CASTROJERIZ Y EL CONVENTO DE SAN ANTÓN. —Por Francisco Blanco-.

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El Camino de Santiago discurre nada menos que durante 112 kilómetros por tierras burgalesas, por caminos y veredas que atraviesan viejos pueblos con mucha historia  que, con frecuencia, retrotraen al viajero a la época medieval de las grandes peregrinaciones que, desde toda Europa, se dirigían a visitar la tumba de Santiago, hallada en tierras gallegas. La villa burgalesa de Castrojeriz era, y sigue siendo, un paso obligado para los millones de peregrinos que hacen la Ruta Jacobea y que se ven obligados a atravesar el pueblo por su calle mayor, con una longitud de kilómetro y medio, aproximadamente. Pero para los que se decidan a visitarlo un poco detenidamente, el pequeño esfuerzo habrá merecido la pena, pues Castrojeriz es un pueblo cargado de arte y de historia y ofrece muchos atractivos a sus visitantes.

Pero mucho antes de que aparecieran los peregrinos por sus calles, estuvo habitado por el pueblo celtíbero de los vacceos, que estuvieron instalados en el centro de la Meseta Norte, ocupando territorios que actualmente corresponden a las provincias de Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Segovia, Palencia y Burgos, lo que representaba, aproximadamente, el cincuenta por ciento de la superficie actual de Castilla-León, incluida la totalidad de la fértil “Tierra de Campos”.

Sus fronteras con los astures eran los ríos Cea y Esla, mientras que el Pisuerga los separaba de los belicosos cántabros, por los que fueron invadidos en más de una ocasión; el burgalés río Arlanza, hasta su unión con el Pisuerga, los separaba por el sur de los turmogos y los arévacos, otras dos tribus celtíberas. Asentamientos importantes fueron Rauda, (Roa de Duero, en la provincia de Burgos); Colenda y Coura, (Cuéllar y Coca en Segovia); Nivaria (Matapozuelos) y Tordesillas en Valladolid; Arbucala (Toro), en Zamora y Helmántica, (Salamanca). Su actividad principal fue la agricultura, adquiriendo gran desarrollo el cultivo del trigo y la cebada.

Los  vacceos se instalaron en la meseta hacia el siglo VI a. C. y fueron el pueblo celtíbero que mayor resistencia opuso a la ocupación  romana, aunque anteriormente habían sido invadidos por los cartagineses. Según el historiador Polibio, Aníbal conquistó Salamanca y Toro en el año 250 a. C.

El dominio romano no se consolidó hasta los tiempos del Emperador Octavio Augusto, en el año 29 a. C.

En Castrojeriz todavía quedan vestigios de los vacceos en el Cerro del Castillo, que domina el pueblo desde sus 900 metros de altitud. Fue fortificado por los romanos para defenderse de las incursiones de los belicosos cántabros, convirtiéndose el pueblo en un importante cruce de caminos, llamado Castrum Caesar.

Durante la época visigoda el poblado pasó a llamarse Castrum Sigerici, origen del actual nombre de Castrojeriz.

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La invasión musulmana de la península Ibérica, que se inicio en el año 711, se extendió rápidamente por todo el reino visigodo, provocando la despoblación de buena parte de la meseta central y la desertización de muchos territorios, a los que se les conoció como los “Campos Góticos”. Mucho más lenta fue la repoblación de estos territorios desertizados, que comenzó por las montañas cántabras y vascongadas, con los llamados “foramontanos”, aunque, por el sur, también se incorporaron numerosos grupos de cristianos que no quisieron integrarse en el Islám, conocidos como los “mozárabes”.

Hacia el año 884, procedente de Amaya, el conde Munio Núñez  recupera la plaza fuerte de Castrojeriz, emprendiendo de inmediato la reconstrucción de la ya semiderruida fortaleza romana, de la que aprovechó las murallas. El nuevo castillo, defendido por foso y barbacana, sufrió numerosos acosos sarracenos, debido a su estratégica posición, aunque también jugó un importante papel en los enfrentamientos que mantuvieron durante el siglo XII el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, con su esposa Doña Urraca I de León y Castilla, la hija de Alfonso VI, en los que estuvo en juego, precisamente, la independencia de ambos reinos. Fue reconstruido en varias ocasiones durante los siglos XIV y XV, empezando a perder valor estratégico a medida que las fronteras musulmanas iban retrocediendo hacia el sur. En el año 1755 se vio seriamente afectado por el terremoto de Lisboa. Actualmente sus ruinas se han consolidado y pueden ser visitadas.

Siguiendo con la historia, en el año 974 el conde castellano García Fernández, el de las “Manos Blancas”, concedía fueros a la villa, conocidos como el “Fuero de la Caballería Villana”, en el que se propiciaba la creación de milicias populares para facilitar la defensa y la repoblación de los nuevos alfoces, obligándolas a mantener un armamento completo y en buen estado de revista, siempre listo para entrar en combate y frenar las aceifas árabes; además, al villano que poseyese una cabalgadura, se le permitía luchar al lado de los infanzones, que poseían el título de caballero, en un plano de total igualdad. Este fuero, que fue el primero que se concedió en Castilla, sirvió de pauta para los fueros posteriores.

En el 1131, el rey Alfonso VII, que se llamaba a sí mismo “El Emperador”, que también fue el impulsor de la fundación del cercano Monasterio de San Antón, incorpora definitivamente Castrojeriz a la corona de Castilla.

Ya en el siglo XV, Castrojeriz pasó a ser feudo de D. Diego Giménez de Sandoval, siendo rey de Castilla D. Enrique IV, también conocido como “El Impotente”, que le nombró Conde de Castrojeriz, aunque las buenas relaciones entre ambos se acabaron a partir de la batalla de Olmedo, en la que los castellanos derrotaron a los rebeldes Infantes de Aragón, que estaban obstinados en apoderarse de Castilla. Este noble castellano casó con doña Beatriz de Avellaneda, otra noble burgalesa, hija del señor de Gumiel de Izán y, posteriormente, este linaje se unió con los Manrique de Lara, descendientes de los Lara que siglos antes fundaran el Condado de Castilla.

El esplendor y la riqueza de Castrojeriz fue creciendo, sin duda, a medida que se consolidaba el Camino de Santiago, e iba progresivamente aumentando el número de peregrinos que se dirigían a visitar el sepulcro del Apóstol, y que tenían que atravesar el pueblo por su calle principal, conocida como “Calle Real”.

Antes de empezar a cruzarla, el visitante, sea o no peregrino, podrá admirar la colegiata de Nuestra Señora del Manzano, un templo del siglo XIII, cuyo estilo marca la transición del románico al gótico. Fue construida en el año 1214, a la muerte del rey D. Alfonso VIII, por su hija la infanta de Castilla, Doña Berenguela, que llegó a ser, tan sólo por un día, reina de Castilla y León, cediendo el trono a su hijo San Fernando.

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La colegiata primitiva constaba de una sola planta con tres naves con capillas laterales, sufriendo importantes reformas a los largo de los siglos siguientes, que llegaron hasta mediados del siglo XVIII, afectando tanto al exterior como al interior del templo. Lo más destacado de su interior es el retablo mayor, de estilo barroco, mandado construir en el año 1760 bajo la protección de los condes de Ribadavia. En él se pueden admirar magníficas representaciones de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación del Niño en el templo, el Niño entre los doctores y San Juan Bautista, realizadas por los más prestigiosos maestros pintores barrocos del momento, como Rafael Mengs, Francisco Bayeu y Salvador Maella. También, en una capilla, se encuentra la imagen de Nuestra Señora del Manzano, magnífica talla del siglo XIII, hecha en piedra policromada. En el baptisterio se halla un sepulcro gótico con los restos de Doña Leonor de Castilla, hija de los reyes de Castilla Fernando IV y Constanza de Portugal, que fuera  reina consorte de Aragón por su matrimonio con el rey Alfonso IV de Aragón. Fue encarcelada y ajusticiada en el castillo de Castrojeriz en el 1358,  por orden de su sobrino, el rey de Castilla Pedro I el Cruel

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Entrando por la calle mayor, el viajero se encontrará con la iglesia parroquial de Santo Domingo, perteneciente al arciprestazgo de Amaya. Se trata de un templo gótico con elementos platerescos, como su portada del siglo XVI. Su retablo mayor fue instalado en el siglo XVIII y es de estilo neoclásico. Actualmente se ha convertido en el “Centro de Interpretación Jacobeus”, dedicado al estudio y divulgación de la historia del “Camino de Santiago.

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También en la calle mayor se levanta la iglesia de San Juan, que es el patrono de la villa. Se trata de un templo-fortaleza construido entre los siglos XIII y XVI, en el que conviven el románico, el gótico y el plateresco. De su homogéneo conjunto destaca la esbelta torre militar de cinco cuerpos, rematada por otros cinco pináculos. En su interior, de tres espléndidas naves con crucero, sorprende el artesonado mudéjar y son igualmente de destacar una serie de tapices, ejecutados a partir de cartones pintados por Rubens, que fueron robados por los años setenta del pasado siglo y recuperados posteriormente. El retablo mayor, de estilo barroco, presidido por una imagen de San Juan Bautista, está formado por doce magníficas tablas flamencas, atribuidas a Ambrosius Benson.

Del monumental claustro del siglo XVI, con artesonado mudéjar, se conservan tres galerías con dobles columnas,  cuyos capiteles están decorados con cruces y motivos templarios. También aparecen los escudos de armas de los Gómez de Sandoval, los Castro y los Gallo, que fueron señores de esta villa, cuyos sepulcros se hallan repartidos por las capillas funerarias del templo.

Uno de los principales artífices de este magnífico templo, fue el arquitecto cántabro Rodrigo Gil de Ontañón, que también dejó su huella en las catedrales de Segovia, Plasencia y Salamanca. Actualmente, en el claustro se puede ver una pequeña exposición, con el nombre “De Castrojeriz a Brujas” sobre la historia de las relaciones existentes entre Flandes y los comerciantes castreños de la lana, que alcanzaron un gran apogeo a partir de la creación del Consulado del Mar por los Reyes Católicos. En ella se muestran también algunas tablas y tapices flamencos de los siglos XV y XVI.

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Todavía quedan en Castrojeriz algunos restos de iglesias y conventos, nacidos para prestar servicio al ingente número de peregrinos que lo atravesaban de forma incesante durante la Baja Edad Media, incluso durante la aguda crisis económica y social que acometió a España, agravada por la aparición de la temida “peste negra”, que diezmó la población indígena y atacó también a los peregrinos.

Nos vamos a referir  ahora al Convento-Hospital de San Antón, llamado así para honrar a San Antonio el Egipcíaco, un monje ermitaño del siglo III, que provocó un fuerte movimiento eremítico que tuvo muchos seguidores por toda Europa. Está  situado en las cercanías de Castrojeriz, una vez cruzado el arroyo Garbanzuelo.

Lo que ahora son imponentes ruinas que aparecen a la vista del viajero tras cruzar una no menos imponente arcada, fueron un convento gótico fundado en el año 1146 por Alfonso VII el Emperador, donde se estableció una de las dos Encomiendas que la Orden de los Antoninos, tuvieron en España (1). Se reconocían por llevar grabado en el hábito la letra griega “thau” en azul. Estos monjes, de origen francés los primeros, estaban dedicados al cuidado y protección de los peregrinos, especialmente de los enfermos, desarrollando una inmensa labor humanitaria durante varios siglos, hasta que el rey Carlos III de España suprimió el Convento en el año 1791, en el que la comunidad de monjes que quedaba pasó a integrarse en la Orden de San Juan de Jerusalén o de Malta (2), abandonando el complejo monástico, lo que provocó una rápida decadencia del mismo que duró hasta que, en el siglo XIX, durante la conocida como Desamortización de Mendizabal pasó a ser propiedad privada.

La actividad de los monjes del convento de San Antón estuvo centrada en la atención a los peregrinos, y muy pronto adquirieron una gran reputación como curanderos casi milagrosos, que trataban con éxito la conocida y temida “Sacer Ignis”, vulgarmente llamada el “Fuego de San Antón”, una especie de gangrena infecciosa que se extendía rápidamente por la piel, produciendo una insoportable quemazón a los que la contraían, produciendo además alucinaciones y hasta perdida de la razón, llegando, con mucha frecuencia, a causar la muerte del enfermo. Este temido “Fuego de San Antón” era provocado por el consumo de un hongo que alteraba las propiedades del centeno, al que se conocía como el “Cornezuelo del Centeno”. Lo combatían aplicando sobre las zonas afectadas diversos ungüentos hechos a base de flores y borraja y también con la ingesta de caldos reconstituyentes y algún que otro trago del vino de la tierra, siempre acompañado de un pedazo de pan de trigo, una medicina preventiva que recibían todos los peregrinos que se acogían a la hospitalidad del convento. Naturalmente, tampoco faltaba el ritual religioso a base de jaculatorias y rezos.

En la actualidad, gracias a generosas y desinteresadas iniciativas privadas y también a algunas subvenciones aportadas por la Junta de Castilla y León, las ruinas de San Antón se han consolidado, se ha llevado a cabo alguna reconstrucción y se ha puesto en marcha un nuevo “Hospital de Peregrinos”, perfectamente acondicionado.

Mucho trabajo ha costado, pero aquella ruinosa y desoladora imagen que sobrecogía el ánimo del visitante que acudía a contemplar este histórico Convento, ha dado paso a otra muy diferente, de ilusión y confianza.

NOTAS 

La segunda estaba situada en Olite (Navarra)

La Orden de San Antón fue fundada en Francia el año 1093 

Autor: Paco Blanco.

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