LA DIETA ALIMENTICIA EN ESPAÑA DURANTE LOS SIGLOS XVI Y XVII. -Por Francisco Blanco-.

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Son los siglos XVI y XVII españoles renombrados por su esplendor; Carlos V, hombre de apetito tan voraz que el Papa tuvo que dispensarle de ayunar, rutilante Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, (aunque para serlo tuvo que vaciar, también vorazmente, las arcas públicas y privadas de sus súbditos españoles, a los que ni siquiera conocía), Defensor de la Fe Verdadera, Azote de herejes, y después su hijo, el Prudente Felipe II, talador de bosques, hundidor de barcos, más azote de herejes, dominador de continentes,  burócrata que apenas  veía el sol a pesar de que en sus dominios nunca se ponía, confirieron a la casi recién creada España una gloria y esplendor sin precedentes y, evidentemente, irrepetibles.

Pero entre tanto brillo, y a pesar de que en el inmenso Imperio Español nunca se ponía el sol, existían numerosas zonas sombrías.

Saavedra Fajardo hizo el siguiente análisis de la situación: “Falta el cultivo de los campos, el ejercicio de las artes mecánicas, el trato y comercio a que no se aplica esta nación, cuyo espíritu altivo y glorioso, aun en la gente plebeya, no se aquieta con el estado que ha señalado la naturaleza y aspira a las gradas de la nobleza, desestimando aquellas operaciones que son opuestas a ella……..”.

Las ostentosas fiestas de las clases dominantes, el desdén por el trabajo, el afán por aparentar nobleza o hidalguía, contrastaban tristemente con la general indigencia del pueblo llano, acosado por los impuestos, por sus señores feudales y por la Santa Inquisición, por si faltara algo.

Enormes eran las carencias que la mayoría de los españoles tenían que sufrir en asuntos tan esenciales como la alimentación, la educación, la sanidad, la vivienda, el empleo y algunas cosas más que no incluyo por ser de menor cuantía. Vamos, que el ”estado de bienestar” brillaba por su ausencia.

La dieta alimenticia de los españoles por ejemplo, durante unos cuantos siglos, fue extremadamente variada,  dependiendo, casi en exclusiva, de la clase social en la que a cada cual le había tocado pertenecer. Las más favorecidas, sin duda, eran el clero y la nobleza, que prescindían de la dieta, en la más literal aceptación de la palabra y practicaban una excesiva sobrealimentación, basada casi totalmente en el abusivo consumo de carnes, aves y  pescados, éstos últimos casi únicamente durante  la Cuaresma.

Ya en tiempos de los Reyes Católicos, como consecuencia del remate de la Reconquista, seguida de la expulsión de moros y judíos,  Castilla sufrió una gran despoblación de las zonas rurales, cuyos habitantes emigraron masivamente hacia las zonas urbanas, las ciudades, atraídos por el falso señuelo de una vida fácil y placentera.

Los campos quedaron desiertos y muchas tierras se volvieron improductivas. Sólo los grandes terratenientes, pertenecientes en su mayoría a la nobleza, y los agricultores acomodados se beneficiaron de este despoblamiento. En realidad, este éxodo del campesinado pobre hacia la ciudad provocó la aparición de un proletariado urbano empobrecido, inactivo y hambriento y, en contraposición, con el reforzamiento de las clases dominantes, en especial de la nobleza, la Mesta y la alta jerarquía eclesiástica, que contaban además con el total apoyo de la corona.

Durante el reinado de Carlos V, como se puede apreciar en el cuadro adjunto, que corresponde al censo del año 1491,  el núcleo de población más importante se hallaba concentrado en el centro peninsular y Castilla la Vieja, destacando Salamanca, seguida de Toledo la capital, Burgos y León. Es de destacar también  que Salamanca y Toledo, a pesar de ser las más pobladas tienen el índice más bajo de densidad.

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                                   Km.                Hogares          Habitan.         Dens.

Valladolid                   8.100               43.700                        196.600           24,2

Palencia                      8.000               41.000                        181.400           22,1

Segovia                       6.900               30.700                        138.100           20,0

Burgos                        24.000                        63.600                         286.200           11,6

León                           26.200                        59.300                        266.200           10,1

Soria                           10.300                        32.700                        147.100           14,2

Salamanca                  54.800                       132.100                        594.400          10,8

Toledo                                    35.000                        80.300                        361.300           10,3

 

El siguiente censó se realizó en el año 1591, pero las diferencias con el anterior fueron mínimas y por lo tanto nada significativas.

“A cuanta miseria y fortuna y desastres estaremos puestos los nacidos, y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida”

A mediados del siglo XVI aparecen las primeras ediciones de “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, popular y universalmente conocida como “El Lazarillo de Tormes”, de autor desconocido, pero que se ha convertido en una de las obras maestras de la literatura picaresca, tanto española como universal. Se trata de un relato escrito en primera persona, cargado de ironía, que saca a la luz las numerosas carencias que padece la sociedad española pero muy crítico, al mismo tiempo, con la hipocresía y los vicios de  alguna de sus capas, especialmente los clérigos y religiosos.

El cocinero de S. M. Felipe IV, Francisco Fernández Montiño, autor de un “Arte de cocina, pastelería y vizcochería”, propone como comida ordinaria de la familia real el siguiente menú: “Perniles con los principios; capones de leche asados. Ollas de carnero y aves y jamones de tocino; pasteles hojaldrados; platillos de pollo con habas; truchas cocidas; gigotes de pierna de carnero; cazuelas de natas; platillos de arteletes de ternera y pechugas; empanadillas de torreznos con masa dulce; aves en afilete frío con huevos pasados con agua; platos de alcachofas con jarretes de tocino”.

Muy lejana, como podremos comprobar a continuación, del mísero menú con que tenían que sobrevivir la gran mayoría de sus súbditos.

El resto, o sea la mayoría,  pasaba grandes dificultades para poder seguir cualquier dieta alimenticia, por muy exigua que pudiera resultar.

Los trabajadores del campo, al servicio de los señores feudales y de la Iglesia, que formaban el núcleo más numeroso de la población hispana, practicaban, a la fuerza, una dieta diametralmente contraria a la de sus amos y señores. Su base alimenticia eran “las hierbas”, nombre que recibían por aquella época las verduras, acompañadas de algún pedazo de pan negro, (el candeal iba a parar a la mesa de sus amos) y, en casos excepcionales, alguna tira de tocino. La carne la probaban en muy raras ocasiones, cómo cuando se moría algún animal de labranza y los más prudentes, o los menos acuciados por el hambre, acecinaban su carne antes de consumirla. Pero en algunas zonas rurales de España, especialmente de Andalucía y Extremadura,  la dieta llegaba a ser tan drástica que se reducía a las bellotas que caían de los árboles y si no caían había que subir a cogerlas.

Así la dieta normal diaria de un campesino “afortunado” era la siguiente:

 

Desayuno : Sopas de migas de pan con una loncha de tocino ahumado.

Almuerzo del mediodía: Un trozo de pan con cebollas, ajos tiernos y un pedazo de queso.

Cena : Olla de “hierbas”, generalmente de nabos y berzas, acompañadas de un trozo de pan y una loncha de cecina, siempre que quedasen restos del último animal muerto o sacrificado por viejo.

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Teniendo en cuenta que las jornadas de trabajo en el campo duraban de sol a sol, no es de extrañar que resultase difícil encontrar un campesino “metidito en carnes”, más bien ofrecían un aspecto famélico y abatido. No era para menos.

La situación del campesinado español, aunque muy lentamente, fue mejorando durante los siglos siguientes propiciada, principalmente,  por el regreso al suelo patrio de los “indianos”,  descendientes de los conquistadores, aquel enorme tropel de españoles que se embarcaron hacia las Américas descubiertas por Colón, para conquistarlas, saquearlas y, sobre todo, evangelizarlas, los cuales, en una gran mayoría, procedían de Andalucía y Extremadura. Los que hicieron fortuna y decidieron regresar a España, se instalaron principalmente en zonas rurales, en las que adquirieron tierras y ganado,  requiriendo para su explotación mano de obra campesina, paliando un poco el lamentable estado del proletariado campesino español, secularmente sometido a un feudalismo explotador y abusivo, amén de perseguido por sequías, peste y enfermedades.

Sobre el estado del campesinado español Fray Benito de Peñalosa escribía en 1629: “El estado de los labradores de España en estos tiempos es el más pobre y acabado, miserable y abatido de todos los demás estados,…parece que todos ellos juntos se han aunado y conjurado a destruirlo y arruinarlo; y a tanto ha llegado que suena tan mal el nombre de labrador que es lo mismo que villano, pechero, grosero y de ahí bajo”.

En los núcleos urbanos de las grandes ciudades españolas, como Madrid, Sevilla, Toledo, Valladolid, Barcelona, etc., los que pertenecían a los estamentos más bajos de una sociedad absolutamente jerarquizada y que eran los más numerosos, aquellos que tenían que desempeñar “oficios viles y mecánicos”, tampoco lo pasaban mucho mejor que sus vecinos los campesinos. Igualmente no se puede pasar por alto la figura de los hidalgos sin fortuna, a los que su limpieza de sangre les impedía trabajar, que paseaban su hambre y su miseria por las calles de las ciudades españolas con un mondadientes en la boca, como si acabaran de darse un hartazgo. Estos patéticos personajes los retrata Salvador Jacinto Polo de Medina en su mordaz epigrama “A un hombre que se limpiaba los dientes sin haber comido”:

“Tú piensas que nos desmientes

con el palillo pulido,

con que, sin haber comido,

Tristán, te limpias los dientes.

Pero el hambre cruel

da en comerte y en picarte,

de suerte que no es limpiarte,

sino rascarte con él”.

 

Pero la capa social más baja de las ciudades españolas la formaban una legión de vagabundos, mendigos, lisiados, tullidos, pillos, tahúres y toda clase de marginados, que pululaban por sus plazas, calles, callejas y callejuelas, conventos, iglesias y hospitales, en busca de algo tan escaso como el diario sustento. Pudiéndose considerar afortunados aquellos que conseguían un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

Autor Paco Blanco, Barcelona mayo 2018

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