BURGOS MEDIEVAL: FRESDELVAL, RUINAS Y LEYENDA. -Por Francisco Blanco-

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Sin duda, la leyenda constituye el mejor antídoto contra el olvido. ¡Cuántos momentos y personajes de la Historia siguen vivos gracias a la leyenda que han generado!. Fresdelval es uno de ellos: ¿valle de fresnos o valle de freires?. De las dos cosas tuvo, los fresnos aún continúan, impasibles ante el paso del tiempo, proporcionando verdor y frescura a un paraje singularmente atractivo, situado en el camino de Sotragero, a unos cinco kilómetros de la capital burgalesa. Los freires hace tiempo que desaparecieron, aunque durante varios siglos fueron los habitantes del Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval, formando una comunidad de frailes jerónimos, jerárquicamente dependientes del Monasterio de Guadalupe.

Haciendo un poco de historia, en el 1524 lo visitó el emperador Carlos, que pasó una Semana Santa alojado en sus aposentos, quedando tan encantado con el paraje que decidió convertirlo en su retiro cuando abdicase de la corona imperial, que ya le debía pesar lo suyo. Finalmente, sus médicos de cámara desautorizaron la elección, tal vez a causa de los duros inviernos burgaleses, decidiéndose finalmente por el también monasterio jerónimo de Yuste, de clima más benigno, aunque, para entonces, los achaques del emperador eran ya muy numerosos.

Pero retrocedamos un poco en el tiempo y entremos en la leyenda por la puerta de la historia. Parece ser que desde el tiempo de los visigodos, al final del citado valle, sobre un pequeño montículo, existía una pequeña ermita en la que se rendía un fervoroso culto popular a una pequeña, pero artística talla de la Virgen María, hallada por un pastor, a la que acudían numerosos creyentes de los alrededores, de toda clase y condición, para entregarla sus ofrendas y hacerla llegar sus peticiones.

A mediados del siglo XIV tan grande era el culto que se rendía a aquella virgen por los habitantes de la comarca, que el por entonces Adelantado Mayor de Castilla, D. Pedro Manrique de Lara, de la poderosa familia de los Lara, señores de aquellas tierras, tomó a la ermita y a la Virgen bajo su protección. Este D. Pedro Manrique de Lara, también llamado “El Viejo”, estaba casado con Doña Teresa de Cisneros, otra aristocrática castellana, pero de esta unión no hubo descendencia. Si que la tuvo D. Pedro de unos amores ilegítimos que mantuvo con una bella dama mora, durante sus correrías por la taifa de Granada como Adelantado del reino, de los que nació un hijo varón, que a la postre sería su sucesor, D. Gómez Manrique de Lara, pero que fue educado por su madre en la religión islámica. Cuando regresó a Castilla, al lado de su padre, abjuró de las creencias en que le habían educado, recibiendo el bautismo y tomando el nombre de Gómez, convirtiéndose, además, en un fiel devoto de la virgen de Fresdelval, a cuya ermita iba a orar con cierta frecuencia. Casó, posteriormente D. Gómez, con doña Sancha de Rojas, señora de Santa Gadea, dama muy devota, con la que tuvo seis hijas, a la mayor de las cuales llamaron María, precisamente en honor a la Virgen. Siendo María aún muy niña y sin que se puedan sospechar las causas, un mal día la niña se quedó muda, no pudiendo articular palabra alguna; consternados los padres, y sin saber qué hacer, ni qué camino tomar, tomaron el de la ermita de Fresdelval, para pedirle a la virgen que intercediera a favor de la desventurada mudita. Pues bien, no sé si se le puede llamar milagro, pero en cuanto la niña puso sus pies en la ermita, recuperó el habla por completo, poniéndose a alborotar loca de alegría.

Naturalmente, los padres achacaron aquella curación a un milagro de la Virgen. Pero no se acaba aquí la intervención de la Virgen. De regreso D. Gómez a sus campañas contra los moros de Granada, una flecha enemiga, que se dirigía directamente contra su corazón, cambió súbitamente  la mortal trayectoria, yendo a romperse contra una roca cercana. Naturalmente, D. Gómez volvió a atribuir tan milagroso hecho a una nueva intervención de Nuestra Señora de Fresdelval. Desde entonces, en la cabeza del Adelantado fue madurando la idea de erigir un monasterio en su honor, para agradecerle la protección que le venía deparando. De regreso a Castilla, tras consultarlo con su esposa doña Sancha, que se mostró totalmente de acuerdo, decidió convertir la vieja ermita en el Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval. Después de obtener la conformidad del Monasterio de Guadalupe y la licencia del Papa Benedicto XIII, el 25 de marzo del  año 1404, festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, se colocaba la primera piedra del nuevo  monasterio jerónimo. Unos años más tarde, en el 1410, se había concluido la construcción de una buena parte del monasterio, concretamente la iglesia y los claustros, en el claustro alto se encontraban las celdas de los frailes y también las cocinas y el refectorio, por lo que  pudieron instalarse los primeros frailes, procedentes de Guadalupe, que abrieron la iglesia al culto, viéndose pronto frecuentada por  numerosos y devotos fieles, que acudían en peregrinaciones y romerías a ponerse bajo la protección de la Virgen de Fresdelval, que había adquirido fama de milagrera.

El fundador, D. Gómez, que había provisto hasta entonces los fondos suficientes para la construcción y el acondicionamiento del templo y sus dependencias, murió en Córdoba, el 3 de junio del año 1411, luchando contra los moros, siendo enterrado en la iglesia del monasterio, tal como había dispuesto en su testamento.

A la muerte del fundador, bajo el patronazgo de su esposa y de sus hijas y nietos, las obras del gótico monasterio, aunque a un ritmo más lento, siguieron su curso, fieles al modelo de los monasterios jerónimos ya existentes en España, como el de San Miguel del Monte, en Miranda de Ebro; el de Santa María de la Sisla, en Toledo; el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, o el de Yuste, donde pasó sus últimos días el Emperador Carlos, ambos en la provincia de Cáceres. En realidad, la Orden de los Jerónimos solamente tuvo implantación en España y Portugal, gozando del favor y la protección de los monarcas de ambos países. El de Fresdelval también gozó del favor de algunos monarcas castellanos de la casa Trastamara, incluyendo el del infante D. Fernando de Antequera, hermano de Enrique III, que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón. Todos ellos fueron grandes protectores de la Orden de los Jerónimos.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, grandes benefactores de la ciudad de Burgos, tan cercana, estuvieron en Fresdelval en al menos dos ocasiones, quedando encantados tanto de la belleza del paraje, como del conjunto arquitectónico del Monasterio.

Se trata de una iglesia de nave única de grandes dimensiones, con testero y trasepto, en cuyos laterales se fueron construyendo capillas funerarias, de carácter privado, como la de San Andrés, en el lado del evangelio o la de San Juan Bautista, del lado de la epístola. En el centro de la nave se encontraban los sepulcros de los fundadores, Don Gómez y Doña Sancha, obra excepcional, realizada en alabastro, que posteriormente se partió en dos mitades que se colocaron a ambos lados de la capilla mayor (1). Es de destacar la Sala Capitular, o capilla de San Jerónimo, con grandes ventanales, construida hacia el año 1432, a la que se accedía por una puerta lateral. La sacristía y el claustro cuadrangular con doble galería, completaban la obra inicial, aunque en el siglo XVI se llevaría a cabo una gran remodelación.

El monumento funerario más importante del Monasterio es, sin duda, el sepulcro del joven Juan de Padilla y Pacheco, doncel de la reina Isabel la Católica, que murió en mayo del año 1491, durante el cerco de Granada. Fue la misma reina, quien al parecer le tenía mucho afecto, pues le llamaba el mi loco”, la que ordenó el traslado de sus restos a Fresdelval, para que allí recibieran sepultura. Este noble castellano pertenecía a la poderosa Casa de Lara por línea directa, hijo de los señores de Santa Gadea, su padre era D. Pedro López de Padilla y su madre Doña Isabel de Pacheco, hija del marqués de Villena. El sepulcro (2), que se encuentra adosado al muro del lado del Evangelio, representa al doncel en actitud orante y ataviado con una rica vestidura; fue encargado por su madre al escultor burgalés Gil de Siloé y guarda cierta similitud con el del infante D. Alfonso, hermano menor de la reina Isabel, que se encuentra en la burgalesa Cartuja de Miraflores, obra, igualmente, del mismo escultor.

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Durante la segunda década del siglo XVI D. García López de Padilla, Clavero y Comendador  Mayor de la Orden de Calatrava, asumió la protección y el mecenazgo del Monasterio de Fresdelval, que habían fundado sus antepasados, comenzando una profunda reestructuración del mismo, cuyas obras se prolongarían durante toda la primera mitad del siglo, que afectaron a todas las capillas, el coro, la portada, el claustro alto y la hospedería, incluso se derribaron cuatro bóvedas, para ser sustituidas por otras de bastante más altura. Dentro de la iglesia se sustituyó el retablo gótico por otro barroco, obra de artistas burgaleses, también se reservó un espacio enrejado para proporcionar una mayor exclusividad a los sepulcros de los fundadores: los Manrique, los Sarmiento y los Padilla. En el exterior, se sustituyó la puerta gótica por otra renacentista, al parecer obra de Felipe de Vigarny, maestro de tallistas de la Catedral de Burgos. La fachada de la hospedería, también conocida como “Casa de Carlos V”, estaba presidida por un monumental escudo de Carlos V, reforzando la teoría de que Fresdelval pudo ser la última morada del César español. Este escudo  todavía se puede contemplar en la actualidad.

  1. García López de Padilla falleció en el mes de setiembre de 1542, pasando la protección de Fresdelval a manos de los Sarmiento, parientes, igualmente, de los fundadores. D. Pedro Sarmiento, nieto de Gómez Manrique, estaba enterrado en la capilla mayor del monasterio. Sus hijos, D. Diego, señor de Ubierna, D. Gaspar y D. Pedro, fueron todos valedores de Fresdelval y fieles servidores del emperador Carlos.

Otros monarcas de la Casa de Austria también visitaron Fresdelval. Felipe II lo hizo en setiembre de 1592, concediendo al valle el privilegio de ser señorío propio. También lo visitaron sus sucesores, Felipe III y Carlos II, a quienes se les concedió el honor de pernoctar en las habitaciones construidas para el emperador Carlos V.

El esplendor de Fresdelval empezó a decaer en los comienzos del siglo XVII, acelerándose a lo largo del XVIII, para acabar desapareciendo durante el XIX, en el que las ruinas, todavía orgullosas y desafiantes, se enseñorearon del valle. Varios fueron los factores que determinaron este irremediable proceso de autodestrucción. Por un parte, la extinción de la línea varonil de la familia de los fundadores dejó el valle y el monasterio sin señor, y en consecuencia sin protector. A este determinante hecho hay que añadir que en el país se desencadenó una dura crisis económica, que dejó vacías las arcas reales. Esta crisis provocó que el patrimonio del Monasterio sufriera un duro revés, como consecuencia de la devaluación de los juros (3), a causa del enorme crecimiento de la deuda pública de la hacienda española, que prácticamente hizo suspensión de pagos.

A principios del XIX otro emperador, esta vez el corso Napoleón Bonaparte, se empeñó en dominar Europa, valiéndose de lo que hiciera falta, incluidas las armas. Naturalmente España entraba en sus planes, por lo que en 1808, después de destronar a los Borbones y nombrar rey de España a su hermano José, envió sus ejércitos a invadir militarmente la Península Ibérica.

La estratégica ciudad de Burgos fue uno de los objetivos personales del Emperador, hacia ella se dirigió en los primeros días de noviembre de 1808, rodeado de su Guardia Imperial y al frente de cinco Cuerpos de Ejército, integrados por 20.000 infantes, 4.000 caballos y una numerosa artillería. En los términos municipales de Gamonal y Villafría, a la entrada de la ciudad, se desplegaron los defensores, que apenas llegaban a 6.000 infantes, 2.500 caballos y cuatro piezas de artillería, mandados por un bisoño general, D. Ramón Patiño, conde de Belveder, más curtido en lides cortesanas que en campañas militares. El desigual choque tuvo lugar durante la madrugada del día 10, quedando desbaratadas, en muy pocas horas, las escasas y mal mandadas fuerzas defensoras, dejando el paso franco a los franceses, que se apoderaron de la ciudad, dando comienzo de inmediato a un rapaz y prolongado saqueo.

El Monasterio de Fresdelval, muy cercano al lugar donde se desarrolló la Batalla de Gamonal, no se salvó del asalto y el pillaje de los soldados franceses. La comunidad jerónima no tuvo otra alternativa que salir huyendo para salvar sus vidas. Regresó en 1814, pero para entonces el monasterio ya se encontraba sin bóvedas y en un estado tan ruinoso, que les obligó a reanudar el culto en la primitiva sacristía. Pero este regreso iba a durar muy poco. Durante el Trienio Constitucional de 1821 a 1823, uno de los gobiernos emite un decreto de desamortización de numerosas propiedades eclesiásticas, que permite su enajenación mediante subasta pública. Fresdelval, incluidos terrenos y monasterio, pasa a ser propiedad de los hermanos Victoriano y Manuel de la Puente, pertenecientes a una conocida familia liberal burgalesa, muy influyente por aquellos años, hasta el punto que ambos hermanos llegaron a ser alcaldes de la ciudad, Victoriano en 1840 y Manuel en 1846.

Pero en 1823, con la ayuda de los “Cien mil hijos de San Luis”, Fernando VII restauró el absolutismo en España, que duraría hasta su muerte en 1833. Este cambio significó la anulación de las ventas de las llamadas “Fincas Nacionales”, y la devolución de los bienes enajenados a sus antiguos propietarios. De esta forma, los frailes jerónimos de Fresdelval pudieron regresar de nuevo a su monasterio, que hallaron en una deplorable situación de ruina, ocasionada por el saqueo y el abandono, que convertían su restauración en una tarea casi imposible. Con estas condiciones, la vida de la comunidad no debió resultar nada fácil hasta que, en el 1836, la desamortización de Mendizábal les obligó a desalojar definitivamente el monasterio. Los pocos objetos de valor que quedaban fueron a parar a las parroquias más próximas o a manos de particulares, mucho menos desinteresadas. La talla de Nuestra Señora de Fresdelval acabó en la  iglesia parroquial de San Salvador, en la cercana localidad de Villatoro.

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A partir de entonces, el uso y destino de las ruinosas dependencias del monasterio, fue de lo más variopinto e insospechado, desde refugio para las numerosas partidas carlistas de la provincia durante la 1ª Guerra Carlista, que se alargó hasta el año 1840, hasta una fábrica de cerveza que instaló D. Dionisio Martín en el año 1860, que no obtuvo demasiado éxito, pues la tuvo que cerrar al poco tiempo. Pero su uso más frecuente fue el de cantera pública de piedra perfectamente labrada, lo que fue acrecentando el aspecto ruinoso del monasterio, hasta conferirle una apariencia verdaderamente fantasmal.

Pero la historia no solo genera ruinas y leyendas, también desata pasiones y ejerce una atracción irresistible sobre toda clase de artistas: Poetas, escritores, escultores, pintores……., que buscan su inspiración removiendo sus entresijos.

El nuevo comprador del monasterio y su entorno resultó ser un pintor, el alicantino Francisco Jover y Casanova (4), discípulo de Madrazo, gran aficionado a la pintura histórica, que durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo trabajando en la decoración de las bóvedas de la madrileña Basílica de San Francisco el Grande.

Según nos cuenta María Cruz Ebro en sus “Memorias de una burgalesa”, este pintor se enamoró de Fresdelval, donde pasaba largas temporadas entregado a la restauración del claustro y algunas celdas del derruido monasterio. Su pasión por aquellas ruinas, que tanta historia encerraban, resultó contagiosa, pues pronto, especialmente durante los veranos, Jover se vio acompañado y ayudado por un selecto grupo de amigos, entre los que no faltaban los escultores, ni los pintores. El escultor leridano Antonio Alsina fue uno de los más asiduos, dejando labradas varias gárgolas, entre las que destacan una representando a Mefistófeles y otra a Margarita.

Algunos artistas burgaleses también acudieron al reclamo artístico-cultural del pintor alicantino, coadyuvando a que Fresdelval se convirtiera en un atractivo centro de cultura, en el que tenían lugar largas y agradables veladas. Burgaleses asiduos a estas tertulias fueron, entre otros, el pintor, ilustrador y restaurador Juan Antonio Cortés, muy aficionado también a la fotografía, por lo que plasmó en mil imágenes la belleza decadente de aquellas ruinas y el atractivo paisaje del bosque de fresnos. Otro de los asiduos tertulianos era el también pintor Isidro Gil Gabilondo (5), que también era ilustrador, historiador, escritor y político, muy popular en Burgos por haber diseñado los trajes de los famosos gigantillos. No se puede dejar de mencionar  a otro tertuliano asiduo, el pintor y dibujante Evaristo Barrio (6), poseedor de una excelente voz de barítono, que lucía en las veladas musicales, acompañado al piano por su hija Carolina.

La siguiente propietaria de Fresdelval, a la muerte del pintor Jover, fue la Marquesa de Villanueva y Geltrú, Doña Rafaela de Torrents e Higuero, viuda del acaudalado indiano D. Josep Sarriá Mota, que pasaba allí los veranos, siempre acompañada de un selecto grupo de amigos, entre los que destacaba la presencia del político y escritor catalán Víctor Balaguer, gran admirador del teatro de Zorrilla, que quedó encantado de aquel singular paraje, sobre el que escribió: “Y en verdad que no puede ofrecerse mansión más agradable, ni hospitalidad más atrayente, ni sitio más encantador, ni centro más propio para regocijos de soledad y para deleites de excursión“.

Esta acaudalada marquesa trató de mejorar el aspecto ruinoso del  monasterio, levantando nuevas y espaciosas celdas, que sirvieran de albergue y acomodo para su selecta corte de amigos. También convirtió en capilla pública la restaurada por Jover y quiso crear una biblioteca y un museo, recogiendo, mediante compra, alguno de los valiosos restos dispersos por las iglesias de los pueblos de alrededor, como Villatoro, Pedrosa del Páramo o Valmala. En esta tarea recibió la ayuda de D. Isidro Gil Gabilondo. La labor de la marquesa fue continuada por su hijo, D. Salvador Sarriá y Torrens, I Marqués de Mindanao y los sucesivos marqueses de Mindanao.

Un comerciante de Madrid, D. Deogracias Ortega, compró a principios del pasado siglo gran parte de los terrenos del valle, incluido lo que quedaba de “La Casa de Carlos V”, recuperando su uso residencial. Todo pasó posteriormente a sus hijos y a sus nietos, que los convirtieron en la actual Fresdelval S.L.

Fueron estos los últimos años de esplendor del monasterio, en los que la soledad del valle se vio alterada por sonora actividad humana, contemplada por unas impasibles ruinas, que cada día se vuelven más sobrecogedoras. Ruinas que generaron imperecederas leyendas.

En el año 1931 el gobierno de la 2ª República lo declaró Bien de Interés Cultural, aunque no puede decirse que haya servido para mucho, si acaso para impedir la construcción de 2.171 viviendas, según el Plan Urbanístico del año 2009, que hubiesen acabado definitivamente con el valle. Actualmente existe un nuevo P.G.O.U. que, según parece, va a respetar de nuevo la supervivencia de Fresdelval, su valle de fresnos, sus ruinas, su historia y su leyenda.     

NOTAS

  • Actualmente se encuentran en el Museo Provincial de Burgos
  • Actualmente se encuentra también en el Museo Provincial de Burgos
  • Los Juros eran una especie de Bonos de la Deuda Pública, emitidos por la corona, con unos intereses que oscilaban entre el 15 y el 20%.
  • Francisco Jover y Casanova, (Muro, Alicante, 1836 – Madrid, 1890). Pintor español de temas históricos, que decoró los techos de la Basílica de San Francisco el Grande de Madrid.
  • Isidro Gil Gabilondo había nacido en Azcoitia (Guipúzcoa), el año 1843, pero después de acabar sus estudios de Derecho en la Universidad de Madrid, se afincó en Burgos, convirtiéndose enseguida en un verdadero burgalés de adopción, que pronto consiguió el cariño y la admiración de sus paisanos. En nuestra ciudad no tardó en destacar por su polifacética actividad, tanto en el ámbito de la política municipal, como en el plano artístico-cultural. Desde su actividad en la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, de la que fue profesor y director, se le puede considerar como uno de los grandes impulsores de la escuela burgalesa de pintura de los siglos XIX y XX, en la que tantos artistas destacaron. Perteneció también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a la Real Academia de la Historia. Como político fue Presidente de la Cámara de Comercio y secretario del Ayuntamiento. Como ilustrador colaboró con gran número de dibujos en la revista “La Ilustración Española y Americana”. También elaboró numerosos carteles de las Fiestas de Burgos y fue uno de los que participó en el diseño de los populares Gigantillos, que se convirtieron en uno de los más queridos emblemas de la ciudad. Murió en Burgos en marzo el año 1917. Su trabajo como ilustrador destacó en numerosas
  • Evaristo Barrio nació en Zaragoza, en el año 1841. Su primera vocación fue la militar, pero su primer destino como Alférez fue Marruecos, donde recibió una herida de bala en su brazo izquierdo, que le hizo desistir de su carrera militar y dedicarse a su gran pasión, la pintura, aunque también tuvo devaneos con la música, pues poseía una bonita voz de barítono. En 1874 ya era Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero su carrera como pintor y dibujante se desarrollo totalmente en la ciudad de Burgos, que acabó siendo su patria de adopción. Como profesor de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, de la que llegó a ser Director, tuvo discípulos de la talla de Marceliano Santa María, Luis Manero o Julio del Val, coincidiendo con la época de su mayor esplendor. Artista polifacético, su ingente obra está muy dispersa y mal catalogada, por lo que tal vez no haya sido valorada suficientemente. Muy aficionado a la pintura histórica, por encargo del Ayuntamiento realizó el cuadro titulado “La primera hazaña del Cid”, fechado en 1891, en la que El Cid presenta a su padre, Diego Laínez, la cabeza del conde Lozano, como venganza a las afrentas recibidas; esta pintura causó gran sensación en el ambiente cultural burgalés. Su faceta como ilustrador, una de las más conocidas, se puede apreciar en numerosas series de libros editados por la editorial burgalesa Santiago Rodríguez, en la actualidad Hijos de Santiago Rodríguez. Fue también un importante cartelista, especialmente para las fiestas mayores de San Pedro y San Pablo de Burgos. En 1904, tras casi 30 años de una intensa actividad al frente de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, abandonó el cargo de Director. También colaboró con su colega D. Isidro Gil en el diseño de los trajes de los populares Gigantillos. Murió en Burgos el año 1924.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2015

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