POR EL VALLE DE TOBALINA:CILLAPERLATA, EL CASTILLO DE TEDEJA Y TRESPADERNE. -Por Francisco Blanco-

Después de traspasar el desfiladero de la Horadada para abandonar el valle de Valdivielso  y antes de penetrar en el valle de Tobalina, se encuentra el pequeño pueblo de Cillaperlata, escondido entre bosques y montañas y encaramado a un peñasco, está situado al pie de la Sierra de la Llana, en el margen derecho del Ebro, que hace un recodo donde se forma un pequeño embalse. En la actualidad está  habitado por una treintena de personas y pertenece al partido judicial de Villarcayo, dentro de la Merindad de Villarcayo, aunque anteriormente había formado parte de la Merindad de Cuesta Urría; a unos cinco kilómetros se encuentra la localidad burgalesa de Trespaderne. Este pintoresco pueblo, como veremos a continuación, está cargado de historia y también de misterio.

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Todo parece indicar que los orígenes de Cillaperlata están directamente relacionados con el desaparecido Monasterio visigodo de San Juan de la Hoz, uno de los primeros y más importantes monasterios del norte de la península, fundado por el abad Alejandro Quellino; de dicho Monasterio existen datos documentados desde el año 790. Este Monasterio, que fue femenino hasta el siglo XI, se convirtió en uno de los principales orígenes de la repoblación del Condado de Castilla y también ejerció jurisdicción de abadengo sobre Cillaperlata, lo que lleva a la conclusión de que el pueblo es más antiguo que el Monasterio. En el año 1011 el Conde de Castilla Sancho García el de los Buenos Fueros, nieto de Fernán González, y su mujer Urraca, fundan en Oña el Monasterio de San Salvador, para mayor gloria de su hija Trigidia, que se convirtió en su primera Abadesa, trasladándose desde el Monasterio de San Juan de la Hoz, donde era  monja profesa, acompañada de toda la comunidad. El pueblo de Cillaperlata fue una de las donaciones que hizo el Conde al nuevo Monasterio: Cella perllata, cum integritate” Ambos monasterios pasaron, al poco tiempo, a ser masculinos.

Su mismo nombre de Cillaperlata ha dado lugar a más de una conjetura; la palabra Cilla indica habitación o espacio reducido, mientras que la palabra prealatus indica lo contrario, espacio extenso y vasto, lo que hace pensar, al ir unidas, en un sitio grande, en el que existen muchas cuevas pequeñas, de hecho, en la pared del acantilado sobre el que se levanta el pueblo se abren dos cuevas: la Cueva Pequeña y la Cueva Grande. También por toda esta zona, y otras cercanas, es frecuente este tipo de toponimia. Para otros, sin embargo, la palabra está relacionada con la celda del prelado, en alusión a los numerosos eremitas que vinieron a refugiarse en las también abundantes cuevas diseminadas por los valles  del alto Ebro, sin ir más lejos, en la cercana Tartalés de Cilla existe una iglesia rupestre en el interior de una cueva de amplias dimensiones.

El pueblo estaba formado por dos núcleos urbanos diferenciados, el Barrio de Arriba, hoy inexistente, en el que todavía se pueden ver las ruinas del Monasterio de San Juan de la Hoz, destruido por la acción conjunta del tiempo, el abandono, la devastación provocada por la invasión napoleónica y poco más tarde por la primera guerra carlista y finalmente la Desamortización de Mendizabal (1); también en el mes de julio de 1837 dos mil soldados carlistas cruzaron el Ebro, precisamente por Cillaperlata, con la intención de evitar el enfrentamiento con la guarnición de Burgos, que les estaba esperando fuertemente armada. En las inmediaciones del Barrio de Arriba todavía se conserva una necrópolis altomedieval con 84 tumbas antropomórficas. En el Barrio de Abajo viven los escasos habitantes actuales con que cuenta el pueblo; se encuentra a las orillas de un embalse, el más antiguo de la provincia de Burgos, donde se remansan las aguas del Ebro, y que sirve para suministrar energía eléctrica a las vecinas provincias de Álava y Vizcaya.

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Su modesta iglesia parroquial es del siglo XVI, está construida con parte de los restos románicos del Monasterio de San Juan de la Hoz y de la iglesia de San Juan Bautista del Barrio de Arriba, está consagrada a Nuestra Señora de Covadonga y en su interior se guarda un pequeño tesoro de inapreciable valor, único en toda España, igualmente procedente de las ruinas del Monasterio de San Juan de la Hoz: se trata de una talla visigótica de madera policromada, que representa a la Virgen de Covadonga con el Niño en su regazo, cuyo origen se remonta al siglo V y que posiblemente se trata de una fiel reproducción de la famosa Santina asturiana que se le apareció a D. Pelayo, aquel noble toledano que inició la Reconquista desde las montañas de Asturias. La imagen original que se conservaba en el santuario asturiano fue destruida por un incendio en el siglo XVII, siendo sustituida por otra imagen similar pero más moderna y distinta. La pregunta surge espontáneamente ¿cómo es posible que una imagen similar a la Santina se encuentre en la modesta iglesia de un pequeño pueblo burgalés, a más de doscientos kilómetros de distancia de la Cueva de Covadonga? La respuesta todavía pertenece al mundo de los misterios, aunque aún queda alguno más por resolver en este misterioso pueblo de Cillaperlata.

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Entre Cillaperlata y Trespaderne, en medio de un espeso pinar, se encuentra la ermita de la Virgen de Encinillas, en torno a la cual se ha tejido una curiosa leyenda, que la relaciona directamente con los inicios de nuestra Reconquista. Según la leyenda, en el lugar en que se levanta la ermita tuvo lugar en el siglo VIII un terrible enfrentamiento entre moros y cristianos, conocido como la “Batalla del Negro Día”, que acabó con la aplastante victoria de los godos sobre los árabes:”…. que dice fue aquí una grande batalla y victoria que hubo de los árabes el Infante Don Pelayo, el año de setecientos y veinte y seis, a nueve de Agosto”. Siempre según la leyenda, en esta batalla perdieron la vida entre 7000 y 8000 árabes, que dejaron además grandes riquezas en el campo de batalla, siendo los cristianos muy inferiores en número de combatientes. La lucha debió de ser tan encarnizada y larga, que amenazaba con caer la noche sin que hubiera un claro vencedor, viéndose los cristianos superiores y con moral de victoria, rogaron a la Virgen de Encinillas añadiese unas horas más de luz, para poder así eliminar por completo al ejército enemigo. La Virgen alargó el día y se produjo la resonante victoria cristiana. Por ese motivo, también se la conoce como la “Virgen del Negro Día” y cada año por el mes de setiembre, se celebra en la ermita una popular romería para conmemorar dicha batalla. Posteriormente, la imagen de la Virgen fue trasladada a la iglesia de Cillaperlata. D. Pelayo, el gran vencedor, mandó enterrar los cristianos muertos en la batalla, alrededor de 400, por las cercanías de la ermita, donde todavía se pueden ver más de cuatrocientas tumbas señaladas con losas; uno de los jefes godos muertos en la batalla, parece ser que fue el Duque de Cantabria.

Con motivo de la celebración del centenario de la consagración del Santuario de Covadonga, la imagen viajó al Arzobispado de Oviedo, donde fue objeto de una cuidadosa restauración. Ni que decir tiene que son muchos los asturianos que, atraídos por la devoción y la curiosidad, visitan la iglesia de Cillaperlata para contemplar con detenimiento y admiración la que puede ser la verdadera imagen de su venerada Santina, es decir, la Virgen de Covadonga.

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Las ruinas de la  fortaleza de Tedeja, encaramadas en la Sierra de la Tesla, sobre un cerro calcáreo a 720 metros de altura, son como un viejo centinela que domina el cañón de la Horodada, el Valle de Tobalina, el curso del Ebro, el Nela y el Jerea y vigila de cerca el pueblo de Trespaderne, perteneciente a la Merindad de Cuesta Uría (2). Son de origen romano, entre finales del siglo IV y mediados del siglo V, seguramente construido durante la guerra contra los cántabros, pero sobre ellas, a comienzos del siglo XI se levantó el famoso castillo de Tedeja, el primero de la línea de castillos defensivos que protegieron la repoblación del Condado de Castilla, a los que debe su nombre. En el siglo X aparece citado el alfoz de Tedeja o Tetelia en el Cartulario de San Millán, pasando en el siglo XII, con la llegada de los monjes cluniacenses, a depender del Monasterio de San Salvador de Oña, con jurisdicción de abadengo, en el año 1270 pasa a denominarse alfoz de Cuesta Úrría, bajo el señorío de Alvaro de la Cuesta Úrria y García López de la Cuesta Úrria. Finalmente, en el siglo XIV, durante el reinado de Juan I de Castilla, al igual que Trespaderne, pasa a tener jurisdicción de señorío y a ser propiedad de los Velasco. También parece que hubo algunos intentos de fusionarse con Cillaperlata.

Actualmente el municipio de Trespaderne, donde se encuentran las ruinas del castillo de Tedeja, está integrado por siete entidades menores, que son: Arroyuelo, Cadiñanos, Palazuelos de Cuesta Urria, Santotís, Tartalés de Cilla, Trespaderne y Virués. Sus orígenes son del siglo XI y dependía del cercano monasterio de Oña, cuyo abad era quien nombraba su alcalde pedáneo, integrándose en el siglo XIII en la Merindad de Cuesta Urria, dentro de la Merindad de Castilla la Vieja, aunque la capitalidad del alfoz de Tedeja la ostentaba Nofuentes, que era donde se reunía el Concejo hasta el siglo XVIII, en que recuperó su independencia gracias a la segregación de la Merindad de Cuesta Urria, pasando a depender del Partido Judicial de Villarcayo. El pueblo se agrupa en torno al puente medieval sobre el río Nela, destacando su iglesia parroquial de San Vicente Mártir, de estilo neoclásico levantada en el siglo XVII, destacando su magnífico retablo principal, también cuenta con algunas casas señoriales, como la de los Condes de la Revilla o el palacio de los Fernández de Campo.

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Trespaderne es también un enclave geográfico importante pues prácticamente se encuentra equidistante de Burgos, Bilbao, Vitoria, Logroño y Miranda de Ebro, el segundo núcleo urbano de la provincia de Burgos, igualmente cargado de historia, al que nos vamos a dirigir a continuación, pues su visita es imprescindible.

Autor Paco Blanco, Barcelona, mayo 2017

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