POR LA RIBERA DEL DUERO: 5. PEÑARANDA DE DUERO Y LA VID. -Por Francisco Blanco-.

La villa ribereña de Peñaranda de Duero está enclavada en la orilla derecha del río Arandilla, antes de su unión con el Duero en la cercana Aranda de Duero; se trata de un río de corto recorrido, pero rico en pesca, abundando  el barbo y la trucha, junto con el rico cangrejo autóctono, aunque, lamentablemente, esta especie está prácticamente extinguida.

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Castillo de Peñaranda

Esta histórica y pintoresca villa medieval está dominada desde lo alto por un castillo asentado directamente sobre la roca, levantado en el siglo X como parte de la muralla defensiva de castillos que protegían y marcaban las fronteras entre los musulmanes y el incipiente Condado de Castilla, en pleno periodo de repoblación. Este conjunto fortificado no se completó hasta el siglo XV, siendo su propietario el Conde de Miranda del Castañar (1), en el que se levantó la impresionante Torre del Homenaje, de planta cuadrada y cuatro pisos, rematada con almenas. También se construyó una muralla defensiva que rodeaba y protegía prácticamente toda la villa, de la que todavía se conserva la puerta de Las Monjas, bajo un imponente arco almenado. Fue declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931. Actualmente en la torre se alberga el Centro de Interpretación de los Castillos.

A sus pies, el casco urbano de la villa de Peñaranda ofrece un auténtico aspecto medieval, en el que se entremezclan las viejas casas de adobe y madera con los edificios religiosos, palacios y casas señoriales, que lucen escudos y blasones en sus fachadas de sillería. Las pintorescas casas populares de adobe y entramado de madera suelen disponer de dos plantas, con sótano y buhardilla. El sótano servía para comunicarse con las numerosas bodegas subterráneas que forman su subsuelo; la planta baja se utilizaba como lagar y en la primera, que solía disponer de grandes balcones de madera, se hallaba la cocina y los distintos aposentos familiares.

Desde el siglo XIV Peñaranda fue señorío de los Avellaneda, que posteriormente emparentaron con los Zúñiga, siendo D. Francisco de Zúñiga y Velasco, tercer conde de Miranda del Castañar y su esposa, Doña María Enríquez de Cárdenas, quienes, en el primer tercio del siglo XVI decidieron construir, en el centro de la villa, el Palacio de los Condes de Miranda, encargando la realización de las obras al famoso arquitecto burgalés Francisco de Colonia.

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Palacio de los Condes de Miranda.

Se trata de un amplio edificio renacentista de planta rectangular, que conserva algunos elementos tardo góticos, especialmente en uno de sus patios interiores. Su monumental fachada configura uno de los lados de la Plaza Mayor de la villa y su portada renacentista la preside un gran tímpano con los escudos de los Zúñiga y los Avellaneda. En su interior resalta una soberbia escalera de tres tramos, cubierta por un espléndido artesonado mudéjar. De sus amplios salones destaca el Salón de Embajadores, en el que lucen un delicado friso de yesería, un rico artesonado mudéjar y una espléndida chimenea de estilo francés.

El Conde falleció el año 1536, pero unos pocos años después, en el año 1540, su viuda, Doña María Enríquez de Cárdenas, mandó construir en la misma Plaza Mayor,  justo enfrente del Palacio, la Colegiata de Santa Ana, un templo barroco de una sola planta, con un retablo neoclásico en el que aparece la figura de la santa y un artístico coro de nogal. De esta forma, queda configurada una de las más monumentales y artísticas plazas de toda Castilla. En el centro de la plaza, para completar el conjunto, se alza el Rollo Jurisdiccional, esbelta columna de piedra, con picota rematada por una cruz, que representaba el régimen al que estaba sometida la villa: señorío real, concejil, eclesiástico o monástico.

Todo el conjunto de esta monumental Plaza Mayor de Peñaranda de Duero fue declarado Bien de Interés Cultural en 1931.

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Iglesia de Santa Ana

Otra visita obligada para los visitantes de esta villa ribereña es su famosa Botica, farmacia de principios del siglo XVIII, que ha pertenecido a diferentes miembros de la familia Jimeno durante ocho generaciones de farmacéuticos. Está situada muy cerca de la Plaza Mayor, precisamente en una calle llamada de la Botica.

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En el interior de la Botica se conserva una interesante colección de albarelos y tarros de cerámica de diferentes tamaños, dispuestos sobre estanterías, en los que se puede leer el nombre del producto que contenían y el respectivo propietario de la farmacia; también se pueden ver varias piezas originales de vidrio, en las que se conservan algunos de los antiguos medicamentos que se expendían en la farmacia para curar toda clase de males, como por ejemplo la famosa “Triaca Magna” (2), que lo curaba casi todo, o las píldoras de Bland, para despejar las vías respiratorias.

Detrás de la botica se encuentra la rebotica, que conserva todo el encanto de tantos siglos, repleta de cajoneras destinadas a conservar las numerosas plantas medicinales que se utilizaban como remedios contra todo tipo de achaques o dolencias. También dispone de un antiguo laboratorio en el que se conservan interesantes colecciones de morteros, alambiques, hornillos, crisoles, antiguas pesas y medidas y una nutrida biblioteca de antiguos libros de Medicina y Farmacología, siendo el ejemplar más antiguo el “Pedazio Dioscórides Anazarbeo”, traducido del griego por el doctor segoviano D. Andrés Laguna en el año 1565 (3). La Botica se completa con un pequeño jardín, que en su día fuera huerto donde se cultivaban diferentes plantas medicinales de las que se generaban en la comarca, como la adormidera, la belladona, el belenio, el estramonio, el jacinto, la violeta y otras. Actualmente sigue funcionando con total normalidad, como cualquier otra farmacia, y en el año 2007 fue declarada “Bien de Interés Cultural”.

Bajo los pórticos de su Plaza Mayor el viajero podrá recuperarse cómodamente sentado en uno de sus restaurantes, y al tiempo que disfruta de la magnífica perspectiva de esta plaza, disfrutar doblemente  con la apetitosa gastronomía ribereña. En uno de ellos, la Posada Ducal, de típica decoración medieval, el viajero podrá saborear la poderosa comida castellana, como los ricos embutidos castellanos, en especial la morcilla, el chorizo o el lomo, sin olvidarse del incomparable cordero lechal al horno y también con sus postres tradicionales como los Hojaldres de Avellaneda, todo ello acompañado con los majestuosos vinos de la Ribera, ya sean tintos o claretes.

La visita a Peñaranda de Duero se puede dar por concluida pero, para completarla, el viajero se dirigirá al cercano Monasterio de Nuestra Señora de la Vid, sede española de la Orden de los Agustinos.

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Monasterio de la Vid.

La Orden de los Canónigos Premonstratenses la introdujeron en Castilla dos monjes castellanos, pertenecientes a importantes familias de la nobleza, discípulos del fundador San Norberto, que habían profesado en Francia y habían sido cofundadores de la Abadía de San Martín de Laón. Se llamaban Sancho Ansúrez y  Domingo Gómez de Campdespina. Cuando, hacia el año 1140 regresaron a España, el primero, con la ayuda de la poderosa familia de los Ansúrez, fundó en Valladolid el Monasterio de Nuestra Señora de Retuerta y el segundo, en la localidad burgalesa de La Vid y Barrios, situada en la margen derecha del Duero, a medio camino entre Aranda y Peñaranda, fundó el Monasterio de Santa María de Monte Sacro, que acabaría convirtiéndose en el Monasterio Santa María de la Vid. Poco después, en el 1152, el rey Alfonso VII confirma a Domingo Gómez como abad del Monasterio, cediéndole, con carácter hereditario, la propiedad de los terrenos circundantes. El nombre de Virgen de la Vid se debe, según la leyenda, a que a finales del siglo XIII, se descubrió una  bella imagen de la Virgen de gran tamaño, tallada en piedra policromada.

Posteriormente, el Monasterio fue creciendo y ampliándose gracias, principalmente, al mecenazgo real, en especial durante los reinados  de Alfonso VIII y Sancho IV, finalizándose la de éste último en el año 1318.

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Un par de siglos más tarde, hacia el año 1522, siendo Abad del Monasterio el arandino D. Íñigo López de Mendoza y Zúñiga (4), nombramiento a perpetuidad hecho en el 1516 por el papa León X, se inició una nueva e importante reforma, añadiendo al complejo monacal la Capilla Mayor, un claustro y construyendo la actual iglesia. Las obras de esta nueva reforma, que contaron con el apoyo del Abad y sus hermanos, Francisco de Zúñiga y Avellaneda, III Conde de Miranda del Castañar y  Juan de Zúñiga y Avellaneda, comendador de la Orden de San Jaime de la Espada, concluyeron hacia finales del siglo XVI, pero posteriormente, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, se le fueron añadiendo nuevas dependencias, como la Sala Capitular, la Sacristía, la Escalera Real, la Sillería de nogal del coro, la monumental Espadaña y la magnífica Biblioteca, cuyas obras finalizaron en el 1798. En esta Biblioteca se conserva uno de los incunables más valiosos que existen: el “Liber Chronicarum”, cuyo facsímil pueden admirar los visitantes.

En el 1836, como consecuencia de la desamortización de Mendizábal, se produce la expulsión de la Orden Premonstratense, quedando el gran complejo monástico abandonado durante treinta años, lo que trajo consigo su expolio y desolación, perdiéndose numerosas obras de arte, hasta que en el año 1865 se hace donación del Monasterio de la Vid a la Orden de San Agustín de Filipinas, que lo reacondiciona y lo convierte en Casa de Estudio y Formación para sus religiosos. En 1926 se creó la Provincia Agustiniana de España, convirtiéndose el Monasterio en la nueva sede del Noviciado Interprovincial de los Agustinos españoles.

Resultará de lo más interesante la visita al Museo del Monasterio, construido en el siglo  XVIII en lo que habían sido la despensa y el granero, al que se accede desde el claustro a través de un arco de medio punto. En su interior se podrá admirar una numerosa colección de piezas de  orfebrería religiosa, como cálices, custodias, relicarios, etc.

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También dispone de una amplia colección de figuras de marfil, la mayoría elaboradas en Filipinas y otra de ornamentos eclesiásticos, como casullas, dalmáticas y capas pluviales, bordados en seda o terciopelo con hilo de oro y adornados con pedrerías. Ambas colecciones pertenecen a los siglos XVI al XIX.
Entre las más de cien obras pictóricas, sobre lienzo o tabla, destacan algunas firmadas por Murillo, Ribera, Wensel, Hernando de Ávila ó el burgalés Mateo Cerezo, el Joven. También hay algunas tallas de la escuela de Gregorio Fernández, junto con algunas figuras de alabastro del siglo XV, de autor desconocido.
También existen dos salas dedicadas a Museo Numismático, en las que, en quince vitrinas, se exhiben una parte del fondo de moneda antigua que posee el Monasterio, fabricadas en cecas celtibéricas, romanas, visigodas y medievales.

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Después de recorrer las diferentes salas de este interesante y rico Museo, la visita a este monumental complejo monástico, que se puede realizar cualquier día de la semana, excepto el lunes, se puede dar por concluida, pero la comarca burgalesa de la Ribera del Duero sigue ofreciendo al viajero exigente muchas más alternativas, igualmente atractivas e interesantes.

NOTAS: 

  • En 1457 el rey Enrique IV concedió a D. Diego López de Zúñiga el título de Conde de Miranda del Castañar. Actualmente pertenece a la Casa de Alba.
  • La “Triaca Magna” la creó el médico griego Andrómaco y contenía hasta 70 sustancias diferentes, incluida la carne de víbora. Fue muy utilizada como remedio popular hasta el siglo XIX.
  • Andrés Laguna nació en Segovia el año 1499 y murió en Guadalajara el 1559. Fue médico de cámara del emperador Carlos V y también del papa Julio III, también fue profesor en varias Universidades, escribió numerosos tratados de Medicina y creó el Jardín botánico de Aranjuez.
  • En realidad se llamaba Íñigo de Zúñiga Avellaneda y Velasco, cambió de nombre cuando alcanzó la dignidad de Cardenal, para la memoria de su bisabuelo Íñigo López de Mendoza, I Marqués de Santillana.

Autor Paco Blanco, Barcelona, julio 2016

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