BURGOS MEDIEVAL: DE TAMARÓN A ATAPUERCA -Por Francisco Blanco-

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                               Castilla nació en una fragua,

                                a golpe de sangre y hierro.

                                 El hierro de sus espadas

                               y la sangre de sus muertos. 

El conde D. García Sánchez, conocido como “el Infante”, murió asesinado en León el 13 de mayo del año 1029, cuando estaba a punto de entrar en la iglesia de San Juan Bautista, donde se iban a celebrar sus desposorios con la infanta Doña Sancha, hija del rey de León D. Alfonso V.

La autoría de este crimen de Estado sigue siendo un secreto de la Historia, aunque, eso sí, abundan los sospechosos. Su cuñado, el rey de Navarra Sancho Garcés III, también conocido como el Grande, que le había acompañado para ser su padrino de boda y su consejero en las capitulaciones matrimoniales, se apresuró a imputar el crimen a los Vela, una poderosa familia alavesa, irreconciliable enemiga de los Lara burgaleses desde tiempos de Fernán González, que por entonces vivían como exilados políticos, acogidos al asilo y la hospitalidad del rey leonés. También recayeron sospechas sobre algunos magnates burgaleses que le habían acompañado como testigos e invitados, mientras que los nobles castellanos, por su parte, achacaron el magnicidio a una conjura de la nobleza leonesa. Pero, históricamente hablando, todo se ha quedado en conjeturas, más o menos verosímiles y para todos los gustos.

Lo que resulta históricamente irrefutable es que el rey navarro, con el cadáver de su joven cuñado, de tan solo veinte años, aún caliente, alegando los derechos dinásticos de su esposa, no dudó en proclamarse su heredero y apoderarse del ya por entonces extenso condado de Castilla, que políticamente siguió vinculado al reino de León. El título de Conde de Castilla se lo cedió a su segundo hijo, Fernando, que no pudo ejercer funciones de gobierno hasta su muerte.

En el año 1011 Sancho Garcés se había casado con Doña Muniadona Sánchez, hija mayor del conde de Castilla D. Sancho García, el de los Buenos Fueros, hermana mayor, por lo tanto, del conde asesinado. De este matrimonio nacieron cuatro hijos: García Sánchez, en el 1012; Fernando Sánchez, en el 1016; Jimena Sánchez, en el 1018 y Gonzalo Sánchez, en el 1020.

También resulta innegable la política expansionista llevada a cabo por este rey navarro, que quería convertir su reino en el más poderoso de la Península Ibérica, para lo que estaba dispuesto a utilizar no sólo la fuerza de las armas sino la persuasión de la diplomacia. Su primer objetivo territorial eran los vecinos condados de Álava y Castilla, pero también había puesto el ojo en el reino de León que, precisamente por aquellas fechas, pasaba por una situación política bastante inestable.

Del poderío y la influencia alcanzada por el rey navarro da fe un diploma encontrado en el monasterio de Leire, fechado en el año 1032, en el que certifica que:”Reinando el serenísimo soberano en Pamplona y en Aragón, en Sobrarbe y en Ribagorza y en toda la Gascuña y en Castilla entera y gobernando por la gracia de Dios en León y en Astorga………..”

El rey Alfonso V había fallecido en el año 1028 dejando dos hijos, Sancha, de 16 años y Bermudo, de 11, habidos ambos de su primera esposa, Doña Elvira Menéndez, de la que enviudó el año 1022, volviéndose a casar al año siguiente con Doña Urraca Garcés, hermana del ambicioso rey Sancho III, que había sido el principal instigador del matrimonio. De este segundo matrimonio solo nació una hija, Jimena Alfonso, en el año 1023, por lo que, a la muerte del rey Alfonso, su hijo varón se convirtió en el nuevo rey de León con el nombre de Bermudo III, pero debido a su minoría de edad, su madrastra, Doña Urraca, se convirtió en la regenta del reino hasta el año 1032, en el que cumplió los quince años. Durante estos años Doña Urraca no dudó en favorecer los intereses de su hermano el rey navarro, enfrentándose incluso a una buena parte de la nobleza leonesa, que veía con desconfianza la poderosa influencia que el rey navarro iba alcanzando en el reino, especialmente mediante interesados contratos matrimoniales.

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El primero, en el 1029, entre la infanta doña Sancha y el conde García Sánchez, que como se ha visto acabó en tragedia, resultó muy beneficioso para los intereses de Sancho III, pues le permitió apoderarse del Condado de Castilla. En el 1032 Doña Sancha abandonó el monasterio, en el que estaba recluida desde su frustrada boda, para volverse a casar, esta vez con el sobrino de su primer prometido, el infante D. Fernando Sánchez, hijo segundón del rey navarro, que desde 1029 ostentaba el título de Conde de Castilla, aunque tuviera carácter más bien honorífico, pues el que mandaba era su padre D. Sancho. Este matrimonio, que sería trascendental para el inmediato futuro de Castilla y de León, si se consumó y tuvo descendencia, pues de él nacieron cinco hijos: Urraca Fernández, en el 1033; Sancho Fernández, en el 1038; Elvira Fernández, en el 1039; Alfonso Fernández, en el 1040 y García Fernández, en el 1042. Finalmente, el 17 de febrero del 1035, el rey de León, Bermudo III, hermano de Doña Sancha, se casa con la infanta de Navarra, Doña Jimena Sánchez, hija del rey Sancho III de Navarra y hermana, por tanto, del infante D. Fernando. De esta forma, el círculo formado por Navarra, Castilla y León, quedaba cerrado y bien cerrado, quedando la llave en manos del rey navarro. De forma inesperada, pues por aquellos gloriosos tiempos la muerte se presentaba de improviso con demasiada frecuencia, el 18 de octubre de ese mismo año de 1035, moría el rey navarro D. Sancho Garcés III, el Grande, sin duda el monarca cristiano más poderoso de la península por aquella época, que fue enterrado en el monasterio burgalés de San Salvador de Oña. (1)

El gran beneficiado del testamento hecho por el rey navarro antes de morir, de acuerdo con las leyes navarras, que permitían la división del patrimonio territorial entre los herederos, fue su primogénito, el nuevo rey D. García Sánchez III, el de Nájera, que recibiría los territorios de Navarra y Aragón. A su segundo hijo Fernando le correspondió un Condado de Castilla muy recortado geográficamente, pues los territorios de Trasmiera, La Bureba, los Montes de Oca, las Encartaciones y las Merindades los había anexionado al reino de Navarra. Esta fecha de 1035 marca el punto de inflexión que inicia el enfrentamiento entre los dos hermanos: García que, continuando con la política expansionista de su padre, pretendía anexionar toda Castilla a Navarra, y Fernando, que pretendía recuperar los territorios perdidos, de los que se creía legítimo heredero. Pero también surgieron serias discrepancias entre Castilla y León.

No se tienen muchas referencias sobre las relaciones existentes entre los dos cuñados, el rey Bermudo de León y el conde de Castilla Fernando Sánchez, hasta la muerte del rey navarro en el 1035. A partir de aquí, tal vez como consecuencia de que Fernando asumió de forma efectiva las funciones de gobierno de su condado castellano, que había sufrido algunas mutilaciones territoriales, empezaron a surgir los conflictos entre las dos familias, a pesar de los estrechos lazos familiares que los unían. Lo cierto es que en el verano de 1037 estallaron las diferencias entre ellos, que acabaron dirimiéndose, como era la costumbre de entonces, con las espadas en alto y las lanzas en ristre. La Crónica Silense del año 1109 nos lo cuenta así: “Pues Sancho el Mayor se había apoderado de parte del reino de Alfonso V, desde el río Pisuerga hasta el Cea, por lo tanto, Bermudo III, que había alcanzado la edad adulta cuando el rey Sancho expiró, se dispuso a recuperar para sí el reino de su padre, pero esto le pareció a Fernando Sánchez, que se había casado con la hija de Alfonso, injusto y ajeno a cualquier razón. Enfrentados ambos de esta forma, surgió entre ellos un grave altercado……..”

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Efectivamente, entre los años 1030 y 1035, Sancho III había intervenido activamente en el gobierno de León, y se había apoderado de algunos territorios entre el río Pisuerga y el Cea, que habían pertenecido al conde Fernán González y a su hija Muniadona, casada con un conde de Saldaña. También entró en la disputa la jurisdicción sobre algunas iglesias y monasterios, con sus correspondientes privilegios.

En el verano del año 1037 el clima de tensión entre los dos cuñados alcanzo su máximo nivel y ambos decidieron recurrir a las armas para dirimir sus diferencias. Bermudo contaba con el apoyo de los magnates leoneses y gallegos y Fernando contaba con los castellanos y la importante ayuda de su hermano, el rey García de Pamplona. Si hacemos caso a la Crónica Silense, a finales del mes de agosto Bermudo atravesó Tierra de Campos, cruzó el Pisuerga y presentó batalla a su rival en la localidad burgalesa de Tamarón, situada en el valle del mismo nombre, cercana a Castrojeriz.

Las crónicas de la batalla, siempre propicias a transformarse en leyenda, la fechan entre el 30 de agosto y el 4 de setiembre, y cuentan que el rey Bermudo, joven e impetuoso, «incitó a su caballo, famoso por su ligereza, del que los cronistas han dejado su nombre, “Pelayuelo”…», sin darse cuenta que se quedaba solo rodeado de enemigos, que no dudaron en alancearle, derribarle de su montura y rematarle cruelmente en el suelo, asestándole numerosas estocadas.

Como consecuencia de la derrota y muerte del rey leonés, que no tenía descendencia, su hermana Sancha se convertía en reina de León, pero como en este reino todavía estaban vigentes las leyes visigóticas, que impedían gobernar a las mujeres, sus derechos al trono pasaron automáticamente a su marido Fernando. Parte de la nobleza leonesa, encabezada por el conde Flaínez (2), se negaron a reconocer a Fernando como rey, e incluso le negaron la entrada en la ciudad de León, pero tras duras negociaciones y generosas concesiones, el 22 de julio del año 1038 Sancha y su esposo entraron triunfalmente en León, donde Fernando fue ungido como rey en la iglesia de Santa María por el obispo Servando, convirtiéndose así en Fernando I, rey de León y conde de Castilla, también conocido como el “Magno” y el “Grande”.

En el año 1040, el rey García III el de Nájera contrae matrimonio con Doña Estefanía de Foix y en las arras matrimoniales le incluye la tenencia de Briviesca, Ocón, Grañón, Oca, Alba, Tadeja, Piedralada, Monasterio, Mijangos y Vesla, todos integrados en los antiguos territorios del Condado de Castilla, que su hermano, el ya por entonces rey de León Fernando I, consideraba como parte indivisible de la herencia de sus antepasados los condes castellanos, desde tiempos de Fernán González. A partir de aquí, al igual que ocurriera años atrás entre los dos cuñados, la historia se iba a repetir, pero esta vez entre hermanos. Según la Crónica Silense, más proclive a defender la causa de Fernando, de carácter más conciliador, éste se entrevisto en repetidas ocasiones con su hermano, tratando de buscar una solución pacífica y pactada al conflicto que la herencia de Sancho III había planteado, pero parece ser que se encontró con la rotunda negativa de su hermano García, de carácter más arrogante y agresivo, a ceder ni un palmo de aquellos territorios que se habían incorporado al reino de Navarra, procediendo además a reforzar militarmente las nuevas fronteras. Puestas así las cosas, de nuevo el enfrentamiento armado entre los dos hermanos se hizo inevitable.

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En esta ocasión fue el conde castellano el que penetró en territorio enemigo al frente de sus tropas leonesas, a las que se habían unido numerosos magnates castellanos, entre los que se encontraba el pariente de su esposa D. Diego Flaínez, señor de Vivar (3). El encuentro tuvo lugar el día uno de setiembre del año 1054 en las estribaciones de la Sierra de Atapuerca, muy próxima a la ciudad de Burgos, pero que por entonces se encontraba dentro de los límites del reino de Navarra. Las crónicas sobre el desarrollo de la batalla son bastante numerosas y con versiones que en algunos casos resultan contradictorias. No obstante, parece que la contienda se decidió por la acción individual de un grupo de navarros traidores, encabezados por el noble Sancho Fortún, que apuñalaron por la espalda al rey D. García quien, gravemente herido, no tardó en morir causando el desconcierto y la desbandada de sus huestes. Su hermano Fernando, dueño del campo de batalla, se hizo cargo del cadáver de su hermano, al que rindió honores militares (4). También se hizo cargo de su sobrino, el joven Sancho Garcés IV, al que reconoció como nuevo rey de Navarra ante el cuerpo sin vida de su padre, y al que sus vasallos rindieron vasallaje. El siguiente paso del vencedor, dominado el estratégico corredor de la Bureba, que comunica la cuenca del Ebro con la del Duero, fue apoderarse del valle de Urbel, la Bureba, Montes de Oca, llegando hasta Nájera y extendiendo las fronteras castellanas a lo largo de todas las poblaciones riojanas de la orilla occidental del Ebro, con lo que el reino de Navarra vio de nuevo sus fronteras empujadas hacia los abruptos Pirineos.

Esta batalla, y sus inmediatas consecuencias militares y políticas, marca el inicio de la decadencia del poderoso reino de Navarra, al tiempo que empieza a consolidarse la supremacía política de Castilla, que no tardará en convertirse en reino e imponerse sobre todos los reinos cristianos de la España medieval, acabando, cuatro siglos después, con la estancia de los árabes en la Península Ibérica.

Fernando I, rey de León y conde de Castilla, gobernó durante veintisiete años, seis meses y doce días. Murió en León, a los 55 años de edad, el 27 de diciembre del año 1065, después de “una buena vejez y plenitud de días”, según el juicio del cronista de la Crónica Silense.

Al igual que su padre, el rey navarro Sancho Garcés III el Grande, a despecho de las leyes visigóticas que prohibían dividir el patrimonio territorial familiar, Fernando I, siguiendo los principios jurídicos navarros, dividió sus territorios entre sus hijos. Pero eso es ya otra historia……

En el pueblo burgalés de Atapuerca, de merecido renombre universal, desde hace unos cuantos años, en el mes de agosto se pone en escena una representación popular de aquella famosa y trascendental batalla. Esta singular representación, en la que participan más de 200 actores aficionados, tiene su desarrollo en la ladera que hay detrás de la iglesia parroquial de San Martín y a ella puede asistir todo el que lo desee, dado su carácter popular y gratuito. Generalmente se celebra el último domingo de agosto.

NOTAS:

(1)  El Monasterio de San Salvador de Oña fue fundado en el año 1011 por el conde de Castilla D. Sancho García, el de los “Buenos Fueros”, para su hija Trigidia. También están enterrados, además de los fundadores, los condes castellanos D. García Fernández el de las “Manos Blancas” y D. García Sánchez el “Infante”. En el año 1033 pasó a depender de la Orden de Cluny, llegando a tener bajo su jurisdicción setenta monasterios e iglesias pertenecientes a Burgos, Cantabria y Palencia.

(2)  El conde Fernando Flaínez fue el abuelo de Doña Jimena Díaz y tío de su marido D. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid.

(3)  Diego Flaínez, o Laínez, era el padre del Cid Campeador y pertenecía a la poderosa familia leonesa de los Flaínez, emparentada con el rey D. Alfonso V.

(4)  El rey navarro fue enterrado en la iglesia de Santa María de Nájera, que él mismo había fundado.

Paco Blanco, abril 2014

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