POR EL VALLE DE VALDIVIELSO : QUECEDO, ARROYO, SAN PEDRO DE TEJADA Y VALDENOCEDA. -Por Francisco Blanco-.

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En Quecedo, capital de la Merindad de Valdivielso, desde el siglo XIII el Concejo, que representaba a todos los pueblos del valle, se reunía a celebrar sus Juntas y Consejos en torno a una vieja y monumental encina que se alzaba en el centro de la Dehesa, estaba presidido por el alcalde y siete vocales, asistiendo también los alcaldes pedáneos de todos los pueblos. Antes de implantarse este sistema administrativo,  habían llegado al valle numerosos eremitas que acondicionaron cuevas por los alrededores para vivir en soledad, pero también construyeron pequeños templos, que se fueron convirtiendo en monasterios repartidos por todo el valle, a cuyo cobijo fueron apareciendo pequeños pueblos que se integraron armónicamente en el agreste paisaje, mediante una arquitectura popular que utilizaba la madera y la piedra, por otra parte tan abundantes, como los principales elementos de construcción; más adelante fueron apareciendo las casonas, palacios y torres defensivas, propiedad de los grandes señores  que acabaron imponiendo su autoridad en el valle, siempre compartida con la jerarquía eclesiástica de los centros monásticos, especialmente el de San Salvador de Oña y el de San Pedro de Tejada, muy cercano a Quecedo. Según nos cuenta el “Becerro de Behetrías”, a mediados del siglo XIV muchos de estos pueblos se habían convertido en Señoríos de estas familias, como los Fernández Manrique, los Velasco, los Villalobos, los Huidobro, los Díaz, todas bajo la autoridad del Merino Mayor, que era nombrado por el Rey.

El pequeño, pero atractivo, pueblo de Quecedo es de origen medieval, formado por calles estrechas agrupadas en torno a su calle principal, sobresalen históricas y blasonadas casonas como la de los Huidobro o los Gómez de Quecedo, de los siglos XV y XVI, con artísticas y blasonadas fachadas y torres almenadas. Su iglesia parroquial de Santa Eulalia es de estilo gótico con planta de cruz latina, fue construida en el siglo XV, incorporándosele, en el XVI, una portada rematada con un monumental arco.

Saliendo de Quecedo con dirección a Arroyo de Valdivielso, en plena Sierra de la Tesla, el viajero se encontrará con el sobrecogedor paraje natural de Los Cárcabos, una serie de formaciones rocosas con un aspecto realmente impresionante. En los alrededores, a mil cien metros de altitud, en un paraje solitario se encuentran la ermita de Pilas y unos antiguos eremitorios; también en las cercanías se pueden ver las Cabañas de los Moros, de bastante difícil acceso, consistentes en una serie de oquedades excavadas en la roca, con una plataforma sobre la que se habrían asentado cuatro o cinco viviendas habitadas por ermitaños en la Alta Edad Media, también se conservan catorce nichos altomedievales, excavados verticalmente en la roca. Actualmente el acceso  estas tumbas está totalmente restringido, por lo que no se pueden visitar, aunque hay una iniciativa del Ayuntamiento de Merindad de Valdivielso  para limpiar los accesos al yacimiento y realizar un estudio arqueológico del mismo.

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Para llegar a Arroyo de Valdivielso hay que atravesar la garganta de las Canalejas, formada por unos impresionantes murallones de piedra que caen a pico sobre el desfiladero. De nuevo en el valle, pronto nos encontramos con Arroyo de Valdivielso, otro pequeño pueblo, típico del valle, con pequeñas callejuelas agrupadas en torno a su calle mayor, en la que también se pueden ver algunas casonas de piedra con sus fachadas blasonadas, prueba del alto linaje de sus primitivos propietarios.

Al final de esta larga calle mayor el viajero se encontrará con la carretera que le llevará de nuevo a Quecedo, distante apenas dos kilómetros.

Otra opción que se puede elegir es la de dirigirse al también cercano pueblo de Puente Arenas, que se encuentra a unos tres kilómetros, donde podrá visitar detenidamente el magnífico Monasterio de San Pedro de Tejada, una de las más preciadas joyas del Románico burgalés.

¡Vale la pena!

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Desde mediados del siglo IX, lenta pero incesantemente, fueron apareciendo por estas tierras  grupos repobladores que se fueron extendiendo por todo el valle. Uno de estos grupos, formado, según algún historiador, por treinta y tres monjes, diáconos y subdiáconos, sometidos a la disciplina comunal del abad Rodanio, fundaron el Monasterio de San Pedro de Tejada, como homenaje a las reliquias de San Pedro y San Pablo: “En nombre de Cristo se han reunido abades, padres y laicos católicos bajo el nombre de Hermandad de Tejada y en torno a las reliquias de San Pedro y San Pablo; así quedan marcados los nombres de los que en adelante poseerán la vida eterna. Amén”

Según el Cartulario del Monasterio de San Millán de la Cogolla: “Facta carta in era DCCCC, regnante Roderico comité in Castiella” (Hecha la carta en la era 900, gobernando el conde Rodrigo en Castilla), es de suponer que la fundación tuvo lugar a mediados o finales del siglo IX, aunque en un principio estos cenobitas vivieron dispersos por cuevas o en chozas muy primitivas.

El lugar donde se construyó el primitivo monasterio pre-románico, que acabaría convirtiéndose en un priorato del de San Salvador de Oña, se erigió, durante mucho tiempo, en el Monasterio más importante de la naciente Castilla, participando activamente en  su repoblación. El constante avance de las fronteras castellanas fue la causa de que pasase a un segundo plano, quedando a la sombra del cenobio de Oña, que gozaba además de la protección de condes y reyes.

Actualmente se puede admirar la iglesia de San Pedro de Tejada, una verdadera joya del arte románico burgalés, que se construyó durante la segunda mitad del siglo XI, precisamente bajo el patrocinio del Abad de Oña.

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Para llegar a esta singular iglesia hay que dirigirse primero al pueblo burgalés de Valdenoceda, situado en la entrada del valle de Valdivielso, que pertenece al Partido de Arriba, uno de los cuatro que forman la Merindad de Valdivielso, en el que se puede admirar la Torre-castillo de los Salinas, construida en el siglo XIII, que posteriormente pasaría a manos de los Velasco, y la iglesia de San Miguel Arcángel, otra bella muestra del románico burgalés.

De Valdenoceda hay que dirigirse al cercano pueblo de Puente Arenas, llamado así por su magnífico puente de siete arcos, construido en el siglo XVI,  después de cruzar el Ebro por dicho puente hay que coger un camino ligeramente empinado, que acaba justo ante la portada occidental de San Pedro de Tejada, de una sobria sencillez, en la que destaca la armonía y perfección de la decoración ajedrezada de su dintel, con cinco arcos  de medio punto con sus respectivas columnas, luciendo diversos adornos vegetales. En el cuerpo superior se aprecia un tetramorfos representando a los cuatro evangelistas y también una figura de Cristo departiendo con los doce Apóstoles, que aparecen con los brazos en alto.

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La planta de la iglesia, siguiendo las pautas del románico burgalés, consta de una sola nave con tres tramos: un falso crucero, sobre el que se levanta una imponente torre de dos cuerpos, a la que se puede subir por una escalera de husillo, seguido de un presbiterio rectangular, el ábside semicircular y la portada trasera; todo en una sillería de color rojizo, perfectamente labrada y cortada, que confiere a todo el conjunto un aspecto muy homogéneo y peculiar. En las numerosas ventanas de las fachadas, así como en sus capiteles y canecillos se aprecian numerosos relieves y esculturas con diferentes motivos, como la Última Cena o la Ascensión del Señor, incluyendo además un variado temario iconográfico, en el que se mezclan los motivos lúdicos y eróticos con los puramente religiosos. El ábside está dividido en columnas, sostenidas por contrafuertes. La torre es muy esbelta y consta de dos cuerpos, con ocho vanos ciegos en cada uno. Una imposta ajedrezada recorre los muros y el ábside.

Al penetrar en su interior, cubierto por una bóveda de medio cañón, el visitante recibe la sensación de haber entrado en un recinto alto y esbelto, debido, tal vez, a la rara perfección de sus capiteles, delicadamente tallados y con una variada decoración llena de simbolismo, representando a Cristo en la Oración del Huerto, santos, águilas y aves entrelazadas de bella composición y diáfano dibujo.

Parece ser que a principios del siglo XVI el abad de Oña, Fray Alonso de Madrid, dotó a la iglesia de San Pedro de Tejada con un retablo gótico para cuya colocación hubo necesidad de romper algunos capiteles. Este retablo se encuentra actualmente en el Museo del Retablo de Burgos.

También existe una tradición, según la cual en el año 1603 llegó a San Pedro de Tejada un fragmento de la Vera Cruz, lignum crucis,  reliquia que provocó la llegada masiva de peregrinos a contemplarla, venerarla e invocar su protección, a cambio de pequeños donativos que les debieron venir muy bien a los monjes. En el año 1845 estas reliquias fueron trasladadas al cercano pueblo de Quintana de Valdivielso, posiblemente junto con otros tesoros, sin que se sepa muy bien su destino final.

Con la desamortización de Mendizábal, San Pedro de Tejada, con todo su contenido, pasó a pertenecer a la familia de los Huidobro, originaria de Quecedo de Valdivielso, que actualmente siguen siendo sus propietarios.

Un calvario del siglo XIII, que pertenecía a la iglesia, se encuentra actualmente en el Museo Marès de Barcelona.

El hecho de que esta auténtica joya del románico burgalés sea de propiedad privada, aunque su restauración se hiciera con fondos públicos, hace que el acto de visitarla resulte complicado: Tan solo en determinadas épocas del año y con limitación de los horarios en que se puede visitar.

Durante el presente año han sido los siguientes: Julio y agosto: de 11.30h a 14.00h y de 16.30h a 19.30h; junio y septiembre solo fines de semana. ¡Una pena!……….

El pueblo de Puente Arenas se encuentra diseminado por la ribera del Ebro, destacan algunas casonas señoriales de piedra de sillería y la iglesia parroquial de Santa María, de estilo plateresco, aunque conserva algunos elementos románicos, como la portada del siglo XII.

Vamos a abandonar este singular valle de Valdivielso por el pueblo de Valdenoceda, situado en la cabecera del valle, al cobijo de la Sierra de Tudanca y muy cerca del desfiladero de La Horadada, que abre el paso del valle hacia la cercana Villarcayo. Se trata, por lo tanto, de un lugar estratégico, especialmente para las comunicaciones del valle con Burgos y Cantabria, por el cercano puerto de La Mazorra y también con Álava, Vizcaya y La Rioja.

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Dos edificios singulares captan la atención del viajero al llegar a este pueblo, cabecera del singular valle burgalés de la Merindad de Valdivielso: la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel y la Torre-fortaleza de los Velasco.

La iglesia de San Miguel es de origen románico pero, como tantas otras iglesias del valle, ha sufrido numerosas transformaciones en su estructura original, que solamente han respetado la portada que se abre en el muro sur y la torre sobre el crucero, que guarda cierta similitud con la de San Pedro de Tejada, aunque es de menor tamaño. Su construcción se inició en los comienzos del siglo XIII.

Por el contrario, la Torre de los Velasco, situada enfrente, como un vigilante centinela de le entrada del valle, era la más importante de la comarca, presentando un imponente aspecto, alcanzando los veinte metros de altura y rematada por almenas. Fue construida a finales del siglo XIV por la poderosa familia de los Velasco. Actualmente esta torre, restaurada en los años sesenta del pasado siglo, pertenece a los Duques de Salinas. En el conocido como barrio Grande se encuentra la Casa-palacio de los Garza, otro edificio blasonado levantada el siglo XVII por una familia de indianos originales del valle.

Pero aún queda otro edificio en las afueras del pueblo, prácticamente junto al puente a orillas del Ebro, que resulta imposible no mencionar, aunque su memoria resulte de lo más negativo, ya que en él tuvieron albergue, hace muy poco tiempo, el odio, el horror y la venganza.

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Se trata de un edificio que había sido una fábrica de sedas, que en el año 1938 pasó a convertirse en uno de los penales más siniestros del Régimen franquista, que en 1939 se apoderó de España y la dominó durante cuarenta años. Dentro de sus muros la vida se convirtió en tragedia para más de tres mil presos republicanos allí encarcelados, procedentes de casi todas las regiones de España, que tuvieron que sufrir toda clase de vejaciones, necesidades, enfermedades, torturas, ignominias y muchos hasta la muerte.

Por este penal pasaron políticos, sindicalistas, obreros, campesinos, maestros y simples ciudadanos, la mayoría de los cuales no habían cometido otro delito que no mostrar su sometimiento a la nueva ideología impuesta por la fuerza de las armas, que no estaba dispuesta a permitir la más mínima disidencia. Este ”penal de los inocentes o de los olvidados”, como también se le conocía, estuvo operativo hasta 1945, en que lo abandonó el último preso, después de haber pasado dentro de sus muros muchos años viviendo en condiciones infrahumanas. Todavía está pendiente recuperar su historia del olvido y devolverles la memoria y la honra a todos aquellos que allí perdieron su dignidad y su vida (1).

Hasta el año 2003 no entró en vigor la “Ley de la Memoria Histórica”, dando comienzo un duro y complicado trabajo, no sólo de de búsqueda e investigación documental, sino también de recuperación de los restos de tantos seres humanos vilmente asesinados, cuyo paradero aún se desconoce.

Actualmente, la antigua fábrica de sedas, convertida en penal, está prácticamente derruida.

Ha llegado a su fin la visita a este singular y atractivo Valle de Valdivielso, que tantas agradables sensaciones y satisfacciones causa a quienes lo visitan, le vamos a abandonar cruzando el desfiladero de La Horadada, para dirigirnos a la localidad burgalesa de Trespaderne, no sin antes pararnos a visitar el histórico castillo de Cillaperlata.

NOTAS:

  • Fernando Cardero Azofra y Fernando Cardero Elso, son los autores del libro “El penal de Valdenoceda”, fruto de diez años de exhaustiva investigación, en el que se detalla de forma pormenorizada la dureza de la vida cotidiana del penal y las numerosas calamidades que sufrieron sus reclusos.
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