LA TORRE DE FERNÁN GONZÁLEZ Y LA LEYENDA DE DOÑA URRACA. -Por Francisco Blanco-.

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Urraca, nombre femenino posiblemente de origen egipcio, introducido en España por los árabes, fue utilizado muy frecuentemente durante toda la Edad Media por damas pertenecientes a la realeza y a la más alta nobleza. Son numerosas las Urracas que fueron reinas, infantas o condesas de Asturias, León, Castilla, Aragón y Navarra, en calidad de esposas, madres e hijas, sin hablar de hermanas, sobrinas o primas, cuya relación sería interminable. Tal vez la más antigua documentalmente citada en “La Primera Crónica General” sea la doña Urraca esposa del rey Fruela II de Asturias, con el que casó en segundas nupcias hacia el 917, siendo reina consorte hasta la muerte de su marido, ocurrida el año 924. Pero si escarbamos en la historia de León, Castilla o Navarra, el nombre de Urraca asociado a la realeza lo encontraremos con profusión.

Hacia el año 932, el conde Fernán González de Castilla contrae matrimonio con Doña Sancha Sánchez de Pamplona, hija de los reyes de Navarra Sancho Garcés I y Toda Aznárez. Para la infanta navarra este era su tercer matrimonio, pues anteriormente se había casado con el rey Ordoño II de León, del que fue su tercera esposa y con el que no tuvo descendencia, enviudando el año 926. Hacia el año 930 volvió a contraer matrimonio con el conde alavés Álvaro Herraméliz, con el que tuvo dos hijos, Herramel y Fortún Álvarez, que se educaron y vivieron en la corte leonesa. El conde Herraméliz, que ostentó las tenencias de Álava y Lantarón, murió a finales del año 931 combatiendo al lado del rey Alfonso IV de León, que luchaba por recuperar el trono que había cedido a su hermano Ramiro II.

Su tercer matrimonio con el conde castellano fue bastante prolífico, pues nacieron siete hijos, cuatro varones y tres hembras por el siguiente orden: Gonzalo Fernández; Sancho Fernández; Munio Fernández; Garci Fernández, también conocido como el de las “Manos Blancas”, quien en el año 970, a la muerte de su padre, se convirtió en el nuevo Conde de Castilla; Urraca Fernández, la primera mujer, casada también en tres ocasiones con tres reyes: Ordoño III y Ordoño IV de León y Sancho Garcés II de Pamplona, teniendo descendencia con los tres, hasta un total de ocho hijos; Muniadona Fernández y Fronilda Fernández.

Doña Sancha falleció hacia el año 962 y sus restos mortales recibieron sepultura en el Monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza, recién construido bajo la protección de su marido “El Buen Conde”, como ya se le llamaba. Fernán González contrajo un nuevo matrimonio hacia el año 964, esta vez con la infanta navarra Urraca Garcés, hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona y su esposa Andregoto Galíndez, de este desposorio solamente nació un hijo varón, Pedro Fernández, que fue tenente de La Bureba.

Una de las grandes tareas que emprendió el Buen Conde para proteger y consolidar el emergente Condado de Castilla, que nació rodeado de poderosos enemigos por casi todos los puntos cardinales, fue levantar una línea de fortificaciones a lo largo de la ribera derecha del Arlanza, principal línea fronteriza por el Sur de la tierra de los Lara, destinada a proteger su territorio de las incursiones y acometidas del belicoso Abd-al Rahman III.

De todas estas Torres-fortaleza, la mayoría de las cuales han desaparecido o se encuentran en un estado ruinoso lamentable, destaca la de la villa condal de Covarrubias, que se podía considerar como la capital del condado de los Lara. Erigida hacia el año 942, se trata de un construcción mozárabe de carácter defensivo con planta y tronco piramidal de cuatro alturas, con estrechas saeteras en los pisos superiores. La puerta de entrada, formada por un arco mozárabe de herradura, es de gran tamaño y se encuentra situada a una altura considerable del suelo; se podía acceder a ella mediante una escalera de madera protegida por una tronera, que únicamente podía retirarse desde el interior de la torre. Posteriormente, en el siglo XII, alrededor del torreón se levantó el palacio amurallado del Infantado de Covarrubias, donde pasó a residir la abadesa del cercano monasterio de San Cosme y San Damián, que era al mismo tiempo Señora del Infantado con un gran poder jurisdiccional sobre un amplio territorio.

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Este Torreón de Covarrubias se convirtió en uno de los primeros símbolos de Castilla, pues el conde Fernán González lo utilizaba como emblema en sus pendones, en forma de torreón trapezoidal dorado sobre un fondo de color pardo, figurando siempre a la cabeza de sus huestes.

A partir del siglo XVIII, además de cómo Torreón de Fernán González, se le empezó a conocer también como el “Torreón de Doña Urraca”. La Leyenda se entremete de nuevo en la Historia y la fantasía y la realidad se entremezclan, dando pie a numerosas leyendas que pronto adquieren un gran arraigo popular. Este es el caso de la “Leyenda de la Infanta Doña Urraca”, de la cual existen versiones para todos los gustos. La más difundida y aceptada, aunque posiblemente no sea la más veraz, gira en torno a la figura de Doña Urraca Fernández, hija de Fernán González, que parece se negó a cumplir los deseos de su padre que la quería desposar con el rey de León para, de esta forma, establecer un lazo de sangre que mejorara las relaciones entre castellanos y leoneses, a la sazón bastante tirantes. La negativa de la infanta, quien según la leyenda estaba enamorada de un joven pastor de Covarrubias, enfureció al conde, que la hizo encerrar en el Torreón. Esta leyenda tiene pocos visos de ser real, pues históricamente está demostrado que Urraca Fernández contrajo matrimonio no con uno, sino con tres reyes, dos leoneses y un navarro.

Otro dato a tener en cuenta para intentar averiguar la verdadera identidad de la Urraca emparedada, es que el Infantado de Covarrubias lo creó el conde García Fernández, hijo de Fernán González, con el principal objetivo de dotar a su hija Urraca García, quien desde niña manifestó muy claramente una decidida vocación religiosa. Su Carta Fundacional está fechada el 24 de noviembre del año 978 y en la solemne ceremonia inaugural estuvieron presentes los miembros de la familia condal castellana y los de la familia real de Pamplona, además del obispo de Burgos, once abades, cinco presbíteros, veintiún monjes ermitaños y numerosos miembros de la nobleza castellana.

Esta religiosa infanta, perteneciente a la orden de San Benito y abadesa de la primitiva Colegiata de San Cosme y San Damián, que posiblemente refundara durante el siglo X su tía Doña Urraca, una supuesta hermana de Fernán González, sobre los restos de una iglesia visigótica-no hay que olvidar que Covarrubias fue fundada por el rey godo Chindasvinto durante el siglo VII-, resultó ser una excelente administradora, que hizo prosperar económicamente el Infantado, convirtió la Colegiata en uno de los principales centros espirituales y políticos de Castilla y ejerció como principal consejera política de su padre y después de su hermano Sancho García el de “los Buenos fueros”, que por cierto estaba casado con Urraca Gómez, hija del poderoso conde palentino de Saldaña Gómez Díaz. Finalmente, en el año 1029, tras el alevoso asesinato en León de su sobrino el conde García Sánchez, cuando iba a contraer matrimonio con la hija del rey leonés, asumió la regencia del condado de Castilla hasta que su cuñado, el rey navarro, Sancho III el Fuerte, se hizo con todo el poder. Las noticias documentales sobre la infanta-abadesa desaparecen en el 1032, aunque algunos historiadores datan la fecha de su muerte en el año 1039, asesinada según parece, aunque se desconoce por completo la identidad del supuesto asesino, ni la forma cómo se cometió el crimen. Naturalmente existen teorías, no convertidas en leyendas, que apuntan a su sobrino Fernando Sánchez como posible autor o inductor de este crimen de estado y apuntan también a que los últimos años de su existencia los pasó encerrada en el Torreón.

Sus restos mortales recibieron sepultura bajo el altar mayor de la Colegiata, en un modesto sepulcro identificado por un epitafio en el que figura su nombre y donde sigue encontrándose actualmente.

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Fernando Sánchez era el segundo hijo del rey navarro Sancho III el Mayor, casado con doña Muniadona, hermana de la abadesa doña Urraca. En el año 1029, tras el asesinato en León del joven conde García Sánchez, su padre le nombró conde de Castilla, pero como sólo contaba 13 años de edad su tía la abadesa se hizo cargo también de la regencia del condado castellano, aunque el poder lo siguió ejerciendo el rey navarro, hombre de gran ambición y pocos escrúpulos que, entre otras cosas, anexionó a Navarra una buena parte del territorio del condado de Castilla. Pues bien, Fernando Sánchez, que ha pasado a la Historia como Fernando I el Grande, Rey de León y Conde de Castilla, heredó, tal vez aumentado, el carácter ambicioso y guerrero de su padre, pues en dos memorables batallas, de las que salió vencedor, la de Tamarón en el 1037 y la de Atapuerca en el 1054, consiguió, en la primera quitarle el reino de León a su cuñado Bermudo III y, en la segunda, recuperar ampliados los territorios castellanos que se habían anexionado los navarros y que, a la muerte de su padre, habían pasado a las manos de su hermano primogénito, García Sánchez III. Por cierto que en dichas batallas perdieron la vida tanto su cuñado como su hermano.

Todavía se baraja el nombre de alguna otra doña Urraca como posible protagonista de la leyenda, pero la inconsistencia de los datos históricos las invalida a todas. Lo más probable, históricamente hablando y teniendo en cuenta que pasaron varios siglos antes de construirse la legendaria historia de Doña Urraca, es que la leyenda sea la consecuencia de una interpretación errónea de los documentos de la época que se utilizaron, poco fiables pues en ellos no se acostumbraba a mencionar los apellidos ó patronímicos de las numerosas Doña Urraca que han sido, de una u otra forma, protagonistas de nuestra Historia.

Autor: Paco Blanco, Barcelona marzo 2016

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