LOS TRES PALACIOS DEL MUSEO DE BURGOS. -Por Paco Blanco-.

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El Museo de Burgos fue creado en el año 1846 por la Comisión Provincial de Desamortización, y estaba destinado a recoger, catalogar y custodiar todos los bienes de valor cultural y artístico, procedentes de iglesias, conventos y monasterios de la provincia, que eran muchos, sujetos a la incautación decretada por la Desamortización del año 1835, que solamente afectó a los establecimientos religiosos. Los numerosos bienes incautados se repartieron por diferentes edificios o entidades, como la Puerta de Santa María, donde se instaló el Museo Arqueológico y de Bellas Artes, que se mantuvo hasta el 1955; el Colegio de San Nicolás, la Cartuja de Miraflores o el Seminario de San Jerónimo. Finalmente se decidió instalar en el renacentista palacio de Miranda el Museo Arqueológico Provincial, que fue recogiendo buena parte de las colecciones de arte diseminadas por los distintos museos de la ciudad. Le siguió el palacio de Íñigo Angulo, que se convirtió en el Museo de Bellas Artes. Finalmente, por razones de contigüidad se añadió la casa de los Melgosa, con el proyecto, aun sin realizar, de albergar las Artes Decorativas y el Arte Moderno, además de proporcionar cobertura a las demás salas.

El hasta hace poco conocido como Museo Arqueológico Provincial, actualmente Museo de Burgos, ocupa toda una manzana entre las calles de Miranda y la Calera, en la que se levantan tres palacios renacentistas de mediados del siglo XVI, el Palacio de Francisco de Miranda, el de Iñigo Angulo y la Casa de los Melgosa. Los dos primeros son obra del famoso arquitecto burgalés Juan de Vallejo, uno de los más importantes del Renacimiento español y la tercera la construyó el maestro cantero Juan Ortiz de la Maza. Ambas calles tenían carácter residencial en las que se construyeron señoriales mansiones, donde residían la nobleza y los poderosos comerciantes burgaleses, estaban situadas en el barrio de Vega del sector sur de la ciudad, en la orilla izquierda del río Arlanzón,  la calle de la Calera unía la Plaza de Vega con el barrio de las Heras.

El Palacio de Miranda lo mandó edificar el protonotario y canónigo del Cabildo burgalés, además de Abad de Salas de los Infantes, D. Francisco de Miranda Salón, perteneciente a una de las familias burgalesas con más lustre y abolengo. Todo parece indicar, aunque últimamente algunos autores lo han puesto en duda, que el encargo lo llevó a efecto el ilustre arquitecto y escultor burgalés Juan de Vallejo, quien, junto con los Colonia, realizaron diversas obras monumentales, principalmente en la Catedral burgalesa, que embellecieron arquitectónicamente la ciudad de Burgos. La planta baja está construida con piedra de sillería, mientras que las plantas superiores son de ladrillo. En su ornamentación se conservan algunos elementos góticos, como las torres de las esquinas o las gárgolas del tejado. En la portada de la fachada principal, situada en la calle de la Calera, destaca su ornamentación a base de motivos vegetales en torno a diversos medallones en los que aparecen los bustos y los escudos de los Mendoza y también de los Castillo Santacruz. Otro elemento arquitectónico destacado del Palacio es su patio interior, de planta rectangular con doble galería sostenida por dieciocho columnas rematadas con decorados capiteles, sobre el arquitrabe de la galería baja se puede leer una inscripción en la que aparecen el nombre del fundador y la fecha de su fundación, 1545. La galería superior está rematada con una profusa ornamentación en la que aparecen bustos, escudos, figuras humanas, animales mitológicos y fantásticos, escenas de caza, junto con motivos heráldicos.

Muchas han sido las vicisitudes por las que ha tenido que pasar este soberbio palacio renacentista desde que dejó de ser residencia de los Miranda. En el siglo XIX se convirtió en casa de vecindad y a principios del pasado siglo XX estuvo a punto de ser vendido a los americanos, cosa que no ocurrió porque afortunadamente en el año 1914 fue declarado Monumento Nacional. En el año 1955 se instala en el Palacio el Museo Arqueológico Provincial de Burgos, hasta que en el 1973 pasa a integrarse en el Museo de Burgos. En sus galerías se exponen las secciones de Prehistoria y Arqueología, en las que se pueden ver obras, piezas y restos de gran valor arqueológico, todo ello procedente de la provincia de Burgos, como Atapuerca, Clunia, Ojo Guareña, Sedano o Cardeñajimeno, repartido por dos plantas y ocho salas, cuyo contenido abarca desde el Paleolítico hasta la época visigótica, en el que se muestran al visitante los remotos orígenes de nuestra tierra.

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El Palacio de Íñigo Angulo se levanta junto al de Miranda y también es obra de Juan de Vallejo, por lo que sus fachadas guardan una cierta similitud, especialmente en la ornamentación escultórica de sus portadas. Le mandó construir D. Lope Hurtado de Mendoza en el 1547,  sobre un local que  compró al Cabildo Metropolitano. A mediados del siglo XVI D. Lope Hurtado de Mendoza, un segundón de la ilustre familia de los Hurtado de Mendoza, era vecino y regidor del concejo de Burgos, después de haber servido muchos años en la Corte del emperador Carlos, de quien llegó a ser Embajador en Alemania, la Santa Sede, Génova, Florencia y otros Estados italianos. Murió en Burgos el año 1558. El edificio es de planta rectangular con dos torreones a los lados, la planta baja es de piedra de silería y los pisos de ladrillo, al igual que su vecina Casa de Miranda, la portada de su fachada principal, situada también en la calle la Calera, tiene una profusa ornamentación renacentista, en la que abundan los motivos vegetales y los animales fantásticos, destacando en el centro del  friso, entre dos leones y dos figuras humanas, el escudo de los Hurtado de Mendoza.  El Palacio pasó a llamarse Casa Angulo en el año 1775, en el que fue adquirido por D. Íñigo de Angulo, cuya familia estaba emparentada con los Hurtado de Mendoza. Alberga la sección de Bellas Artes del Museo de Burgos, después de su remodelación llevada a cabo en la década de los 80 del pasado siglo XX. Consta de nueve salas distribuidas por cinco plantas. Fue declarada Bien de Interés Cultural en el año 1983.

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Su contenido se remonta a piezas pre-románicas, románicas y mozárabes de la Alta Edad Media, destacando el Frontal de Silos, del siglo XII, con un impresionante Cristo en Majestad, rodeado del famoso Tetramorfos. También se pueden ver dinteles de ventanas, sarcófagos y estelas funerarias.

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También se pueden ver diferentes objetos de arte procedentes de otros monasterios, como el de San Pedro de Arlanza, de donde se recuperó una hermosa talla románica de la Virgen de las Batallas, o del de San Juan de la Hoz en Cillaperlata. La talla de la Virgen está cedida por el Museo del Prado. En otras salas destinadas a los siglos XIV-XVI se pueden ver algunos retablos, como el del monasterio de San Pedro de Tejada, o las pinturas del monje D. Alonso de Zamora, también conocido como el Maestro de Oña, un frontal de piedra con escenas de la Vida de Cristo, procedente del desaparecido Convento de San Pedro de Burgos y el retablo renacentista de la Asunción de la Virgen, del siglo XVI, procedente del desaparecido Monasterio de Vileña, una obra del escultor Pedro López de Gamir, natural de Barbadillo del Pez. En cuanto a los monumentos funerarios sobresale el sepulcro de D. Juan de Padilla, paje favorito de Isabel la Católica, muy semejante al de su hermano el infante D. Alfonso, de la Cartuja de Miraflores, ambos son obra del maestro Gil de Siloé. Otro sepulcro notable es el de Doña María Manuel, madre del obispo de Burgos D. Luis Osorio de Acuña, obra de Simón de Colonia procedente del desaparecido Convento de San Esteban de Olmos, fundado por el propio obispo. También se pueden ver varias tablas de pintores flamencos y castellanos de los siglos XV y XVI, entre ellas “La Misa de San Gregorio”, atribuida a Pedro Berruguete.

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Del siglo XVII también se encuentran numerosas pinturas con temas principalmente religiosos, procedentes de conventos e iglesias desaparecidos, se puede destacar el retrato de Fray Alonso de San Vitores, procedente del desaparecido monasterio burgalés de San Juan, obra del fraile benedictino Fray Juan de Rizzi. El fondo del cuadro es una espectacular vista de la ciudad de Burgos.  Del mismo siglo,  también se encuentran expuestos algunos cuadros de los pintores burgaleses Mateo Cerezo el Viejo y Mateo Cerezo el Joven, de este último destaca el cuadro “San Francisco en las zarzas”. De la escultura de este siglo se pueden ver dos tallas de madera representando a los evangelistas San Juan y San Marcos, del escultor barroco Pedro Alonso de los Ríos, procedentes del convento burgalés de las Madres Agustinas Canónigas de Santa Dorotea.

A partir de la segunda mitad  del siglo XVIII, con la creación de la Escuela de Dibujo del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón de Burgos, vuelven a surgir nuevos e importantes artistas, que hacen resurgir de nuevo las decaídas artes burgalesas.

En el año 1845, como consecuencia de la Desamortización de Mendizabal, llegaron a Burgos unos 150 cuadros y tallas procedentes del Monasterio de San Salvador de Oña, que fue sometido a dicha desamortización.  La mayor parte de estas obras pertenecían a los artistas burgaleses Romualdo Pérez Camino y José Antonio Valle y Salinas. Los dos comparten cuadros en la misma sala; del primero, cuya obra es muy abundante en Burgos y provincia, llegó su famosa serie “Vida de San Iñigo de Oña”, que fuera Abad del Monasterio durante parte  del siglo XI y en el que está enterrado, es de destacar el que  lleva por título “San Íñigo da a besar un escapulario a tres damas”. En la misma sala se halla expuesto el cuadro “La curación de un tullido” de Valle y Salinas. También se puede ver una Inmaculada Concepción, procedente del convento de los Padres Carmelitas de Burgos, obra del pintor neoclásico cordobés Antonio Palomino de Castro y Velasco, discípulo de Valdés Leal y de Giordano, que también fue pintor de cámara del rey Carlos II, el último de los  Austrias. Otras obras de interés son las telas de sarga de fray Alonso de Zamora y las tablas tardo-góticas de Juan Sánchez.

Finalmente, se llega a las salas en las que se expone el arte burgalés de los siglos XIX y XX, destacando la obra del pintor burgalés, Dióscoro Teófilo Puebla Tolín, más popularmente conocido como Dióscoro Puebla, nacido en Melgar de Fernamental en el año 1831, discípulo de Madrazo, que completó sus estudios en Roma, realizando la mayor parte de su obra en Madrid, donde murió el año 1901. Sus temas preferidos fueron la pintura histórica, los retratos y los cuadros fantásticos, de estos últimos están expuestos alguno de su serie “Bacanales”. Otra gran retratista fue la pintora burgalesa Encarnación Bustillo Calderón, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX,  de la que se puede ver su magnífico cuadro “Las Camareras de la Virgen”.

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De Julio del Val Colomer, otro pintor burgalés que realizó sus primeros estudios en la Escuela de Dibujo del Paseo del Espolón, discípulo de Marceliano Santamaría, se puede ver expuesto su cuadro “Campesinos burgaleses”. Aurelio Blanco Castro es otro pintor burgalés, nacido en Villafranca Montes de Oca, que también fue alumno de Marceliano Santamaría en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, estuvo estudiando en Alemania y en 1945 ganó el tercer premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con su obra “Misionero bendiciendo la mesa en casa de sus padres”, en el que aparecen los rostros de su madre y de su hermana, expuesto en el Museo burgalés. Otros notables pintores burgaleses, como Luis Manero Miguel, Luis Gallardo y Fortunato Julián, que fueron alumnos y profesores de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, también tienen obras expuestas en este Museo, aunque algunos de sus cuadros permanecen guardados en el almacén. Entre los pintores burgaleses contemporáneos se encuentran Manuel de Lambarri, José María Muñoz Melgosa,  Modesto Ciruelos, José Vela Zanetti, Ignacio del Río,  o el recientemente fallecido Antonio Sanz de la Fuente. También está representada la escultura burgalesa del siglo XX con obras de los escultores Francisco Ortega Díaz, Alberto Bañuelos y José María Casanova.

En 1986 el edificio de la Casa Melgosa fue adquirido por el Estado, que procedió a demoler su deteriorado interior, manteniendo únicamente su fachada original y algunas arcadas. La primitiva construcción se inició en el año 1543 y en ella intervinieron diferentes maestros canteros burgaleses, entre los que destaca Juan Ortiz de la Maza, a quien algunos historiadores atribuyen también la autoría de la contigua Casa de Miranda. Fue fundada por los Melgosa, una acomodada e influyente familia de mercaderes burgaleses a la que permanecía D. Andrés de Melgosa, que fue Regidor de la ciudad de Burgos. En sus orígenes albergó un colegio de religiosas agustinas y posteriormente se instaló un hospital de ancianos, que se mantuvo en funcionamiento hasta el siglo XIX, en el que se reconvirtió en una casa de viviendas de alquiler. Se trata de un edificio con dos niveles separados por una cornisa, el primero es de piedra de sillería y el superior de ladrillo revocado. La fachada está flanqueada por dos pilastras profusamente ornamentadas con motivos vegetales y animales; está rematada por una cornisa sin decorar. Se incorporó al Museo en previsión de nuevas ampliaciones y para que albergara las Artes Decorativas y el Arte Moderno. Lamentablemente, parece que el presupuesto que la Junta de Castilla y León destina a promocionar y proteger la Cultura y el Arte castellanos no da para que el proyecto se haga realidad.

De todas formas, un recorrido por las salas del Museo de Burgos, verdadero orgullo de la ciudad y de los burgaleses, proporcionará a sus visitantes una visión muy amplia, clara y amena, de cómo se ha ido desarrollando la evolución cultural y artística de estas tierras castellanas a lo largo de su dilatada y ajetreada historia, desde la época prehistórica hasta los comienzos del presente siglo. El presente trabajo sólo es un modesto intento de acercamiento a su historia y su contenido.

Para finalizar, quiero hacer una especial mención de la figura del profesor de Literatura D. Basilio Osaba y Ruiz de Erenchun, que fue durante muchos años Director del Museo e infatigable impulsor de su desarrollo, del que tuve el honor de ser alumno durante mis lejanos años del bachillerato.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017

 

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