LA REVISTA “PARÁBOLA” Y LA TERTULIA EL CIPRÉS. -Por Francisco Blanco-

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“Con la fragancia y la pomposidad que se abren las rosas en los huertos meridionales, ha cuajado, milagrosamente, en lo más típico de la fría y silenciosa estepa castellana, en tierras de Burgos, la musa toda fuego y aroma de Eduardo Ontañón”

(Fernando López Martín)

La Generación del 27, conocida como la “Edad de Plata” de nuestras letras, se caracteriza, ante todo, por su espíritu vanguardista y renovador, por su deseo de abrir las puertas de España a las corrientes de modernidad que ya corrían por Europa, por su apasionado afán de perfeccionismo en lo estético y por su incansable lucha por la libertad, en todas sus manifestaciones. No querían regenerar España, como sus colegas del “Noventa y ocho”, sino renovarla. Renovarla sobre todo culturalmente, como primer paso imprescindible en el camino hacia una nueva España. Su centro espiritual era la Institución Libre de Enseñanza y su centro de reunión la Residencia de Estudiantes. Uno de sus representantes más relevantes, el santanderino Gerardo Diego, la definió como un grupo en el que predomina el equilibrio entre posturas estéticas contradictorias. Con esta definición quería dejar bien sentado que no era un grupo unido por las ideologías política o religiosa, pero tampoco separado por ellas.

Con un poco más de diez años de diferencia entre ellos, la extensa nómina de la generación del 27 está integrada por figuras de la talla intelectual de Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y otros muchos de iguales o parecidos méritos, que no vamos a reseñar aquí. También el género femenino estuvo representado por figuras tan señeras como María Zambrano, Concha Méndez, novia de Buñuel y esposa de Altolaguirre; Rosa Chacel, María de Maeztu, Ernestina de Champourcin……………….

Dos polifacéticos artistas burgaleses pertenecen por méritos propios a esta elitista generación: la novelista, autora teatral, periodista, conferenciante y activista política, María Teresa León, esposa de Rafael Alberti, y el poeta, escritor, periodista, librero y editor, Eduardo de Ontañón.

Eduardo de Ontañón y Lebantini había nacido en Burgos, el 13 de febrero de 1904 y era hijo de Jacinto de Ontañón, propietario de la “Librería Ontañón”, además de escritor, ateneísta, editor y periodista, que en 1878 había refundado y dirigido durante casi veinte años la revista satírica burgalesa “El Papa-Moscas”.

Con estos antecedentes familiares, no es de extrañar que a los trece años Eduardo ya sintiera inquietudes literarias y empezara a publicar algunos poemas en la revista de su padre y que, una vez acabada la carrera de periodismo, se convirtiera en un solicitado colaborador en numerosas publicaciones, como los periódicos “El Diario español” de La Habana, “La Voz de Madrid”, “El Sol” o “La Hora de España”, y también en revistas gráficas como “Crisol”, “Luz” o “Estampa”, en la que publicó un centenar de artículos sobre diferentes temas burgaleses.

Su inquietud intelectual y su intensa actividad creadora también tienen una importante repercusión en la provinciana vida literaria de la capital burgalesa, sumida en un largo letargo con olor a sacristía, del que intenta sacarla impulsando nuevos foros de debate cultural a través de dos nuevas publicaciones: los “Cuadernos mensuales de valoración castellana” y, especialmente, con la revista literaria “Parábola”, en la que llegaron a colaborar los más selectos representantes de la generación del 27, como Francisco Ayala, Gerardo Diego, César Arconada, Juan Chabás, Concha Méndez, Benjamín Jarnés, Pedro Salinas, Pedro Garfias y Federico García Lorca. También colaboraron burgaleses de prestigio, como el músico Antonio José Martínez Palacios, el poeta Luis Sáez o los escritores José María Alfaro y Eduardo Aresti.

Ontañón, desde su tribuna de “Parábola”, tratará de escapar de las anchas redes del rancio espíritu castellano, entre conventual, y cuartelero, tan inmovilista y tan contrario a la modernidad y al progreso. “Parábola” será el punto de arranque de un nuevo concepto del castellanismo que, sin renunciar a sus viejas y gloriosas tradiciones, empiece a mirar hacia fuera, se abra a la modernidad dejando entrar las corrientes vanguardistas que hagan posible el cambio que tanto necesita la anquilosada sociedad burgalesa.

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Los autores del 27 utilizaron con profusión las revistas literarias de carácter vanguardista, como vehículo para difundir por todo el país sus escritos y sus ideas. Se hizo muy popular el estribillo: “Cada maestrillo su librillo, cada poeta su revista y cada catedrático su cátedra”.

Tan solo Juan Ramón Jiménez, el poeta de Moguer, llegó a publicar tres: “Índice”, “Sí” y “Ley”; Gerardo Diego también publicó la suya, “Carmen”, editada en Santander, pero además se pueden citar la coruñesa “Alfar”, que fue una de las pioneras y alcanzó una notable difusión; “Cervantes”, “Perseo”, “Grecia”, “Ultra”, “Horizonte”, “Vértice”, la canaria “Rosa de los vientos” y las castellanas “Meseta” de Valladolid, “Manantial” de Segovia y la burgalesa “Parábola”, aparecida en 1923, cuyo impulsor fue el joven poeta Eduardo Ontañon, empeñado en ensanchar los limitados horizontes de la cultura burgalesa, cargada de tópicos y depositaria de los gazmoños intereses de una burguesía adocenada y clerical.

En este empeño por sacudir el anquilosamiento cultural de la sociedad burgalesa, se valió también de un instrumento que cada vez se hacía más popular en España: la tertulia literaria, especie de cenáculo de gente variopinta, presidida generalmente por una figura de las artes, las letras o la política, que se reunían al caer la tarde, o por la noche, en cafés, cervecerías, reboticas o casinos, para hablar de lo divino y de lo humano. Tienen su origen en la Generación del 98 y proliferaron en las dos primeras décadas del siglo XX. Muchas se hicieron famosas y se convirtieron en verdaderos oráculos de la vida intelectual española. De una de las más famosas que se celebraban en Madrid decía Valle-Inclán lo siguiente: “El Nuevo Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias juntas”. Además del “Café de Levante”, también fueron muy concurridas la del “Café y botellería Pombo”, en torno a Ramón Gómez de la Serna, en la que estaba prohibido hablar de la guerra europea del 14 y acostumbraba a prolongarse hasta altas horas de la madrugada; la del “Café Español”, frecuentada por los hermanos Machado; la del “Gato negro”, a la que solía acudir Jacinto Benavente; a la de “Cervecería de Correos” solía asistir Federico García Lorca; también eran muy famosas y concurridas las que tenían lugar en el “Fornos” y el “Café Gijón”, que se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX. Fuera de Madrid alcanzó renombre la del “Café Novelty” de Salamanca, verdadero centro cultural de la ciudad, presidida por la imponente figura de D. Miguel de Unamuno.

En Burgos, propiciada por Eduardo de Ontañón, se hizo muy popular y concurrida la tertulia literaria “El Ciprés”, conocida como el Pombo burgalés y definida por uno de sus tertulianos como “verdadero hogar de ingenio y de encuentro intelectual”, en referencia a la armonía que presidía la variedad de ideologías y puntos de vista de sus contertulios, así como la diversidad de sus actividades personales. Sus primeras reuniones tuvieron lugar en la misma “Librería Ontañón”, pero la inusitada afluencia de tertulianos en busca de debate les llevó en poco tiempo al “Café Iris”, situado en la vieja y concurrida calle del Caño Gordo, de donde pasaron al recién inaugurado “Café Candelas”, situado en la rinconada que forma la esquina derecha de la Plaza Mayor con el paseo del Espolón, una vez cruzados los arcos de la Casa Consistorial. Lo regentaba Antonio Candelas, ayudado por su hijo Andrés, “Candelillas” para los parroquianos, virtuoso violinista que deleitaba a la clientela interpretando diversas y conocidas piezas musicales. El “Café Candelas”, tal vez debido a lo céntrico de su ubicación, pronto se convirtió en uno de los más populares y concurridos de la ciudad; disponía de una gran terraza, que en los días soleados se llenaba a rebosar y también ofrecía un buen servicio de restaurante y cafetería.

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En esta su nueva sede los tertulianos de “El Ciprés” se reunían cada tarde del jueves, ocupando la terraza en los cortos veranos burgaleses y pasando al interior cuando el mal tiempo así lo aconsejaba.

Sería imposible poder referenciar los nombres de todos los asistentes a esta tertulia tan plural, por lo que vamos a mencionar algunos de los que, en nuestra opinión, fueron más notables, empezando por el músico Antonio José, director del Orfeón Burgalés y de la Escuela Municipal de Música, que ya empezaba a ser conocido más allá de nuestra provincia y de nuestras fronteras, cuya prometedora carrera se frustró en el 36, al ser asesinado por un grupo de fanáticos falangistas; el escultor Félix Alonso; el orfebre Saturnino Calvo, personaje muy popular conocido como “Maese Calvo”, que también pasó por las cárceles franquistas; el dibujante Ignacio Arroyo y el impresor y poeta Luis Sáiz, ambos víctimas de la guerra civil del 36; el diputado de Izquierda Republicana Moisés Barrio, que marchó al exilio; el pintor y escultor Fortunato Julián; el catedrático y cronista municipal Eloy García de Quevedo; el archivero y destacado carlista Gonzalo Díez de la Lastra; la escritora y periodista del “Diario de Burgos” María Cruz Ebro; el jefe provincial de Falange Florentino Martínez Mata, que sería alcalde de la ciudad durante los primeros años de la postguerra; los pintores Alfredo Palmero, Próspero García Gallardo y Alberto Retes; los escritores Eduardo Arasti y Antonio Pardo Casas; el destacado arqueólogo José Luis Monteverde y el político socialista Luis Labín Besuita, que pasó muchos años preso en el Penal de Burgos.

Tan heterogéneo mosaico desarrolló una actividad literaria, artística e intelectual sin precedentes en la vida cultural burgalesa, por encima de divergencias políticas, económicas, sociales o religiosas.

Durante los cortos años de la II República, Ontañón participó también en la creación y promoción de las revistas burgalesas Castilla industrial y agrícola y Burgos gráfico. Al estallar la guerra civil en julio del 36, Burgos quedó en poder de los rebeldes, lo que obligó al republicano Ontañón a marchar a Valencia, donde dirigió el periódico “Verdad” y se casó con Mada Carreño, redactora de “Mundo Obrero”, periódico oficial del Partido Comunista de España (PCE). El matrimonio acompañó al gobierno republicano en su traslado a Barcelona, y a principios de 1939, con la guerra prácticamente perdida para la República, tomaron el camino del exilio, primero a Francia y después a Inglaterra, donde se unieron a otro grupo de exilados españoles protegidos por un miembro del Partido Laborista británico, en el que se encontraba el también poeta y escritor Pedro Garfias, antiguo colaborador de la revista “Parábola”. Finalmente, junto con otros mil seiscientos exilados (en realidad fueron exactamente 1599), abocados a abandonar España por haber permanecido fieles a la Republica, el 23 de mayo de 1939 zarparon de Séte, rumbo a México, a bordo del buque “Sinaia” en una travesía que ha pasado a la historia del Exilio republicano español. Entre su abigarrado pasaje compuesto por españoles de todas las regiones, además de numerosos combatientes, figuraban mujeres y hombres de diferentes profesiones y condición social: había funcionarios, maestros, catedráticos, médicos, artistas, escritores, periodistas…., entre los que se encontró Ontañón con viejos e ilustres conocidos de la Generación del 27, como el ya citado Pedro Garfias, Benjamín Jarnés, que también había colaborado en “Parabola”; María Enciso, notable poeta y escritora, o el escritor y periodista Juan Rejano, con el que coincidió poco tiempo después, trabajando ambos en la redacción del periódico mexicano “El Nacional”. Como no podía ser de otra forma, la actividad literaria y cultural de este grupo pronto hizo acto de presencia a bordo, especialmente en forma de un periódico al que llamaron “SINAIA, DIARIO DE LA PRIMERA EXPEDICIÓN DE REPUBLICANOS ESPAÑOLES A MÉXICO”, en cuya edición participaron numerosas personas y que se distribuía gratuitamente entre el pasaje.

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En vísperas de su llegada a puerto, Pedro Garfias compuso un poema de homenaje al país que les iba a acoger con los brazos abiertos, que finalizaba con estos emotivos versos:

“Como en otro tiempo por la mar salada,

te va un río español de sangre roja,

de generosa sangre desbordada.

Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas.

Y para siempre ¡oh vieja y nueva España!”

Llegaron a Veracruz el 13 de junio y muy pronto Eduardo de Ontañón reemprendió su carrera periodística como colaborador del periódico “Nacional” de México capital y la revista “Ábside”, sin olvidarse tampoco de su faceta de editor, creando y dirigiendo “Ediciones Xóchitl”, que se especializó en publicar esmeradas biografías de ilustres personalidades mexicanas.

Desgraciadamente, el destino iba a ser cruel con este polifacético artista burgalés, pues en 1948 una terrible enfermedad le obligó a regresar a España, donde ingresó en un sanatorio de Madrid, falleciendo el 20 de setiembre, cuando tan solo tenía 45 años y su vena artística y su capacidad creadora estaban en su auge. No obstante, nos dejó un valioso legado cultural que no podemos ni debemos olvidar, sino todo lo contrario. La ciudad de Burgos ha dedicado una céntrica calle a su memoria.

“Chopos… Chopos… Chopos…

Mis amigos de la infancia,

¿no tenéis en vosotros

la lírica fragancia

de lo que ya se ha ido,

de lo que pudo ser y nunca ha sido…?”

(Eduardo Ontañón, fragmento de “Sinfonía Azul”)

Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2014

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