EL MONASTERIO DE SAN PEDRO DE ARLANZA Y FERNÁN GONZÁLEZ. -Por Francisco Blanco-

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“Nunno Belchidez ovo filio a Nuño Rasuera.

Nunno Rasuera ovo filio a Goncalbo Nunnez.

Goncalbo Nunnez ovo filio al comte Fernand Goncalbez.

(del “Liber Regun”, siglo XIII) 

Según los “Anales Castellanos Primeros”, este Nuño Belchides que aparece en la Crónica como bisabuelo de Fernán González, parece que era un caballero teutón, originario de Colonia y descendiente de Carlomagno, que había aparecido por Castilla hacia el año 882, casando con Doña Sula, hija del conde Diego Rodríguez Porcelos, el repoblador, por orden del rey de Asturias, Alfonso III, de los territorios de Burgos y Ubierna. De este matrimonio nació Nuño Rasura, el legendario juez castellano, quien, junto con Laín Calvo, impusieron en Castilla el “Fuero del Albedrío”, dejando sin efecto el vigente “Fuero Visigótico”. Fue, sin duda, el primer y decisivo paso de Castilla hacia su independencia de León. Por cierto que Nuño Rasura era el suegro de Laín Calvo, que se había casado con su hija Teresa Núñez.

Gonzalo Fernández (1) ya era conde de Burgos en el año 899, estableciendo su sede en el fortificado castillo de la Peña de Lara, muy próximo a la frontera establecida por los moros, que habían llegado hasta Carazo, en cuyo castillo se habían hecho fuertes y de donde fueron expulsados por su hijo, el conde Fernán González, después de la batalla de Carazo, según nos cuenta el Poema de Fernán González, escrito por un  monje arlantino en el siglo XIII:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,

Era de castellano Montes de Oca mojón,

E de la otra parte Fitero el fondón,

Moros tenían a Carazo en aquella sazón”

Se había casado con Doña Muniadona, señora de Lara, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Ramiro González. Murió en el año 915 siendo conde De Burgos y Castilla, quedando sus dos vástagos, todavía de corta edad, al cuidado de su esposa Muniadona, condesa de Lara, que le sobrevivió hasta el año 935. Según testimonio de fray Prudencio de Sandoval y fray Antonio de Yepes, fue enterrada en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara su hijo Fernán González, conde de Lara, de Álava, de Lantarón, de Cerezo y de Castilla.

Prácticamente desde que era un mozalbete de siete u ocho años, la peripecia vital de Fernán González se ve rodeada de leyenda, y su figura y sus hazañas son cantadas en numerosos Romances y Cantares de Gesta, que han convertido al Buen Conde en una especie de paradigma del perfecto caballero medieval,  adornado con toda clase de virtudes. Son de destacar la “Crónica Rimada” y el “Poema de Fernán González”, escrito en el siglo XIII, muy posiblemente por un monje del mismo Monasterio de San Pedro de Arlanza. Pero también a principios  del siglo XVI, hacia el año 1512, un abad del Monasterio, Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado (2), escribe una encomiástica biografía del Conde, con el título de “Crónica del Conde Fernán González”, en la que se narran las hazañas militares y los hechos milagrosos del “Buen Conde”, incluyendo la fundación del Monasterio de San Pedro de Arlanza, que no duda en señalar como obra del Conde.

Huérfano desde los seis o siete años, si hacemos caso del Poema su educación corre a cargo de un carbonero, que le enseña a cazar y también a utilizar el arco y la daga, mientras que para otros biógrafos, fue un ayo de avanzada edad el que le educó, de nombre Martín González, en un apartado paraje de la sierra de las Mamblas, afirmando además que,  “era ya a essa sazon grand cauallero”.

Su nombramiento como conde de Burgos se produjo cuando tenía diecisiete años. Hasta entonces, la vida del conde había transcurrido entre las sierras de Carazo y de las Mamblas, a cuyos pies discurría el río Arlanza, trazando una pintoresca y caprichosa hoz, en cuyas márgenes crecían las hayas, los robles, las encinas, las sabinas y toda clase de plantas silvestres, formando un verde y tupido bosque, habitado por una variada fauna, entre la que abundaba la caza.

En lo más alto de la sierra de las Mamblas existía una pequeña y  rudimentaria ermita, habitada por  tres monjes eremitas, bajo la dirección del monje Pelayo, o “Pedro el Viejo”, como también se le llamaba, que vivían pobremente como ermitaños, dedicados exclusivamente a la oración y el ayuno, aunque también tenían que vigilar no ser sorprendidos por sus cercanos vecinos, los moros de Carazo.

No era infrecuente, por aquellos tiempos del Medievo y en estas recién pobladas tierras castellanas, de tan acendrada y encendida religiosidad, encontrar numerosos ermitaños o eremitas, solitarios o formando pequeños cenobios, dedicados a este tipo de vida, con el único propósito de santificarse y alcanzar la vida eterna.

Seguramente fue durante alguna de sus numerosas cacerías por aquellas sierras, cuando el joven conde entró en contacto con aquellos monjes, a los que provee de alguna pieza de caza, y con los que no tarda en contraer amistad, especialmente con Pelayo, que le toma bajo su protección y se convierte en su consejero, auspiciándole toda clase de victorias, tanto militares como diplomáticas. El Conde también toma afecto a aquel monje Pelayo y sus dos compañeros, Arsenio y Silvano, a los que no dejará de visitar, e impresionado por tan brillantes augurios, promete solemnemente destinar un quinto de sus ganancias a levantar un nuevo monasterio mucho más grande, capaz para dar cobijo a más de cien monjes. Esta promesa, que desde luego Fernán González cumplió a rajatabla, es el origen de San Pedro de Arlanza, cuyas monumentales ruinas todavía, aunque con el alma embargada por la pena, se pueden admirar, recreando aquellos lejanos tiempos, tan cuajados de historia y de leyenda.

“Quiso Dios al buen Conde esta gracia facer,
Que moros nin cristianos non le podían vencer”

(del Poema de Fernán González)

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El Monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza fue uno de los grandes símbolos de la cristiana gesta de la Reconquista, comenzada en las montañas astures y continuada en aquellas tierras de castillos, recién repoblada por los “foramontanos”, que acabó tomando el nombre de Castilla, en la que, junto a los castillos, se empezaron a levantar catedrales, iglesias, monasterios y ermitas, vigilantes testigos del triunfo de la Fe Cristiana sobre la herejía musulmana, del que dieron cumplida fe.

El nuevo monasterio se levantó a orillas del Arlanza, en una de las hoces que traza el río entre Hortigüela y Covarrubias, al pie de la Sierra de las Mamblas, semejante a una gigantesca ballesta, rodeado de hayas, encinas y sabinas.

En el Cartulario del propio Monasterio se encontraron las copias de dos Actas fundacionales, datadas ambas en el año 912, afirmando que la fundación fue obra del conde Fernán González, cosa poco probable, ya que numerosos biógrafos del conde establecen el 910 como la fecha más probable de su nacimiento, lo que nos lleva a pensar que los verdaderos fundadores del monasterio fueron sus padres, D. Gonzalo y Doña Muniadona, entre los años 912 al 915. En consecuencia, es casi seguro que las dos copias citadas sean apócrifas, escritas posteriormente para ligar la figura legendaria del Conde a la fundación del Monasterio.

A partir del siglo XI, las dádivas y donaciones al nuevo monasterio aumentan considerablemente, gracias, especialmente, a la generosidad de Fernando I, rey de León y conde de Castilla, hijo de Doña Muniadona Sánchez, nieta del conde Fernán González, del que era, por lo tanto, descendiente directo.

Era por entonces  García el abad arlantino, quien, al igual que hicieran Domingo en Silos y Sisebuto en Cardeña, dio al monasterio un importante impulso, aumentando el número de monjes, adoptando el rito romano de Cluny y engrandeciendo sus instalaciones.

También por esta época, procedentes de la ermita pre-románica, llegaron al monasterio los sarcófagos con los restos de Fernán González y de su primera esposa Doña Sancha, cumpliéndose así la última voluntad del conde.

En el siglo XII el monasterio siguió gozando del favor real y de la nobleza, recibiendo numerosos privilegios y donaciones, que le permitieron convertirse en un importante complejo monástico, con iglesia abacial, que tenía adosado un claustro procesional por el lado de la Epístola, al que estaban adosadas las dependencias monacales, tal como exigían las reglas de Cluny; por el lado del Evangelio estaba adosada una torre cuadrangular con campanario y una torre fortificada circular.

Todo el conjunto monacal  alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Alfonso VIII. Pero entre finales del siglo XV y principios del XVI, principalmente impulsada por el abad fray Gonzalo de Arredondo, que contaba con el patronazgo de las ilustres familias de los Girón y los Velasco, el complejo monástico sufrió una importante reforma que afectó tanto a la iglesia como al claustro,  construyéndose uno nuevo, de estilo renacentista, en la que intervino la familia de los Colonia, destacados arquitectos y escultores de origen alemán, aposentados en Burgos. Las obras afectaron también a los muros exteriores, que tuvieron que reforzarse con contrafuertes, añadiéndose nuevos pilares para sostener la nueva cubierta, una bóveda estrellada de estilo gótico tardío que, según aseguran algunos expertos, se asimilaba a la de la Cartuja de Miraflores, en las cercanías de Burgos. También se construyó un nuevo coro, se elevó y amplió el ábside de la cabecera y se incrementó la ornamentación, incorporándose los escudos de los Téllez Girón y los Velasco, sobresaliendo el de D. Pedro Girón de Velasco, conde de Haro y de Urueña y señor de Osuna.

También durante el siglo XVII se realizaron algunas reformas de menor importancia, destacando la construcción de la sacristía, adosada al muro norte, por la que se accedía a la Sala Capitular, obra del arquitecto cántabro Pedro Díaz de Palacios, que a su muerte fue enterrado en la nave central del templo.

Pero el periodo de expansión se acaba y comienza una lenta pero inexorable etapa de abandono y decadencia, que culmina en el año 1841 con la exclaustración de la comunidad y la venta del conjunto, que queda abandonado y expuesto al saqueo y al expolio de su contenido: innumerables obras de arte de incalculable valor.

En ese mismo año de 1841 los sarcófagos paleocristianos con los restos del conde Fernán González y su primera esposa doña Sancha, fueron trasladados a la cercana colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, siendo colocados en el presbiterio del altar mayor, donde permanecen y se pueden visitar actualmente.

El expolio y la dispersión sufridos por el patrimonio del Monasterio durante los años y los siglos siguientes, ha sido total y descontrolado, yendo a parar los valiosos restos a las manos y los lugares más insospechados: La fachada occidental, incluida la portada principal del siglo XI, fue a parar en 1895 al Museo Arqueológico de Madrid. Las pinturas de la Sala Capitular se pueden admirar actualmente en el Museo de Arte Románico de Cataluña. El sepulcro de Mudarra el Vengador, el hermanastro árabe de los Siete Infantes de Lara, se puede admirar en el claustro alto de la catedral de  Burgos. La legendaria imagen de la “Virgen de las Batallas” (3), una primorosa talla del siglo XIII, de unos 30 cm., tallada en bronce dorado y policromado, con incrustaciones de piedras y esmalte, que estaba colocada en el ábside del lado de la Epístola, en el año 1883 se hizo cargo de ella el arzobispo de Burgos D. Saturnino Fernández de Castro, perdiéndose después su pista, hasta que, ya en pleno siglo XX, apareció en poder de un coleccionista privado de Nueva York. Finalmente, en el año 1997, fue subastada públicamente en la famosa Galería Sotheby’s, siendo adquirida por el Estado español, que se la cedió al Museo del Prado. Actualmente se puede admirar en el Museo de Burgos, que la tiene en calidad de depósito. Todos los pergaminos, cartas, cartularios, manuscritos y documentos generados en el Monasterio, andan totalmente dispersos, en colecciones privadas o en manos particulares, imposibles de identificar ni localizar, al igual que numerosos objetos y reliquias, que se pueden dar por perdidas para siempre…………….¿Las causas, los motivos? El que esto escribe lo desconoce…………. ¿Fueron las sucesivas desamortizaciones de Mendizábal, Espartero y Madoz las únicas causas del monumental derrumbe? ¡Evidentemente, no!.

De la iglesia, de estilo románico con tres naves, levantada con sólidos muros de sillería, quedan en pie los tres ábsides de la cabecera, con columnas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y zoológicos, que sostenían las bóvedas desaparecidas. En los restos de los muros se pueden apreciar esbeltas columnas pareadas, que se convierten en una sola y que soportaban los arcos de medio punto.

Lo mejor conservado es, sin duda, la torre campanario de planta rectangular con dos cuerpos, el primero con dos arcos ciegos y columnas en las esquinas, en el superior se encuentran los huecos para las campanas, esta torre tiene adosada otra fortificada, de planta circular.

También se pueden contemplar las ruinas del claustro renacentista del siglo XVII, con dos pisos de arcos de medio punto sostenidos por pilastras. En el centro de este claustro se levantaba una artística fuente, que fue trasladada al Paseo de la Isla de Burgos hacia el año 1930.

Detrás de los restos de este claustro renacentista se encuentra la que se conocía como Torre del Tesoro, con dos alturas, la primera, de estilo románico, construida a mediados del siglo XII, era la ya citada Sala Capitular, mientras que  la segunda, del siglo XIII, era una zona de descanso, independiente del monasterio, en la que se albergaban los visitantes ilustres, miembros de la realeza o de la nobleza, con una interesante decoración mural, mediante paneles en  sus cuatro lados, siendo alguno de estos paneles de grandes dimensiones, en los que se representaban figuras de animales característicos del bestiario medieval y también motivos vegetales o geométricos. Todos estos paneles de pinturas fueron arrancados y vendidos durante la segunda década del siglo XX, encontrándose actualmente repartidos entre el “The Cloisters de Nueva York”, el “The Fogg Art Museum” de Harvard y el ya citado Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona.

También se conserva la portada de la fachada oriental, con un arquitrabe en el que figura una leyenda con la fecha de su finalización: “AÑO DE SOLIDEO HONOR Y GLORIA, 1643”, encima del cual aparece la figura ecuestre del conde Fernán González, en postura similar a la de Santiago Matamoros. Encima de la estatua se puede ver el escudo del Monasterio.

Estos restos  ruinosos de lo que podría llamarse “la cuna de Castilla”, uno de los cenobios más representativos de la vieja Castilla condal, siguen impasibles, ajenas a la morbosa curiosidad de los visitantes, en un soberbio paraje a orillas del Arlanza, la arteria principal de Castilla, que también sigue impasible su curso para unirse al Pisuerga, ya en tierras palentinas.

NOTAS: 

  • Tanto Menéndez Pidal como Fray Justo Pérez de Urbel admiten que el apellido Núñez es un error del Arlantino, siendo Gonzalo Fernández el verdadero nombre del padre de Fernán González.
  • Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado, además de abad de San Pedro de Arlanza fue cronista de los Reyes Católicos. La obra citada se la dedicó al Emperador Carlos V.
  • Según la leyenda, esta virgen acompañaba al conde en todas sus batallas.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, enero 2016

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