BURGOS MEDIEVAL. CALERUEGA TIERRA DE SANTOS. CINCO SANTOS EN LA FAMILIA… -Por Francisco Blanco-

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“Castilla, de las castas soledades pardas, de las tristes lontananzas muertas…………. en tu tierra germinan juntos los guerreros y los santos” 

Doña Juana Garcés de Aza (1), Señora de Caleruega, villa fortificada presidida por la Torre de los Guzmanes, perteneciente al Alfoz de Lara, era una ferviente devota de Domingo de Silos, aquel taumaturgo monje benedictino, oriundo del vecino reino de Navarra, a quien el rey Fernando I de Castilla, en el año 1041, había nombrado nuevo Abad del cercano monasterio de San Sebastián de Silos, modesto cenobio en el que malvivía una pequeña comunidad de monjes mozárabes, practicantes de la regla de San Benito. Su biógrafo, el monje Grisaldo, que compartió con el abad la vida monástica durante muchos años, nos dice de él que Dios le había concedido poderes para curar las enfermedades del cuerpo, escudriñar los más ocultos secretos el alma y hasta liberar cautivos cristianos en poder del Islán.

Su fama de santo milagroso atrajo hasta el Monasterio una muchedumbre de enfermos y fieles, que acudían desde todos los reinos cristianos a suplicar al santo que les diera su bendición y procurara su curación. A su muerte, acaecida en el 1073, fue aclamado popularmente como santo, aunque su canonización oficial no se produjo hasta finales del siglo XII, pero los enfermos y los devotos siguieron peregrinando hasta su sepulcro a invocar al santo su intercesión desde el cielo. Al poco tiempo, aquel cenobio benedictino empezó a conocerse como el Monasterio de Santo Domingo de Silos, que se convertiría, gracias a numerosas concesiones reales y a la fecunda labor desarrollada por sus monjes, en uno de los más luminosos focos de cultura del joven reino de Castilla.

Tal vez esta devoción de doña Juana y el hecho de que el alumbramiento de su tercer hijo se produjera en el año 1173, coincidiendo con el centenario de la muerte del monje de Silos, la impulsara a que en la pila bautismal se impusiera a su nuevo vástago el nombre de Domingo. Pero no fueron solamente los devotos impulsos de una madre piadosa los que determinaron el nombre, durante su embarazo un extraño sueño la había acometido con frecuencia. Soñaba que un perro salía de su vientre portando en la boca una antorcha encendida. Incapaz de descifrar su significado, y un poco asustada por lo que podía ser un mal presagio, peregrinó hasta el cercano monasterio de Silos para postrarse ante el sepulcro del santo a implorar su ayuda para poder entender aquel misterioso sueño. Estando en oración su mente se iluminó y comprendió que el hijo que llevaba en sus entrañas estaba destinado a propagar el Fuego de Jesucristo por el mundo.

Domingo de Guzmán y Garcés fue el tercer hijo varón del noble D. Félix Núñez de   Guzmán, del poderoso linaje de los Lara, que tenía derechos señoriales sobre la villa de Caleruega, rica en cereales, frutales y viñedos. Su madre, la ya mencionada doña Juana Garcés de Aza, llamada así por haber nacido en el castillo de Aza, cerca de Roa, pertenecía igualmente a otra noble familia castellana, pues su padre, D. García Garcés, había sido Alférez Mayor de Castilla durante el reinado de Alfonso VII; su hermano, D. Gonzalo de Aza, era Arcipreste de Gumiel de Izán y participó activamente en la educación y formación religiosa de los tres hijos habidos en el matrimonio.

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Al contrario de lo que era usual entre los caballeros de aquellos belicosos tiempos, en los que las armas salían a relucir por el más nimio de los motivos y los enfrentamientos armados estaban a la orden del día, y a pesar de que Caleruega era una población amurallada y agrupada en torno a la Torre-Fortaleza de los Guzmanes, que había tenido que soportar numerosos acosos e incursiones de los árabes, que acechaban desde las numerosas cuevas circundantes (actualmente convertidas en bodegas), D. Félix era un caballero apacible y bondadoso, amante de su mujer y de sus hijos, cuyas inclinaciones derivaban más hacia la recogida vida familiar, el cuidado de sus vasallos y la administración de sus propiedades, que a las correrías militares y el empleo de las armas. Su generosidad, acendrada religiosidad y firmes creencias marcaban lo más notable de su personalidad, que acabaron por conferirle un marchamo de santidad. A su muerte la Iglesia le declaró Venerable.

Su esposa doña Juana, además del culto que procesaba al Santo de Silos, practicaba una vida dedicada a cultivar todas las virtudes cristianas, en especial la caridad con los más necesitados y el amor a sus semejantes. Se ocupó, junto con su hermano el arcipreste D. Gonzalo, en inculcar en el corazón de sus hijos los principios más profundos de la fe cristiana, consiguiendo que los tres se consagrasen al sacerdocio y alcanzasen la santidad. Cuenta una leyenda popular que sus bodegas siempre estaban abiertas para ofrecer comida y bebida a quienquiera que se acercase y que sus cántaras, por mucho vino que se escanciase, siempre estaban rebosantes.

Su muerte, en olor de santidad, acaeció en el 1202 y fue enterrada en la iglesia de San Sebastián de Caleruega. El día 1 de octubre del 1821 el Papa León XII la declara Beata, aprobando su culto en toda la Iglesia Cartólica. Actualmente sus restos reposan en la iglesia de San Pablo de Peñafiel.

El hijo primogénito de este matrimonio fue D. Antonio de Guzmán y Aza, nacido hacia el 1164. Fue el menos viajero de los tres hermanos, pues su vida transcurrió únicamente entre Silos y Caleruega. Ordenado sacerdote hacia el 1188, ingresa como monje en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, dedicándose al cuidado de los pobres y los enfermos. Tras el fallecimiento de sus padres regresó a Caleruega para hacerse cargo de las posesiones familiares. Transformó el palacio de sus padres en un Hospital para pobres y enfermos, en el que acoger a los numerosos peregrinos que seguían acudiendo a venerar las reliquias del Santo de Silos. A este Hospital destinó D. Antonio gran parte de sus rentas y su abnegada dedicación personal. A su muerte, ocurrida hacia el 1230, fue enterrado en la iglesia de Gumiel de Izán, posteriormente sus restos son trasladados al Convento de las Madres Dominicas de Caleruega, que fundará su hermano Manés, donde reposan junto a los de su padre D. Félix. Al igual que ocurriera con su padre, la Iglesia también le elevó al honor de Venerable.

Cuatro años después, en el 1168, nace el segundo hijo del matrimonio, a quien bautizan con el nombre de Manés (también se le conoce como Mamés o Mamerto). Después de ser ordenado sacerdote ingresa en el monasterio cisterciense de Gumiel de Izán, pero pronto acude a unirse con su hermano menor, Domingo, que acababa de fundar la nueva Orden de Predicadores y se encontraba en el Languedoc francés, empeñado en luchar contra los errores y herejías de cátaros y albiguenses. Cuando el Papa Honorio III, en el año 1217 dio su confirmación a la nueva Orden, Domingo de Guzmán ordenó a sus miembros que se dispersaran por el mundo para combatir la herejía y defender y propagar la verdadera fe cristiana. Esto ocurría el día 15 de agosto de 1217, festividad de la Asunción de Nuestra Señora a los Cielos.

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Manés, junto con otros siete compañeros, fue destinado a París, donde fundó el convento dominico de Santiago, que no tardaría en convertirse en uno de los más importantes de la Orden.

Su siguiente misión fue la de gobernar la Comunidad de dominicas que se había formado en Madrid, alcanzando gran auge en poco tiempo. Esta comunidad se estableció en un monasterio, más tarde llamado de Santo Domingo, que gozó de la protección del rey Fernando III el Santo.

Cuando en el año 1234 el Papa Gregorio IX elevó a su hermano Domingo a los altares, fray Manés se hallaba de nuevo en Caleruega y al enterarse de la noticia mandó erigir una pequeña ermita para honrar a su hermano. Esta ermita, bajo el patronazgo de Alfonso X se convertiría en el Convento de las Madres Dominicas de Caleruega, pero él no lo llegaría a conocer pues ese mismo año falleció, siendo enterrado en el panteón familiar de Gumiel de Izán. Una inscripción: “Sancti Mamerti Ordinis Predicatorum, Fratis Sancti Dominici de Caleruega in Hispania”, identificaba sus reliquias, que pronto empezaron a recibir la veneración popular. En el siglo XIX, pocos años después de ser beatificada su madre, fue declarado beato por el Papa Gregorio XVI, a instancias del monarca español Fernando VII.

Domingo, el benjamín de esta singular familia de santos, cuyo nacimiento, como ya se ha visto, vino precedido de una premonición de santidad, y en cuyo bautismo, según nos cuenta la leyenda, apareció una estrella sobre su frente, símbolo del guía de almas en que se iba a convertir, fue educado, si cabe, con mayor celo religioso que a sus hermanos, por su madre y su tío, el Arcipreste. Para completar su esmerada formación religiosa y cultural, al cumplir los 14 años le enviaron a Palencia, donde estudió Teología, Arte, Humanidades y Filosofía. Una vez ordenado sacerdote y concluidos sus estudios, el obispo de Palencia le nombra Vicario General de su diócesis.

Pero su histórico destino se empieza a trazar cuando el rey Alfonso VIII le designa como acompañante del obispo de Osma, monseñor Diego de Acebes, en la diplomática misión de viajar a Dinamarca para concertar la boda de su hijo, el Infante D. Fernando, con una princesa danesa y acompañar a ésta en su viaje a España. Pero la repentina muerte de la princesa casadera cambió por completo el curso de los acontecimientos. De regreso a su país, al atravesar el condado de Toulouse, Domingo se encontró en el epicentro del herético movimiento de los cátaros, muy extendido por aquella comarca y decidió combatir la herejía. Autorizado por el Papa Inocencio III, se dedicó a predicar la verdad evangélica por las ciudades de Toulouse, Carcasone, Montpelier, Beziers y el resto de la zona. Nacía la nueva Orden de Predicadores, o Dominicos, que tuvo que acogerse a las reglas de los Agustinos, dada la prohibición, existente por aquel tiempo, de crear nuevas órdenes religiosas. Curiosamente, el primer monasterio que fundó Domingo fue femenino, estaba enclavado en Prouille, muy cerca de Carcasone, y se destinó a acoger un grupo de mujeres que habían abjurado del catarismo.

En el año 1179 participó en el III Concilio de Letrán, donde coincidió con otro fundador y futuro santo, Francisco de Asís, fundador de la Orden de los Hermanos Menores, o Franciscanos, que había renunciado a los bienes mundanos, dedicándose a predicar por los caminos, practicando la humildad y la pobreza. Ambos fundadores mantuvieron conversaciones sobre la posibilidad de fusionar las dos Comunidades, aunque algunas diferencias de criterios acabaran por impedirlo. En el transcurso de este concilio el Papa Alejandro III instituyó la Inquisición, Tribunal Eclesiástico destinado a perseguir y castigar las herejías de cátaros y albiguenses, que amenazaban seriamente la unidad de la Iglesia Católica.

En el Capítulo General de la Orden del año 1221, cuya Regla había sido aprobada finalmente por el Papa Honorio III en diciembre del 1216, ésta estaba organizada en provincias que cubrían todo el territorio de la Europa católica de la época, desde de los países escandinavos hasta España y Portugal. Domingo de Guzmán se encontraba en Roma organizando sus dos casas, la femenina de San Sixto y la masculina de Santa Sabina, basílica en la que se iba a establecer la casa matriz. La muerte, tras una corta enfermedad, le sorprendía el 6 de agosto de ese mismo año en su convento de Bolonia, pero la obra del santo de Caleruega siguió creciendo imparablemente durante los siguientes siglos. En el año 1234 el Papa Gregorio IX le elevó a los altares. La Iglesia Católica conmemora su festividad el día 8 de agosto.

Sobre el origen del Santo Rosario que fundara, Santo Domingo contaba que veía a la Virgen sosteniendo en su mano un rosario y que le enseñó a recitarlo; le dijo que lo rezara y propagara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. El Santo se levantó muy consolado y abrazado de celo por el bien de estos pueblos, entró en la Catedral y en ese momento sonaron las campanas, por intervención directa de los ángeles, para reunir a los habitantes. Iba a rezarse el primer rosario de la historia. Esto ocurría mientras era predicador en Bolonia, en cuya Basílica, que lleva su nombre, permanecen sus restos. También es patrono de la provincia de Burgos; de su pueblo natal, Caleruega y de la República Dominicana.

NOTAS:

(1) Doña Juana nació en el castillo de Aza el año 1135

Paco Blanco

Barcelona, febrero 2010

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