BURGOS MONUMENTAL. MONASTERIO DE VILEÑA. -Por Francisco Blanco-.

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La vida matrimonial y amorosa del rey Fernando II de León resulta de lo más complicada, aunque, en realidad, gira tan solo alrededor de tres mujeres, sus tres esposas, con la particularidad de que dos de ellas, antes que esposas fueron también sus amantes, teniendo descendencia con las tres.

Fernando II había nacido en Benavente, el año 1137 y fue proclamado rey de León el 1157, a la muerte de su padre, Alfonso VII el Emperador, que fue el primer monarca español de la Casa de Borgoña, correspondiéndole a su hermano Sancho III el reino de Castilla. En el 1158 ambos hermanos, reunidos en el Monasterio de Sahagún, que era el principal foco espiritual del reino leonés, acordaron unirse para luchar juntos contra los musulmanes, repartirse los territorios que les arrebatasen y, en caso de fallecimiento de alguno de los dos, el superviviente heredaría sus reinos. La muerte le sobrevino al rey Sancho en Toledo, el 31 de Agosto del 1158, pocos meses después del tratado de Sahagún, que no llegó a llevarse a efecto, siendo nombrado rey de Castilla su hijo Alfonso VIII, que a la sazón era menor de edad.

Pero volvamos a la vida matrimonial del rey Fernando: en el 1165 contrajo matrimonio con la infanta Doña Urraca de Portugal, hija del rey Alfonso Henriques el Conquistador y de Doña Mafalda de Saboya, de la Casa de Borgoña, emparentada, por tanto, con el rey Alfonso VII el Emperador. De este matrimonio nació un hijo, que acabaría siendo, después de muchas intrigas y dificultades, el rey Alfonso IX de León. Pero este matrimonio no duraría mucho, pues el Papa Alejandro III, en el año 1171, procedió a anular el matrimonio por motivos de cosanguineidad. El rey Fernando, no se sabe si de buen grado u obligado por la bula papal, no le quedó más opción que repudiar a su esposa, pero eso sí, después de concederla varios municipios zamoranos como  compensación. La reina Doña Urraca ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén y se retiró al  Monasterio de Santa María de Wamba, en Valladolid, que pertenecía a la Orden.

El rey Fernando no tardó en encontrar consuelo en una alta dama de la corte leonesa, llamada Doña Teresa Fernández de Traba, viuda del conde Nuño Pérez de Lara, de la burgalesa estirpe de los Lara, con quien había tenido cinco hijos, pasando todos ellos a vivir en el palacio del rey leonés, de quien recibieron numerosas mercedes y propiedades. Las relaciones entre la pareja se legitimaron al contraer matrimonio en el año 1178. De este nuevo matrimonio nacieron dos hijos, el primero fue el infante Fernando de León, que nació en 1178, antes de que sus padres se hubieran casado, y que murió antes de cumplir los siete años. El segundo fue otro varón, que nació muerto y que, además, provocó el fallecimiento de su madre, la reina Teresa, esto ocurría en León, el 6 de febrero del 1180, siendo enterrados ambos en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León.

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Dos años permaneció viudo el rey Fernando. Hacia el año 1182 tomó por amante a Doña Urraca López de Haro, hija del conde D. Lope Díaz I de Haro, llamado El Rubio, señor de Vizcaya, y de la condesa Aldonza. Doña Urraca había estado casada anteriormente con el magnate gallego D. Nuño Meléndez, con quien tuvo una hija, Doña María Núñez.

Este amancebamiento también produjo sus frutos: en 1182 nació García, que solamente vivió dos años; en 1184 llegó Alfonso, que fallecía en 1188 y, por último, en 1186, nacía Sancho Fernández de León, llamado el Cañamero, señor de Monteagudo y Aguilar, que vivió hasta el año 1220.

Poco tiempo después, en mayo de 1187, cuando el fin de sus días estaba muy cercano, posiblemente apremiado por su amante, que conocía la proximidad de su muerte, Fernando II de León contrajo su tercer matrimonio, esta vez con su amante Doña Urraca López de Haro. La nueva reina intentó aprovechar esta circunstancia para  conseguir que el heredero del Reino leonés fuera su hijo Sancho, en detrimento del primogénito Alfonso, habido en el primer matrimonio del rey con Doña Urraca de Portugal. Para ello argumentaba que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el Papa, debido a los lazos de sangre existentes entre ambos. Llegó a conseguir que el rey Fernando desterrase a su hijo primogénito, pero sus propósitos no llegaron a verse hechos realidad, debido a los pocos apoyos  que recibió,  a causa, principalmente, de la corta edad de su hijo Sancho y a la oposición de la familia de la anterior esposa, los Fernández de Traba y los poderosos Lara.

Tal como se temía, el rey Fernando fallecía en Benavente, el 22 de enero de 1188, a los 53 años de edad. Le sucedió su hijo primogénito, Alfonso IX de León.

A raíz de la muerte del rey Fernando II su viuda se trasladó a Castilla, donde reinaba Alfonso VIII, sobrino del fallecido rey leonés, refugiándose en sus propiedades de La Bureba, situadas en  Santa María Ribarredonda y en los montes de Petralata. Con estas tierras, otras que recibió en donación del rey de Castilla, como Vileña, La Vid de Bureba y Villaprovedo, y algunos trueques que realizó con los monjes del cercano Monasterio  de San Salvador de Oña, en el año 1222 Doña Urraca funda el Monasterio de Santa María la Real de Vileña, para monjas cistercienses  sometidas al dominio de la Abadesa del Monasterio de Las Huelgas de Burgos, a quien la fundadora cedió todas sus propiedades.

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La ceremonia de fundación del  Monasterio tuvo lugar el 14 de abril de 1222 y en ella, además de la fundadora, Doña Urraca, estuvieron presentes el obispo D. Mauricio de Burgos y los abades de Oña, Bujedo, Salas, Herrera e Iranzu, quienes proclamaron a Doña Elvira García como primera abadesa.

En este Monasterio tomó Doña Urraca los hábitos, llevando una vida retirada hasta su muerte, ocurrida en el 1230, siendo enterrada en un sepulcro de piedra, que fue colocado en el presbiterio de la iglesia del Monasterio que ella misma había fundado.

El historiador burgalés D. Inocencio Cadiñanos (1) hace de este sepulcro la siguiente descripción: “La figura yacente de la reina es de gran tamaño, tallada en un solo bloque de piedra. Aparece someramente trabajada, vestida de monja, como consta lo que fue en sus últimos años. La cabeza descansa sobre una almohada, encuadrada por figuritas muy mutiladas de ángeles turiferarios. El sonriente rostro ovalado está centrado por la gran toca plisada. Desde la nariz para arriba la cara de Doña Urraca se halla muy estropeada. Las manos, de largos dedos, aparecen cruzadas sobre el vientre, la superior casi desaparecida. Una sencilla túnica de plegados someros y casi paralelos, cubre el resto de su cuerpo. A los pies, los pliegues son numerosos. Una inscripción nos recuerda que allí descansa DOÑA hURRACA hYJA DeL CONDE DON LOPE DÍAZ / MVGER DEL REY DON FERNANDO DE LEON”.

Este monasterio cisterciense femenino, prácticamente se convirtió en un convento familiar, pues en él procesaban, principalmente,  las hijas de las familias que integraban la nobleza comarcal, como los Zuñigas y los Rojas, que acabaron convirtiéndose en sus protectores. Algunos destacados miembros de estas familias, así como varias abadesas, entre ellas Doña Elvira de Rojas Bonifaz, nieta del Almirante de Castilla D. Ramón Bonifaz, eligieron el Monasterio para su último reposo.

Entre los años 1234 y 1246, la abadesa que rigió los destinos del monasterio fue la primera hija de la fundadora, Doña María Núñez, fruto de su primer matrimonio con D. Nuño Menéndez.

En la segunda mitad del siglo XIV, al igual que ocurriera con el de San Salvador, el monasterio no se libró del saqueo de los mercenarios del Príncipe Negro, que incluso llegaron a violar a las religiosas allí acogidas, pero durante los siglos XV, XVI y XVII, el cenobio alcanzó su máximo esplendor, ejerciendo jurisdicción sobra más de una treintena de lugares, casi todos en La Bureba, donde las monjas, que superaban la cincuentena, llegaron a disponer  de más de 3000 fanegas de tierras de cultivo, alcanzando, en el siglo XVIII, unos ingresos superiores a los 37000 reales de vellón.

Durante el siglo XVI se instaló en el Altar Mayor el retablo de la Asunción, obra del escultor burgalés Pedro López de Gámiz, nacido en Barbadillo del Pez, que tenía su taller en Miranda de Ebro. Durante la invasión napoleónica, el monasterio también sufrió el saqueo de los soldados franceses, provocando el comienzo de su decadencia económica, que se vio aumentada con los procesos desamortizadores llevados a cabo por Mendizabal primero, y posteriormente por Madoz. En 1868 el Gobierno revolucionario de Prim clausuró el cenobio, que llevaba varios años subsistiendo a consta de una exigua subvención del Estado, que a veces se retrasaba en llegar. Las religiosas tuvieron que trasladarse a Las Huelgas de Burgos hasta el año 1872, en que se las permitió regresar, pero para estas fechas el patrimonio del Monasterio había sido sometido a un exhaustivo saqueo por parte de particulares y también de Instituciones, dejando a la comunidad de monjas en una desesperada situación económica, que las obligó a malvender lo poco que les habían dejado.

El 21 de mayo de 1970 un terrible incendio destruyó casi por completo el monasterio, obligando  a las monjas a trasladarse a unas dependencias nuevas y muy modestas en la localidad del Villarcayo, donde instalaron un museo con los restos que lograron salvar del incendio, entre los que se encontraba el sepulcro de la fundadora. Este museo se cerró en el año 2008, cuando las tres últimas monjas del nuevo Monasterio lo abandonaron para trasladarse a un pequeño convento en el barrio burgalés de Villimar. Su contenido se encuentra repartido entre el Museo Provincial y el Museo del Retablo de Burgos.

NOTA: 

Para mayor información puede consultarse “El monasterio de Santa María la Real de Vileña, su museo y cartulario” por D. Inocencio Cadiñanos Bardeci. Año 1990.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, octubre 2015

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