BURGOS, 1936-1939: CAPITAL DE LA CRUZADA. Por Francisco Blanco.

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El lunes 20 de julio de 1936, tras el fácil triunfo de la rebelión militar en Burgos y el encarcelamiento del jefe de la VI División Orgánica, general Batet y de cuantos jefes y oficiales permanecieron leales a la República, el general de brigada D. Emilio Mola Vidal, jefe de la trama conspiratoria conocido como “el Director”, que acababa de llegar de Pamplona para asumir el mando rebelde, hizo llegar al pueblo burgalés, que había acogido con entusiasmo su llegada a la ciudad, el siguiente Bando:

“HAGO SABER: Que por exigirlo la imperiosa, ineludible e inaplazable por encima de toda otra consideración, la salvación de España en trance inminente de sumirse en la más desenfrenada situación de desorden, he resuelto asumir por mi autoridad el mando de las provincias de Burgos, Santander, Guipúzcoa, Álava, Navarra, Logroño y Palencia, que constituyen el territorio de esta División, en las que queda a partir de este momento declarado el estado de guerra………………”

Con este bando y las disposiciones que en él se detallaban, puede decirse que Burgos se convierte, “de facto”, en la capital de la zona sublevada.

A primeras horas del día 23 aterrizaba en el aeropuerto de Gamonal, procedente de Aragón, un bimotor en el que viajaba el veterano general Cabanellas, que fue recibido con honores militares por los también generales Mola, Saliquet y Dávila, a los que acompañaban el arzobispo de Burgos y las nuevas autoridades locales y provinciales.

La comitiva se dirigió hacia la Capitanía General de Burgos, situada en la plaza de Alonso Martínez, que ya se encontraba ocupada por una multitud de enfervorizados burgaleses que habían acudido a recibirles entre aplausos y gritos de adhesión.

Ese mismo día quedó constituida la Junta de Defensa Nacional, que iba a presidir y dirigir el destino de aquella España sublevada.

La Junta quedó presidida por el general de División D. Miguel Cabanellas Ferrer, en su calidad de ser el más antiguo en el escalafón; como vocales quedaron nombrados los generales D. Andrés Saliquet Zamora (1), D. Miguel Ponte y Manso de Zúñiga (2), D. Emilio Mola Vidal y D. Fidel Dávila Arrondo (3); el Estado Mayor quedó integrado por los coroneles D. Federico Montaner Carey y D. Fernando Moreno Calderón (4).

Sobre las seis de la tarde, con la Junta ya formada, sus integrantes, con el general Cabanellas a la cabeza, se asoman a los balcones de Capitanía para dirigir una arenga patriótica a la multitud apiñada a sus pies, que les aplaude y les aclama con entusiasmo, prorrumpiendo a su vez en gritos patrióticos de ¡Viva España! y ¡Viva el Ejército!.

Al día siguiente la Junta tomó una de sus primeras decisiones, al hacer despegar del aeropuerto de Gamonal un avión con destino a Roma, en el que viajaban Antonio Goicoechea (4), Pedro Sainz Rodríguez (5) y Luis de Zunzunegui, con la orden explícita de solicitar ayuda militar al régimen fascista de Mussolini, para poder continuar con la guerra civil que acababa de estallar en la dividida España. Con la llegada a Melilla el día 30 de julio de 7 aviones “Saviola 81” y al puerto de Vigo de un buque con 9 cazas “Fiat” y numeroso armamento, comienza la ayuda de las potencias del eje Berlín-Roma a la España sublevada. Ayuda que no cesaría hasta el año 1939, con la consumación de la derrota del ejército que había permanecido fiel a la II República española.

El 3 de agosto el general Cabanellas, como presidente de la Junta de Defensa, firma un decreto por el que nombra vocal de dicha Junta al general de División D. Francisco Franco Bahamonde, jefe del Ejército de Marruecos y del Sur de España.

La primera visita de Franco a Burgos se produjo el domingo 16 de agosto. Llegó a primeras horas de la mañana al aeropuerto de Gamonal, en un bimotor Douglas DC-1, con capacidad para 14 pasajeros, venía acompañado del general Kindelan y sus respectivos ayudantes.

La ciudad de Burgos se había engalanado para recibirles, sus calles estaban repletas de una multitud que aguardaba impaciente su llegada para vitorearles con entusiasmo; en muchos edificios colgaban de sus balcones la recuperada bandera rojo y gualda, sobre la que lucía el yugo y las flechas. El paroxismo llegó cuando Franco salió al balcón del Palacio de Capitanía a saludar a la multitud congregada en la plaza de Alonso Martínez, dirigiéndola una breve alocución en la que se refirió a la unidad que reinaba en la España nacional y su agradecimiento para el Ejército del Norte, los camisas azules y los boinas rojas, que tantas muestras de heroísmo estaban dando en aquellas transcendentales horas en las que estaba en juego el destino de España y de los españoles.

Después de desayunar, la Junta en pleno se dirigió a la Catedral para cumplir con sus obligaciones religiosas dominicales, asistiendo a una misa solemne oficiada por el arzobispo D. Manuel de Castro Alonso. Al finalizar la ceremonia la comitiva hizo el regreso a pie por el popular paseo del Espolón, enmarcado por dos hileras de un incontable gentío que les saludaba brazo en alto, al estilo fascista, entonando canciones patrióticas y vivas al Ejército, a España, a Cabanellas, a Mola y, especialmente, a Franco.

Por la tarde, la Junta de Defensa Nacional, todavía presidida por Cabanellas, permaneció reunida, deliberando sobre las campañas militares que se debían emprender para ganar aquella guerra que ellos mismos habían iniciado. A la mañana siguiente Franco y Kindelan regresaron a Sevilla en el mismo avión.

Pocos días después, el 30 de setiembre, Burgos volvía a estar de fiesta. La Junta había decidido conceder al general Franco omnímodos poderes, nombrándole Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra Mar y Aire.

La ciudad de Burgos engalanó de nuevo sus calles y los burgaleses volvieron a invadirlas para recibir a su nuevo caudillo, cuya llegada se esperaba sobre las 11 de la mañana, procedente de Valladolid. A la entrada de la plaza de Alonso Martínez por la calle de Laín Calvo se había instalado una gran pancarta de recibimiento, que decía lo siguiente:

“BURGOS, CABEZA DE CASTILLA, CAPITAL DE ESPAÑA, ABRAZA A LOS HÉROES. ¡VIVA EL EJÉRCITO! ¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!”

La comitiva, encabezada por un automóvil en el que viajaban Franco y Mola, fue aclamada de forma incesante por una multitud enardecida, que no cesaba de aplaudirla y vitorearla. En las escalinatas del Palacio de Capitanía les esperaban el general Cabanellas y el resto de la Junta, también se encontraban los generales Álvarez Arenas y Gil Yuste, y el jefe de la División de Burgos, general Benito. Las tropas de guarnición en Burgos rindieron honores militares a los ilustres visitantes, al son de una marcha militar. Acto seguido, Franco y Cabanellas se fundieron en un efusivo abrazo.

La ceremonia de la toma de poderes tuvo lugar al día siguiente, 1 de octubre, en el Salón del Trono del Palacio de Capitanía, en presencia de todas las autoridades eclesiásticas, civiles y militares. Por parte de la Corporación municipal, el alcalde Sr. García Lozano ofreció a Franco el apoyo incondicional de la capital burgalesa. Llegado el momento de los discursos, el Presidente de la Junta, general Cabanellas, fue el primero en hacer uso de la palabra, dirigiéndose al nuevo Generalísimo: “En nombre de esta Junta que represento, os entrego los poderes de que ella está investida….En V. E., soldado de cepa, se conjugan todas las virtudes de la raza y bajo vuestro mando la victoria está asentada entre nosotros….. ¡Arriba España! ¡Viva España! ¡Viva el Jefe del Estado español!…..”. Finalizada la unánime ovación con que fueron premiadas sus palabras por parte de los allí congregados, le llega al turno al general Franco, cuya emocionada respuesta fue la siguiente: “Mi general, generales y jefes de la Junta, podéis sentiros orgullosos de vuesra obra, recibisteis unos pedazos de España y me entregáis una España firme y unida. Os alzasteis en vuestra guarniciones para desplegar la verdadera bandera de España y defender las sagradas tradiciones de nuestro pueblo y de la civilización occidental, atacada por las hordas rojas de Moscú ¡Ponéis en mis manos España! Mi pulso será firme y mi mano no temblará. Estoy dispuesto a llevar a buen término la tarea que me encomendáis o a morir en el empeño, derramando mi sangre por España. Vosotros seguiréis a mi lado. ¡Cuento con vosotros, mis bravos soldados! Y cuento con mis bravos legionarios, falangistas y requetés, dispuestos igualmente a derramar la sangre por la patria amenazada. Juntos y unidos alzaremos de nuevo a España al alto lugar que siempre le ha correspondido en la Historia. ¡Arriba España!

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Las palabras del nuevo Caudillo español provocaron el entusiasmo de la entregada audiencia, que rompió en una estruendosa ovación, acompañada de los gritos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!

Afuera, la plaza de Alonso Martínez continuaba repleta de una multitud ansiosa por saber lo que estaba ocurriendo en la Sala del Trono. Finalmente, Franco tuvo que salir al balcón, esta vez en solitario, para recibir el aplauso y el fervor de los burgaleses, que le aclamaron al grito de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…………….

Desde este momento, aquella España, que los que se habían levantado contra la República llamaban “nacional”, tenía un Caudillo, un Generalísimo, un Jefe de Estado que se puso al frente de lo que ya se empezaba a llamar “El Glorioso Movimiento Nacional”, cuyo proyecto era construir un “Nuevo Estado” que devolviese a España sus viejas glorias. Para ello, era preciso llevar a cabo una auténtica cruzada contra la terrible acechanza del socialismo, el comunismo, la masonería y el ateísmo. Para esta ardua tarea contaban con el complacido beneplácito de la Iglesia española, que no dudó en apoyarla públicamente desde el púlpito de las iglesias.……………..La capital de ese Nuevo Estado y de esa Cruzada iba a ser Burgos.

Con la capitalidad se empieza a instalar en Burgos todo el aparato burocrático del Nuevo Estado. Muchos edificios públicos y privados se convierten en las nuevas sedes de los nuevos Ministerios y Organismos oficiales, como la Jefatura del Movimiento y el Ministerio de Agricultura, que se instalan en el Ayuntamiento, bajo la dirección de Raimundo Fernández Cuesta, obligando al nuevo alcalde, Manuel de la Cuesta, a trasladar su despacho al cercano Círculo de la Unión del paseo del Espolón, donde a partir de entonces también se celebraron los plenos municipales. En el Palacio de la Diputación se establecen el Ministerio del Interior, la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda y la redacción de Radio Nacional, todo bajo el control de Serrano Súñer. La Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera se instaló en un convento de clausura cercano al Palacio de la Isla. En el edificio del Ayuntamiento también se establece la Junta Técnica del Estado, bajo la dirección del general Dávila, que asume las funciones de Ministerio de Industria. El histórico Palacio del Condestable, popularmente conocido como “la Casa del Cordón”, pasa a ser la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y el Palacio de la Audiencia acoge al Ministerio de Hacienda……………..

A imitación del nazismo y el fascismo, también se suceden todo tipo de masivas celebraciones, de carácter militar, religioso y político principalmente, en las que predomina la ideología fascista del aparato propagandístico de la Jefatura del Movimiento, todo orquestado desde los medios de prensa y radio locales, como “El Diario de Burgos”, “El Castellano”, Radio Castilla y más tarde Radio Nacional, totalmente controlados por la Falange. Todo ello con el propósito de legitimar aquel régimen militar, buscando el mayor consenso por parte de la población civil.

Cuando Serrano Súñer (7) se hace cargo del Ministerio de la Gobernación, en diciembre de 1938, se apresura a crear las Delegaciones Nacionales de Prensa y Propaganda, cuyo objetivo prioritario era establecer una España oficial, mediante el control de todos los medios de comunicación, difusión y propaganda, encauzando ideológicamente cualquier tipo de manifestación de carácter social, cultural, festivo, popular…………., llegando incluso a establecerse un nuevo calendario de fiestas oficiales.

Como no podía ser de otra forma, las primeras adhesiones al régimen de Franco llegaron de los regímenes totalitarios de Italia y Alemania. El 18 de noviembre de 1936 los Gobiernos del Hitler y Mussolini reconocen oficialmente a la España de Franco. La noticia la hace pública el día 19 la Secretaría de Relaciones Exteriores de Franco, que suplía las funciones de Ministerio de Asuntos Exteriores. El III Reich ha enviado su embajador, el barón Von Storher, a Salamanca, donde se encuentra el Cuartel General de Franco. En Burgos, al conocerse la noticia un numeroso gentío se ha concentrado en la Plaza Mayor y en otros puntos de la ciudad, lanzando vivas a Alemania, Italia, España, Hitler, Mussolini y Franco. En marzo de 1937 llega a Salamanca Roberto Cantalupo, embajador del Duce.

“Una eficaz acción de gobierno, cual está realizando el Nuevo Estado español, nacido bajo el signo de la unidad y grandeza de la Patria, requiere supeditar al bien común cualquier tipo de interés individual o colectivo…………….”

Así daba comienzo el Decreto nº 259, dado por Franco en Salamanca, el 19 de abril de 1937, difundido el día 20 por Radio Castilla de Burgos y Radio Nacional de España, por el cual se unificaban, política y militarmente, las milicias de la Falange y los Requetés, dando paso a una nueva organización denominada Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.(8), que queda bajo el mando personal y único del general Franco. Con esta disposición Franco acapara todos los poderes del Estado, consolidando su mando único y reforzando su caudillaje, tanto político como militar.

La ceremonia de confirmación oficial de este decreto tuvo lugar unos meses más tarde, el 2 de diciembre de 1937, en la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas, presidida por el propio Caudillo, quien ante los Santos Evangelios, sobre los que se había colocado la cruz de la batalla de las Navas de Tolosa, con el Primado de España, cardenal Gomá como testigo, pronunció el siguiente juramento:

“Ante Dios juro darme siempre al servicio de la Unidad, la Grandeza y la Libertad de España, vivir con la Falange Española Tradicionalista en hermandad y conducirla como Jefe. En el nombre de Dios juro darme en servicio con exactitud y vigilancia, con milicia y sacrificio de la misma vida por la Grandeza Imperial de España”.

Acto seguido, el Secretario General del Consejo Nacional del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, da lectura al juramento de lealtad del Consejo:

“¿Juráis lealtad a nuestro Caudillo, fidelidad estricta a sus mandatos, custodia a su persona y entregaros en hermandad cristiana a los demás miembros del Consejo Nacional?”

Todos los Consejeros, con su Secretario General a la cabeza, desfilaron ante Franco y los Evangelios, y con su mano derecha sobre ellos pronunciaron su juramento: “Así lo juro en el nombre de Dios sobre los santos Evangelios”.

En agosto de 1937, el nuevo Estado del Vaticano, reconocido recientemente por Mussolini, también reconoce de facto el Gobierno de Burgos, mediante un telegrama que Su Santidad Pío XI, gran enemigo también del comunismo y el socialismo, remite al general Franco en los siguientes términos: “Elevando nuestra alma a Dios, agradecemos a Él, sinceramente con Vuestra Excelencia, por la victoria de la España Católica”.

La adhesión del episcopado español al nuevo régimen político surgido del alzamiento militar del 18 de julio de 1936, y su posterior bendición a lo que calificaron como “Cruzada de Liberación”, quedó así plenamente refrendada por la máxima e infalible autoridad del Sumo Pontífice de Roma. Pío XI fallecería en Roma el 11 de febrero de 1939. En el Solio Pontificio se sentaría su sucesor Pío XII, que se manifestó contra el nazismo y también contra el comunismo, pero que reconoció explícitamente el régimen de Franco, con el que en 1953 firmo un Concordato que concedía carácter de legitimidad al “Nacional-catolicismo” implantado oficialmente en España.

El día 3 de enero de 1938 Franco se decidió a nombrar lo que podría denominarse como su primer Gobierno de carácter formal, en el que dio cabida a los más conspicuos representantes de las corrientes políticas que seguían presentes en aquella España ultra nacionalista. Entre los monárquicos, eligió al general Jordana como ministro de Asuntos Exteriores y a Andrés Amado como ministro de Hacienda; el conde de Rodezno como ministro de Justicia y Pedro Sáinz Rodríguez de Educación Nacional, representaban a la Comunión Tradicionalista; el falangista González Bueno se convirtió en ministro de Trabajo y el “camisa vieja”, Raimundo Fernández Cuesta siguió como Secretario General del Movimiento, además de ministro de Agricultura; el general Martínez Anido, ministro de la Gobernación con Primo de Rivera, pasó a ser ministro de Orden Público; su concuñado, Ramón Serrano Súñer, que había conseguido evadirse de la “zona roja”, pasó a ser ministro de la Gobernación, convirtiéndose en realidad en su hombre de confianza y consejero más directo; a su paisano y viejo amigo, Juan Antonio Suanzes, le nombró ministro de Industria y Comercio; la fidelidad de su incondicional general Fidel Dávila fue premiada con el Ministerio del Ejército; el único tecnócrata de este Gobierno fue el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Alfonso Peña Boeuf, a quien Franco nombró ministro de Obras Públicas. Se echó en falta la notable ausencia del general Mola, que había fallecido el 3 de junio de 1937, en un fatídico accidente de aviación ocurrido en el pueblo burgalés de Alcocero, a unos 30 km. de Burgos, en una mañana de niebla cuando se dirigía con su Estado Mayor a la capital burgalesa.

El escenario donde estos nuevos prohombres de la Patria juraron su cargo fue de nuevo la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas, en una ceremonia que Serrano Súñer definió como “íntima, ferviente y devota, como una vigilia en armas”. En esta ocasión, el acto se cerró en el claustro con un vino español, acompañado por las tradicionales pastas de yema de huevo, elaboradas por las propias monjas del Monasterio. El primer Consejo de Ministros se celebró aquella misma tarde en el Palacio de la Isla, residencia oficial de Franco y su familia, incluida la de su cuñado Serrano Súñer, en la capital burgalesa.

De este Gobierno empezaron a surgir las “Leyes Fundamentales”, por las que se iba a regir España durante los siguientes 40 años. Una de las primeras que se promulgó fue el “Fuero del Trabajo”, aprobado el 9 de marzo de ese mismo año.

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Para estas fechas, el desarrollo de la guerra era claramente desfavorable para el Ejército de la República. El Pacto de No Intervención, firmado en agosto de 1936 por 27 países europeos, entre los que se encontraban Alemania, Italia y Portugal, que no cesaron de apoyar a la España sublevada con envíos de hombres y armamento hasta el final de la contienda, habían dejado aislada a la República española, que solo pudo contar con los voluntarios de las Brigadas Internacionales que se negaron a marchar, y los envíos militares de Rusia, cada vez más escasos. La inferioridad logística entre ambos ejércitos se hizo tan evidente, que las posibilidades de una victoria republicana cada vez eran más remotas.

En el mes de julio de 1938, tratando de equilibrar la marcha de la guerra, la República lanza una desesperada ofensiva en la parte baja del valle del Ebro, por las provincias de Zaragoza y Tarragona, que ha pasado a nuestra historia militar como “La Batalla del Ebro”, que se prolongó hasta el mes de noviembre, acabando con la victoria de las tropas de Franco, aunque ambos contendientes sufrieron enormes pérdidas, tanto en vidas humanas: se calcula una cifra aproximada de 100.000 muertos entre los dos bandos, como en material bélico, cuyo valor resulta prácticamente incalculable; la aviación republicana quedó totalmente destruida y 20.000 combatientes republicanos cayeron prisioneros.

El propio Presidente Negrín, en el mes de setiembre reconoce la imposibilidad de ganar la guerra y apunta, como posible solución al conflicto español, una conciliación política entre las partes contendientes, para lo cual se muestra dispuesto a ordenar un alto el fuego a sus tropas. Pero la respuesta del Gobierno de Burgos no puede ser más tajante: “El Gobierno Nacional de España no aceptará jamás como fin de la guerra otra solución que no sea la rendición sin condiciones del enemigo. Toda campaña o sugerencia en sentido contrario representa una eficaz ayuda a la destrucción de España, que no otra cosa supondría cuanto desvirtuase en lo más mínimo el triunfo rotundo del Ejército Nacional. Al realizar esta declaración, el Gobierno no hace sino reconocer fielmente los anhelos de una Nación que está defendiendo heroicamente sus esencias históricas”.  

Así de rotundo y de seguro se siente el general Franco de su victoria final sobre los enemigos seculares de la España inamovible y eterna, a la que está dispuesto a conducir personalmente “por el Imperio hacia Dios”. Respuesta, por otro lado, muy parecida a la que había dado el cardenal Isidro Gomá en una de sus intervenciones en el Congreso Eucarístico de Budapest, celebrado el pasado mes de mayo: “Paz, sí. Pero cuando no quede un adversario vivo”. Tanto para Franco como para el Cardenal, la paz significaba el total aniquilamiento del enemigo.

El 1 de octubre, Burgos volvía a celebrar entusiásticamente “el día del Caudillo”, con ostentosas manifestaciones callejeras de un nacionalismo triunfalista y vociferante. Desde los órganos de propaganda del Régimen, a través de la prensa, la radio y miles de octavillas panfletarias se intentó llegar a los restos de la España republicana un mensaje en el que se mezclaba la burla con la esperanza:

“En la España nacional, una, grande y libre, no hay un hogar sin lumbre ni una familia sin pan. Vuestros jefes exportan las cosechas y malgastan el oro en propagandas calumniosas o en comprar armas con que prolongar vuestra agonía. La España nacional siente la angustia que padecéis y os envía una muestra de su recuerdo para los niños, las mujeres y los ancianos. Todo es mentira, todas las propagandas rojas. Éste el pan de cada día en la España de Franco, el que guardamos en nuestros graneros para compartirlo el día de la liberación con los hermanos católicos”.

Durante este mes de octubre embarcaron en Cádiz, rumbo a Italia, los últimos 10.000 voluntarios italianos que habían luchado junto a las tropas de Franco.

La política social del Régimen, propiciada por la reciente entrada en vigor del “Fuero de Trabajo”, no tardó en ser utilizada por el aparato propagandístico fascista como un gran logro de la Justicia Social de Franco para la clase obrera española.

En el mes de marzo de 1939, con la guerra prácticamente finalizada, se organizó en el mismo Palacio de la Isla, residencia familiar de los Franco, el acto de entrega a treinta y siete matrimonios españoles con familia numerosa, de un sobre con el importe del correspondiente Subsidio Familiar, que el propio Franco les entregó personalmente, interesándose al mismo tiempo por la marcha de su trabajo y sus necesidades familiares; estuvieron presentes Doña Carmen Polo, su hija Carmencita y el resto de la familia, acompañada por la jefe de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, quienes también departieron amigablemente con los matrimonios beneficiados. Estuvieron igualmente presentes el Arzobispo, varios ministros y las principales autoridades municipales y civiles, junto con un nutrido grupo de fotógrafos, reporteros y operadores del NODO, que captaron el acto para su posterior difusión a mayor gloria del Nuevo Estado. Tanto los jardines de Palacio como los alrededores del Paseo de la Isla se llenaron de una multitud de burgaleses pendientes del acto, al que premiaron en varias ocasiones con fuertes aplausos.

El Ayuntamiento había considerado a aquellas familias como huéspedes de honor de la ciudad, buscándoles alojamiento en las casa de otros tantos trabajadores burgaleses y obsequiándoles por la tarde con una merienda en el Hotel Condestable, seguida de una película en el cercano Cine Avenida.

El último parte de guerra llegó a los burgaleses el día 1 de abril de 1939, a través de los micrófonos de Radio Nacional de Burgos, en la voz emocionada del locutor Fernando Fernández de Córdoba, que le anuncio haciendo tañer un gong, seguido de un toque de silencio:

“Último parte: La guerra ha terminado. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, primero de abril de 1939. Año de la Victoria.

El Parte estaba firmado por el Jefe del Estado, general Franco, que precisamente aquel día se encontraba en cama, convaleciente de una ligera enfermedad.

Aquel Movimiento Nacional que la España rebelde había iniciado el 18 de julio de 1936 había conseguido una aplastante victoria militar. Su primer objetivo se había cumplido. A partir de aquí, España se iba a convertir en ¡Una, Grande y Libre!.

Desaparecido el obstáculo que representaba la subsistencia del gobierno republicano, el gobierno de Burgos pone abiertamente en marcha su política imperialista pro eje Roma-Berlín, haciendo público un tratado firmado en la capital burgalesa el 27 de marzo, días antes de dar por finalizada la guerra, por el cual España se adhería al pacto anticomunista, suscrito por el Imperio del Japón, la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini. El protocolo de este Pacto Antikomintern lo firmaron el ministro español de Asuntos Exteriores, conde de Jordana, el embajador de Alemania, barón Von Stohrer, el embajador italiano, conde de Campalto y el ministro del Japón, Mañotu Yaño. Su objetivo era asegurar la colaboración de los países firmantes contra cualquier tipo de injerencia de la Internacional bolchevique, al tiempo que se estrechaban las relaciones de amistad entre los países firmantes y para que sirviera de advertencia a las potencias occidentales. Queda así formado el eje Berlín-Roma-Burgos-Tokio. Tanto el Führer como el Duce, felicitaron personalmente a Franco por unirse a dicho pacto.

Por si resultara insuficiente, la postura política del Gobierno de Burgos con respecto a Europa queda perfectamente clarificada en el mes de mayo, al pedir oficialmente el ministro de Asuntos Exteriores Sr. Jordana, la salida de España de la Sociedad de Naciones.

Con la práctica desaparición de las operaciones militares, la actividad política del Nuevo Estado se multiplica, con Burgos como escenario y los burgaleses como privilegiados espectadores de primera fila. En el Palacio de la Isla se suceden los Consejos de Ministros, así como las reuniones en Capitanía, el Ayuntamiento, la Diputación y las sedes de los distintos Ministerios y Sindicatos. También comienzan a llegar los Embajadores de los diferentes países que empiezan a reconocer el nuevo Estado surgido de la victoria del 1º de abril, como Perú y los Estados Unidos, a los que se les recibe con toda clase de honores en solemnes recepciones, siempre en medio de un caluroso entusiasmo popular. También son frecuentes los homenajes falangistas a sus héroes caídos en la lucha contra las hordas rojas, con especial preferencia hacia la figura del protomártir José Antonio, todos dentro del marco de una parafernalia fascista de “camisas viejas” con el brazo en alto, cantando el “Cara al Sol” y gritando consignas rematadas con el grito unísono y fervoroso de: “Por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista”. De Italia llegó el conde Ciano, que fue recibido por su amigo Serrano Súñer e invitado a comer por el Generalísimo; a su paso por las calles de Burgos recibió un rendido homenaje de fervor por parte de los miles de burgaleses que acudieron a recibirle. Al día siguiente, acompañado por el general Dávila y otras autoridades, acudió a visitar el Monumento erigido en el alto del Escudo a los legionarios italianos caídos en la batalla de Santander (9), depositando una ofrenda de coronas de flores en la capilla del anexo cementerio.

En el mes de agosto, al regresar a Burgos de su estancia veraniega en San Sebastián, el Jefe del Estado y del Gobierno, general Franco, decide remodelar su Consejo de Ministros, para adecuarlo a los nuevos tiempos de gloria que se avecinan, formando lo que se denominó como el “Gobierno de la Paz”.

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Con más presencia de militares, pero menos monolítico y monocolor que el anterior, bajo la presidencia indiscutible del general Franco el día 11 de agosto el nuevo Gobierno quedó constituido de la siguiente manera: La Secretaría General del Movimiento pasa a manos del general Muñoz Grandes; Juan Beigbeder Atienza se convierte en el nuevo ministro de Asuntos Exteriores; el general Juan Yagüe Blanco, compañero de armas del Caudillo, es nombrado ministro del Aire; el general Varela se convierte en ministro del Ejército y el vicealmirante Salvador Moreno en ministro de Marina; Esteban Bilbao Eguía es el titular del nuevo Ministerio de Justicia; se unifican los Ministerios de Agricultura y Trabajo, que pasan a manos de Joaquín Benjumea; José Ibáñez Martín pasa a ser ministro de Educación Nacional; la Cartera de Hacienda es para José Larraz López y la de Industria y Comercio para Luis Alarcón de la Lastra; Ramón Serrano Súñer y Alfonso Peña Boeuf siguen siendo los titulares de Gobernación y Obras Públicas, respectivamente; el nuevo Gabinete se completa con los ministros in cartera Rafael Sánchez Mazas y Pedro Gamero del Castillo.

La autoridad de su cuñado Serrano Súñer salió también reforzada con el nombramiento adicional de Jefe de la Junta Política.
Por estas fechas Europa se encuentra en estado pre bélico y de máxima expectación, ante las ambiciones imperialistas de la Alemania nazi, que pretende anexionarse el territorio fronterizo de Dantzig. El conflicto bélico estalla el día 1 de setiembre, con la entrada en Polonia por varios sitios de tanques y tropas nazis y el bombardeo de Varsovia por la aviación alemana. Francia responde inmediatamente declarando la guerra a Alemania, imitándola poco después Gran Bretaña y la mayoría de los países de la Commonwealth.
Ante la gravedad de la situación, el Gobierno de Franco se apresura a declararse oficialmente neutral, mediante la publicación del siguiente decreto:

“Constando oficialmente el estado de guerra que, por desgracia, existe entre Inglaterra, Francia y Polonia, de un lado, y Alemania de otro, ordeno por el presente decreto la más estricta neutralidad a los súbditos españoles, con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional”.

Dado en Burgos, a 4 de septiembre de 1939. Año de la Victoria.

Firmado: FRANCISCO FRANCO”. España, al menos operativamente, se mantenía fuera del conflicto.

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Después de la profunda remodelación de su Consejo de Ministros, a Franco no le queda otra opción que remodelar igualmente el Consejo Nacional del Movimiento, cosa que lleva a cabo el 26 de setiembre, con la misma solemnidad y en el mismo escenario donde tuvo lugar el nombramiento del primero, en diciembre de 1937:

En la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas los nuevos Consejeros Nacionales juran su cargo ante el Generalísimo Franco. En esta ocasión la asistencia a la solemne ceremonia es mucho mayor, pues además de las consabidas jerarquías militares, civiles y eclesiásticas y de numerosos invitados, están presentes el Gobierno en pleno y el Cuerpo Diplomático acreditado en Burgos, destacando la presencia del embajador de Francia, mariscal Petain, al lado del embajador de Alemania barón Von Stohrer. Franco hizo su entrada en el recinto bajo palio, como ya era habitual en este tipo de actos religiosos, acompañado por el Cardenal Primado, el Arzobispo de Burgos y la Abadesa del Monasterio. Tras la ceremoniosa misa de Espíritu Santo, los nuevos consejeros de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, encabezados por Ramón Serrano Súñer, pronunciaron la fórmula ritual del juramento a los principios del Movimiento. Al finalizar el acto, Franco impuso al arzobispo de Burgos, doctor Castro, la Gran Cruz del Yugo y las Flechas y se entonó el “Cara al Sol”.

También con más pompa y fastuosidad si cabe que en años anteriores, el 1 de octubre se vuelve a celebrar en Burgos la Fiesta del Caudillo, para conmemorar el tercer aniversario de la proclamación del general Franco como Jefe del Estado. Para ello, las calles de la ciudad han sido engalanadas con profusión de banderas y gallardetes y en muchas ventanas, balcones y miradores cuelgan banderas nacionales y del Movimiento, luciendo los nuevos símbolos del águila imperial y el yugo y las flechas. La fiesta comenzó en la Catedral, en la que Franco entró bajo palio, siendo recibido por el Arzobispo, que se encargó de presidir la ceremonia religiosa en su honor, a la que asistieron los ministros del Gobierno, los consejeros nacionales, los jefes militares, las autoridades burgalesas, el cabildo catedralicio y las representaciones extranjeras que habían dado su placet al nuevo Estado español, destacando la presencia del Nuncio de Roma. Después de la ceremonia, Franco, escoltado por su Guardia Mora y jaleado por el aplauso y los vítores de miles de burgaleses que habían llenado de nuevo las calles para mostrarle su adhesión, se trasladó a Capitanía, donde tuvo lugar la recepción oficial.

“Cinco palabras que resumen

todo un ingenio y noble afán.

en el desfile luminoso,

en la parada militar,

hombres y mujeres a codazos:

¡Vamos a ver al General!”

(J.Mª Pemán) 

¡El Gobierno se marcha a Madrid! En el último Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de la Isla, el Gobierno, prácticamente por unanimidad, decide trasladar la capitalidad de la nueva España a la reconquistada ciudad de Madrid.

Hay que preparar la despedida y el alcalde, Florentino Martínez Mata (10), hace un llamamiento a todos los burgaleses para que acudan a despedir a Franco de forma masiva y cariñosa.

En la mañana del 19 de octubre, el Ayuntamiento y la Diputación en pleno se presentan ante S. E. para rendirle homenaje y manifestarle su incondicional adhesión, al mismo tiempo que le ofrecen, como regalo de despedida y en señal de gratitud, el Palacio de la Isla. El alcalde de la ciudad castellana se comprometió también a conservar aquel palacio tal como se encontraba, tras haber sido usado como residencia del general desde los comienzos de la Guerra Civil; desde allí dirigió y enderezó el curso de la guerra hasta la victoria final. El invicto general, después de manifestar que “.. .he pasado en este despacho los días más difíciles y decisivos de la Historia de España. Vinimos para dirigir y enderezar desde aquí la guerra en el Norte, en Levante y en el Sur, y aunque no he podido disfrutar de las delicias de esta ciudad, he apreciado en todo momento el cariño y entusiasmo de este noble pueblo burgalés, del que marcho altamente agradecido”, aceptó el ofrecimiento, prometiendo volver a pasar en él alguna temporada, mostrándose sumamente agradecido por la generosidad y nobleza del pueblo burgalés.

Sobre las tres de la tarde, el Caudillo, con el uniforme de Capitán General, acompañado del jefe de su Casa Militar, general Moscardó y seguido de una larga comitiva, abandonó el Palacio de La Isla y se dirigió lentamente hacia la carretera de Madrid, por unas calles profusamente engalanadas con banderas, gallardetes y pancartas, llenas de una entusiasmada muchedumbre que la despedía con los gritos fervorosos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! y ¡Viva España! ¡Arriba España!

Burgos dejaba de ser capital de la Cruzada y el Palacio de la Isla tan sólo volvió a abrir sus puertas para recibir a su nuevo propietario en las esporádicas visitas que efectuaba a la capital castellana.

”… y la ciudad, como al Caballero de Vivar, le dio como presente el corazón y hoy le dice: “Caudillo, aquí está Burgos, Gloria a Dios en las Alturas y alabanza a ti, Salvador de España”. (Diario de Burgos. 19.10.1939).

El 20 de octubre, Burgos dejaba de ser la capital del Nuevo Estado para volver a recuperar el pulso de lo que había sido antes del 18 de julio del 36, una capital de provincia en la que la vida transcurría sin demasiados sobresaltos, cuyo pulso lo marcaba el tañer de los miles de campanas de sus iglesias y conventos.

En 1936 Burgos era una ciudad de 40.000 habitantes y en 1939 pasaban de 100.000, pero sus infraestructuras seguían siendo las mismas, no se habían creado nuevos espacios para asimilar semejante crecimiento, lo que quiere decir que durante los tres años de guerra se había improvisado casi todo, tomando medidas sobre la marcha, para solucionar problemas que también surgían sobre la marcha. Pero tanto las instituciones locales como la población burgalesa se habían volcado en asumir con dignidad y orgullo el papel de capitalidad que les había tocado representar.

Ahora llegaba la resaca, ya anunciada por el propio general Franco en su discurso de despedida: “…..ahora, de momento, sufriréis las consecuencias de la resaca producida por la marcha de los órganos oficiales que aquí se instalaron durante la guerra……” y, lógicamente, el desencanto de ver como se esfumaban las ilusiones de una parte de la oligarquía burgalesa de ver convertida su ciudad en la auténtica capital de España.

El Ayuntamiento se había endeudado atendiendo las numerosas necesidades económicas que generaba el mantenimiento del aparato burocrático, administrativo y doméstico del Régimen. La angustiosa situación económica ya se había planteado en algunos plenos municipales por parte de los concejales Sres. Echevarrieta y Ávila, que habían propuesto solicitar ayuda económica al nuevo Estado, para paliar, al menos en parte, los importantes gastos que el mantenimiento de la capitalidad estaban ocasionando al municipio, cuyas arcas estaban prácticamente vacías. La respuesta del por entonces alcalde en funciones, Sr. Martínez Lostau, fue siempre la misma o parecida: “….que se hubiera dicho de la corporación si por cicatería no se hubieran realizado obras de adaptación para los organismos oficiales, máxime en estos momentos en que Burgos, como capitalidad del Nuevo Estado, recibe constantes visitas de todas partes, y es lógico que con la resonancia mundial que su nombre ha alcanzado se encuentre compensación sobrada….”

En el pleno municipal del 27 de mayo de 1939, presidido por el recién nombrado alcalde, Florentino Martínez Mata, acompañado por los también recién nombrados tenientes de alcalde, señores Díaz Reig, Conde, Rodríguez, Carazo y Martín Cobos, todos ellos “camisas viejas”, que habían colaborado desde el principio con el Glorioso Movimiento Nacional, después de aceptar las cuentas del consistorio saliente, se tomaron diversos acuerdos para hacer frente al pago de la deuda y sus intereses, que representaba más de un tercio del presupuesto municipal, y también para comprar el Palacio de la Isla (12), que el Consistorio pensaba regalar a Franco en nombre de la ciudad. Para ello, se acordó solicitar un crédito de 1.100.000 pts. a la Caja de Ahorros Municipal. Se acordó también iniciar la construcción de la Academia Militar de Ingenieros (11) y elevar la subvención para la construcción de casas baratas para los obreros de 10.000 a 50.000 pesetas.

Tras los primeros años triunfales que siguieron a la victoria, en la España de Franco se pasó de una euforia triunfalista a una situación de pobreza generalizada, en la que las carencias eran enormes, afectando incluso a los artículos de primera necesidad, como el pan, la leche y el azúcar. Sólo los jerarcas del Régimen y sus compinches vivían en la opulencia.

Burgos no fue una excepción. El agradecimiento de Franco a la ciudad de Burgos, que le había acogido y aclamado durante los tres primeros años triunfales, prácticamente no se notó hasta que fue incluida en el Primer Plan de Desarrollo de 1964, que incluía la creación del Polo de Promoción Industrial de Burgos.

En el plano honorífico, en 1961 Franco concedió a Burgos el título oficial de “Capital de la Cruzada”, que ha ostentado, no sé si con orgullo, hasta que en el mes de febrero de 2008 deja de ostentarlo, como resultado de la decisión unánime de los tres grupos municipales de la ciudad: Partido Popular, PSOE y Solución Independiente. A Burgos le quedan los de “Muy Noble y Muy Leal”, de los que sí se puede sentir orgullosa. 

NOTAS

  • El general Saliquet había sido gobernador militar de Santander durante la dictadura del general Primo de Rivera, haciéndose tristemente célebre por la implacable persecución a la que sometió a cualquier tipo de oposición, persiguiendo y encarcelando a numerosos dirigentes políticos y sindicales.
  • El general retirado Ponte y Manso de Zúñiga era un aristócrata y gran terrateniente, propietario de numerosas fincas rústicas en la Rioja, que había participado junto al general Sanjurjo en la intentona del golpe de estado del 10 de agosto de 1932. Huido a Portugal, regresó a España después de la amnistía concedida en 1933 por el Gobierno cedo-radical de Lerroux. El 18 de julio, Ponte y Saliquet se encontraban en Valladolid encabezando la rebelión militar, siendo los encargados de detener a su superior en el mando, el general Melero, que se negó a participar en el alzamiento, por lo que fue fusilado posteriormente.
  • El general Dávila había pedido el pase a la reserva a raíz de la reforma militar llevada a cabo por Azaña. Se trasladó a vivir a Burgos, de donde era su mujer, la aristócrata doña Teresa Jalón Rodríguez. En la capital burgalesa se erigió en la cabeza visible de la trama contra la República. Tras la sublevación del 18 de julio se apoderó del Gobierno Civil y se auto nombró gobernador civil.
  • Antonio Goicoechea era el presidente de Renovación Española, uno de los partidos derrotados en las elecciones de 1936, en las que perdió su acta de diputado. Tomó parte activa en el complot contra la República y mantuvo buenas relaciones con el conde Ciano, razón por la cual participó en dicha misión. El 18 de julio se encontraba en Burgos.
  • Pedro Sainz Rodríguez después del asesinato de Calvo Sotelo se convirtió en el líder del Bloque Nacional, participando activamente en el complot anti republicano como enlace con el general Sanjurjo, deportado a Portugal. En 1938 el general Franco le nombra Ministro de Educación Nacional del Nuevo Estado.
  • El coronel Moreno Calderón era el jefe de Estado Mayor del general Batet y uno de sus aprehensores.
  • Serrano Súñer se encontraba en Madrid el 18 de julio, siendo recluido en la Cárcel Modelo, de donde, alegando una enfermedad gástrica, consiguió que le enviaran a una clínica privada, de la que consiguió escapar y refugiarse en la Embajada holandesa. Con un visado republicano falso logró llegar hasta Alicante, donde se reunió con su mujer y sus hijos y de allí marchar a Francia y a través de Hendaya entrar en la zona nacional. En febrero de 1937 consiguió reunirse con su cuñado, el general Franco, incorporándose rápidamente a la dirección política del nuevo Régimen. Estaba casado con Ramona Polo Menéndez Valdés, familiarmente conocida como “Zita”, hermana de Carmen Polo, la mujer de Franco.
  • Las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas), fue el resultado de la unión, en octubre de 1931, del grupo de Ramiro Ledesma Ramos, cuyo órgano representativo era el semanario “La Conquista del Estado”, con las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica que lideraba Onésimo Redondo. Utilizaban como emblema las cinco flechas enlazadas por el yugo y como lema “¡España Una, Grande y Libre!”.
  • La batalla de Santander se libró después de la caída de Vizcaya, entre el 14 de agosto de y el 17 de setiembre de 1937, en que cayó la capital montañesa. La ofensiva nacionalista salió de Burgos y estaba formada por 3 divisiones y 1 brigada del CTV italiano, con el apoyo de 6 brigadas navarras y 2 brigadas castellanas, al mando del general Dávila. Los primeros combates se iniciaron en la línea formada por Reinosa, el puerto del Escudo, Barruelo, Santullán, Aguilar de Campoo y Soncillo.

(10)Florentino Martínez Mata era ingeniero de Montes y jefe local de Falange en Burgos. El 27 de mayo de 1938 el gobernador civil de Burgos, José Álvarez Imaz, le nombra alcalde, poniéndole al frente de una nueva corporación municipal, que fue llamada de la Paz. Dimitió en agosto de 1941.

(11) El edifico de la nueva Academia, situado en el cruce de las carreteras de Vitoria y Logroño, se acabó de construir en 1954

(12) El Palacio de la Isla pertenecía a los condes de Muguiro, una familia burgalesa de origen navarro, ennoblecida por Alfonso XII, que le utilizaba como residencia de verano, pues habitualmente residían en Madrid. El palacio fue construido en el siglo XIX por el arquitecto Carlos Zavara, tiene toques modernistas y consta de dos plantas más la buhardilla habitable, con zona ajardinada y un pabellón a la entrada, ocupando todo el recinto una extensión de unos 13.300 metros cuadrados. A principios de marzo de 1940 toda la finca fue adquirida a Doña Francisca de Muguiro, viuda de D. Juan Muguiro, por la suma de 821.025 pesetas, cuyo pago fue asumido a partes iguales por el Ayuntamiento y la Diputación.

Desde el 12 de agosto de 1937 se convirtió en la residencia oficial de Franco y su familia. También vivieron en él Ramón Serrano Súñer y su familia; la hermana de Doña Carmen Polo, Isabel Polo de Guezala y su marido; el hermano de ésta, Felipe Polo y el primo y secretario personal de Franco, general Francisco Franco Salgado Araujo.

Paco Blanco, Barcelona, enero 2015

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