MONASTERIOS BUREBANOS: SAN SALVADOR DE OÑA. -Por Francisco Blanco-

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Fueron los de la Edad Media tiempos heroicos en una España invadida por el Islam, que amenazaba con dominarla y colonizarla. La reacción contra este serio intento dominador  mahometano llegó desde las montañas de Asturias, impulsada por un grupo de rebeldes que se negó a someterse a los invasores, rechazando su lengua, su cultura, sus costumbres, su forma de gobierno y, sobre todo, su religión. Toda la Reconquista estuvo impregnada de una profunda religiosidad. La Cruz acompañaba siempre a la espada. A las grandes hazañas militares de los guerreros, reconquistando territorio, seguían la fundación de iglesias y monasterios, que quedaban a la retaguardia, como pétreos vigías, convertidos en verdaderos focos de espiritualidad y también de cultura. Castilla pronto se convirtió en la máxima impulsora de la Reconquista y los conquistadores castellanos se apresuraron a fundar monasterios y otros centros religiosos, que dieran fe de sus victorias y perpetuasen su memoria.

Al igual que el conde García Fernández el de “las Manos Blancas”, había fundado en el año 978 el Infantado de Covarrubias, vinculado al Monasterio de San Cosme y San Damián, para que profesara su hija Doña Urraca, que fue su primera abadesa, su hijo Sancho García “el de los Buenos Fueros”, III conde independiente de Castilla, en el año 1011 fundó en Oña, capital de la comarca de La Bureba, el Monasterio de San Salvador, del que fuera su primera abadesa su hija Doña Tigridia, que alcanzó por la zona fama de santa, cuyos restos se conservan en el altar de la nave principal de la iglesia, siendo durante muchos años objeto de popular veneración.

Este monasterio, en principio estaba destinado a  monjas y monjes cistercientes, que llegaron de monasterios cercanos, como el de monjas de Cillaperlata y Loberuela, el de San Pedro de Tejada, o los más lejanos, como el de Leyre o el de San Juan de la Peña enclavados en el reino de Pamplona, pero  en el año 1033, por decisión de los que por entonces eran sus principales protectores, el  rey Sancho Garcés III “el Mayor” de Pamplona y su esposa Doña Muniadona, hija del fundador, pasó a depender únicamente de monjes cluniacenses,  que adoptaron la reforma de la Orden Benedictina efectuada en el 909 por Odón de Cluny. Bajo su protección, el Monasterio alcanzó su máximo esplendor y también la jurisdicción de abadengo sobre numerosas villas y lugares en las Merindades de La Bureba y Cuesta Urría y en el Partido de Burgos, como Rubena, Solduengo, Piérnigas, Arroyuelo, Mijangos, Cereceda, Cillaperlata, Trespaderne, Urría y Villapanillo, entre otras.

El primer abad cluniacense fue D. García, que dirigió el Monasterio durante un corto periodo de apenas dos años. Fue el propio rey de Pamplona, Sancho el Mayor, quien se encargó de  buscarle sustituto, recayendo su elección en Íñigo, un antiguo monje del Monasterio de San Juan de la Peña, nacido en Calatayud y de origen mozárabe, que llevaba años viviendo como un eremita en una cueva de las cercanías de Jaca, llevando una vida de gran austeridad, dedicado a la oración, la meditación y el ayuno, pero cuyas virtudes y fama de santidad habían trascendido por todo Aragón. San Íñigo, como se ha acabado conociéndole, que había nacido hacia el año 1000, rigió los destinos del Monasterio desde el año 1034, o antes, hasta su muerte, ocurrida el 1 de junio del 1068. Fue consejero y confesor del rey de Pamplona, Sancho el Mayor y de su hijo y sucesor, Don García Sánchez III de Pamplona, a quién atendió en sus últimos momentos, al ser herido mortalmente en la batalla de Atapuerca, el año 1054, luchando contra su hermano, D. Fernando Sánchez  I de Castilla, por el dominio del Condado de Castilla. Su discípulo, fray Juan de Alcocer, lo definió como de un paternalismo discreto, espiritual y popular: “No vivió para sí solo, sino para nosotros, porque todo el día estaba él para nosotros. Nunca se indignó de manera que en su indignación olvidase la benignidad; y no podía airarse un hombre que despreciaba las injurias y evitaba los rencores. Nunca juzgó sin comprensión, como quien sabía que el juicio de los cristianos ha de ir revestido de misericordia. El Espíritu Santo otorga su don de justicia a los más benignos, y concede a los suyos tanta equidad y justicia como gracia y piedad; de ahí que nuestro padre Iñigo guardaba rectitud al examinar lo justo y misericordia al decidir la sentencia. En la solicitud de su monasterio e iglesias imitó la fe y caridad de todos los apóstoles, obispos y abades. Abrió sus alhóndigas a los pobres y sus despensas a todos los que venían a él. A cuántos levantó que estaban oprimidos. A cuántos puso en libertad que estaban cautivos. Con una sola diligencia enjugaba las lágrimas de los deudores y renovaba el gozo de los acreedores”.

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Sus restos fueron enterrados en una arqueta de plata y piedras preciosas. Se conservan en el altar mayor, muy cerca de los de Santa Tigridia,  rodeados de exvotos traídos por los numerosos peregrinos que se acercaron a su tumba para pedir su intercesión.

El rey Sancho el Mayor, que había nacido hacia el año 990, falleció en el Monasterio el 18 de octubre del 1035.

En el momento de su muerte Sancho el Mayor ya no era rey de Pamplona, pues había repartido sus reinos entre sus hijos, siguiendo el derecho tradicional navarro. En el año 1129 había cedido gran parte del Condado de Castilla a su segundo hijo Fernando, territorio que éste gobernaba “de facto”. A García, su primogénito, le entregó el reino patrimonial, que era Pamplona, al que añadió La Bureba, Montes de Oca, Trasmiera y las Encartaciones, que constituían el resto del territorio del antiguo condado castellano. Ramiro recibió las tierras que poseía en Aragón y Gonzalo los condados  de Sobrarbe y Ribagorza. Este reparto no contentó a ninguno de los hermanos, especialmente a García y Fernando, los dos mayores, pues el primero aspiraba a quedarse con todo el Condado de Castilla y el segundo, Fernando, a recuperar la totalidad del territorio que había pertenecido a su tío, el conde García Sánchez de Castilla, asesinado en León el año 1028, que era hermano de su madre Doña Muniadona. Este testamento contribuyó a que las relaciones familiares entre padre e hijos y también entre hermanos, sufrieran un grave deterioro, que decidiera al rey pamplonés a retirarse al acogedor amparo del Monasterio de Oña, junto a su amigo y consejero el abad San Íñigo. Lógico resulta pensar que, a su muerte, el monarca navarro fuera enterrado en el propio Monasterio, como parece asegurar el epitafio grabado sobre su tumba. Pero lo que podría denominarse como una veleidad de la historia, consiguió que los últimos años de la vida del rey navarro, las verdaderas causas de su muerte y su última morada se hayan convertido en un misterio rodeado de toda clase de conjeturas.

Retrocediendo en el tiempo hasta mediados del siglo X, el rey Ramiro II de León había fundado el Infantado de San Pelayo, para que su hija Doña Elvira se convirtiese en la abadesa del Monasterio de San Pelayo (1), una comunidad dúplice de monjas y canónigos, que posteriormente se convertiría en la Colegiata de San Isidoro de León. Pues bien, en el Panteón Real de dicha Colegiata se encuentra el cenotafio, o tumba vacía, del joven conde de Castilla, García Sánchez, asesinado en el año 1028 cuando se iba a casar con la Infanta Doña Sancha, hija del rey Alfonso V de León, precisamente en la iglesia de San Juan Bautista, sobre la que se construyó el Monasterio de San Pelayo. Pero, sorprendentemente, también se puede ver la tumba del rey de Pamplona, Sancho Garcés III el Mayor, tío del joven conde asesinado,  que iba a ser su padrino de boda y que, después del crimen, se convirtió en el nuevo conde de Castilla. Naturalmente, también  se encuentran las tumbas del conde de Castilla y rey de León, Fernando I, su esposa Doña Sancha y tres de sus hijos: Urraca, Elvira la Zamorana y García (2). ¿Cómo se explica la presencia de la tumba del rey navarro en este leonés Panteón Real?. Los de León admiten que el rey navarro murió y fue enterrado en Oña, siendo su hijo Fernando el que, posteriormente, trasladara sus restos a la Colegiata de San Isidoro, pero resulta difícil de creer que esto sucediese, dado que Fernando I de León falleció en el año 1065, fecha por la que la Colegiata estaba todavía en fase de construcción. Fue su viuda, Doña Sancha, la que finalizó la Colegiata, y también resulta difícil creer que se trasladase hasta Oña, una pequeña villa castellana, apenas conocida, para traerse a León los restos de su suegro. Por si no fueran suficientes las razones expuestas, hay que añadir que la figura de Sancho el Mayor no resultaba muy grata a los leoneses, pues su ambición le había llevado a inmiscuirse en los asuntos políticos del Reino, llegando, incluso, a apoderarse militarmente de algunos territorios palentinos de Cea, integrados en el reino leonés. Igualmente resultan, al menos, imprecisas, las noticias sobre los últimos días y la muerte del rey Sancho el Mayor. Como muy bien afirma el historiador D. Ambrosio de Morales, “no sólo hay incertidumbre y variedad en el tiempo, sino que aun cuasi no hay memoria de ella, y la poca que hay con extraña diversidad”.

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Según la “Crónica General de España”, que iniciara Alfonso XIII en las postrimerías del siglo XIII, Sancho el Mayor, después de repartir sus reinos entre sus hijos, emprendió una peregrinación hacia Santiago de Galicia, donde desde el siglo VIII se aseguraba que se encontraban los restos del Apóstol Santiago. Pues bien, durante el transcurso de esta insólita peregrinación,  Sancho el Mayor  murió asesinado en la localidad asturiana de Campomanes, situada en el camino de León a Asturias, por lo que el peregrino se vio obligado a atravesar todo el reino de León, donde su presencia no podía resultar demasiado grata a los leoneses. Como en tantas ocasiones, la historia y la leyenda caminan de la mano, pero, como también ocurre en tantas ocasiones, ambas se separan y cada una toma los derroteros más inesperados. A estos hechos que refiere la “Crónica General” les falta, ante todo, verosimilitud documental, pareciéndose más al fruto de una creación literaria.

También la leyenda se ha apoderado de los orígenes de este monasterio, cuya fundación, según la “Leyenda de la Condesa traidora”, se achaca al arrepentimiento y la expiación del crimen cometido por parte del conde don Sancho en la persona de su madre, a quien hizo apurar una copa de veneno que ésta tenía preparada para él, en una intriga tramada por la condesa para apartar a su hijo del poder, que fue descubierta por un fiel vasallo del conde, quien puso a éste sobre aviso de las aviesas intenciones de su madre.

Las que sí son históricas son las desavenencias que se produjeron, el año 994, entre el conde García Fernández y su hijo Sancho, después de perder las importantes plazas de Clunia y Gormaz, lo que produjo la división entre padre e hijo, optando este último por una alianza con Almanzor, el gran enemigo del conde D. García.

En el año 950 Oña, que ya había sido objeto de varias razzias musulmanas, que habían destruido la fortaleza y una antigua iglesia, recibe “fueros de villa” del conde Fernán González, I Conde independiente de Castilla, que se convierte en su primer protector. Su nieto, el conde Sancho García, el de los Buenos Fueros, en el 1011 la eleva al rango condal y funda, para su hija Tigridia, el Monasterio benedictino de San Salvador, que alcanzó una gran influencia, cuyos abades ostentaban el título de señores de Oña, gozando, además, de numerosas exenciones y privilegios.

El conde fundador falleció en el mes de noviembre del 1017, siendo enterrado en el monasterio, en el epitafio de su sepultura se puede leer lo siguiente: este es el conde don Sancho, el que dio buenos fueros a los pueblos. La santa ley fue su compañera y el bienestar del reino su mayor cuidado, destruyó a los moros y desde entonces brilló Casilla. El construyó estos lugares y de aquí sacó la norma de su vida. Esforzado varón, fue al fin vencido por el peso de la muerte y, trasponiendo este mundo, se encaminó hacia Cristo”.

Del monasterio primitivo, que se construyó sobre los restos de la devastada iglesia,  apenas si queda nada. Actualmente hay una iglesia ojival, con numerosas huellas románicas, protegida por los restos de la antigua muralla medieval,  a la que el arquitecto burgalés, Simón de Colonia, hacia el año 1500 añadió  un crucero, con lo que la iglesia alcanzó unas considerables dimensiones: 80 metros de largo, 20 de altura y otros 20 de anchura, rematada por una original bóveda gótica con nervaduras y ocho apoyos, obra de Juan de Colonia. También construyó  un singular claustro gótico, que constituye una verdadera maravilla arquitectónica, en que se encuentran las tumbas de numerosos personajes ilustres de La Bureba, del linaje de los Lara y los Velasco. Dentro de la iglesia hay que destacar la magnífica sillería de diseño geométrico, delicadamente afiligranado, obra de Martín Sánchez, el mismo que realizó la de la Cartuja de Miraflores de Burgos y la de Santo Tomás de Ávila.

El rey Sancho II de Castilla “el Fuerte”, fue otro de sus grandes protectores. De hecho, al mandar construir en el año 1066, una capilla, en honor a la Virgen de Oña, para su propio enterramiento, fundaba, al mismo tiempo, un Panteón para Condes y Reyes, que fue ampliado en el siglo XV y actualmente se encuentra dividido en dos partes, cada una a un lado del altar mayor.

En el lado de la Epístola, bajo sus correspondientes baldoquinos, se encuentran los sarcófagos construidos de madera de nogal y boj y delicadamente decorados, en los que se supone descansan los restos de:

.El conde Sancho García el de los “Buenos fueros”

.Su esposa Doña Urraca Gómez, hija del conde de Saldaña

.Su hijo el  conde García Sánchez de Castilla, asesinado en León

.El infante Felipe de Castilla, hijo del rey Sancho IV de Castilla y de Doña María de Molina.

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En lado del Evangelio, igualmente bajo baldoquinos y con decoración muy similar, se encuentran los de:

.El rey Sancho II de Castilla, asesinado en Zamora, hijo del rey Fernando I de León y de su esposa, la reina Doña Sancha de León, con el siguiente epitafio grabado: “aquí yace el rey don Sancho que mataron sobre Zamora”

.El rey Sancho III el Mayor de Pamplona

.Su esposa Doña Muniadona de Castilla, hija del conde Sancho García

.El infante García de Castilla, hijo del Rey Alfonso VII y de Doña Berenguela, hija del conde de Barcelona Ramón Berenguer III

En todo este impresionante conjunto funerario destaca una delicada ornamentación pictórica, con temas referentes a la pasión de Cristo, realizada durante la segunda mitad del siglo XVI por Fray Alonso de Zamora (3), que tuvo en la Abadía su propio taller pictórico.

Sobre la pared de la Epístola destaca un mural gótico del siglo XIV, perfectamente conservado, con escenas de la vida de Santa María Egipcíaca y enfrente se encuentra la valiosa talla románica del Cristo de Santa Tigridia, del siglo XII.

En el crucero se puede admirar un órgano barroco de grandes dimensiones, con más de 1100 tubos, recientemente restaurado, con el que se dan conciertos durante los meses de julio y agosto.

En la Sala Capitular se ha instalado un museo románico, con piezas procedentes del mismo Monasterio. La sacristía, de estilo herreriano, construida a finales del siglo XVI, es  igualmente de grandes dimensiones. Actualmente se ha convertido en el Museo de la Abadía, en el que se pueden apreciar algunas piezas textiles medievales, como la supuesta mortaja del conde Sancho García, del siglo X, que posiblemente pueda ser un regalo al conde del califa Hixem II de Córdoba, con motivo de un tratado de paz firmado entre ambos en el año 993. En todo caso, se trata de una pieza de un valor artístico incalculable. Destaca también en la sacristía el sepulcro del arzobispo de Burgos  y  cardenal, Pedro López de Mendoza, natural de Oña, atribuida al famoso escultor milanés, Pompeyo Leoni (4).

Volviendo de nuevo a la historia, en el año 1367 el Monasterio y el pueblo de Oña fueron saqueados por las tropas mercenarias de Eduardo de Woodstock, hijo del rey Eduardo VIII de Inglaterra, más conocido históricamente como “el Príncipe Negro”, que había entrado por Navarra para ayudar al rey Pedro I de Castilla en su enfrentamiento con su hermanastro,  el conde D. Enrique de Trastámara, que aspiraba a destronarle y se había apoderado de la ciudad de Burgos (5).

A lo largo de su dilatada historia, el Monasterio de Oña ha pasado por toda clase de circunstancias, tanto adversas como favorables. Su historia la escribió el P. Yepes en su “Crónica benedictina” del siglo XVII.

Anteriormente, durante el siglo XVI, el benedictino fray Ponce de León había fundado en el monasterio la primera escuela de sordomudos del mundo, creando el método “bimanual”, para enseñar a escribir a los niños sordomudos.

También fueron notables las vicisitudes sufridas por el Monasterio durante el siglo XIX, comenzando por el saqueo de los franceses durante la Guerra de la Independencia, a la que siguieron los desmanes de las partidas carlistas durante la primera guerra carlista, que dio comienzo a la muerte de Fernando VII, en 1833 y se prolongó durante nada menos que siete años. Posteriormente, sufrió la desamortización llevada a cabo por Mendizábal, por la que la iglesia se convierte en la parroquia del pueblo, y junto con la sacristía, el claustro y la sala capitular pasan a ser propiedad de la Archidiócesis de Burgos, comenzando de esta forma una etapa de franca decadencia, hasta que, en el 1880, todo el conjunto monumental es adquirido por la Compañía de Jesús, que hace una fuerte inversión económica en su restauración. Los jesuitas establecieron en el monasterio su Noviciado y también el “Colegio Máximo”, en el que se estudiaba Teología y Filosofía. La Compañía de Jesús permaneció en Oña hasta finales del año 1967, en que lo vendieron a la Diputación de Burgos por 24 millones de pesetas. A partir de aquí el complejo monástico se dedica a diferentes actividades, instalándose un hospital psiquiátrico y una granja agrícola, entre otras cosas. Por cierto que durante algunos años los internos del Psiquiátrico eran los encargados de mostrar el Monasterio a los visitantes.

En la actualidad, el Monasterio de San Salvador ha recuperado totalmente su carácter histórico y monumental. Visitarlo es meterse de lleno en la historia. Es volver a vivir algunos de los momentos que hicieron que Castilla pasase de ser “un pequeño rincón” a convertirse en el reino más poderoso de España, motor indiscutible de nuestra Historia.

En el año 2011 se celebró el milenario de su fundación y en el 202 tuvo lugar en el monasterio la decimoséptima exposición de “Las edades del Hombre”, bajo el título de “Monacatus”. En la actualidad está abierto al público mediante visitas guiadas.

NOTAS:

  • El Monasterio de San Pelayo fue fundado en el año 966 por el rey Sancho I de León, en honor del joven mártir Pelayo, asesinado en Córdoba por negarse a  acceder a los favores que le solicitaba el califa Abd al-Rahmán III, cuyos restos habían sido trasladados a la ciudad de León. Posteriormente fueron trasladados a Oviedo. El monasterio acabó siendo la actual Colegiata de San Isidoro de León.
  • El rey Fernando I de León y conde de Castilla tuvo 5 hijos: Sancho, Alfonso, Urraca, Elvira y García. A Doña Elvira le tocó el reino de Zamora, en cuyo cerco fue asesinado su hermano Sancho.
  • Fray Alonso de Zamora vivió entre los años finales del siglo XV y los primeros del XVI, fue monje de varios monasterios, como el de San Pedro de Tejada y el de San Salvador de Oña, donde estuvo varios años y donde creó un taller de pintura, pudiéndose admirar actualmente algunas de sus obras, especialmente un conjunto de 8 lienzos sobre la Pasión de Cristo; también tuvo otro taller en la ciudad de Burgos y realizó trabajos en la catedral. En el Museo Provincial de Burgos también se pueden admirar algunas de sus obras.
  • Pompeyo Leoni y su padre, el también escultor Leone Leoni, ambos de Milán, se instalaron en España al servicio de la familia real, recibiendo el encargo de realizar el grupo escultórico de estatuas orantes de Carlos I y su familia, para el Real Monasterio del Escorial. Ejercieron gran influencia sobre los escultores españoles de la época, como Juan de Arfe o Antón Morales.
  • La guerra civil entre Pedro I el Cruel y su hermanastro, acabó en 1369 con el asesinato del primero y la proclamación de su asesino como rey de Castilla, con el nombre de Enrique II de Trastámara, llamado “El de las Mercedes” por los muchos favores que tuvo que conceder para mantenerse en el trono.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, octubre 2015

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