HÉROES BURGALESES EN LA GUERRA DE CUBA. (II) EL GENERAL SANTOCILDES, HÉROE DE PERALEJO. -Por Francisco Blanco-

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El 29 de diciembre de 1898 fondeaba en el puerto de Santander, procedente de Cuba, el vapor “San Ignacio”, en el que viajaban los restos mortales de tres esforzados héroes españoles de la guerra de Cuba: el soldado Eloy Gonzalo García, héroe de Cascorro; el general Joaquín Vara del Rey, héroe de El Viso y el general burgalés Fidel Santocildes, héroe de Peralejo.

Fidel Alonso de Santocildes había nacido el 24 de abril de 1844 en el pueblo burgalés de Cubo de Bureba, muy cercano a Briviesca, la capital de la comarca de La Bureba.

Con muy pocos años fue llevado a la ciudad de Burgos, donde tenía dos tíos, uno coronel del Ejército y otro párroco de la iglesia de San Nicolás, los cuales se hicieron cargo de su educación, aunque cada uno tenía sus propias ideas al respecto.

El destino de Fidel, como consecuencia de las diferentes presiones de sus tíos, durante los años de su primera educación en Burgos estuvo fluctuando entre la Iglesia y el Cuartel; tal vez el hecho de que su abuelo materno fuera el teniente general don José María de Santocildes y Llanos (1), coadyuvó a que venciera finalmente la opción militar, por lo que el año 1859 ingresaba como cadete en el Colegio de Infantería de Toledo, del que salió en el año 1861con el grado de alférez.

A partir de aquí, su brillante carrera militar se desarrolló prácticamente en las Antillas Españolas, salvo algunas cortas estancias en la península.

Su primer destino fue Puerto Rico, donde también consiguió su primer ascenso a teniente, como recompensa a su brillante actuación durante la insurrección de Santo Domingo. En 1869 marchó para Cuba, desembarcando en la ciudad porteña de Manzanillo, donde fue destinado al Batallón de Cazadores de San Quintín, incorporándose de inmediato a las acciones militares contra la primera insurrección de los isleños, a las órdenes directas del por entonces coronel Martínez Campos, con el que participó en las acciones costeras de Manzanillo, Bayamo y Juagani y también en las del interior de la Loma de Pancho Fonseca, Faldón, Las Cajitas, Piedra de Oro y La Rinconada, en las que contrajo unas dolencias reumáticas que le acompañaron de forma intermitente durante el resto de su vida. Nuevamente, su destacada actuación personal en estas acciones le valieron varias condecoraciones y en 1871 el ascenso a capitán. Pasó después a la Provincia Oriental, donde estuvo a las órdenes del general Galbis, alcanzando el grado de comandante en 1875 y el de teniente coronel en 1878, esta vez como recompensa a su heroico comportamiento en la retirada de San Ulpiano, bajo el mando de otro burgalés, el coronel Sanz Pastor. Por esta acción militar su Batallón se hizo acreedor a la Corbata de San Fernando.

En 1878, finalizada la primera insurrección con la llamada paz de Zanjón, que ponía fin a la guerra de los “Diez Años” (1868-1878), Santocildes fue trasladado a Cifuentes, donde alcanzó el grado de coronel, pasando después a la guarnición de La Habana, al mando del Regimiento “Cazadores de Chiclana”.

Permaneció en la Península entre 1881 y 1884, y en este último año volvió a Cuba, asignándosele el mando del Regimiento de la Reina.

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Entre los años 1889 y 1895 estuvo al mando de los Regimientos de la Reina, de Isabel la Católica y del Batallón de Orden Público de la Habana, siendo su persona querida y respetada tanto por la población civil como por los oficiales y tropa a sus órdenes.

En la capital isleña, la nutrida colonia burgalesa que allí estaba aposentada había fundado la “Sociedad Benéfica Burgalesa de La Habana”, de la que el coronel Santocildes fue nombrado presidente, promocionando la construcción de un monumento al Cid Campeador, el héroe burgalés por antonomasia, a cuya financiación contribuyó aportando una importante suma. También aprovechó esta época de tranquilidad militar para contraer matrimonio con una dama de la alta sociedad de La Habana.

Como dato curioso, cabe reseñar que uno de estos miembros de la colonia burgalesa en la capital antillana, D. Manuel Alarcia, propietario de una librería, visitó Burgos en el verano de 1894, aprovechando su estancia en su patria chica, entre otras muchas cosas, para comprar unos cuantos números de lotería para el próximo sorteo de Navidad. Pues bien, uno de esos décimos, con el número 8.653, resultó agraciado con el Premio Gordo, consistente nada menos que en tres millones de pesetas. Era la primera vez que un premio gordo de Navidad era vendido en una administración burgalesa.

La paz de Zanjón, firmada en 1878 por el Capitán General de Cuba, general Martínez Campos y los cabecillas insurgentes Máximo Gómez y Antonio Maceo, no había dejado satisfechos a los cubanos, pues suponía un reforzamiento del centralismo y el aumento de la influencia de la metrópoli en los asuntos cubanos, lo que representaba la total frustración de sus aspiraciones independentistas. El descontento generalizado y el incumplimiento de algunas promesas por parte del Gobierno español, llevó a los cubanos a una nueva insurrección militar, conocida como la “Guerra Chiquita”.

El 26 de agosto de 1879, al grito de “¡Independencia o muerte!” se levantaba la ciudad de Holguin, en la Provincia Oriental, a la que pronto se unió la de Manzanillo, ambas pertenecientes a la Comandancia Militar que mandaba el coronel Santocildes, que inmediatamente se puso al frente de sus tropas para acudir a sofocar este nuevo levantamiento. Esta segunda insurrección, conocida como “guerra chiquita” terminó en setiembre de 1880 con la derrota total de los rebeldes, que mal pertrechados y faltos de sus principales dirigentes, la mayoría exilados, sufrieron numerosos reveses a manos de los mejor preparados soldados españoles. Sin embargo, esta nueva derrota militar no acabó con las aspiraciones independentistas de los cubanos. Un nuevo líder, José Martí, se convirtió en el dirigente del pueblo cubano, que en 1895 iniciaría la tercera y última insurrección, que acabaría con el dominio español en Cuba.

El 24 de febrero de 1895, de forma simultánea, 35 localidades cubanas se alzaron en armas contra la ocupación española. Era la tercera insurrección de los cubanos contra el dominio de la metrópoli, que acabaría en 1898 con la rendición incondicional del ejército colonial español ante los rebeldes mambises, aunque estos contaban para entonces con la importante ayuda del ejército yanqui, que había desarbolado los tristes restos de la exigua armada española.

El coronel Santocildes se puso nuevamente en campaña, esta vez al frente del Regimiento de Isabel la Católica, desarrollando sus operaciones por la zona de Manzanillo, donde el conflicto se había generalizado y los enfrentamientos entre los dos ejércitos eran frecuentes y encarnizados. En el mes de mayo de este mismo año de 1895, en plena campaña, le fue comunicado su ascenso a General de Brigada.

La presencia en la zona Oriental del general rebelde Antonio Maceo, obligó al general Martínez Campos, que era el Capitán General de Cuba, a dirigirse hacia dicha zona en ayuda del general Santocildes.

El 11 de julio de 1895 el general Maceo concentraba sus fuerzas en Bayamo, mientras el general Martínez Campos organizaba un convoy en Veguitas para dirigirse contra él, mientras el general Santocildes se dirigía hacia Río Buey. El día 13 Maceo abandonaba Bayamo y ocultaba sus tropas entre las sabanas de Barrancos y Río Mabay, esperando las tropas de Santocildes, acampadas en la sabana de Peralejo, mientras que el general Martínez Campos y sus refuerzos quedaban bloqueados en Bayamo. En el enfrentamiento, las tropas españolas mandadas por Santocildes sufrieron un gran descalabro, superándose la impresionante cifra de mil bajas, entre las que se encontraba el propio general Santocildes que, al frente de sus hombres, recibió dos balazos en el pecho, a pesar de los cuales siguió alentando a sus soldados, hasta que un tercer balazo en la cabeza acabó definitivamente con su vida.

El general Martínez Campos estuvo durante ocho días bloqueado en Bayamo, hasta que llegaron en su ayuda las tropas de los generales Lachambre y García Navarro, lo que le permitió levantar el cerco y abandonar la ciudad. Este desastre militar de Peralejo, además de costarle el puesto a Martínez Campos, permitió a los mambises apoderarse de la totalidad de la Provincia Oriental, lo que significó el primer golpe importante en la lucha de los cubanos por su independencia. El propio Generalísimo de los rebeldes, el general Máximo Gómez, felicitó al general Antonio Maceo por su espectacular victoria.

El general Santocildes fue condecorado, a título póstumo, con la Cruz Laureada de San Fernando. En 1904 sus restos recibieron sepultura en el Real Panteón de Nuestra Señora de Atocha.

NOTA: El teniente general D. José María de Santocildes y Llanos fue un heroico defensor de la ciudad de Astorga durante la invasión napoleónica.

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