó a su hermana Isabel, que había llegado desde su refugio en el Alcázar de Segovia, como nueva Princesa de Asturias, en detrimento, por segunda vez, de los derechos de su hija Juana. Tan sólo puso como condición que la nueva heredera del trono de Castilla contrajese matrimonio con un pretendiente designado por él. La infanta Isabel, que ya había estado prometida con el hermano del marqués de Villena, D. Pedro Girón, conde de Ureña y Comendador de Calatrava, boda frustrada por la repentina muerte del novio, se trasladó a Ocaña, bajo la protección de D. Juan Pacheco, a la espera de los acontecimientos, sin atreverse a llevar a cabo sus primeras intenciones de auto proclamarse reina de Castilla, aunque empezó a ser tratada por sus partidarios como legítima heredera y sucesora, apareciendo al pie de los documentos que firmaba como “por la gracia de Dios princesa y legítima heredera y sucesora de estos reinos”.

Como es bien sabido, la infanta Doña Isabel hizo caso omiso de lo pactado en El Tiemblo, pues en el mes de junio de 1469 no dudó en rechazar la propuesta de matrimonio con su pariente el rey Alfonso V de Portugal, bastante mayor que ella, para el que su hermano ya había conseguido las correspondientes bulas papales.

La futura reina de Castilla tenía otros planes, que se concretaban en la persona de su primo, el príncipe Fernando de Aragón, arrogante joven de 17 años, rey de Sicilia y heredero de la corona aragonesa, que ya por entonces era padre de dos hijos naturales. Con la ayuda y complicidad del arzobispo de Toledo Alonso Carrillo, que falsificó una bula papal, y de D. Juan Pacheco, que facilitó al príncipe aragonés una escolta de 200 lanzas, el 14 de octubre de ese mismo año los novios se encontraron secretamente en Valladolid, procediendo a intercambiarse los correspondientes regalos, concertar los esponsales y firmar el contrato matrimonial. El día 18 el príncipe Fernando juraba el cumplimiento de las leyes castellanas ante la nobleza que apoyaba su causa y al día siguiente, 19 de octubre, se celebraban los solemnes esponsales en la iglesia vallisoletana de Santa María la Mayor. La consumación del matrimonio se llevó a efecto aquella misma noche, acreditándose mediante la presentación de la sábana ensangrentada, tal como exigían las rigurosas costumbres castellanas.

Este matrimonio si que desató la indignación del rey Enrique IV, que lo consideró como una burla a su persona y un palpable quebrantamiento del juramento de Isabel en el pacto de Guisando, de “casar con el que dicho señor rey acordare y determinare”, por lo que, en octubre de 1470, procedió a dar por anulados los pactos firmados en Guisando el año 1468, restituyendo a su hija Doña Juana el título de Princesa de Asturias, declarándola su única y legítima heredera y enviando una ordenanza a todos sus reinos para que así la reconocieran. También concertó su matrimonio con el duque de Guyena D. Carlos de Valois, cuarto hijo varón del rey Carlos VII de Francia, boda que no se pudo llevar a cabo a causa del fallecimiento del duque en mayo de 1472.

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El inesperado y secreto matrimonio entre Isabel y Fernando también causó preocupación a importantes familias de la nobleza de Castilla, como los Enríquez y los Medinaceli, que consideraban la posibilidad de que, de acuerdo con las leyes sucesorias de Aragón, el príncipe Fernando pudiera convertirse en el verdadero heredero del trono de Castilla, por lo que se pusieron al servicio de la causa del rey.

Castilla se dividió en dos facciones, la de los príncipes Isabel y Fernando, apoyada por el rey Juan II de Aragón y una importante parte de la alta nobleza y del clero de Castilla y Aragón, y la del rey Enrique IV y su hija Juana, que contaba con el apoyo del rey de Portugal, la mayor parte de los concejos castellanos y poderosas familias de la nobleza. El equilibrio era tan precario, que el peligro de una nueva guerra civil volvió a cernirse sobre los agitados campos castellanos.

La llegada en 1472 del legado pontificio D. Rodrigo Borja, pariente de los Trastamara y futuro papa con el nombre de Alejandro VI, que se entrevistó con sus parientes, con el arzobispo de Toledo, con el marqués de Villena y con los poderosos Mendoza, evitó el enfrentamiento armado, consiguiendo que se reanudaran las negociaciones en busca de un acuerdo a tres bandas, pues la princesa Juana ya contaba con sus propios partidarios, que evitara el derramamiento de sangre.

A principios de diciembre de 1473 el rey Enrique y la princesa Isabel tuvieron un encuentro en Segovia del que, al parecer, salieron reconciliados.

En este clima político tan inestable, el día 5 de diciembre de 1473 el arzobispo de Toledo, D. Alonso Carrillo, convoca un Concilio provincial en la ciudad burgalesa de Aranda de Duero, proclive a la causa de Doña Isabel. Lo inició el propio arzobispo en la Iglesia parroquial de Gumiel de Izán, con las siguientes palabras: “Ahora que tenemos ocasión y Dios Omnipotente lo ha permitido, hagamos aquello que antes debíamos de haber hecho”.

La asistencia masiva de nobles, eclesiásticos, procuradores y letrados obligó su traslado a la iglesia de San Juan Bautista de Aranda de Duero, donde también se encontraba la princesa Doña Isabel y se esperaba la llegada de su esposo, el príncipe D. Fernando.

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Estuvieron presentes D. Juan Arias, obispo de Segovia, D. Diego Hurtado de Mendoza, obispo de Palencia, D. Luis Acuña, obispo de Burgos, y los representantes de los obispos de Jaén, Osma, Cuenca y Sigüenza. También estuvieron presentes numerosos priores, arciprestes, arcedianos y canónigos de distintas diócesis.

El objetivo principal del Concilio consistía en realizar una reforma en profundidad de la vida y costumbres del clero, pero también existía un claro trasfondo político, en especial por parte del arzobispo Carrillo (4), que pretendía aglutinar a los asistentes en torno a las figuras de Isabel y Fernando, y erigirse él mismo como líder del partido isabelino, que aspiraba a ocupar el trono de Castilla a la muerte de Enrique IV, que se había retirado a la villa de Madrid.

En el ámbito eclesiástico y teológico se promulgaron XIX cánones que afectaban a otros tantos temas religiosos. Se dictaron nuevas leyes que regulaban la conducta pública y privada de los clérigos, incluida su forma de vestir, condenando la barraganía y el concubinato, obligándoles también a conocer el latín como condición indispensable para recibir la tonsura. Se sacralizaron las fiestas de guardar, obligando a los feligreses a la asistencia a la santa misa, como si se tratara de un domingo, y se prohibieron las representaciones teatrales o de carácter lúdico en las iglesias, actos que se venían llevando a cabo con demasiada frecuencia desde hacía muchos años. Los obispos recibieron la obligación de convocar concilios periódicos en sus diócesis, con el fin de mantener lo más vivas posibles las enseñanzas de Cristo y el espíritu cristiano entre los fieles.

La divulgación de los XIX cánones redactados quedó a cargo de los obispos, a los que se les concedió un plazo de 40 días para que les hicieran entrar en vigor.

La Navidad de este año 1473 la celebraron Isabel y Fernando en Aranda de Duero, acompañados por el arzobispo Carillo, marchando el 28 la real pareja para Segovia y Carrillo para su sede de Toledo.

Durante el año 1474 se celebraron algunos encuentros entre Enrique IV y su hermana Isabel, pero sin que se consiguiera llegar a ningún acuerdo, especialmente en lo referente a la sucesión al trono. Los partidarios de Isabel iban en aumento, pero también se produjeron algunas notables deserciones, como la del marqués de Villena D. Juan Pacheco, y su hijo D. Diego López Pacheco, duque de Escalona, que pasaron a defender los derechos de la princesa Doña Juana, que había reforzado sus aspiraciones mediante un compromiso matrimonial con su tío el rey D. Alfonso V de Portugal, treinta años mayor que ella.

El 1 de octubre de 1474 moría el I Marqués de Villena, que había vuelto a convertirse en el hombre de confianza del rey Enrique IV, con el que convivía en Madrid; su hijo, D. Diego López Pacheco, I duque de Escalona y II marqués de Villena, ocupó su lugar al lado del rey hasta su muerte, el 11 de diciembre de 1474, en el Alcázar de Madrid. Acto seguido, López Pacheco reconoció a la princesa Doña Juana como reina de Castilla.

Algo parecido ocurría en el Alcázar de Segovia: el 13 de diciembre de 1474 Doña Isabel de Trastamara, aduciendo la legalidad del pacto de los Toros de Guisando, que ella misma había incumplido, se auto proclamó reina de Castilla.

En 1475 Castilla volvía a ser asolada por una larga y cruel guerra civil.

“….y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra….”

(Federico Garcia Lorca)

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NOTAS:

1.
Sobre Enrique IV D. Gregorio Marañón escribió su “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo”, en el que establece las posibles causas de la impotencia del rey, a la que define como “una endocrinopatía con manifestación de litiasis renal crónica, de carácter psico-patológico”.

2.
El obispo argumentó la anulación alegando el parentesco de los cónyuges y atribuyendo al rey una impotencia sexual transitoria, causada por un maleficio. El papa Nicolás V confirmó la sentencia del obispo, concediendo a D. Enrique licencia para contraer matrimonio con su otra prima, Juana de Portugal.

3.
Los Toros de Guisando son cuatro esculturas en forma de cuadrúpedos, identificadas como toros o verracos, que datan de la edad del Hierro, hacia el siglo II a.d.C. que se encuentran en el cerro de Guisando, dentro del término municipal de El Tiemblo, al sur de la provincia de Ávila.

4.
A la muerte de Enrique IV el arzobispo Carrillo se convirtió en el más firme defensor de los derechos de Doña Juana la “Beltraneja”.

Paco Blanco, Barcelona, marzo 2014

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