MONASTERIOS BUREBANOS: SANTA CASILDA. Por Francisco Blanco.

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“Santa Casilda en un alto,
San Vicente en una Cueva,
Santa Casilda es la luz
que ilumina a la Bureba”.
(canción popular)

Santa Casilda no es propiamente un Monasterio, sino un Santuario. Un Santuario envuelto en la leyenda, pero con mucha historia. A principios del siglo XVII un fraile mercedario, Fray Gabriel Téllez, que firmaba sus obras como Tirso de Molina, reflejó la Leyenda de Santa Casilda en una comedia que podría llamarse de moros y cristianos y que tituló “Los Lagos de San Vicente”, que transcurre en el siglo XI, siendo Fernando I conde de Castilla y se desarrolla entre Toledo y Burgos.

En el término municipal de Salinillas de Bureba (1), muy cercano a Bivriesca, la capital de la comarca, en lo alto de un risco existía una cueva, con una ermita en su interior, y en su ladera, formando un agreste conjunto paisajístico de gran belleza, brotaban unos manantiales, a los que los lugareños llamaban pozos, estando todo el conjunto bajo la advocación de San Vicente Mártir, cuya imagen se hallaba en el interior de la citada cueva. Los dos pozos, el blanco y el negro, estaban igualmente sometidos al influyo de una leyenda popular, que atribuía a sus telúricas aguas poderes curativos y milagrosos. Al pozo blanco, de agua cristalina con fondo de piedras blancas, se le atribuía la propiedad de hacer fecundar a las mujeres, para ello había que lanzar desde la ladera una piedra al pozo si se deseaba un niño, o una teja si el deseo era tener una niña. Por su parte, al pozo negro, cuyo fondo era de hierbas y tierra, siendo por ello sus aguas más oscuras, se le atribuían propiedades curativas, para lo cual había que mojar una prenda en sus aguas, y ponérsela posteriormente al enfermo. Naturalmente, antes de cada rogativa era preciso hacer una devota invocación a San Vicente y, posteriormente, a Santa Casilda.

Siguiendo con la leyenda, a estas tierras y en estos manantiales vino a curarse en las postrimerías del siglo XI una joven y hermosa princesa mora, de nombre Casilda (Qásida en árabe), que significa poesía. Había nacido en Toledo y era hija del sultán toledano al-Mamún, también conocido como Aldemón. Siendo muy niña quedó huérfana de madre y, siendo muy niña todavía, se le manifestó una extraña enfermedad, que ningún médico de la corte toledana supo diagnosticar ni encontrar remedio que la atajara, atribuyéndola a un extraño flujo de la sangre. Sus primeros años transcurrieron entre mimos, halagos y cuidados, pero también estudió el Corán y aprendió a leer y escribir, tomando mucha afición por la lectura, siendo instruida por los mejores preceptores que había en Toledo. Ocurrió también que la niña, a pesar de su enfermedad, o tal vez a causa de ella, estaba dotada de una viva inteligencia y una delicada sensibilidad, que la indujeron a interesarse por los principios fundamentales de las cosas, entre ellas la religión, interesándose enseguida por los fundamentos del cristianismo y por las condiciones de vida de los cristianos cautivos, encerrados en las cárceles de Toledo, entre los que no faltaban monjes y sacerdotes. Acuciada por la curiosidad e impulsada por sus sentimientos caritativos, Casilda decidió visitar las cárceles y conversar con esos monjes y sacerdotes. Estas visitas las hacía aprovechando las ausencias del rey, su padre, que eran frecuentes por tener que ocuparse de los numerosos asuntos de su reino. Su intención era ser instruida en la doctrina cristiana, pero al ver las condiciones de vida que los prisioneros tenían que soportar en aquellas lóbregas mazmorras, no dudó en llevarles también, con la ayuda de un fiel servidor, medicinas y alimentos que les sirvieran de alivio. Los rumores sobre estas actividades de la princesa Casilda no tardaron en llegar a oídos del Sultán, que montó en cólera y se propuso sorprender y castigar a la osada princesa. Para ello, pretextando irse de cacería, se ocultó en las cercanías de la prisión, a la espera de lo que ocurriese. Ajena a esta conspiración, la princesa, al saber que su padre estaba ausente, se dirigió como de costumbre a socorrer a los cautivos, portando, con ayuda de su criado, una gran cesta llena de provisiones y medicinas. El sultán, enfurecido, le sale al paso y rodeándola con su guardia la pregunta: “¿Se puede saber que llevas en esa cesta?” , “Rosas”, le contesta la princesa sin inmutarse. “¡Enséñamelas!”, exige impaciente el sultán, levantando con violencia la tapa de la cesta. Y, ante el asombro de Casilda y su criado, la cesta aparece colmada de frescas y rojas rosas. El sultán coge dos de las rosas, las olfatea y, con el semblante radiante de alegría, abraza cariñosamente a su hija.

Este milagro no hizo sino reafirmar a la joven princesa en la fe cristiana que ya empezaba a sentir, tomando la determinación de hacerse bautizar por alguno de aquellos monjes prisioneros de su padre, pero su implacable y misteriosa enfermedad de los flujos de sangre se lo impide, pues su salud empieza a decaer y su frescura a marchitarse, dejándola postrada, marchita y sin fuerzas. Alguno de los cautivos sugirió que en su tierra, cerca de Briviesca, había unos lagos cuyas aguas eran milagrosas y curaban toda clase de enfermedades, por extrañas que estas fueran. También una voz celestial, tal vez la de San Vicente, susurró en los oídos de la enfebrecida enferma que para recobrar la salud debía sumergir su cuerpo en las aguas de aquellos lagos.

Esta vez el sultán accedió a que su hija se trasladara a Castilla, para someterse al tratamiento de aquellas aguas de las que tantas maravillas se hablaban. Mandó sus mensajeros al conde Fernando I de Castilla, que por entonces era también rey de León, y una regia comitiva, protegiendo a la princesa enferma, se puso en marcha hacia aquellas lejanas tierras de La Bureba. Una vez en el alto de aquel risco, sumergió su cuerpo en uno de los pozos, quedando sus ropas empapadas pero, casi de inmediato, notó como su cuerpo se transformaba, recuperando rápidamente el vigor y la lozanía perdidos. Pero también su espíritu se transformó, se sintió feliz y liberada en medio de aquel abrupto paraje, bajo un cielo tan cercano y tan azul. Penetró en la Ermita a rendir homenaje de gratitud a San Vicente y cuando salió, al cabo de un buen rato, en su ánimo se había aposentado firmemente el propósito de no abandonar jamás aquel lugar, tan solitario y tan bello. No quiso regresar con su comitiva a su palacio de Toledo, mandó repartir sus pertenencias entre las gentes de los alrededores, eligió una de las cuevas circundantes y se quedó a vivir para siempre en aquel lugar. Casilda vivió en aquella cueva, como un eremita, el resto de su vida, practicando la oración, el ayuno y la penitencia, dando ejemplo de sencillez y humildad. Su buena fama pronto se extendió entre los lugareños de la zona, que la profesaban cariño y admiración. Allí vivió hasta los sesenta años y su muerte causó consternación y dolor entre aquellas gentes, que decidieron construir una ermita al pie de la montaña, que sirviera de última morada a la princesa anacoreta.

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Resultó, siempre según la leyenda, que lo que construían durante el día, por la noche era trasladado misteriosamente a lo alto del risco. Los lugareños entendieron que el prodigio se debía a los deseos que, desde el cielo, les enviaba Casilda de reposar en aquel cerro y acabaron de construir la Ermita en todo lo alto. También la empezaron a venerar como Santa Casilda y la Ermita se convirtió en un símbolo espiritual a visitar y en una atalaya natural, desde donde el peregrino podía contemplar una gran extensión de tierras burebanas, rodeadas de montañas y protegidas por un cielo casi siempre azul.

En el siglo XVI Santa Casilda había adquirido fama de milagrera, fama que había trascendido la comarca, provocando la llegada de numerosos devotos que se acercaban en peregrinación o en romería a rezar ante la tumba de la princesa mora y pedirle, de paso, su intercesión, dejando muchos de ellos sus exvotos en agradecimiento a los favores recibidos de la santa. Ante tal afluencia de visitantes, sobre la misma ermita se erigió el Santuario que actualmente se puede visitar.
Casi enfrente, se levanto una hospedería (2) para albergar y atender a tanto peregrino, que hoy en día sigue funcionando y ofreciendo a sus huéspedes los extraordinarios productos gastronómicos de La Bureba, como las alubias, el lechazo, la morcilla, el queso o las delicadas almendras garrapiñadas.

La portada de la iglesia, obra de Nicolás de Vergara, es renacentista y en su interior, cubierto por una bóveda barroca, bellamente decorada, destaca el Altar Mayor con la imagen yacente de Santa Casilda sobre la urna que contiene sus reliquias, obra destacada del artista burgalés Diego de Siloé.
La festividad litúrgica de Santa Casilda se celebra el día 9 de abril, aunque los años en que cae dentro de la Semana Santa se traslada al 9 de mayo. Con este motivo se celebra una popular romería, que reúne alrededor del Santuario y de los pozos un gran número de burebanos y gentes de otras comarcas y regiones, que rinden devoto tributo a la Santa, patrona de La Bureba y protectora de los matrimonios sin descendencia.

Las romerías y las visitas de toda clase de gentes se suceden a lo largo de todo el año, especialmente durante la primavera y el verano. No resulta difícil ver ascender con los pies descalzos las escabrosas pendientes que conducen a la ermita, hombres y mujeres de todas las edades en cumplimiento de votos o promesas, o en agradecimiento por los favores recibidos. Tampoco escasean las excursiones organizadas, especialmente durante los fines de semana.
Sin duda, el Santuario de Santa Casilda se ha convertido en el centro espiritual de La Bureba, y su bello entorno en un atractivo reclamo turístico.

NOTAS:

(1) El Concejo de Salinillas de Bureba incliye los términos de Buezo y Revillalcón.
(2) La Hospedería ha sido restaurada y modernizada y está regentada por personas de la tierra.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015

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