BURGOS MEDIEVAL. TRES GESTAS DEL CID. -Por Francisco Blanco-

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“Gesta bellorum possumus referre
Paris et Pyrri necnon et Eneae,
multi poete plurima in laude
que conscripsere.”
 

(Gestas guerreras podemos narrar
de Paris y Pirro, y también de Eneas
que muchos poetas en loor suyo
han reunido.)

Estos son los primeros versos del “Carmen Campidoctoris”, poema épico y panegírico en el que se ensalzan tres de las gestas del héroe burgalés Rodrigo Díaz de Vivar, más universalmente conocido como el Cid Campeador. No caben muchas dudas  sobre las intenciones del autor de equiparar al caudillo castellano con los fabulosos héroes de la mitología greco-latina, como Paris y Eneas, cantados por Homero y Virgilio, de ahí que también se le conozca como El Poema latino del Cid.

Según la opinión de historiadores medievalistas tan eminentes como D. Ramón Menéndez Pidal o el burgalés D. Gonzalo Martínez Díez (1), está escrito entre los años 1182 y 1193 y su autor pudiera ser un monje del Monasterio de Roda de Isábena, por entonces capital del condado de Ribagorza, perteneciente actualmente a la provincia de Huesca. Posteriormente fue trasladado al Monasterio de Ripoll, en Gerona, donde fue encontrado y en la actualidad, sin que el que esto escribe sea capaz de explicar las razones, se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.

Del Códice original tan solo se conservan 129 versos, los primeros 128 formados por estrofas de cuatro versos, tres sáficos y uno adónico; del verso 129 únicamente son legibles las dos primeras palabras. Se trata de un fragmento de un poema encomiástico de la figura y hazañas del Cid, escrito en un latín culto, posiblemente compuesto para celebrar las bodas del conde catalán Ramón Berenguer III el Grande, con la hija menor del Cid, María Rodríguez, que tuvo lugar el año 1098, viajando ese mismo año el matrimonio al Monasterio de Ripoll. Es muy posible que el autor se inspirase en la “Historia Roderici”, una crónica biográfica escrita por un testigo presencial durante la segunda mitad del siglo XII, que es la biografía más antigua y más fiable de la vida y hazañas del héroe de Vivar. Existe otro poema, “El Cantar de mio Cid”, sin duda el más famoso, que es un cantar de gesta anónimo, en el que se relatan hazañas heroicas del Cid, en las que se mezclan lo real con lo imaginario, relativas a los últimos años de la vida del Campeador. Se compuso hacia el año 1200 y está escrito en “lengua romance” de alto valor literario, alcanzando en poco tiempo una gran difusión popular.

La primera gesta que se describe en el “Carmen Campidoctoris” tuvo lugar en el año 1063 y se refiere al singular combate que mantuvo Rodrigo, cuando era un mozalbete de quince años de edad, con el gigante navarro Eximeni Garcés, caballero de la Corte de Pamplona que se había ganado merecida fama de invencible, a quien, tras más de tres horas de duro e implacable combate, consiguió vencer asestándole un terrible mandoble en plena cabeza, que casi le parte en dos. Esta sonada victoria le valió el sobrenombre de “Campeador”, que según Martínez Díez se identifica con el concepto de luchador, guerrero o campeón que reta a sus enemigos a combate singular. No tardó en difundirse este triunfo por todos los reinos cristianos, causando la admiración de las gentes y también la del infante D. Sancho, futuro rey de Castilla, que le tomó bajo su protección, no tardando en armarle caballero y convertirle en su lugarteniente favorito nombrándole Alférez general del reino.

La segunda hazaña del Campeador, cantada en el poema, tiene lugar en el 1079, siete años después de que Alfonso VI el Bravo se hiciera con el trono de Castilla, tras el asesinato a los pies de las murallas de Zamora de su hermano mayor, el rey Sancho II el Fuerte, por el traidor Bellido Dolfos. Las discrepancias entre el Campeador y su nuevo rey, principalmente por causa del juramento que le tomó en la burgalesa iglesia de Santa Gadea de no haber tenido parte en la muerte de su hermano, relegaron a D. Rodrigo a un segundo plano en la Corte leonesa, pero sin perder totalmente la confianza real, prueba de ello es que le casó con Doña Jimena Díaz, hija del conde Diego Fernández, del linaje de los Flaínez, prima en segundo o tercer grado del propio rey Alfonso, pues ambos compartían como ancestro a Bermudo Núñez, primer conde de Cea y fundador del linaje de los Flaínez. Después de la boda, que se celebró entre los años 1074 al 1076, el matrimonio se retiró a vivir a las posesiones de D. Rodrigo en la ciudad de Burgos, donde el Campeador llevó una vida tranquila y hogareña, cuidando de sus propiedades en el cercano señorío de Vivar y dedicado a la caza y a la vida cortesana, aunque en ocasiones el rey Alfonso le encomendaba algún encargo o misión que cumplir.

En el 1079 el Campeador recibió la orden de Alfonso VI de cobrar las parias o impuestos anuales a su tributario, el rey de Sevilla Al-Mutamid. La misma misión, pero en la taifa de Granada, gobernada por Abd Allah al-Muzaffar, le fue encomendada al conde riojano

García Ordóñez (2), también conocido como “El Crespo”, que en la Corte de León ocupaba el cargo de primer Alférez del reino, el mismo que durante el reinado de Sancho II ostentara D. Rodrigo, lo que había suscitado una incipiente aversión entre ambos magnates.

Por aquellos azarosos y agitados años Castilla se había convertido en un reino emergente, cuyo poderío, en constante aumento, le había permitido alcanzar la supremacía política y militar sobre el resto de los reinos de la península, tanto moros como cristianos. Los árabes, tras casi tres siglos de dominación, estaban en franca decadencia, divididos en pequeñas taifas desde la caída de los Omeya y enfrentados entre ellos, necesitaban la protección de aliados militarmente poderosos para conservar su independencia. Tanto la taifa de Sevilla como la de Granada recibían la protección del rey Alfonso VI de Castilla, a cambio del pago anual de las correspondientes parias. Esta protección incluía la defensa de posibles ataques tanto de otras taifas como del resto de los reinos cristianos.

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En el año 1079 el Campeador, seguido de sus mesnadas, se trasladó a Sevilla con el objetivo de cumplir la orden de su señor, el rey Alfonso VI. Una vez en la corte del rey Al-Mu’tamid, llegó a Sevilla la noticia de que una numerosa tropa formada por moros y cristianos, a cuyo frente figuraban el conde castellano García Ordóñez y los hermanos navarros Lope y Fortuño Sánchez, yernos del rey García de Navarra, había sido enviada por el rey de Granada, Abd Allah al-Muzaffar, con la sana intención de saquear la taifa de Córdoba, que también era tributaria del rey de Castilla.

El Campeador, creyéndolo sin duda su deber, no lo dudó mucho y con sus fieles mesnadas y la tropa que le prestó el rey sevillano, se dirigió con presteza en busca de los supuestos saqueadores. El encuentro se produjo frente a las murallas de la ciudad cordobesa de Cabra, ambos ejércitos se embistieron con furia, pero el empuje de las huestes del Campeador fue tan terrible, que pronto pusieron en desbandada a sus rivales, causándoles gran mortandad y cogiendo hacer prisioneros a los hermanos navarros. El conde García Ordóñez, a la vista del desastre, emprendió la huida, pero avisado el Campeador de sus intenciones, a lomos de su caballo “Babieca” se lanzó en su persecución, dándole alcance y derribando al mismo tiempo caballo y caballero. El Campeador, poniendo pie a tierra, agarró al abatido conde por las crespas barbas e izándole como un muñeco le acusó de cobarde, traidor, felón y otros cuantos epítetos más que dejaron al conde lívido y tembloroso, totalmente entregado a la fuerza de su apresador. El Campeador y los suyos, con rico botín y muchos prisioneros, regresaron victoriosos a Sevilla, donde fueron triunfalmente recibidos por la población, que les aclamó como héroes, especialmente a su caudillo D. Rodrigo. El rey Al-Mu’tamid se portó generosamente con el Campeador, pagándole no solo las parias, sino entregándole una buena parte del botín obtenido, conteniendo valiosos regalos, parte de los cuales fueron para el Campeador, como premio a su brillante victoria. El conde García Ordóñez y los otros jefes apresados fueron puestos en libertad por orden del Campeador, que tampoco quiso pedir ningún rescate, coso muy infrecuente por aquellos tiempos, especialmente si se tiene en cuenta que se trataba de personajes de alto rango, emprendiendo el regreso a la corte de Alfonso VI, vencidos y humillados, especialmente el conde riojano, que no podía olvidar la afrenta que su rival le había inferido cogiéndole por las barbas e iba rumiando la forma de vengarse. De hecho, la malquerencia del magnate riojano hacia el magnate burgalés duró toda su vida, intentando una y otra vez, utilizando principalmente la calumnia y la mentira, desprestigiarle ante el rey de Castilla, cosa que consiguió en más de una ocasión.

Finalmente, la tercera gesta del Campeador, que narra el “Carmen Campidoctoris”, se refiere a la decisiva actuación del Campeador en la batalla de Almenar durante el verano del año 1082, cuando el Campeador, que el año anterior había sido desterrado de Castilla por Alfonso VI, estaba como mercenario con sus mesnadas al servicio del rey de la taifa de Zaragoza, Al-Muqtadir, una de las taifas árabes, junto con la de Sevilla, más poderosa de la península, pues sus fronteras llegaban hasta Tortosa y Denia, por lo que también estaba rodeada de enemigos, principalmente los reinos de Aragón y Navarra por el norte y el oeste y los condados catalanes por el sur. A estos condes catalanes había ofrecido primero sus servicios el Campeador, siendo rechazados, razón por la que pasó a servir al rey zaragozano.

En el año 1082 Al-Muqtadir, viejo y enfermo, dividió sus reinos entre sus dos hijos; Zaragoza fue para Al-Mutaman y Lérida para su otro hijo, Al-Mundir. Esta división, a la muerte del viejo Al-Muqtadir, ocurrida ese mismo año, provocó la disensión y el enfrentamiento entre los dos hermanos, pues cada uno aspiraba a quedarse con la parte del otro. El Campeador permaneció al servicio de Al-Mutaman, el más poderoso de los dos, mientras que Al-Mundir, consciente de su inferioridad, formó una coalición con el rey de Aragón, Sancho Ramírez I; el conde Barcelona, Berenguer Ramón II, también conocido como “El Fraticida” y el conde de Cerdaña, Guillem Ramón I. Pronto se produjeron diferentes encuentros militares en las plazas fuertes fronterizas de Zaragoza y Lérida, como Monzón, Peralta de Alcolea o Tamarite de Litera, en los que el Campeador y sus huestes siempre salieron vencedores. Pero mientras el Campeador se encontraba en Monzón, las tropas de Al-Mundir, a las que se habían unido las de los condes catalanes, pusieron sitio al estratégico castillo de Almenar, muy próxima a la ciudad de Lérida, donde los zaragozanos habían dejado una pequeña guarnición, incapaz de resistir un asedio tan numeroso. El Campeador reunió el grueso de sus huestes y se dirigió a defender a los de Almenar, a pesar de estar en inferioridad numérica. A los pies del castillo de Almenar tuvo lugar una terrible batalla campal, en la que el empuje y la audacia del Campeador y los suyos pusieron en fuga al ejército de la coalición árabe-catalano-aragonesa, haciéndose con la victoria, lo que supuso la obtención de un gran botín y la captura del conde de Barcelona, Berenguer Ramón II y una buena parte de los caballeros de su corte personal, por cuya libertad tuvieron que pagar un elevado rescate, como era costumbre en aquellos belicosos tiempos. El gran artífice de esta victoria fue sin duda el héroe burgalés Rodrigo Díaz de Vivar, al que a partir de entonces tanto sus numerosos enemigos  como sus amigos, empezaron a llamar “sidi”, o señor, convirtiéndose en adelante en el legendario y temido  Cid Campeador.

No acabaron con esta batalla las rencillas ni los enfrentamientos entre el Cid y los condes de Barcelona, aunque las causas de las futuras desavenencias tienen una génesis diferente. Precisamente hasta el año 1082 los condados de Barcelona, Osona, Gerona y Carcasona habían sido gobernados por los hermanos mellizos Ramón Berenguer II, también conocido comoCap d’Estope” (Cabeza de estopa), a causa del color  pajizo de su cabellera y  Berenguer Ramón II, que acabó conociéndosele por  el Fratricida”. A la muerte del primero, ocurrida en el 1082, al parecer en un accidente durante una cacería en la sierra del  Montseny, Berenguer Ramón II quedó como amo y señor de los citados condados, a pesar de que el Cap d’Estope” había dejado un hijo, de nombre  Ramón Berenguer, que fue apartado inmediatamente por su tío de la línea de sucesión. Pero la sospecha sobre la complicidad del nuevo conde en la muerte de su hermano llevó a unos cuantos nobles de su corte a acusarle de asesinato, exigiéndole, para demostrar su inocencia, que se sometiera a una Justa o juicio de Dios, tal como era costumbre por aquellos años del Medievo. Perdida la Justa, que tuvo lugar hacia el año 1097 en la corte castellana de Alfonso VI, fue considerado culpable, desposeído de su título de conde y obligado a abandonar sus posesiones, marchando con la Primera Cruzada a la conquista de Jerusalén, en cuyo cerco murió. Quedaba como sucesor su sobrino Ramón Berenguer III, más tarde conocido como “El Grande”, que por entonces contaba unos quince años de edad, por lo que quedó bajo la tutela de Berenguer Sunifredo, que era el obispo de Vic. La asamblea de nobles catalanes que había provocado la caída de Berenguer Ramón II, estuvo a punto de entregar el condado de Barcelona al rey Alfonso VI de Castilla, pero la oposición del vizconde de Cabrera consiguió que se deshiciese el proyecto, consolidándose Ramón Berenguer III como único Conde de Barcelona, Girona, Carcasona y Rasés. Este conde, al que se le concedió el apelativo de “El Grande”, practicó una política de expansión territorial a consta, principalmente, de sus vecinos, en la que utilizó los tratados y los pactos en unos casos, y en otros la fuerza de las armas. Los condados de Osona, Besalú, Cerdaña y Provenza pasaron a depender del conde de Barcelona; también repobló la comarca de Tarragona, en poder de los musulmanes y consiguió la independencia eclesiástica de Cataluña con respecto a Francia.

Aunque en el año 1097 también consiguió conquistar Amposta, fracasó, sin embargo, en uno de sus principales objetivos, la conquista de Tortosa, importante plaza militar árabe, que era una amenaza para su dominio sobre Tarragona y comarca. Tal vez fuera este revés el que indujo al conde catalán a poner cerco a la plaza de Oropesa, que era una posesión del Cid Campeador, viejo y conocido enemigo, que había derrotado en más de una ocasión a los anteriores condes, su padre y su tío, con lo que volvían a renacer viejas enemistades. La respuesta del Cid, que por aquellas fechas vivía en su variopinta y polifacética corte valenciana, un tanto alejado de los asuntos de la guerra, disfrutando de la compañía de su mujer y sus dos hijas, pues su hijo Diego había perecido el 1097 en la batalla de Consuegra, luchando al lado del que siempre fue su  señor, el rey Alfonso VI, fue reunir de nuevo sus fieles mesnadas y dirigirse a levantar el sitio de Oropesa, aunque esta vez, antes de entrar en combate, envió una delegación al conde catalán advirtiéndole de que no solo se conformaría con levantar el sitio a su castillo, sino que continuaría invadiendo y asolando sus posesiones en la comarca de Tarragona. El conde pareció  entender el mensaje, pues su respuesta fue conciliadora, invitando al Cid a sentarse a la mesa de las negociaciones y llegar a un acuerdo del que ambas partes salieran satisfechas. Uno de los acuerdos a que se llegó fue el matrimonio de la hija menor del Cid, doña María Rodríguez, con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III. La boda se celebró a finales del año 1098, marchando después el matrimonio hacia sus posesiones de Ripoll, posiblemente el “Carmen Campidoctoris”, se compuso para celebrar este acontecimiento.

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El Cid fallecería el año 1099, según Martínez Diez el 10 de julio, recibiendo sus restos sepultura en la catedral de Valencia, fundada por él mismo, aunque más tarde fueron traslados al Monasterio de San Pedro de Cardeña.

El acuerdo al que llegaron el conde de Barcelona y el Cid Campeador, sin duda debió de tener aspectos muy positivos para ambos. Para el Cid, al que el peso de las numerosas heridas recibidas en cientos de batallas, de las que siempre salió vencedor, habían debilitado su cuerpo y mermado sus fuerzas, relajando, al mismo tiempo, su carácter beligerante y luchador, le supuso, sin duda, un gran respiro en su militar andadura, que le permitió continuar con su vida familiar y de holganza en su corte valenciana. Significaba, igualmente, conseguir un heredero varón que rigiera sus dominios cuando muriese, además de un poderoso aliado militar contra la constante amenaza de su encarnizado e implacable enemigo Ben Yusuf, el emir de los almorávides, quien a pesar de las numerosas derrotas que el Cid le había infligido, seguía obstinado en la reconquista de Valencia, por lo que sus tropas siempre estaban al acecho y dispuestas al asalto. Para el conde catalán, contar con el apoyo del Cid y conseguir el señorío de Valencia significaba consolidar su supremacía sobre el resto de los condes catalanes y la preponderancia sobre todo el mediterráneo oriental, lo que le permitiría continuar con su tan ansiada expansión territorial, que incluía las cercanas islas de Ibiza y Mallorca.

Pero, desde la muerte del Cid, la defensa de Valencia, a pesar de los esfuerzos de Doña Jimena y de su yerno el conde de Barcelona, cada día se hacía más insostenible. Finalmente, en el año 1102, Doña Jimena pidió ayuda a su pariente el rey Alfonso VI, que tampoco pudo controlar la situación; en el mes de mayo, Doña Jimena y los suyos, protegidos por las tropas de Alfonso VI, abandonaron la ciudad, después de haberla pegado fuego por sus cuatro costados. Con ellos, bajo la atenta custodia de sus fieles mesnaderos, viajaban los restos del burgalés D. Rodrigo Díaz  de Vivar, convertido ya en el inmortal Cid Campeador. Su destino: el Monasterio de San Pedro Cardeña de Burgos. Los deseos del Cid de convertir Valencia en un señorío fuerte, independiente y soberano se habían desvanecido, pero todavía…..” a todos alcanza honra por el que en buen hora nació”.   

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NOTAS:

  • Gonzalo Martínez Diez (Quintanar de la Sierra, Burgos, 20-V-1924-Villagarcía de Campos, Valladolid,22-IV-2015). El recientemente fallecido jesuita burgalés, miembro de la Compañía de Jesús desde 1942, fue un destacado medievalista, historiador y académico con un impresionante historial: Licenciado en Filosofía y Derecho Canónico por la Universidad de Comillas, en Teología por la Innsbruck, en Derecho Canónico por la Estrasburgo en Derecho por la de Valladolid y en Filosofía y Letras por la Central de Madrid. Desde 1958 fue profesor y catedrático en varias Universidades como la de Comillas, la Complutense, la de San Sebastián y la de Valladolid; académico de la Real Academia de la Historia y de la Institución Fernán González. Se le puede considerar un experto en la historia medieval de Castilla, sus orígenes, sus figuras, especialmente la del Cid Campeador, sus fueros y sus Instituciones. A lo largo de su larga vida, dedicada a la investigación histórica, nos ha dejado una ingente obra Imposible de referenciar, por lo que vamos a citar algunos títulos tan importantes como “El Condado de Castilla (711-1038) la historia frente a la leyenda”, “Historia latina de Rodrigo Díaz de Vivar”, “El Cid histórico”. También fue un destacado y activo castellanista, participando en la fundación de la “Alianza Regional de Castilla y León” y del PANCAL, (Partido Nacionalista Autonómico de Castilla y León), fundado en Toro en 1977. Sobre el tema castellanista, suyas son las obras “Castilla, víctima del centralismo”, publicada en 1977 y “Castilla, manifiesto para su supervivencia” de 1984. Sobre Burgos cabe mencionar “Fueros locales del territorio de la provincia de Burgos” y “Génesis histórica de la provincia de Burgos y sus divisiones administrativas “

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GONZALO MARTINEZ DIEZ

  • García Ordoñez, también conocido como “El Crespo”, conde de Nájera, era hijo del conde Ordoño Ordoñez, descendiente del rey Bermudo II de León, por lo que estaba emparentado con el rey Alfonso VI en el mismo grado que Doña Jimena, la esposa del Campeador. Había nacido hacia el año 1060, por lo que era más joven que el Campeador, con quien mantuvo una larga rivalidad, que a veces se convirtió en enemistad. Murió peleando en la batalla de Uclés el 29 de mayo del año 1108.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2015

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