LA GASTRONOMÍA CON LOS ROMANOS Y LOS VISIGODOS. -Por Francisco Blanco-.

“Cada época de la historia modifica el fogón y cada pueblo come según su alma, antes tal vez que según su estómago. Hay platos de nuestra cocina nacional que no son menos curiosos ni menos históricos que una medalla, un arma o un sepulcro”

(Doña Emilia Pardo Bazán)

Antes de la llegada de los romanos, el territorio que comprendía la actual provincia de Burgos estaba habitado por diferentes tribus celtas, como los vacceos, los verones, los arévacos y los celtíberos, que habitaban en pueblos amurallados, situados en los altos de los cerros para facilitar su defensa y vivían prácticamente de la caza, la ganadería y una muy escasa agricultura. Hacia el siglo II antes de Cristo empezaron a aparecer los romanos y comenzaron a surgir los problemas de convivencia, que se rompió definitivamente con la caída de Numancia en el 133 a.C., tras un asedio que duró nada menos que 20 años. La romanización fue progresiva, hasta que se completó en tiempos del emperador Augusto, pasando los territorios conquistados a formar parte de las provincias romanas de Lusitania y Tarraconensis.

Las huellas de los romanos en nuestra provincia son todavía abundantes, destacando los yacimientos arqueológicos hallados en  Roa (Rauda), Valdeande (Ciella), Baños de Valdearados, pero especialmente las ruinas romanas de Clunia Sulpicia, (actualmente Peñalba de Castro), que llegó a ser capital del Imperio en tiempos del emperador Tiberio. Son especialmente destacables su impresionante teatro romano y numerosas  “termas” y “domus”  decorados con bellos mosaicos perfectamente conservados. En el Museo de Burgos también se pueden admirar varias piezas procedentes de diferentes lugares de la provincia.

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Roma, a partir del siglo II antes de Cristo, en que empezaron a extender sus colonias por todo Oriente, dejó de ser un pueblo austero y frugal, para convertirse en un pueblo poderoso, que había recibido de Grecia una valiosa herencia cultural, y que  alcanzó igualmente un gran esplendor en todos los órdenes, incluido naturalmente el gastronómico. Las clases populares siguieron alimentándose a base de tres comidas diarias, de las que la más importante era la cena, pero con el esplendor y la riqueza aparecieron también las grandes diferencias sociales, que a su vez establecieron grandes diferencias en la forma de vivir de los romanos, incluida su forma de alimentarse.

Las grandes victorias militares que propiciaron la expansión de Roma por la mayor parte del mundo conocido, fueron aprovechadas por las clases dominantes para amasar grandes fortunas, que les permitieron llevar un fastuoso tren de vida. El lujo, la ostentación y el despilfarro estaban a la orden del día en la opulenta sociedad aristocrática romana.

Esta opulencia no dejó de sentirse en la comida, que se volvió mucho más abundante y sofisticada, incorporando un gran número de productos exóticos procedentes de los países conquistados. Los platos eran cada vez más complicados y requerían una larga elaboración, lo que dio lugar a que los cocineros alcanzaran una gran valoración.

A la poderosa capital del Imperio llegaban, aparte de numerosas clases de pescados que se fueron aclimatando a las aguas del Mediterráneo, las trufas que se traían de Libia, los melocotones y los melones de Persia, los rábanos y las ciruelas de Siria, los albaricoques de Armenia, los vinos de Siracusa y de Hispania.

Los ciudadanos más poderosos y acaudalados de Roma competían entre ellos en ofrecer a sus invitados los banquetes más sofisticados y suntuosos que se puedan imaginar.

Entre los más famosos se encontraban los que ofrecía Lucio Licinio Lúculo, político y militar durante los últimos años de la República, que acumuló una gran fortuna mientras estuvo en activo y que al abandonar la política se construyó una señorial mansión en el monte Pincio, cercano a Roma, dotada entre otras cosas de diez comedores o triclinios, en los que acogía a sus invitados según su número, ofreciéndoles delicados y exquisitos banquetes, que le convirtieron en el arquetipo del perfecto anfitrión.

Estos fastuosos banquetes romanos de las clases acomodadas, pasaron a tener de dos a tres partes: la entrada o “gustatio”, el plato fuerte o “primae mensae” y el postre o “secundae mensae”. El “gustatio” o “promulsis” se correspondía con nuestro actual aperitivo y consistía en pequeñas pero numerosas raciones de alimentos ligeros, como las aceitunas, las almejas, las ostras, los caracoles y algún otro pequeño molusco. Se acompañaba con el “mulsum”, una bebida hecha con vino y miel, servida fresca, y también con el “hipocrás”, que consistía en vino con azúcar, canela y otras especies que tenía efectos tonificantes. El plato fuerte o “primae mensae”, consistía en carnes o pescados, generalmente asados y acompañados con una gran profusión de guarnición. Para beber se servía vino rebajado con agua, debido a su alta graduación alcohólica, que podía alcanzar los 18 grados. Finalmente llegaban los postres o “secundae mensae”, en los que sobresalían una gran variedad de frutas, como los higos, los dátiles y las nueces, así como pasteles hechos con harina de trigo y bañados en miel. En esta parte final se servía el “passum”, vino dulce y fuerte hecho con pasas. 

Los invitados comían recostados en una especie de diván, llamado “lectus inclinaris”, en el que se podían acomodar hasta tres comensales y se repartían en forma circular alrededor de la mesa o “mensa”. Las mujeres, que durante mucho tiempo no pudieron estar presentes, comían separadas, sentadas en sillas. El servicio corría a cargo de los esclavos, que se ocupaban de partir y servir el pan, cortar las viandas y preparar y escanciar las bebidas, todo lo cual se encontraba en mesas auxiliares.

Antes de dar comienzo al banquete, que generalmente se celebraba por la noche, los comensales estaban obligados a lavarse las manos y los pies. Los alimentos los cogían con los dedos, que se volvían a lavar después de cada bocado, para limpiarse la boca utilizaban las servilletas o “nápae”. Durante su transcurso eran frecuentes las libaciones que se hacían en honor de los dioses y los invitados, perfumados y con las cabezas coronadas de flores, acostumbraban a entablar animadas conversaciones sobre temas filosóficos o literarios, pero también, durante toda su duración, estaba amenizado por acróbatas, bailarines, músicos y poetas.

También, para celebrar grandes acontecimientos, como triunfos militares, juegos deportivos, ceremonias religiosas, funerales o el regreso a Roma de algún militar victorioso, tenían lugar grandes banquetes públicos, que podían ser de dos tipos: el “recta cenae”, que tenía lugar en sitios públicos, y el “sportula”, que consistía en ofrecer a los asistentes cestas conteniendo los alimentos.

Uno de los más famosos, considerado como el más grande de la historia, fue el que ofreció Julio César a su victorioso regreso de sus campañas por Oriente. Se alargó durante varios días consecutivos, en los que se dio de comer a más de 200.000 personas.

Otro ilustre ciudadano romano, Caius Apicius, dejó una importante obra literaria sobre Gastronomía: “De re coquinaria libri decem” (los diez libros de cocina), consistente en diez libros de cocina escritos en griego, cada uno sobre un tema distinto (1).

Otro famoso político y literato romano fue Cayo Petronio, también conocido como “Arbiter elegantiae”, que se encargaba además de organizarle unos orgiásticos banquetes al emperador Nerón, muy aficionado a darse grandes comilonas. Su obra “Libri Satiricón”, compuesta por varios episodios de carácter satírico y festivo, entre los que destaca “El banquete de Trimalción”, se puede considerar como la primera novela picaresca de la historia, precursora de la posterior novela picaresca tanto en Europa como en España. Al perder el favor del emperador, Petronio decidió quitarse la vida, cortándose las venas sumergido en la bañera.

Tanto desenfreno tuvo como resultado la inapelable decadencia del imperio romano, que fue invadido, conquistado y sometido por los llamados “pueblos bárbaros” procedentes del norte de Europa, que no tardaron en llegar a España, imponiendo a su paso una nueva civilización que se impuso en todos los órdenes de la sociedad, incluido el gastronómico. Naturalmente esto tuvo un impacto demoledor sobre la vieja cultura grecorromana, provocando la destrucción o la desaparición de numerosos escritos y documentos, quedando abandonada igualmente cualquier clase de instrucción.

A principios del siglo V España en general estaba completamente romanizada, tanto en las zonas urbanas como las rurales, con la excepción de algunas franjas del norte de la península, en las que se resistían cántabros y vascones, que se mantuvieron al margen de la romanización, aunque en algunos puntos de Cantabria se empezaba a hablar en latín.

En el aspecto religioso, por el contrario, España estaba prácticamente cristianizada, salvo entre los vascones, que siguieron manteniendo sus tradiciones paganas. En el siglo IV por el noroeste peninsular las doctrinas un tanto heterodoxas del priscilianismo, que provocaron  serias disensiones en el seno de la iglesia católica, y una despiadada persecución contra su fundador el obispo Prisciliano (2), que acabó siendo detenido, declarado hereje y decapitado públicamente. El priscilianismo también fue suprimido en el III Concilio de Toledo.

Esta caótica situación en España se prolongó prácticamente hasta principios del siglo VII, con la celebración en el año 619 del III Concilio de Toledo, durante el cual se declaró el Cristianismo como religión oficial del reino visigodo, relegando definitivamente el arrianismo al olvido. De aquí viene el profundo sello eclesiástico que ha caracterizado desde entonces a la monarquía española como una institución al servicio de la Iglesia. A partir de aquí, la instrucción y la cultura durante varios siglos estuvieron exclusivamente en manos de los conventos, monasterios, iglesias y el resto de las entidades religiosas que fueron apareciendo durante la Alta Edad Media, que en parte impidieron que desapareciesen totalmente los rastros de la vieja cultura romana y griega.

En el plano cultural el principal responsable y promotor de esta recuperación de la cultura grecolatina fue sin duda San Isidoro de Sevilla, que presidió el III Concilio toledano, en el que se establecieron toda una serie de nuevas reglas que se consolidaron en el IV Concilio de Toledo del año 633. Este Doctor de la Iglesia, que había nacido en Cartagena el año 556, fue también el autor de “Las Etimologías”, una extensa y erudita recopilación de todos los conocimientos de la época, que la convirtieron en la enciclopedia del saber más importante y completa de todo el Medievo. En ellas su autor hace gala de su enciclopédico saber, haciendo referencia a  casi 160 autores y abordando de forma magistral todas las materias del saber de su época, escrita además en un lenguaje claro y conciso. La obra consta de 448 capítulos, agrupados en 20 libros, de los cuales el vigésimo está dedicado a las provisiones, los utensilios domésticos y agrícolas y el mobiliario.

Básicamente, divide la ciencia en tres partes: 1. La Física, que a su vez la divide en otras tres: geometría, aritmética y música. 2. La Lógica, formada por la gramática, la dialéctica y la retórica. 3. La Ética, que incluye la justicia, la prudencia y la fortaleza.

 

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San Isidoro, además de Arzobispo de Toledo y consejero de Recaredo, fue también uno de los hombres más sabios de su época, considerado como el “Maestro de La Edad Media”, dejó una ingente obra escrita cuya influencia se extendió por España y Europa, llegando hasta el Renacimiento, durante el que sus “Etimologías” fueron reimpresas en varias ocasiones durante los siglos XV y XVI. En Sevilla creó una gran biblioteca en la que figuraban numerosas obras de autores romanos y también de los Padres de la Iglesia. Esta biblioteca fue destruida por los árabes, pero su contenido había sido divulgado por conventos y monasterios, extendiéndose también por los barrios mozárabes. Murió de forma ejemplar el 4 de abril del año 636, después de haber repartido todo lo que poseía entre los más necesitados. Fue enterrado en Sevilla, pero en el año 1063 sus restos fueron trasladados a la basílica de San Isidoro de León, construida por orden expresa del rey de León y conde de Castilla Fernando Sánchez I, sus restos reposan en un panteón dedicado a su memoria.

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Los pueblos bárbaros o germánicos que llegaron a la península fueron los suevos, que se establecieron en Galicia y los visigodos, que se establecieron por toda la Hispania romana. Eran pueblos nómadas, eminentemente guerreros, que vivían de la caza y el pastoreo, que practicaban el pillaje como un modo natural de subsistencia. Como ésta se volvía cada día más difícil, se vieron obligados a practicar la agricultura, principalmente el cultivo de la avena, que se convirtió en un alimento tanto para las personas como para los animales.

Lógicamente el arte culinario sufrió un considerable retroceso, principalmente en la preparación y abundancia de los condimentos, que bajaron en calidad y cantidad. Pero a medida que estos pueblos bárbaros se fueron asentando en los territorios conquistados, estableciéndose de forma estable, construyendo sus hogares y viviendo en sociedad, fueron recuperando las ganas de comer bien y abundante, lo que propició la aparición de una nueva gastronomía, en la que los guisos eran abundantemente sazonados con toda clase especies. Uno de sus banquetes favoritos consistía en asar un buey entero. Sin embargo, este nuevo arte culinario y sus condimentos nunca llegaron a alcanzar el refinamiento de los ágapes romanos. También, con estos cambios en sus costumbres, fueron romanizándose lentamente, aprovechando el enorme legado cultural que la tradición romana les legaba, lo que supuso un refinamiento de su forma de vida y una mejora de su alimentación.

También se fueron consolidando las diferentes clases sociales, que quedaron clasificadas en nobles, libres, semi-libres y esclavos; entre la nueva nobleza también se  integró la antigua nobleza hispano-romana, convirtiéndose en la nueva clase dominante de la sociedad hispano-goda. Esta clase dominante empezó a consumir básicamente los mismos alimentos que en la época romana, predominando los cereales, como el trigo,  el mijo y otras variedades que se utilizaban para elaborar diferentes papillas, así como un pan de baja calidad, el cibarius, que se daba a los siervos. También se elaboraban diferentes labores de pastelería, en las que predominaba la miel, ya que el azúcar no se conocía. Preferían la carne al pescado, siendo la de cerdo la más estimada, aunque también consumían la de vaca y la de oveja en todas sus variantes. Las legumbres, las hortalizas y las frutas también figuraban en su dieta, y según algunos historiadores, introdujeron las alcachofas, las espinacas y el lúpulo, con el que empezaron a elaborar grandes cantidades de cerveza. Como además  eran grandes bebedores, protegieron y promocionaron la fabricación de sidra a partir de la fermentación del zumo de la manzana. En cuanto al vino, le dieron gran importancia, protegiendo las numerosas viñas que habían dejado los romanos y promulgando leyes para su conservación y ampliación. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que los visigodos fueron unos grandes bebedores, propiciando la cultura del vino y también la de la sidra. En la zona que actualmente se conoce como la Ribera del Duero, además de cuidar y conservar los viñedos obra de los romanos, implantaron un gran número de nuevas cepas.

También supieron aprovechar y utilizar las infraestructuras que había levantado los romanos, tales como calzadas, caminos, puentes y acueductos, así como la arquitectura urbana, como los templos, lo teatros, los baños y demás edificios públicos, pero sin demasiadas aportaciones propias.

Pero, en los primeros años del siglo VIII, los invasores visigodos fueron desplazados por otro pueblo invasor, con otra cultura, otra lengua, otra religión………….Naturalmente estamos hablando del Islam, pero eso ya es otra historia.


NOTAS

Sus títulos son:

  1. “Epimeles”: Reglas culinarias, remedios caseros y especies.
  2. Artopus”: Estofados y picados
  3. “Cepuros” : Hierbas para cocinar
  4. “Pandecter” : Generalidades
  5. “Osprión” : Sobre las verduras
  6. “Tropherter” : De las aves”
  7. “Polyteles” : Excesos y exquisiteces
  8. “Tetrapus” : De los cuadrúpedos
  9. “Thalassa” : Del mar
  10. Del pescado y sus variedades.
  • Prisciliano había nacido en la provincia romana de Galaecia el año 340, en el 385 fue detenido por hereje y trasladado a Tréveris, capital de la Renania-Palatinado, donde fue decapitado en la plaza pública.

Autor Paco Blanco, Barcelona, abril 2018

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