EL COMER, EN TIEMPO DE LOS AUSTRIAS. -Por Francisco Blanco-.

En el año 1516 el trono español pasa de la Casa Trastamara a poder de la Casa de Austria en la persona del joven Carlos I, que ni siquiera había pisado el suelo español. Cuarenta años más tarde, el 28 de setiembre del año 1556 desembarcaba en Laredo el poderoso Emperador D. Carlos V de Austria. Llegaba enfermo y abatido, camino de su retiro final en el modesto monasterio jerónimo de Yuste, por tierras cacereñas. Parece que esta decisión final la tomó el emperador aconsejado por su equipo médico, pues sus preferencias las tenía otro monasterio jerónimo, el de Fresdelval, muy cercano a Burgos,  donde había disfrutado unos días de reposo durante una de sus cortas estancias en su reino de España. Lo extremado de su clima parece que fue la razón por la que sus médicos se inclinaron por Yuste. Al pisar el suelo de Laredo parece que el emperador exclamó: “¡Dios os salve, oh mi querida madre! Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo vuelvo a ti!.

Pero ni España fue su querida madre, ni estaba tan desnudo, ni tan sólo, llegaba acompañado de un séquito compuesto por unas 150 personas, casi todos flamencos, y una guardia personal de 60 alabarderos, estos todos flamencos.

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A los pocos días la comitiva abandona Laredo y se dirige, atravesando el burgalés valle de Valdivielso, por la antigua calzada romana  del pescado, hacia Medina de Pomar, capital de las Merindades, hospedándose en el alcázar propiedad de los Velasco con la intención de pernoctar una sola noche. Pero los planes se torcieron, pues parece que en la cena de aquella noche el emperador se dio tal atracón de truchas en escabeche, uno de sus platos favoritos, que le tuvo indispuesto los dos días siguientes. Reanudada la marcha, llegaron a Burgos el día 11 de octubre, donde les recibió el Condestable de Castilla D. Pedro IV Fernández de Velasco, que alojó al emperador en su palacio de la Plaza del Mercado, conocido como la Casa del Cordón. Durante los tres días que duró su estancia, en la ciudad tuvieron lugar numerosos festejos en honor de su Emperador, descubriéndose en una de las hornacinas centrales del Arco de Santamaría, la puerta principal de la ciudad, una estatua con la figura armada del emperador, modelada por los artistas locales Juan de Vallejo y Francisco de Colonia. La estancia en Burgos resultó muy de su agrado, según cuenta uno de sus secretarios nativos, D. Martín de Gaztelu: “Llegó muy bueno y tal que, trayendo antojo de truchas, las cenó de muy buen apetito”. Es de suponer que en esta ocasión las truchas procedieran del Arlanzón, río que atraviesa la ciudad con fama de truchero.

Una vez instalado en su retiro monacal, se estableció una posta directa entre Santander y Yuste para abastecer de pescado fresco al retirado Emperador. Murió el 21 de setiembre del año 1558.

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Carlos V había cedido su título de Emperador a su hermano Fernando, pero su inmenso imperio español lo heredó su hijo Felipe II, al  que también traspasó muchas de sus características físicas, excepto su voraz apetito y su desmesurada gula por comer y por beber. Felipe II, conocido como “el Prudente”, fue un hombre austero, que nunca gozó de mucha salud, como el mismo reconoció: “Cierto que no estoy muy bueno para el mundo que ahora corre, que conozco yo muy bien que había menester otra condición que la que Dios me ha dado, que sólo para mí es ruin”.

Era de baja estatura y complexión débil, barba y pelo rubios y ojos claros; de forma crónica padecía de asma, afecciones renales y gota, lo que le obligaba a comer de forma austera y rechazaba tanto el vino como la cerveza, todo lo contario que su padre, que consumía grandes cantidades, especialmente de la última. No resulta extraño, por lo tanto, que su equipo de cocineros no fuera ni muy numeroso ni muy selecto, con la excepción de su jefe de cocina, el famoso Martínez Monriño, que continuó en el cargo durante el reinado de su hijo Felipe III. De este cocinero se decía “qué merecía ser cocinero real, porque antes había sido Rey de los cocineros”.

Por el contrario, su equipo médico, que cuidaba diariamente de su salud, era numeroso y selecto, posiblemente gracias a sus permanentes cuidados, el rey Felipe II alcanzó la edad de 71 años, bastante avanzada para aquellos tiempos. Al frente de este equipo de médicos de la Corte figuraba un burgalés de Covarrubias, el Doctor D. Francisco Vallés, quien debido a sus numerosas y hasta milagrosas curaciones, ha pasado a la historia con el sobrenombre de “Divino Vallés”.

Felipe II pasó sus últimos años gobernando su inmenso imperio recluido en otro monasterio jerónimo mucho más lujosos, el de San Lorenzo del Escorial, que él mismo mandó edificar y donde murió el año 1598.

Su hijo, Felipe III el Piadoso, trasladó  de nuevo la Corte a Valladolid, desde donde se trasladaba con frecuencia a la villa burgalesa de Lerma, a la que convirtió en su Corte de verano y en la que fundó diversas Iglesias y Conventos. Su cocinero mayor era Francisco Martínez Montiño, que también lo fuera de su padre, autor de varios tratados de cocina, que le preparaba unos exquisitos hojaldrados de torreznos crujientes y también las sabrosas tortillas cartujanas, precedente de nuestra popular tortilla de patata y cebolla. Este rey, que murió joven, el 31 de marzo del año 1621 a los 42 años, después de casi 23 años de reinado, dejó sus reinos inmersos en una grave crisis económica, herencia de la política llevada a cabo por sus antecesores. Su sucesor, su hijo Felipe IV, encontró las arcas de la Casa Real tan vacías, que apenas si quedaba dinero para atender los gastos de alimentación de la familia real. Un cronista de la época, D. Jerónimo de Barrionuevo, en uno de sus célebres “Avisos”, escribía: “Come el rey pescado todas las vigilias de la Madre de Dios y en las de la Presentación, no tuvo que comer más que huevos y más huevos, por no tener los compradores ni un real para prevenir nada. Todo es tratar de contadurías, arcas y de buscar dineros, y no hay un real por un ojo de la cara”, y en otro de esos “Avisos” añade: “Dos meses y medio ha que no se dan en palacio las raciones acostumbradas, que no tiene el rey ni un real y que el día de San Francisco le pusieron a la infanta en la mesa un capón que hedía como a perros muertos, seguido de un pollo sobre unas rebanadillas como torrijas llenas de moscas, y se enojó de suerte que a poco no da con todo en tierra. Mire vuesa merced como andan las cosas en palacio”. 

Felipe IV comenzó a reinar en el mes de marzo del año 1621 con tan sólo 16 años, pero se mantuvo en el trono nada menos que 44 años, siendo su reinado uno de los más largos de nuestra historia. Era de elevada estatura, ojos verdes, cabello rubio y mentón prominente como todos  sus antepasados. Adoptó el sobrenombre de “Rey Planeta”, tal vez porque el del astro rey ya lo había adoptado el rey de Francia, Luis XIV, el “Rey Sol”, que años después se convertiría en su suegro. El nuevo rey era aficionado a la caza, los toros, el teatro, la buena mesa y, especialmente, a las mujeres, pudiendo ser considerado como un verdadero adicto al sexo. En 1615 casó con Isabel de Borbón, con la que tuvo ocho hijos, de los que tan sólo le sobrevivió la octava, María Teresa de Austria, que acabaría casándose con Luis XIV, el “Rey Sol”, de la que hablaremos más adelante. Su segunda esposa fue su sobrina Mariana de Austria, con la que tuvo cinco hijos, de los que sólo sobrevivió el quinto, Carlos, que acabaría siendo su sucesor y rey de España, Carlos II de Austria, el último de la dinastía. Pero si pasamos al capítulo de sus amores extra matrimoniales, entre amantes oficiales, concubinas, prostitutas y otras muchas de toda clase y calaña, más o menos ocasionales, la lista se hace interminable, así como la de los hijos ilegítimos que engendró, que según el historiador burgalés Padre Enrique Flórez, oscilan entre los 30 y los 60, de los que tan sólo legitimó dos: Juan José de Austria, habido con una de sus amantes favoritas, la célebre actriz de comedias “La Calderona”, que alcanzó gran peso político en la Corte de su padre, y Carlos Fernando de Austria, cuya madre era la aristócrata Casilda Manrique de Luyando y Mendoza, que había sido dama mayor de Doña Mariana de Austria, su segunda esposa. Este hijo bastardo eligió la vida religiosa y llegó a ser canónigo de la catedral de Guadix.

Su afición a la buena mesa, sin embargo, tuvo que pasar por momentos difíciles, debido a la endémica situación económica por la atravesaban las arcas reales y que dejaron las cocinas reales en una difícil situación, que muy a menudo dificultaba la compra de los suministros más indispensables, por lo que la familia real, que acostumbraba a comer en sus habitaciones privadas, tuvo que apretarse el cinturón más de una vez. Lo mismo que les pasaba, salvando las distancias, a la mayoría de los españolitos de a pie.

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Sin embargo, cuando Felipe IV se veía en la obligación de celebrar algún banquete oficial, se ponía en marcha la rigurosa etiqueta de los Austrias, que los convertía en unos ostentosos acontecimientos gastronómicos, capaces de dejar satisfecho el más pantagruélico de los estómagos. La lista de las viandas que se ponían a la mesa resultaba prácticamente interminable, y podía consistir, por ejemplo, en:

-Perniles para los principios

-Ollas podridas

-Pavos asados en su salsa

-Pastelillos hojaldrados de ternera saboyana

-Pichones con torreznos asados

-Tartaletas de aves sobre sopas de nata

-Bollos de vacía

-Perdices asadas

-Capirotada de lomo, salchichas y perdices

.Lechones asados con sopas de queso, azúcar y canela

-Hojaldres de masa de levadura con salsa de puerco

-Pollas asadas

A todo esto hay que añadir los entremeses, las ensaladas, las conservas, los requesones, los quesos, los frutos secos, las frutas, las confituras y los dulces, además del vino, el café y las bebidas, naturalmente. En alguna de estas comidas oficiales llegaron a servirse hasta 38 platos. La mesa estaba presidida por el rey, a quien servían exclusivamente el mayordomo mayor y el sumiller mayor. Antes de dar comienzo el ágape, la mesa era bendecida por el eclesiástico de mayor jerarquía que estuviera presente, pues era normal que hubiera más de uno. Los sumillers de palacio eran los responsables de llenar las copas de los comensales. El rey llegaba a la mesa acompañado por sus servidores más cercanos, precedidos por el ujier de sala, que iba golpeando el suelo con su bastón de mando, al tiempo que gritaba: “A la vianda, caballeros”.

Naturalmente, estos fastuosos ágapes, acompañados de un riguroso y complicado protocolo, se alargaban durante horas, dándose por finalizados cuando el rey, después de lavarse las manos y de que el mayordomo le sacudiese las posibles migas o restos de comida que hubiesen podido quedar adheridas a sus vestiduras, se retiraba a sus aposentos, seguido de todos sus servidores, en ese momento el resto de los comensales, que habían permanecido respetuosamente en pie, podían abandonar la mesa y retirarse.

El verdadero responsable de estos fastuosos banquetes era, sin duda, su cocinero mayor Francisco Fernández Montiño, que ya lo había sido de su padre de y de su abuelo, y a quien Felipe IV otorgaba toda su confianza y aprecio.

Según el cronista de la Casa de Austria, Alfonso Núñez de Castro, del presupuesto de la Casa Real, que ascendía a 670.000 ducados anuales, más del 30% se destinaban a gastos de alimentación. Es decir, más de 200.000 ducados, cantidad que, por aquellos tiempos, podía parecer astronómica.

El día 15 de abril del año 1660 salía de Madrid un inmenso convoy en el que viajaba la familia real y una gran parte de los miembros de la Corte madrileña, acompañados de sus respectivos sirvientes y transportando además sus numerosos enseres y todo lo necesario para su alimentación e higiene.. Estaba integrado por 18 literas, 70 coches, 72 caballos, 2.100 acémilas, 500 mulas de carga, 900 mulas de silla y 32 galeras, tan sólo el ajuar de la novia consistía en 12 cofres de terciopelo y plata, que transportaban 40 mulas.

Su destino era la Isla de los Faisanes y su objetivo era llegar a un acuerdo de paz con Francia, mediante el matrimonio de la Infanta María Teresa, hija de Felipe IV, con Luis XIV, el flamante Rey Sol de los franceses.

Durante su travesía por los intransitables caminos de Castilla, muchos famélicos campesinos contemplaron asombrados el paso de aquella inacabable caravana, en la que el lujo y la ostentación eran las notas dominantes, hubo incluso quien dejando su herramienta de trabajo en el suelo, aplaudió con respeto aquel espectáculo nunca visto.

El 23 de abril llegaron a la villa ducal de Lerma, en cuya monumental Plaza Mayor se celebró una corrida de toros en honor de los reyes. En la tarde del día 24 entraban en Burgos, donde permanecieron 6 días, durante los cuales, a pesar del tiempo lluvioso que les acompañó, en honor de los ilustres visitantes se celebraron numerosas cabalgatas, comedias, corridas de toros, fuegos artificiales y concurridos y espléndidos banquetes. Lamentablemente, una nota trágica ensombreció tanto festejo, pues la tarde del jueves 29, durante la celebración de una corrida de toros en la Plaza Mayor, se desplomó una pared de contención, causando la muerte de cinco espectadores y unos cuantos heridos.

Al día siguiente, viernes 30 de abril, la real caravana vuelve a ponerse en marcha, esta vez en dirección a Briviesca, capital de La Bureba y residencia de la ilustre familia de los Velasco, que fueron sus anfitriones durante los tres días de estancia en la ciudad, donde continuaron  los festejos, corridas de toros y fuegos artificiales en su honor, además de selectos banquetes en los que saborearon los ricos productos típicos de la  cocina burebana.

“Ya morcilla, el adobado,
testuz y cuajar relleno,
el pie ahumado, la salchicha,
la cecina, el pestorejo,
La longaniza, el pernil, …”

(Agustín de Rojas)

El 3 de mayo, tras atravesar el desfiladero de Pancorbo, la caravana penetró en el país vasco, llegando a San Sebastián el 11 de mayo. Los festejos continuaron hasta que el día 3 de junio se celebró en San Sebastián la solemne ceremonia española del matrimonio de la infanta María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, el Rey Planeta, con el rey de Francia Luis XIV, el luminoso Rey Sol.

También se firmó, entre Francia y España el famoso “Tratado de los Pirineos”, que, más o menos, al poco tiempo se convirtió en agua de borrajas.

Felipe IV fallecía el 17 de setiembre del 1665, siendo sucedido en el trono español por su hijo Carlos II,  conocido como el Hechizado, aunque hasta el año 1675, en el que alcanzó la mayoría de edad, España estuvo bajo la regencia de madre, Doña Mariana de Austria, la segunda esposa de su padre. Este rey, el último de la Casa de Austria, ofrecía un lamentable aspecto físico, de naturaleza enfermiza achacable a la consanguineidad de sus progenitores, que le produjo infertilidad, a pesar de sus dos matrimonios, por lo que a su muerte, ocurrida en el año 1700, tras 35 años de reinado, dejó sus reinos inmersos en un grave problema sucesorio.

El 19 de noviembre del año 1679, en la iglesia parroquial de San Esteban, del pequeño pueblo burgalés de Quintanapalla, muy cercano a la capital, en una ceremonia oficiada por el Patriarca de las Indias y en la que estuvieron presentes diferentes personajes importantes de ambos reinos, se celebró la confirmación del desposorio de la duquesa María Luisa de Orleans con el rey de España Carlos II de Austria. La novia, de una gran belleza, era sobrina del rey de Francia Luis XIV y el novio, mucho menos agraciado físicamente, era su cuñado, al estar casado el Rey Sol con su hermana María Teresa de Austria. La real y joven pareja, pues el novio tenía 18 años y la novia 16, antes de regresar a su Corte madrileña, pasó en Burgos una pequeña luna de miel, hospedados en el palacio de los Condestables de Castilla, también conocido como la Casa del Cordón. Durante su estancia, en la ciudad tuvieron lugar numerosos actos y festejos en honor de la real pareja, que también quiso tener un contacto más personal con sus súbditos burgaleses, por lo que algunas de las comidas que se celebraron en los comedores la Casa del Cordón tuvieron carácter público, propiciando que muchos burgaleses acudieran a ver comer a sus reyes y contemplarles de cerca, causando especial admiración la belleza, juventud y simpatía de la joven reina, en fuerte contraste con el aspecto enfermizo del joven rey, que fue incapaz de engendrar en sus dos matrimonios un heredero, ni legítimo ni ilegítimo.

Autor Paco Blanco, Barcelona, mayo 2018.

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